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Cap. 6.09 - Un alumno a regañadientes

Cap. 6.9 – Un alumno a regañadientes Al poco Maan apareció cabalgando, con un alegre gesto de saludo se quitó la gorra de montar y bajó del caballo. —¿Dónde estabas? —preguntó Firoz—. Aquí son muy estrictos con el horario, y si nos retrasamos más de diez minutos en la hora que teníamos reservada para el caballo de madera, se la pasarán a otro. Por cierto, ¿cómo conseguiste que te permitieran montar en uno de sus caballos sin ir acompañado por un miembro del club? —Pues no sé —dijo Maan—. Simplemente me acerqué y charlé un poco con uno de los mozos de cuadra, y me ensilló este bayo. Firoz se dijo que no debía sorprenderse: Maan tenía el don de salir del paso en todo tipo de situaciones improbables, gracias a su actitud desenfadada. El mozo de cuadra debió de dar por sentado que era miembro de pleno derecho del club. Cuando tuvo a Maan incómodamente sentado en el caballo de madera, Firoz comenzó su adiestramiento. Puso el ligero palo de bambú en su mano derecha, y le pidió que apuntara y lo hiciera oscilar unas cuantas veces. —Pero esto no es nada divertido —dijo Maan pasados cinco minutos. —Nada es divertido en los primeros cinco minutos —replicó Firoz con calma—. No, no cojas el palo de ese modo, mantenlo recto –no, completamente recto– eso es, sí, ahora balancéalo –solo medio giro– ¡bien! Tu brazo debe moverse como si fuera una extensión del palo. —Se me ocurre al menos una cosa que resulta divertida en los primeros cinco minutos —dijo Maan con una sonrisa ligeramente tonta, moviendo el palo alrededor y perdiendo un poco el equilibrio. Firoz observó fríamente la postura de Maan. —Estoy hablando de cosas que requieren habilidad y práctica —dijo. —Eso requiere mucha habilidad y practica —dijo Maan. —No te hagas el gracioso —dijo Firoz, que se tomaba el polo muy en serio—. Ahora quédate exactamente como estás y mírame. Observa como la línea que une mis hombros es paralela a la espina dorsal del caballo. Busca esta posición. Maan lo intentó, pero la encontró aún más incómoda.—¿De verdad crees que todo lo que requiere habilidad al principio debe ser doloroso? —preguntó—. Mi profesor de urdu parece ser de la misma opinión. —Colocó el palo entre las piernas y se secó la frente con el dorso de la mano derecha. —Venga, Maan —dijo Firoz—, no me digas que ya estás cansado después de cinco minutos de práctica. Ahora vamos a probar con la pelota. —La verdad es que estoy bastante cansado —dijo Maan—. Me duele un poco la muñeca. Y el codo, y el hombro. Firoz le lanzó una sonrisa alentadora y colocó la pelota en el suelo. Maan hizo oscilar el palo hacia adelante y falló totalmente. Volvió a intentarlo y volvió a fallar. —Sabes —dijo Maan—. No estoy de humor para jugar al polo. Preferiría estar en cualquier otra parte. Firoz, sin hacerle caso, dijo: —No mires nada más que la pelota, sólo la pelota, nada más, ni a mí, ni adonde tiene que ir la pelota, ni siquiera la lejana imagen de Saeeda Bai. Este último comentario, en lugar de hacer que Maan volviera a fallar el golpe, tuvo como resultado que el mazo rozara ligeramente la parte superior de la pelota. —Las cosas no van demasiado bien con Saeeda Bai, sabes —dijo Maan—. Ayer se enfadó muchísimo conmigo, y no sé por qué. —¿Qué pasó? —dijo Firoz, sin excesivo interés. —Bueno, su hermana entró mientras estábamos hablando y dijo que el loro parecía agotado. En realidad es un periquito, pero también es un tipo de loro, ¿no? De modo que le sonreí y le mencioné a nuestro profesor de urdu, y le dije que los dos teníamos algo en común. Me refería, naturalmente, a Tasnim y a mí. Y de repente Saeda Bai se enfureció. Así de repente se enfureció. Y por lo menos pasó media hora antes de que volviera a hablarme de modo cariñoso. —Maan parecía tan abstraído como era capaz de ser. —Humm —dijo Firoz, pensando en lo cortante que había sido Saeda Bai con Tasnim cuando fue a su casa para entregar un sobre. —Casi me pareció que estaba celosa —prosiguió Maan tras una pausa y unos cuantos golpes—. Pero ¿por qué alguien tan asombrosamente hermoso como ella ha de sentir celos de nadie? Y mucho menos de su hermana. Firoz se dijo que él nunca hubiera utilizado las palabras “asombrosamente hermosa” para referirse a Saeeda Bai. Era su hermana quien le había asombrado con su belleza. Y podía imaginar muy bien que Saeeda Bai envidiara su lozanía y juventud. —Bueno —le dijo a Maan, con una sonrisa que asomaba en su propio rostro, igual de lozano y atractivo—, yo no me lo tomaría como una mala señal en absoluto. No veo por qué estás deprimido por eso. Ya deberías saber como son las mujeres. —¿Así que tú crees que los celos son una buena señal? —preguntó Maan, que era bastante dado a ello—. Pero para tener celos ha de haber un motivo, ¿no crees? ¿Has visto alguna vez a su hermana pequeña? ¿Cómo podría siquiera compararse con Saeeda Bai? Firoz no dijo nada durante unos minutos, a continuación hizo un breve comentario: —Sí, la he visto. Es bastante guapa. —Y no dijo nada más. Pero Maan, mientras intentaba golpear infructuosamente la pelota, tenía la cabeza en Saeeda Bai.—A veces creo que siente más cariño por el periquito que por mí —dijo, ceñudo—. Nunca se enfada con él. No puedo más. Estoy agotado. La última frase no se refería a su corazón, sino a su brazo. Maan estaba derrochando mucha energía en sus golpes, y Firoz parecía disfrutar viéndole con la lengua fuera. —¿Sentiste algo en el brazo cuando diste el último golpe? —preguntó. —Una especie de tirón —dijo Maan—. ¿Cuánto rato quieres que siga con esto? —preguntó. —Oh, entonces ya has tenido suficiente —dijo Firoz—. Resulta muy alentador. Estás cometiendo todos los errores típicos de un principiante. Lo único que has conseguido golpear es la parte superior de la pelota. No es eso lo que has de hacer, debes apuntar a la parte inferior, y eso la levantará suavemente. Si apuntas a la parte de arriba, toda la fuerza del impacto la absorberá el suelo. La pelota no irá muy lejos, y además te encontrarás, como te ha pasado ahora, que tienes el brazo acalambrado. —Dime una cosa, Firoz —dijo Maan—, ¿cómo conseguisteis aprender urdu tú e Imtiaz? ¿No fue muy difícil? Me parece imposible, con todos esos puntos y garabatos. —Teníamos a un viejo maulvi que venía a casa expresamente para enseñarnos —dijo Firoz—. Mi madre también quería que aprendiéramos persa y árabe, pero Zainab fue la única que consiguió dominar esas dos lenguas. ¿Cómo está Zainab? —preguntó Maan. Se dijo que aunque él había sido su favorito en la infancia, hacía muchos años que no la veía, desde que había desaparecido en el mundo del purdah. Zainab era seis años mayor que él, y Maan, de niño, la adoraba. De hecho, ella le salvó la vida una vez, en un accidente de natación, cuando Maan tenía seis años. Dudo que nunca mas vuelva a verla, pensó. Que horrible y que extraño. —No utilices la fuerza, sino la potencia —dijo Firoz—. ¿O es que tu profesora no te ha enseñado eso? Maan amagó un inofensivo golpe dirigido a Firoz. Para entonces ya sólo quedaban diez minutos de luz, y Firoz veía que Maan estaba harto de estar en el caballo de madera.—Venga, el último golpe —dijo. Maan apuntó a la pelota, hizo oscilar suavemente el palo; y con un movimiento limpio, completo y circular del brazo y la muñeca golpeó la pelota justo en el mismo centro. ¡Pok! Se oyó un maravilloso sonido a madera y la pelota voló por los aires en una elegante parábola baja, pasando sobre la red por encima del hoyo. Tanto Firoz como Maan se quedaron atónitos. —¡Buen tiro! —dijo Maan, muy satisfecho consigo mismo. —Sí —dijo Firoz—. Buen tiro. La suerte del principiante. Mañana veremos si eres capaz de repetirlo. Pero ahora voy a llevarte a montar un verdadero pony de polo, a ver si puedes controlar las riendas sólo con la mano izquierda. —Mejor mañana —dijo Maan. Tenía los hombros entumecidos y la espalda agarrotada, y ya estaba harto del polo—. ¿Qué me dices si en vez de eso cabalgamos un rato? —Ya veo que, al igual que tu profesor de urdu, tendré que enseñarte disciplina antes de empezar con las clases —dijo Firoz—. Llevar las riendas con una mano no es nada difícil. No es más difícil que aprender a montar o aprender el alfabeto urdu. Si lo intentas ahora, eso que tendrás ganado para mañana. —Ya, pero ahora no me apetece nada intentarlo —protestó Maan—. Además, ya está oscureciendo, y no lo disfrutaré. Pero, vale, como tú digas, Firoz. Tú eres el jefe. Desmontó, rodeó con un brazo los hombros de su amigo y fueron caminando hacia los establos. —El problema con mi profesor de urdu —prosiguió Maan, sin venir a cuento— es que sólo quiere enseñarme los primores de la caligrafía y la pronunciación, y lo único que yo quiero es aprender a leer poesía amorosa. —Así que el problema es el profesor, ¿no? —preguntó Firoz, agarrando el palo de su amigo para evitar represalias. Se sentía alegre de nuevo. Invariablemente, la compañía de Maan siempre le ponía de buen humor. —Bueno, ¿no crees que yo debería poder decir algo en el asunto? —preguntó Maan. —Puede —dijo Firoz—. Si creyera que sabes lo que es mejor para ti.

Cap. 6.09 - A reluctant student

Cap. 6.09 – A reluctant student A few minutes later, Maan came riding up towards him, doffed his riding cap in a cheerful gesture of greeting, and dismounted. ‘Where were you?’ asked Firoz. ‘They’re quite strict here about timing, and if we don’t get to the wooden horse within ten minutes of the time for which we’ve reserved it, well, someone else will take it. Anyway, how did you manage to persuade them to allow you to ride one of their horses without being accompanied by a member?’ ‘Oh, I don’t know,’ said Maan. ‘I just walked over and talked to one of the grooms for a few minutes, and he saddled up this bay for me.’ Firoz reflected that he should not have been too surprised:++ his friend had the knack of winging it in all kinds of unlikely situations through sheer insouciance. The groom must have taken it for granted that Maan was a fully-fledged member of the club. With Maan uncomfortably astride the wooden horse, Firoz began his education. The light bamboo polo stick was put in Maan’s right hand, and he was asked to point and swing it a few times for good measure. ‘But this is no fun at all,’ said Maan, after about five minutes. ‘Nothing is fun in the first five minutes,’ replied Firoz calmly. ‘No, don’t hold the stick that way—keep your arm straight—no, completely straight—that’s right—yes, now swing it—just a half swing—good!—your arm should act like an extension of the stick itself.’ ‘I can think of one thing at least that’s fun in the first five minutes,’ said Maan with a slightly idiotic grin, heaving the stick around and losing his balance slightly. Firoz surveyed Maan’s posture coolly. ‘I’m talking about anything requiring skill and practice,’ he said. ‘That requires a lot of skill and practice,’ said Maan. ‘Don’t be flippant,’ said Firoz, who took his polo seriously. ‘Now just stay exactly as you are, and look at me. Notice that the line between my shoulders runs parallel to the spine of the horse. Aim for that position.’ Maan tried, but found it even more uncomfortable. ‘Do you really think that everything that requires skill is painful at the beginning?’ he asked. ‘My Urdu teacher appears to take exactly the same view.’ He rested the polo stick between his legs and wiped his forehead with the back of his right hand. ‘Come now, Maan,’ said Firoz, ‘you can’t say you’re tired after just five minutes of this. I’m going to try you out with the ball now.’ ‘I am rather tired, actually,’ said Maan. ‘My wrist’s hurting a little. And my elbow, and my shoulder.’ Firoz flashed him an encouraging smile and placed the ball on the ground. Maan swung his stick towards it and missed it entirely. He tried again and missed again. ‘You know,’ said Maan, ‘I’m not at all in the mood for this. I’d rather be somewhere else.’ Firoz, ignoring him, said: ‘Don’t look at anything, just at the ball—just at the ball—nothing else—not at me—not at where the ball is going to go—not even at a distant image of Saeeda Bai.’ This last comment, instead of making Maan lose his swing entirely, actually resulted in a small impact as the mallet skimmed the top of the ball. ‘Things aren’t going all that well with Saeeda Bai, you know, Firoz,’ said Maan. ‘She got very annoyed with me yesterday, and I don’t know what it was I did.’ ‘What brought it on?’ said Firoz, not very sympathetically. ‘Well, her sister came in while we were talking and said something about the parrot looking as if he was exhausted. Well, it’s a parakeet actually, but that’s a sort of parrot, isn’t it? So I smiled at her and mentioned our Urdu teacher and said that the two of us had something in common. Meaning, of course, that Tasneem and I did. And Saeeda Bai just flared up. She just flared up. It was half an hour before she would talk to me affectionately again.’ Maan looked as abstracted as it was possible for him to look. ‘Hmm,’ said Firoz, thinking of how sharp Saeeda Bai had been with Tasneem when he had visited the house to deliver the envelope. ‘It almost seemed as if she was jealous,’ Maan went on after a pause and a few more shots. ‘But why would someone as amazingly beautiful as her need to be jealous of anyone else? Especially her sister.’ Firoz reflected that he would never have used the words ‘amazingly beautiful’ of Saeeda Bai. It was her sister who had amazed him with her beauty. He could well imagine that Saeeda Bai might envy her freshness and youth. ++‘Well,’ he said to Maan, a smile playing on his own fresh and handsome features, ‘I wouldn’t take it as a bad sign at all. I don’t see why you’re depressed about it. You should know by now that women are like that.’ ‘So you think jealousy is a healthy sign?’ demanded Maan, who was quite prone to jealousy himself. ‘But there must be something to feel jealous about, don’t you think? Have you ever seen the younger sister? How could she even compare with Saeeda Bai?’ Firoz said nothing for a while, then made the brief comment: ‘Yes, I’ve seen her. She’s a pretty girl.’ He didn’t volunteer anything else. But Maan, while hitting the ball ineffectually across the top, had his mind on Saeeda Bai again. ‘I sometimes think she cares more for that parakeet than for me,’ he said, frowning. ‘She’s never angry with him. I can’t go on like this—I’m exhausted.’ The last sentence referred not to his heart but to his arm. Maan was expending a great deal of energy playing his shots, and Firoz appeared to enjoy seeing him huff and puff a little. ‘How did your arm feel when you made that last shot?’ he asked. ‘It got quite a jolt,’ said Maan. ‘How long do you want me to go on?’ ‘Oh, till I feel you’ve had enough,’ said Firoz. ‘It’s quite encouraging—you are making all the standard beginner’s mistakes. What you just did was to top the ball. Don’t do that—aim at a point at the bottom of the ball, and it’ll rise very nicely. If you aim at the top, all the strength of the impact will be absorbed by the ground. The ball won’t go far and, besides, you’ll find as you did just now that your arm gets++ a sharp little shock.’ ‘I say, Firoz,’ said Maan, ‘how did you and Imtiaz learn Urdu? Wasn’t it very difficult? I’m finding it impossible—all those dots and squiggles.’ ‘We had an old maulvi who came to the house especially to teach us,’ said Firoz. ‘My mother was very keen that we learn Persian and Arabic as well, but Zainab was the only one who got very far with those.’ ‘How is Zainab?’ asked Maan. He reflected that though he had been a favourite of hers in childhood, he had not seen her for many years now—ever since she had disappeared into the world of purdah. She was six years older than him and he had adored her. In fact she had once saved his life in a swimming accident when he was six. I doubt I’ll ever see her again, he thought to himself. How awful—and how strange. ‘Don’t use force, use strength—’ said Firoz. ‘Or hasn’t your instructress taught you that?’ Maan aimed a gentle swipe at Firoz with his stick. By now there were only about ten minutes of daylight left, and Firoz could see that Maan was not happy sitting on a merely wooden horse. ‘Well, one last shot,’ he said. Maan pointed at the ball, made a light half-swing, and with one smooth, full, circular motion of his arm and wrist, hit the ball squarely in the centre. Pokk! The ball made a wonderful wooden sound, and flew up in a fine low parabola, passing over the net at the top of the pit. Both Firoz and Maan were astonished. ‘Good shot!’ said Maan, very pleased with himself. ‘Yes,’ said Firoz. ‘Good shot. Beginner’s luck. Tomorrow we’ll see if you can do that consistently. But now I’m going to get you to ride a real polo pony for a few minutes, and see if you can control the reins with the left hand alone.’ ‘Perhaps tomorrow,’ said Maan. His shoulders were stiff and his back felt twisted, and he had had more than enough of polo. ‘How about a ride instead?’ ‘I can see that, like your Urdu teacher, I’ll have to teach you discipline before I teach you your subject,’ said Firoz. ‘Riding with one hand isn’t hard at all. It’s no more difficult than learning riding in the first place—or learning your alif-be-pe-te. If you try it now, you’ll be in a better position tomorrow.’ ‘But I’m not very keen to try it today,’ protested Maan. ‘It’s dark anyway, and I won’t enjoy myself. Oh, all right, whatever you say, Firoz. You’re the boss.’ He dismounted and put his arm around his friend’s shoulder, and they walked towards the stables. ‘The trouble with my Urdu teacher,’ continued Maan, apropos of nothing immediate, ‘is that he only wants to teach me the finer points of calligraphy and pronunciation, and I only want to learn how to read love poetry.’ ‘That’s the trouble with the teacher, is it?’ asked Firoz, holding his friend’s polo stick to prevent retaliation. He was feeling cheerful again. Maan’s company almost invariably did that to him. ‘Well, don’t you think I should have a say in the matter?’ asked Maan. ‘Perhaps,’ said Firoz. ‘If I thought you knew what was good for you.’

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Cap. 6.08 - Chooté (el pequeño) Sahib

Cap 6.8 – Chooté (el pequeño) Sahib Una tarde, tras una larga jornada en el Tribunal Supremo, Firoz iba de camino al club del cuartel para jugar un poco al polo y cabalgar un rato, cuando vio que el secretario de su padre, Murtaza Ali, bajaba en bici por la calle con un sobre blanco en la mano. Firoz paró el coche y le llamó; Murtaza Ali se detuvo. —¿Adónde vas? —le preguntó Firoz. —Oh, a ninguna parte, no voy a salir de Pasand Bagh. —¿Para quién es el sobre? —Para Saeeda Bai Firozabadi —dijo Murtaza Ali con renuencia. —Genial me viene de paso, yo la entregaré. —Firoz miró la hora—. No me retrasará. Sacó la mano por la ventanilla para coger el sobre, pero Murtaza Ali no lo soltó. —No es ninguna molestia, Chooté Sahib —dijo, sonriendo—. No debo cargar a los demás con mis obligaciones. Está usted muy elegante con los pantalones de montar. —Para mí no es una obligación. Dame. —Y Firoz volvió a sacar el brazo para coger el sobre, pensando que sería una excusa claramente inocente para volver a ver a aquella encantadora jovencita, Tasnim. —Lo siento, Chooté Sahib, el Nawab Sahib me dejó bien claro que fuera yo quien lo entregara. —Pero que absurdo —dijo Firoz, hablando ya con cierta altivez—. Ya les he llevado paquetes anteriormente, el otro día, cuando me pillaba de paso, me dejaste que entregase uno y así te evitaba problemas, y puedo volver a hacerlo. —Choté sahib, es una cuestión tan insignificante, por favor, déjelo estar. —Se un buen chico y dame el sobre de una vez. —No puedo. —¿Que no puedes? —La voz de Firoz adquirió un tono de autoridad. —Mire, Choté Sahib, la última vez el Nawab Sahib se enfadó muchísimo. Me dijo muy en serio, que jamas volviera a ocurrir. Le ruego que perdone mi rudeza, pero su padre fue tan categórico que no me atrevo a disgustarle de nuevo. —Ya veo. —Firoz estaba perplejo. No entendía que su padre se hubiera enfadado tanto por un asunto tan inofensivo. Había estado deseando ir a jugar al polo, pero se le habían quitado las ganas. ¿Por qué su padre se comportaba de una manera tan excesivamente puritana? Sabía que no era lo apropiado relacionarse con cantantes, pero ¿qué mal podía haber por entregar una carta? Aunque quizá no fuera ése el problema. —Aclaremos una cosa —prosiguió tras meditar un momento—. ¿Lo que molestó a mi padre fue que tu no entregaras el paquete o que lo entregara yo? —Eso no puedo decirlo, Choté Sahib. A mi también me hubiera gustado saberlo. Murtaza Ali, educadamente seguía allí de pie junto a su bici, sujetando el sobre firmemente con la mano, como si temiera que Firoz, en un súbito impulso, pudiera arrebatárselo. —Muy bien —dijo Firoz, y tras un seco movimiento de cabeza siguió conduciendo hasta el cuartel. El día estaba ligeramente nublado. Era a últimas horas de la tarde y hacía un poco de fresco. A ambos lados de la Kitcherner Road los altos gulmohar en plena floración inundaban de color naranja la calle. El peculiar aroma de las flores, no especialmente dulce aunque sí tan evocador como el de los geranios, llenaba el aire, y los ligeros pétalos en forma de abanico salpicaban la carretera. Firoz decidió que hablaría con su padre cuando regresara a la Casa de Baitar, y esa decisión le ayudó a quitarse el incidente de la cabeza. Recordó la primera vez que vio a Tasnim y la repentina y perturbadora atracción que sintió por ella, una sensación de haberla visto antes, en algún lugar “si no en esta vida, entonces en otra”. Pero después de un rato, a medida que se acercaba al campo de polo y le llegaba el familiar olor de excrementos de caballo, pasaba junto a los edificios tan familiares y saludaba a los conocidos, el juego ganó terreno y Tasnim se desvaneció en el pasado. Aquella tarde Firoz había prometido darle a Maan una clases de polo, y le buscó por el club. De hecho, habría sido más exacto decir que había forzado a un reacio Maan a aprender un poco del juego —Es el mejor deporte del mundo —le había dicho—. Pronto te volverás un adicto. Y tienes demasiado tiempo libre, —Firoz agarró las manos de Maan con las suyas y le dijo—. Se te están ablandando de tanto mimo. Pero no se veía a Maan por ninguna parte, y Firoz miró algo impaciente la hora y la luz, cada vez más débil.

Cap. 6.08 - Chooté (the minor) Sahib

Cap. 6.-08 – Chooté (the minor) Sahib One evening after a longish day in the High Court, Firoz was on his way to the cantonment for some polo and a ride when he noticed his father’s secretary, Murtaza Ali, bicycling down the road with a white envelope in his hand. Firoz halted the car and called out, and Murtaza Ali stopped. ‘Where are you off to?’ asked Firoz. ‘Oh, nowhere, just within Pasand Bagh.’ ‘Who’s that envelope for?’ ‘Saeeda Bai Firozabadi,’ said Murtaza Ali rather reluctantly. ‘Well, that’s on my way. I’ll drop it off.’ Firoz looked at his watch. ‘It shouldn’t make me late.’ He reached out of the window to take the packet, but Murtaza Ali held back. ‘It isn’t any trouble at all, Chhoté Sahib,’ he said, smiling. ‘I must not palm off my duties on others. You are looking very well turned out in those new jodhpurs.’ ‘It’s not a duty for me. Here—’ And Firoz reached out once again for the packet. He reflected that it would provide him with the ostensibly innocent means to see that lovely girl Tasneem once more. ‘I’m sorry, Chhoté Sahib, the Nawab Sahib was quite explicit that I deliver it.’ ‘That makes no sense to me,’ said Firoz, now speaking in a somewhat patrician manner. ‘I delivered the packet before—you let me take it to save you trouble when it was on my way—and I am capable of taking it again.’ ‘Chhoté Sahib, it is such a small matter, please let it be.’ ‘Now, good fellow, let me have the packet.’ ‘I cannot.’ ‘Cannot?’ Firoz’s voice became commandingly aloof. ‘You see, Chhoté Sahib, the last time I did, the Nawab Sahib was extremely annoyed. He told me very firmly that this was never to happen again. I must ask your forgiveness for my rudeness, but your father was so vehement that I dare not risk his displeasure again.’ ‘I see.’ Firoz was perplexed. He could not understand his father’s inordinate annoyance about this harmless matter. He had been looking forward to his game, but now his mood was spoilt. Why was his father behaving in this excessively puritanical way? He knew that it was not the done thing to socialize with singing girls, but what harm was there in simply delivering a letter? But perhaps that was not the problem at all. ‘Let me get this clear,’ he went on after a moment’s thought. ‘Was my father displeased that you had not delivered the packet or that I had delivered it?’ ‘That I could not say, Chhoté Sahib. I wish I understood it myself.’ Murtaza Ali continued to stand politely beside his bicycle, holding the envelope firmly in one hand, as if he feared that Firoz might, on a sudden impulse, snatch it away from him after all. ‘All right,’ said Firoz and, with a curt nod at Murtaza Ali, drove on towards the cantonment. It was a slightly cloudy day. Though it was only early evening, it was comparatively cool. On both sides of Kitchener Road stood tall gulmohur trees in full orange bloom. The peculiar scent of the flowers, not sweet as such but as evocative as that of geraniums, was heavy in the air, and the light, fan-shaped petals were strewn across the road. Firoz decided to talk to his father when he got back to Baitar House, and this resolution helped him put the incident out of his mind. He recalled his first glimpse of Tasneem and remembered the sudden and disturbing attraction he had felt for her—a sense that he had seen her before, somewhere ‘if not in this life then in some earlier one’. But after a while, as he came closer to the polo grounds and smelt the familiar scent of horse dung and passed by the familiar buildings and waved to the familiar people, the game reasserted itself and Tasneem too faded into the background. Firoz had promised to teach Maan a bit of polo this evening, and now he looked around for him at the club. In fact it would be more accurate to say that he had compelled a reluctant Maan to learn a little about the game. ‘It’s the best game in the world,’ he had told him. ‘You’ll be an addict soon enough. And you have too much time on your hands.’ Firoz had gripped Maan’s hands in his own and had said: ‘They’re going soft from too much pampering.’ But Maan was nowhere to be seen at this moment, and Firoz glanced a little impatiently at his watch and at the lessening light.

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Cap. 6.07 - Pero, ¡Mira que eres idiota!

Cap. 6.7 – Pero ¡mira que eres idiota! La referencia a los nim le recordó a Pran que llevaba varios días sin ir a ver a su madre. Aquel año, el polen había afectado a la señora de Mahesh Kapoor aún más de lo normal. Había días en que apenas podía respirar. Incluso su marido, que trataba todas las alergias como si las victimas se las infligieran deliberadamente a sí mismas, se vio obligado a prestar atención a su mujer. En cuanto a Pran, que sabía por experiencia lo que era luchar por respirar, pensaba en su madre con un sentimiento de triste impotencia y en su padre con algo de enfado, ya que insistía en que se quedara en la ciudad para hacerse cargo de la casa. —¿Y a dónde va a ir que no haya nims? —había dicho Mahesh Kapoor—. ¿Al extranjero? —Bueno, Baoji, quizá algún lugar en el sur, o en las montañas. —Se un poco realista. ¿Y quién cuidaría allí de ella? ¿No pensarás que debo abandonar mi trabajo? Era obvio que aquello no tenía respuesta. Mahesh Kapoor siempre se había mostrado insensible a las enfermedades y dolencias de los demás, desapareciendo de la ciudad siempre que su mujer había dado a luz. No aguantaba “el desorden, el barullo y todo el lio”. Además, últimamente la señora de Mahesh Kapoor estaba muy preocupada por un tema que parecía agravar su enfermedad: el encaprichamiento de Maan con Saeeda Bai, y el hecho de que se quedara en Brahmpur perdiendo el tiempo cuando tenía trabajo y obligaciones en Benarés. La familia de su prometida, había hecho averiguaciones de forma indirecta a través de un pariente sobre fijar la fecha de la boda, y la señora de Mahesh Kapoor le suplicó a Pran que hablara con él. Pran le dijo a su madre que él no tenía ningún control sobre su hermano pequeño. —Sólo escucha a Vina —le había contestado Pran—, y luego hace lo que le da la gana. Pero su madre parecía tan triste que Pran consintió en hablar con su hermano. Sin embargo, lo había ido dejando pasar ya varios días. De acuerdo, se dijo Pran para sus adentros. Hoy nos acercaremos a Prem Nivas y de paso hablaré con él. Hacía demasiado calor para ir andando, de manera que cogieron un tonga. Savita estaba sentada, sonriendo en silencio y —pensó Pran— de manera muy misteriosa. En realidad, simplemente le alegraba visitar a su suegra, a la que apreciaba, y con la que disfrutaba de hablar de los nims, los buitres, los parterres y las lilas. Cuando llegaron a Prem Nivas se encontraron con que Maan aún seguía durmiendo. Pran dejó a Savita con la señora de Mahesh Kapoor, que parecía encontrarse un poco mejor, y subió a despertar a su hermano. Maan estaba echado en la cama, con la cara enterrada en las almohadas. El ventilador del techo daba vueltas y vueltas, pero en la habitación seguía haciendo calor. —¡Levántate! —dijo Pran. —¡Agh! —dijo Maan, intentando protegerse de la luz del día. —¡Levántate! Tengo que hablar contigo. —¿Qué? ¡Oh! ¿Por qué? Muy bien, deja que me lave la cara. Maan se levantó, sacudió la cabeza varias veces, se miró cuidadosamente la cara en el espejo, se hizo un respetuoso adaab a sí mismo cuando su hermano no miraba, y, tras echarse un poco de agua en la cara, regresó y volvió a tumbarse en la cama, esta vez boca arriba. —¿Quién te ha dicho que hables conmigo? —dijo Maan. Luego, recordando lo que estaba soñando, dijo, con cierto lamento—: Estaba teniendo un sueño maravilloso. Caminaba cerca del Barsaat Mahal con una joven..., bueno, en realidad no era tan joven, pero en su cara no había ninguna arruga... Pran comenzó a sonreír. Maan pareció un poco molesto. —¿No te interesa? —preguntó. —No. —Bueno, ¿por qué has venido, Bhai Sahib? Por qué no te sientas en la cama, es mucho más cómodo. Ah, sí —dijo, acordándose—, has venido a hablar conmigo. ¿Quién te mandado? —¿Es que alguien tiene que mandármelo? —Sí. Por regla general, nunca das consejos fraternales, y por la cara que pones puedo adivinar que has venido a eso. Muy bien, muy bien, adelante. Supongo que se trata de Saeeda Bai. —Sí, has acertado. —Y, ¿qué puedo decir? —dijo Maan con una especie de mirada de cachorro abandonado—. Estoy perdidamente enamorado. Pero no sé si a ella le importo en lo mas mínimo. —Mira que eres idiota —dijo Pran cariñosamente. —No te rías de mi. No puedo soportarlo. Me siento fatal —dijo Maan, autoconvenciéndose gradualmente de su depresión romántica—. Pero nadie me cree. Incluso Firoz dice... —Y tiene toda la razón. Tú no sientes nada de eso. Dime una cosa, ¿de verdad crees que una persona así es capaz de amar? —¿No? —preguntó Maan—. Y ¿Por qué no? Recordó la noche anterior, que había pasado en brazos de Saeeda Bai, y comenzó a sentirse somnolientamente enamorado una vez más. —Porque su profesión exige no hacerlo —replicó Pran—. Si se enamorara de ti, eso sería fatal para su trabajo, o ¡para su reputación! Así que no lo hará. Es demasiado práctica. Cualquiera que tenga buen ojo puede verlo, y yo la he visto en tres Holis seguidos. —Lo que pasa es que no la conoces, Pran —dijo su hermano con vehemencia: Era la segunda vez en pocas horas que alguien le decía a Pran que no comprendía a otra persona, y reaccionó con impaciencia. —Escucha, Maan, te estás poniendo totalmente en ridículo. Las mujeres como ésa han sido educadas para fingir que están enamoradas de hombres ingenuos, para aligerarles el corazón, y aún más la bolsa. Ya sabes que Saeeda Bai es famosa por ese tipo de cosas. Maan simplemente se dio la vuelta y enterró la cara en la almohada. A Pran le resultaba muy difícil ser severo con el idiota de su hermano. Bueno, he cumplido con mi deber, pensó. Si le digo algo más reaccionará justo al contrario de como quiere Ammaji. Alborotándole el pelo le dijo:—Maan, ¿tienes problemas de dinero? La voz de Maan, ligeramente apagada por la almohada, dijo: —Bueno, no es fácil. No soy un cliente ni nada por el estilo, pero no puedo ir con las manos vacías. De manera que, bueno, le he hecho algunos regalos. Ya sabes. Pran se quedó callado, pues no sabía nada. Luego dijo: —¿No te habrás comido el dinero que trajiste a Brahmpur para el negocio, o sí, Maan? Ya sabes cómo reaccionaría Baoji si se enterara. —No —dijo Maan frunciendo ceño. Otra vez se había dado la vuelta y miraba al ventilador—. El otro día, me hizo un comentario muy mordaz, pero estoy seguro de que a él no le importa en absoluto lo de Saeeda Bai. Después de todo, tuvo una juventud muy alegre y además la ha invitado varias veces a cantar en Prem Nivas. Pran no dijo nada. Estaba casi seguro de que su padre estaba muy enfadado. Maan prosiguió:—Y hace sólo un par de días le pedí dinero, “para esto y lo otro”, y me dio una cantidad bastante generosa. Pran reflexionó que siempre que su padre estaba ocupado con alguna ley o proyecto, odiaba que le interrumpieran, y casi pagaba a la gente para poder seguir con su trabajo. —Así que ya ves —dijo Maan—, no hay ningún problema. —Una vez hecho desaparecer el problema, prosiguió—: Pero ¿dónde está mi encantadora Bhabhi? Me gustaría mucho más que fuera ella quien me echara la bronca. —Está abajo. —¿También está enfadada conmigo? —Yo no estoy exactamente enfadado contigo, Maan —dijo Pran—. Muy bien, vístete y baja. Está deseando verte. —¿Qué pasó con tu trabajo? —preguntó Maan. Pran hizo un gesto con la mano derecha equivalente encogerse de hombros. —Vaya, ¿el profesor Mishra sigue furioso contigo? Pran frunció el ceño. —No es el tipo de hombre que olvida gentilezas como la tuya. ¿Sabes, si hubieras sido un estudiante y hubieras hecho lo que hiciste en el Holi, yo, como miembro del Comité para el Bienestar de los Estudiantes, tal vez hubiera tenido que recomendar tu expulsión. —Tus estudiantes forman un grupo muy animado —dijo Maan con aprobación. Después de un rato añadió, con una sonrisa feliz en la cara: —¿Sabes que me llama Dagh Sahib? —¿De verdad? —dijo Pran—. Que encantador. Te veré abajo en un par de minutos.

Cap. 6.7 – But, look how idiot you are! The reference to neem blossoms reminded Pran that he had not visited his mother in several days. Mrs Mahesh Kapoor had been even more badly affected this year by the pollen of the neem trees than she usually was. Some days she could hardly breathe. Even her husband, who treated all allergies as if they were wilfully inflicted by the victims upon themselves, was forced to take some notice of his wife. As for Pran, who knew from experience what it felt like to struggle for breath, he thought of his mother with a feeling of sad helplessness—and with some anger towards his father who insisted that she remain in town in order to manage the household. ‘Where should she go where there are no neem trees?’ Mahesh Kapoor had said. ‘Abroad?’ ‘Well, Baoji, perhaps to the south somewhere—or to the hills.’ ‘Don’t be unrealistic. Who will take care of her there? Or do you think I should give up my work?’ There was no obvious answer to this. Mahesh Kapoor had always been dismissive of other people’s illnesses and bodily pain, and had disappeared from town whenever his wife had been about to give birth. He could not stand ‘the mess and the fuss and so on’. Lately, Mrs Mahesh Kapoor had been much exercised by one issue which seemed to aggravate her condition. This was Maan’s involvement with Saeeda Bai, and his loitering around in Brahmpur when he had work and other obligations in Banaras. When his fiancée’s family sent an indirect inquiry through a relative about fixing a date for the marriage, Mrs Mahesh Kapoor had begged Pran to speak to him. Pran had told her that he had very little control over his younger brother. ‘He only listens to Veena,’ he had said, ‘and even then he goes and does exactly as he pleases.’ But his mother had looked so unhappy that he had agreed to talk to Maan. He had, however, put it off now for several days. Right, said Pran to himself. I’ll talk to him today. And it’ll be a good opportunity to visit Prem Nivas. It was already too hot to walk, so they went by tonga. Savita sat smiling silently and—Pran thought—quite mysteriously. In fact she was merely pleased to be visiting her mother-in-law, whom she liked, and with whom she enjoyed discussing neem trees and vultures and lawns and lilies. When they got to Prem Nivas they found that Maan was still asleep. Leaving Savita with Mrs Mahesh Kapoor, who looked a little better than before, Pran went off to wake his brother up. Maan was lying in his room with his face buried in his pillow. A ceiling fan was going round and round, but the room was still quite warm. ‘Get up! Get up!’ said Pran. ‘Oh!’ said Maan, trying to ward off the light of day. ‘Get up! I have to talk to you.’ ‘What? Oh! Why? All right, let me wash my face.’ Maan got up, shook his head several times, examined his face in the mirror quite carefully, did a respectful adaab to himself when his brother was not watching and, after splashing some water upon himself, came back and lay down flat on the bed once more—but on his back. ‘Who’s told you to speak to me?’ said Maan. Then, remembering what he had been dreaming about, he said, regretfully: ‘I was having the most wonderful dream. I was walking near the Barsaat Mahal with a young woman—not so young really, but her face was unlined still—’ Pran started smiling. Maan looked a little hurt. ‘Aren’t you interested?’ he asked. ‘No.’ ‘Well, why have you come, Bhai Sahib? Why don’t you sit down on the bed—it’s much more comfortable. Oh yes,’ he said, remembering: ‘you’ve come to speak to me. Who has put you up to it?’ ‘Does someone have to have put me up to it?’ ‘Yes. You never proffer brotherly advice as a rule, and I can tell from your face that I am in for some proffering. All right, all right, go ahead. It’s about Saeeda Bai, I suppose.’ ‘You’re absolutely right.’ ‘Well, what’s there to say?’ said Maan, with a sort of happy hangdog look. ‘I’m terribly in love with her. But I don’t know if she cares for me at all.’ ‘Oh, you idiot,’ said Pran affectionately. ‘Don’t make fun of me. I can’t bear it. I’m feeling very low,’ said Maan, gradually convincing himself of his romantic depression. ‘But no one believes me. Even Firoz says—’ ‘And he’s quite right. You’re feeling nothing of the kind. Now tell me, do you really think that that kind of person is capable of loving?’ ‘Oh?’ asked Maan. ‘Why not?’ He thought back to the last evening that he had spent in Saeeda Bai’s arms, and began to feel fuzzily amorous once more. ‘Because it’s her job not to,’ replied Pran. ‘If she fell in love with you it wouldn’t be at all good for her work—or her reputation! So she won’t. She’s too hard-headed. Anyone with one good eye can see that, and I’ve seen her for three Holis in succession.’ ‘You just don’t know her, Pran,’ said his brother ardently. This was the second time in a few hours that someone had told Pran that he just didn’t understand someone else, and he reacted impatiently. ‘Now listen, Maan, you’re making a complete fool of yourself. Women like that are brought up to pretend they’re in love with gullible men—to make their hearts light and their purses even lighter. You know that Saeeda Bai is notorious for this sort of thing.’ Maan just turned over on to his stomach and pressed his face into the pillow. Pran found it very difficult to be righteous with his idiot of a brother. Well, I’ve done my duty, he thought. If I say anything further it’ll have just the opposite reaction to what Ammaji wants. He tousled his brother’s hair and said: ‘Maan—are you in difficulties with money?’ Maan’s voice, slightly muffled by the pillow, said: ‘Well, it isn’t easy, you know. I’m not a client or anything, but I can’t just go empty-handed. So, well, I’ve given her a few gifts. You know.’ Pran was silent. He did not know. Then he said: ‘You haven’t eaten into the money you came to Brahmpur to do business with, have you, Maan? You know how Baoji would react if he came to know of that.’ ‘No,’ said Maan, frowning. He had turned around again, and was looking up at the fan. ‘Baoji, you know, said something sharp to me a few days ago—but I’m sure he doesn’t really mind at all about Saeeda Bai. After all, he’s had quite a lively youth himself—and, besides, he’s invited her several times to sing at Prem Nivas.’ Pran said nothing. He was quite certain that his father was very displeased. Maan went on: ‘And just a few days ago I asked him for money—“for this and for that”—and he gave me quite a generous amount.’ Pran reflected that whenever his father was occupied with a piece of legislation or some other project, he hated being disturbed, and almost paid people off so as to be able to get on with his own work. ‘So you see,’ said Maan, ‘there isn’t a problem at all.’ Having made the problem disappear, he went on: ‘But where is my lovely bhabhi? I’d much rather be scolded by her.’ ‘She’s downstairs.’ ‘Is she angry with me too?’ ‘I’m not exactly angry with you, Maan,’ said Pran. ‘All right, get ready and come down. She’s looking forward to seeing you.’ ‘What’s happening about your job?’ asked Maan. Pran made a gesture with his right hand which was the equivalent of a shrug. ‘Oh, yes, and is Professor Mishra still furious with you?’ Pran frowned. ‘He’s not the sort of man who forgets little acts of kindness such as yours. Do you know, if you had been a student and did what you did at Holi, I might, as a member of the student welfare committee, have had to recommend your expulsion.’ ‘Your students sound a very lively lot,’ said Maan approvingly. After a while he added, with a happy smile on his face: ‘Do you know that she calls me Dagh Sahib?’ ‘Oh, really?’ said Pran. ‘Very charming. I’ll see you downstairs in a few minutes.’

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Cap. 6.06 - Carta de Mama

Cap. 6.-6 – Carta de Mama A la mañana siguiente, el cartero trajo una carta de Calcuta, escrita con la inimitable y diminuta letra de la señora Rupa Mehra que decía, Mis queridísimos Savita y Pran: Acabo de recibir vuestra cariñosa carta y no hace falta que os diga lo contenta que me he puesto. No esperaba carta de ti, Pran, ya que sé que tienes mucho trabajo y poco tiempo para escribir, por lo que la alegría al recibirla aún ha sido mayor. Estoy segura de que a pesar de las dificultades, mi queridísimo Pran, tus sueños en el departamento se harán realidad. Debes tener paciencia, es una lección que la vida me ha enseñado. Hay que trabajar duro, el resto no está en nuestras manos. Me siento afortunada de que mi dulce Savita tenga un marido tan bueno, pero cuida tu salud. Supongo que el bebé dará más pataditas que nunca, se me llenan los ojos de lágrimas al no poder estar contigo, mi querida Savita, y compartir tanta alegría. Recuerdo que cuando tú las dabas lo hacías muy suavemente y tu padre, que Dios le bendiga, ponía la mano en mi tripa pero no podía sentirlas. Ahora mi queridísima Savita, te toca a ti ser madre. Te echo tanto de menos. A veces Arun me dice que sólo me preocupo por mis hijas, pero no es cierto, quiero a mis cuatro hijos por igual, chicos o chicas, y me intereso por todo lo que hacen. Este año Varun tiene dificultad con las mates y estoy muy preocupada por él. Aparna es un encanto y quiere mucho a su abuela. A menudo por las noches me quedo sola con ella. Arun y Meenakshi salen para alternar, ya sé que es muy importante para su trabajo, y a mí me encanta jugar con ella. A veces le leo algo. Varun vuelve muy tarde de la universidad, antes era él quien la cuidaba, y eso está bien, porque los niños no deben pasar todo el tiempo con las ayas, eso es malo para su educación. De modo que ahora me encargo yo de cuidarla y Aparna me ha cogido mucho cariño. Ayer le dijo a su madre, que se estaba vistiendo para salir a cenar: “Podéis iros, no me importa; si la Daadi se queda me importa un comino”. Ésas fueron exactamente sus palabras y yo me sentí muy orgullosa de que a los tres años fuera capaz de expresarse así. Le estoy enseñando a llamarme Daadi en lugar de “abuela”, aunque Meenakshi cree que si no aprende ahora bien inglés, ¿cuándo lo aprenderá? Meenakshi a veces se pone de muy mal humor, y entonces se me queda mirando y, mi querida Savita, siento que no me quiere en su casa. Me gustaría devolverle la mirada, pero a veces me echo a llorar. No puedo evitarlo. Entonces Arun me dice: “Mamá, no empieces con tus lloriqueos, siempre estás haciendo un drama por todo.” De manera que intento no llorar, pero cuando pienso en las medallas de tu padre se me saltan las lágrimas. En la actualidad, Lata pasa mucho tiempo con la familia de Meenakshi. Su padre, Justice Chatterji, creo que la tiene en alta estima, y a Kakoli, la hermana de Meenakshi, le cae muy bien. Luego están los tres chicos, Amit, Dipankar y Tapan Chatterji, que cada día me parecen más raros. Amit dice que Lata debería aprender bengalí, que es el único idioma verdaderamente civilizado de la India. Como sabes, él escribe sus libros en inglés, así que no sé por qué dice que el bengalí es el civilizado y el hindi no. No sé, pero estos Chatterji son una familia bastante extraña. Tienen un piano, pero el padre casi todas las noches se viste con el dhoti. Kakoli canta Rabindrasangeet y también música occidental, pero su voz no es de mi agrado, y en Calcuta tiene fama de moderna. A veces me pregunto cómo mi Arun acabó casándose en una familia así, pero mientras tenga a mi Aparna estoy contenta. Creo que Lata estaba muy enfadada y dolida conmigo cuando llegamos a Calcuta, y también preocupada por los resultados de sus exámenes. Debes telegrafiarnos tan pronto salgan sus notas, ya sean buenas o malas. Fue ese chico, K, al que conoció en Brahmpur, y no otra cosa lo que ejerció una mala influencia sobre ella. A veces me contesta con amargos comentarios y otras sólo con monosílabos, pero imagínate ¿qué habría ocurrido si hubiera dejado que las cosas siguieran adelante? Arun ni me ayuda ni me comprende, aunque le he dicho que presente a Lata a sus amigos casaderos y veremos qué pasa. Sólo con que pudiera encontrar un marido como Pran para mi Lata, moriría contenta. Si Papá te hubiera conocido Pran, habría sabido que su Savita estaba en buenas manos. Un día estaba tan dolida que le dije a Lata: la no-cooperación estaba muy bien para combatir a los británicos en tiempos de Gandhiji, pero yo soy tu madre y eres muy cabezota al seguir comportándote así. ¿A qué te refieres?, me dijo, con tanta indiferencia que me partió el corazón. Mi querida Savita, ruego que si tienes una hija —aunque ya es hora de que haya un nieto en la familia— que nunca se comporte con tanta frialdad contigo. Aunque otras veces se le olvida que está enfadada conmigo y es muy cariñosa hasta que vuelve a acordarse. Que Dios Todopoderoso te mantenga sana y feliz y que todos tus deseos se cumplan. Nos veremos pronto, durante el monzón, dios mediante. Montones y montones de cariño para los dos de mi parte, y un gran abrazo y besos también de parte de Arun, Varun, Lata, Aparva y Meenakshi, y también un fuerte abrazo y un beso. No os preocupes por mí, tengo bien del azúcar. De vuestra Ma que siempre os quiere tanto P.S.: Por favor, dale recuerdos a Maan, Vina, Kedarnath y también a Bhaskar, a la madre de Kedarnath y a los padres de Pran (espero que el florecimiento de los neem no le cause muchos problemas), y a mi padre y a Parvati, y por supuesto al Esperado Bebe. Dale también mis salaams a Mansoor y a Mateen y a los demás sirvientes. Hace calor en Calcuta, pero debe de ser peor en Brahmpur, y en tu estado debes procurar estar siempre en un lugar fresco y no salir al sol ni hacer ejercicio innecesario. Debes descansar mucho. Cuando no sepas qué hacer, recuerda el no hacer nada. Ya estarás suficientemente ocupada cuando nazca el bebe, créeme mi querida Savita, ahora debes conservar las fuerzas.

Cap. 6.06 - Mom letter

Cap. 6.-06 – Mom Letter The next morning a letter from Calcutta arrived in the post. It was written in Mrs Rupa Mehra’s inimitable small handwriting, and went as follows: Dearest Savita and Pran, I have just a little while ago received your dear letter and it is needless to say how delighted I am to get it. I was not expecting a letter from you Pran as I know you are working very hard and could hardly get any time to write letters so the pleasure of receiving it is even greater. I am sure inspite of difficulties Pran dearest your dreams in the department will come true. You must have patience, it is a lesson I have learned in life. One must work hard and everything else is not in one’s hands. I am blessed that my sweetheart Savita has such a good husband, only he must take care of his health. By now the baby must be kicking even more and tears come into my eyes that I cannot be there with you my Savita to share the joy. I remember when you were kicking it was so gentle a kick and Daddy bless him was there and put his hand on my stomach and could not even feel it. Now my darlingest S, you are yourself to be a mother. You are so much in my thoughts. Sometimes Arun says to me you only care for Lata and Savita but it is not true, I care for all four of my children boys or girls and take an interest in all they do. Varun is so troubled this year in his maths studies that I am very worried for him. Aparna is a sweetheart and so fond of her grandmother. I am often left with her in the evenings. Arun and Meenakshi go out and socialise, it is important for his job I know—and I am happy to play with her. Sometimes I read. Varun comes back very late from college, in the past he used to entertain her and that was good because children should not spend all their time with their ayahs, it can be bad for their upbringing. So now it has fallen to me and Aparna has grown so attached to me. Yesterday she said to her mother who had dressed up to go out to dinner: ‘You can go, I don’t care; if Daadi stays here I don’t care two hoots.’ Those were her exact words and I was so proud of her that at three years she could say so much. I am teaching her not to call me ‘Grandma’ but ‘Daadi’ but Meenakshi thinks if she does not learn correct English now when will she learn? Meenakshi sometimes I find has moods, and then she stares at me and then Savita dearest I feel that I am not wanted in the house. I want to stare back but sometimes I start crying. I can’t help it at all. Then Arun says to me, ‘Ma, don’t start the waterworks, you are always making a fuss over nothing.’ So I try not to cry, but when I think about your Daddy’s gold medal the tears are there. Lata is nowadays spending a lot of time with Meenakshi’s family. Meenakshi’s father Mr Justice Chatterji thinks highly of Lata I think, and Meenakshi’s sister Kakoli is also fond of her. Then there are the three boys Amit and Dipankar and Tapan Chatterji, who all seem more and more strange to me. Amit says Lata should learn Bengali, it is the only truly civilised language in India. He himself as you know writes his books in English so why does he say that only Bengali is civilised and Hindi is not? I don’t know, but the Chatterjis are an unusual family. They have a piano but the father wears a dhoti quite a lot in the evenings. Kakoli sings Rabindrasangeet and also western music, but her voice is not to my taste and she has a modern reputation in Calcutta. Sometimes I wonder how my Arun got married into such a family but all is for the best as I have my Aparna. Lata I fear was very angry and hurt with me when we first came to Calcutta and also worried about her exam results and not like herself at all. You must telegram the results as soon as they come, no matter whether good or bad. It was that boy K of course and nothing else whom she met in Brahmpur and he was clearly a bad influence. Sometimes she made a bitter remark to me and sometimes only gave minimum answers to my questions, but can you imagine if I had let things go on in that way? I had no help or sympathy from Arun at all in this but now I have told him to introduce Lata to his covenanted and other friends and let us see. If only I could find a husband like Pran for my Lata, I would die contented. If Daddy had seen you Pran, he would have known that his Savita was in good hands. One day I was so hurt that I said to Lata, it was all very well to have non-cooperation in Gandhiji’s time against the British, but I am your own mother, and it is very stubborn of you that you are doing this. Doing what? she said—and it was so indifferent that I felt my heart had broken. My dearest Savita, I pray, if you have a daughter—although actually Daa is time for a grandson in the family—then she will not ever be so cold to you. But at other times, she forgets she is angry with me—and then she is quite affectionate until she remembers. May God Almighty keep you well and happy to carry out all your plans. And soon in the Monsoon I will see you, D.V. Lots and lots of love to both of you from me, Arun, Varun, Lata, Aparna and Meenakshi and a big hug and kiss as well. Don’t worry about me, my blood sugar is all right. From your everloving Ma P.S. Please give my love to Maan, Veena, Kedarnath and also Bhaskar and Kedarnath’s mother and your own parents Pran (I hope the neem blossoms are less troublesome now)—and my father and Parvati—and of course to the Baby Expected. Also give my salaams to Mansoor and Mateen and the other servants. It is so hot in Calcutta but it must be worse in Brahmpur and in your condition Savita you must remain very cool and not go out in the sun or take unnecessary exercise. You must get plenty of rest. When in doubt about what to do, you must remember to do nothing. After the birth you will be busy enough, believe me, my dearest Savita, and you must conserve your strength.

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Cap. 6.05 - ¡Eso ha sido una patada!

Cap. 6.5 - ¡Eso ha sido una patada! Una noche, agotado de tanto corregir exámenes, Pran dormía a pierna suelta cuando le despertó un golpecito. Le habían dado una patada. Su mujer le rodeaba con los brazos, pero seguía durmiendo profundamente. —Savita, Savita..., ¡el bebé me ha dado una patada! —dijo Pran, entusiasmado, sacudiendo a su mujer por el hombro. Savita a penas abrió un ojo, sintió el acogedor y delgado cuerpo de Pran a su lado y sonrió en la oscuridad antes de volver a zambullirse en el sueño. —¿Estás despierta? —preguntó Pran. —Eh —dijo Savita—. Mmm. —¡Pero si que lo ha hecho! —dijo Pran, un poco triste ante su falta de entusiasmo. —¿Que ha hecho qué? —preguntó Savita, soñolienta. —El bebé. —¿Qué bebé? —Nuestro bebé. —¿Que nuestro bebé ha hecho qué? —Me ha dado una patada. Savita se incorporó con cuidado, le besó a Pran en la frente, como si él también fuera un bebé, y le dio un abrazo. —No es posible. Debes de haberlo soñado. Vuélvete a dormir. Y yo también me volveré a dormir. Y así el bebé también. —Pero si que lo ha hecho —dijo Pran, un poco indignado. —Ya, pero no puede ser, —dijo Savita, volviéndose a tumbar—. Lo habría notado. —Pues si que lo ha hecho. Lo más probable es que tú ya no sientas las patadas. Y duermes muy profundamente. Pero me dio una patada a través de tu barriga, eso hizo, y me despertó —insistió Pran. —Vale, de acuerdo —dijo Savita—. Como quieras. Creo que debe de haberse dado cuenta de que tenías pesadillas acerca del quiasmo y de la Ana... que palabra era. —Anacoluto. —Sí, y yo tenía unos sueños muy bonitos y él no quería molestarme. —Es un bebé maravilloso —dijo Pran. —Nuestro bebé —dijo Savita y volvió a abrazar a Pran. Se quedaron unos instantes en silencio. A continuación, mientras Pran volvía a dormirse, Savita dijo: —Parece que tiene mucha energía. —¿Si? —dijo Pran, medio dormido. Savita, totalmente despierta por sus pensamientos, no tenía intención de cortar la conversación. —¿Crees que será como Maan? —preguntó. —¿Él? —Siento que es un chico —dijo Savita de manera resuelta —¿Como Maan, en qué sentido? —preguntó Pran, recordando de pronto que su madre le había pedido que hablara con su hermano acerca del rumbo que le estaba dando a su vida, en concreto en lo que se refería a Saeeda Bai, a quien su madre se refería simplemente como esa mujer. —¿Guapo... y ligón? —Quizás —dijo Pran que tenía en mente otras características. —¿O un intelectual como su padre? —Oh, ¿por qué no? —dijo Pran, interesado de nuevo en la conversación—. Podría ser peor. Pero sin su asma, espero. —¿O crees que tendrá el carácter de mi abuelo? —No, no creo que fuera una patada de enfado. Sólo informativa. “Aquí estoy; son las dos de la mañana y todo va bien.” O quizá, como tú dices, estaba interrumpiendo una pesadilla. —O quizá será como Arun, elegante y sofisticado. —Lo siento, Savita —dijo Pran—. Si sale como tu hermano, le repudiaré. Aunque para entonces él ya nos habrá repudiado. De hecho, si es como Arun, ahora seguramente está pensando: “Un servicio horrible, en esta habitación; debo hablar con el director para que me den mis nutrientes con puntualidad. Y deberían ajustar la temperatura del líquido amniótico en esta piscina cubierta, como hacen en los bombos de cinco estrellas. Pero ¿qué puedes esperar en la India? Nada funciona en este condenado país. Lo que los nativos necesitan es una buena dosis de disciplina.” Quizá por eso me dio una patada. Savita se echó a reír. —No le conoces lo bastante —fue su respuesta. Pran simplemente gruñó. —O quizá se parezca a las mujeres de la familia —prosiguió Savita—. Quizá sea como tu madre o la mía. —Esa idea le agradó. Pran puso ceño, pues este último vuelo de la fantasía de Savita era un tanto excesivo a las dos de la mañana. —¿Quieres beber algo? —preguntó Pran. —No, mmm, sí, un vaso de agua. Pran se incorporó, tosió un poco, se volvió hacia la mesilla de noche, encendió la lamparilla y sirvió un vaso de agua fría del termo. —Toma, cariño —dijo, mirándola con un afecto teñido de cierta melancolía. Qué hermosa era, y qué maravilloso sería hacer el amor con ella. —No pareces muy contento —dijo Savita. Pran sonrió, y le pasó la mano por la frente. —Estoy bien. —Me preocupas. —Pues yo no—mintió Pran. —No respiras suficiente aire freso, y abusas demasiado de tus pulmones. Ojalá fueras un escritor, y no un profesor. —Savita bebió el agua lentamente, saboreando su frialdad en la cálida noche. —Gracias —dijo Pran—. Pero tú tampoco haces suficiente ejercicio. Deberías caminar un poco, aunque estés embarazada. —Lo sé —dijo Savita, bostezando—. He estado leyendo el libro que me dio mi madre. —Muy bien, buenas noches, cariño. Dame el vaso. Apagó la luz y permaneció tendido en la oscuridad, los ojos aún abiertos. Nunca pensé que sería tan feliz, se dijo. Me pregunto si soy feliz, y eso no me impide dejar de serlo. Pero ¿cuánto durará? No soy sólo yo, sino mi mujer y mi hijo quienes sufren la carga de mis inútiles pulmones. Debo cuidarme. No debo trabajar demasiado. Y debo dormirme enseguida. Y de hecho, a los cinco minutos ya estaba durmiendo.

Cap. 6.05 - That was a  kick!

6.5 - That was a kick¡ One night, exhausted from marking examination papers, Pran was sleeping soundly when he was awakened with a jolt. He had been kicked. His wife had her arms around him, but she was sleeping soundly still. ‘Savita, Savita—the baby kicked me!’ said Pran excitedly, shaking his wife’s shoulder. Savita opened a reluctant eye, felt Pran’s lanky and comforting body near her, and smiled in the dark, before sinking back to sleep. ‘Are you awake?’ asked Pran. ‘Uh,’ said Savita. ‘Mm.’ ‘But it really did!’ said Pran, unhappy with her lack of response. ‘What did?’ said Savita sleepily. ‘The baby.’ ‘What baby?’ ‘Our baby.’ ‘Our baby did what?’ ‘It kicked me.’ Savita sat up carefully, kissed Pran’s forehead, rather as if he were a baby himself, and gave him a hug. ‘It couldn’t have. You’re dreaming. Go back to sleep. And I’ll also go back to sleep. And so will the baby.’ ‘It did,’ said Pran, a little indignantly. ‘It couldn’t have,’ said Savita, lying down again. ‘I’d have felt it.’ ‘Well it did, that’s all. You probably don’t feel its kicks any more. And you sleep very soundly. But it kicked me through your belly, it definitely did, and it woke me up.’ He was very insistent. ‘Oh, all right,’ said Savita. ‘Have it your way. I think he must have known that you were having bad dreams, all about chiasmus and Anna—whatever her name is.’ ‘Anacoluthia.’ ‘Yes, and I was having good dreams and he didn’t want to disturb me.’ ‘Excellent baby,’ said Pran. ‘Our baby,’ said Savita. Pran got another hug. They were silent for a while. Then, as Pran was drifting off to sleep, Savita said: ‘He seems to have a lot of energy.’ ‘Oh?’ said Pran, half asleep. Savita, now wide awake with her thoughts, was in no mood to cut off this conversation. ‘Do you think he will turn out to be like Maan?’ she asked. ‘He?’ ‘I sense he’s a boy,’ said Savita in a resolved sort of way. ‘In what sense like Maan?’ asked Pran, suddenly remembering that his mother had asked him to talk to his brother about the direction of his life—and especially about Saeeda Bai, whom his mother referred to only as ‘woh’—that woman. ‘Handsome—and a flirt?’ ‘Maybe,’ said Pran, his mind on other matters. ‘Or an intellectual like his father?’ ‘Oh, why not?’ said Pran, drawn back in. ‘He could do worse. But without his asthma, I hope.’ ‘Or do you think he’ll have the temper of my grandfather?’ ‘No, I don’t think it was an angry sort of kick. Just informative. “Here I am; it’s two in the morning, and all’s well.” Or perhaps he was, as you say, interrupting a nightmare.’ ‘Maybe he’ll be like Arun—very dashing and sophisticated.’ ‘Sorry, Savita,’ said Pran. ‘If he turns out to be like your brother, I’ll disown him. But he’ll have disowned us long before that. In fact, if he’s like Arun, he’s probably thinking at this very moment: “Awful service in this room; I must speak to the manager so that I can get my nutrients on time. And they should adjust the temperature of the amniotic fluid in this indoor swimming pool, as they do in five-star wombs. But what can you expect in India? Nothing works at all in this damned country. What the natives need is a good solid dose of discipline.” Perhaps that’s why he kicked me.’ Savita laughed. ‘You don’t know Arun well enough,’ was her response. Pran merely grunted. ‘Anyway, he might take after the women in this family,’ Savita went on. ‘He might turn out to be like your mother or mine.’ The thought pleased her. Pran frowned, but this latest flight of Savita’s fancy was too taxing at two in the morning. ‘Do you want me to get you something to drink?’ he asked her. ‘No, mm, yes, a glass of water.’ Pran sat up, coughed a little, turned towards the bedside table, switched on the bedside lamp, and poured out a glass of cool water from the thermos flask. ‘Here, darling,’ he said, looking at her with slightly rueful affection. How beautiful she looked now, and how wonderful it would be to make love with her. ‘You don’t sound too good, Pran,’ said Savita. Pran smiled, and passed his hand across her forehead. ‘I’m fine.’ ‘I worry about you.’ ‘I don’t,’ Pran lied. ‘You don’t get enough fresh air, and you use your lungs too much. I wish you were a writer, not a lecturer.’ Savita drank the water slowly, savouring its coolness in the warm night. ‘Thanks,’ said Pran. ‘But you don’t get enough exercise either. You should walk around a bit, even during your pregnancy.’ ‘I know,’ said Savita, yawning now. ‘I’ve been reading the book my mother gave me.’ ‘All right, goodnight, darling. Give me the glass.’ He switched off the light and lay in the dark, his eyes still open. I never expected to be as happy as this, he told himself. I’m asking myself if I’m happy, and it hasn’t made me cease to be so. But how long will this last? It isn’t just me but my wife and child who are saddled with my useless lungs. I must take care of myself. I must take care of myself. I must not overwork. And I must get to sleep quickly. And in five minutes he was in fact asleep again.

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Cap. 6.04 - Aprenderé urdu

Cap. 6.4 – Aprenderé Urdu Al cabo de un rato se levantaron y pasaron a la otra habitación. Saeeda Bai mandó que le trajeran el periquito, al que había cogido cariño. Ishaq Khan lo trajo dentro de su jaula y se pusieron a comentar acerca de cuándo aprendería a hablar. Saeeda Bai parecía opinar que con un par de meses serían suficientes, mientras que a Ishaq eso le parecía dudoso. —Mi abuelo tuvo un periquito que no dijo ni una palabra durante el primer año, y luego no paró de hablar durante el resto de su vida —dijo Ishaq. —Nunca había oído nada parecido —dijo Saeeda Bai con desdén—. Por cierto, ¿por qué sostienes la jaula de esa manera tan rara? —Oh, no es nada —dijo Ishaq, dejando la jaula en una mesa y frotándose la muñeca derecha—. Sólo me duele la muñeca. Lo cierto es que le dolía bastante, y en las últimas semanas había ido a peor. —Pues tocas bastante bien —dijo Saeeda Bai, sin muchas ganas de compadecerle. —Saeeda begum, ¿qué iba a hacer si no tocara? —Ah, no lo sé —dijo Saeeda Bai, dándole golpecitos en el pico al pajarito—. Probablemente no te pase nada en la mano. Supongo que no tendrás planeado irte para asistir a ninguna boda en la familia, ¿no? ¿O irte de la ciudad hasta que se haya olvidado tu famosa explosión en la emisora de radio? Si Ishaq se sintió ofendido por aquella dolorosa referencia o por aquellas injustas sospechas, no lo demostró. Saeeda Bai le dijo que fuera a buscar a Motu Chand, y los tres se pusieron a tocar para deleite de Maan. De vez en cuando, al mover el arco sobre las cuerdas, Ishaq se mordía el labio inferior, pero no dijo nada. Saeeda Bai estaba sentada en una alfombra persa con el armonio delante de ella. Llevaba la cabeza cubierta con el sari, y acariciaba el collar de dos vueltas de perlas que le rodeaba el cuello con un dedo de su mano izquierda. Luego, canturreando para sí misma, y moviendo la mano izquierda sobre los fuelles del armonio, comenzó a tocar las notas del Raga Pilu. Pasado un rato, como si no acabara de decidir de qué humor se encontraba y qué tipo de canción deseaba cantar, entonó otros ragas. —¿Qué te gustaría oír? —le preguntó a Maan cariñosamente. Había utilizado una forma más íntima de decir “tú” de lo que había hecho hasta ahora: “tum” en lugar de “aap”. Maan la miró, sonriendo. —¿Y bien? —dijo Saeeda Bai al cabo de un minuto. —¿Y bien, Saeeda begum? —dijo Maan. —¿Qué quieres oír? —De nuevo utilizó el tum en lugar del aap, y el mundo de Maan comenzó a girar en una espiral de felicidad. Un pareado oído en alguna parte le vino a la mente: Entre los amantes, así marcó el Saki la línea de distinción, ofreciendo una a una las copas de vino: “Para usted, señor”; “Para ti”; “Para mi amor.” —Oh, cualquier cosa —dijo Maan—. Lo que sea. Lo que sienta tu corazón. Maan todavía no había reunido el valor suficiente para utilizar el “tum” o un sencillo “Saeeda” con ella, excepto cuando estaban haciendo el amor, cuando apenas sabia lo que decía. Quizá, pensó, lo había utilizado fruto de la distracción, y se ofendería si él hacia lo mismo. + Pero Saeeda Bai estaba ofendida por otra cosa. —Te estoy dando a elegir la música y me devuelves la pregunta —dijo—. Tengo veinte emociones distintas dentro del corazón. ¿No me oyes cambiar de raga en raga? Entonces, apartando la mirada de Maan dijo: —¿Y tú, Motu, qué quieres que cante? —Lo que quieras, Saeeda Begum —respondió Motu Chand, despreocupado —¡Seréis zoquetes!, os doy una oportunidad por la que la mayoría de mi público mataría por tener, y lo único que hacéis es devolverme una sonrisa bobalicona y decirme: “Lo que quieras, Saeeda begum,” ¿Qué ghazal? Rápido. ¿O quieres oír un thumri en lugar de un ghazal? —Mejor un ghazal, Saeeda Bai —dijo Motu Chand, y propuso: “No es más que un corazón, ni de piedra, ni de arena”, de Ghalib. Al final del ghazal, Saeeda Bai se volvió hacia Maan y le dijo: —Me tienes que dedicar tu libro. —¿Qué, en inglés? —preguntó Maan. —Me asombra —dijo Saeeda Bai— ver que el gran poeta Dagh es un analfabeto en su propia lengua. Eso hay que arreglarlo. —¡Aprenderé urdu! —dijo Maan, con entusiasmo. Motu Chand e Ishaq Khan intercambiaron una mirada. Estaba claro que pensaban que Man estaba yendo demasiado lejos en su fascinación por Saeda Bai. Saeeda Bai rio. Le preguntó a Maan, tomándole el pelo, —¿De verdad? —Luego le pidió a Ishaq que llamara a la doncella. Por alguna razón, aquel día Saeeda Bai estaba enfadada con Bibbo, cosa que ella sabía, aunque tampoco le afectaba mucho. Entró sonriendo lo que reavivó el enfado de Saeeda Bai. —Sonríes sólo para enojarme —dijo impaciente—. Y olvidaste decirle a la cocinera que ayer por la noche el daal del periquito no estaba lo suficientemente blando ¿Es que te crees que tiene las fauces de un tigre? Deja ya de sonreír, chica tonta y dime, ¿a qué hora va a venir Abdur Rashid para darle la clase de árabe a Tasmin? Saeeda Bai se sentía lo bastante segura de Maan como para mencionar el nombre de Tasmin en su presencia. Bibbo puso una satisfactoria expresión de disculpa y dijo: —Pero si ya está aquí, como bien sabeís, Saeda Bai. —¿Cómo que yo se? ¿Cómo que yo se? —dijo Saeeda Bai con renovada impaciencia—. Yo no sé nada. Ni tú tampoco —añadió—. Dile que venga inmediatamente. Minutos después Bibbo regresó, pero sola. —¿Y bien? —dijo Saeeda Bai. —No vendrá —dijo Bibbo. —¿Qué no vendrá? ¿Acaso no sabe quién le paga las clases de Tasnim? ¿Cree que su honor estará en peligro si sube las escaleras hasta esta habitación? ¿O es que simplemente se está dando aires porque es un estudiante universitario? —No lo sé, begum sahiba —dijo Bibbo. —Entonces vuelve, y pregúntale por qué. Son sus ingresos los que quiero aumentar, no los míos. Cinco minutos más tarde Bibbo regresó con una amplísima sonrisa en su cara y dijo: —Se enfadó muchísimo cuando volví a interrumpirle. Le estaba enseñando a Tasnim un pasaje muy complicado del Corán, y me dijo que la palabra divina estaba por encima de sus ingresos terrenales. Pero vendrá en cuanto acabe la clase. —De hecho, no estoy seguro de que quiera aprender urdu —dijo Maan, que estaba comenzando a lamentar su repentino entusiasmo. Lo cierto es que no quería cargar con un montón de duro trabajo. No había esperado que la conversación tomara un giro práctico tan pronto. Siempre estaba diciendo cosas como “Debo aprender a jugar al polo” (le decía a Firoz, que le encantaba introducir a sus amigos en los gustos y placeres de su estilo de vida de Nababi), o “Debo sentar la cabeza” (a Vina, que era la única de la familia que era capaz de echarle la bronca con algún efecto) o incluso “No volveré a dar clases de natación a ballenas” (que Pran consideraba una imprudente frivolidad). Pero había tomado esas resoluciones con la seguridad de saber que llevarlas a cabo era algo altamente improbable. Pero ahora tenía al joven profesor de árabe de pie en la puerta, bastante indeciso y ligeramente desaprobador. Saludó a todos los presentes y esperó a oír qué deseaban de él. —Rashid, ¿puedes enseñarle urdu a mi joven amigo? —preguntó Saeeda Bai, yendo directa al grano. El joven asintió un poco a regañadientes. —El acuerdo será el mismo que con Tasnim —dijo Saeeda Bai, que opinaba que los asuntos prácticos había que resolverlos cuanto antes. —De acuerdo —dijo Rashid. Hablaba un tanto entrecortadamente, como si aún estuviera ligeramente molesto por las anteriores interrupciones de su clase de árabe—. ¿Y el nombre del caballero? —Ah sí, lo siento —dijo Saeeda Bai—. Éste es Dagh sahib, a quien hasta ahora el mundo sólo conoce por el nombre de Maan Kapoor. Es el hijo de Mahesh Kapoor, el ministro. Y su hermano mayor, Pran, da clases en la universidad donde tú estudias. El joven fruncía el entrecejo con una especie de concentración interior. A continuación, fijando su mirada en Maan, dijo: —Será un honor enseñarle al hijo de Mahesh Kapoor. Ahora tengo algo de prisa, pues llego un poco tarde a mi próxima clase. Espero que cuando vuelva mañana podamos concertar una hora que nos convenga a los dos. ¿Cuándo suele estar libre? —Oh, suele estar libre todo el rato —dijo Saeeda Bai con su tierna sonrisa—. El tiempo no es un problema para Dagh sahib.

Cap. 6.04  - I will learn Urdu

Cap. 6.4 – I will learn Urdu After a while they got up and moved to the other room. Saeeda Bai called for the parakeet, of whom she had become fond. Ishaq Khan brought in the cage, and a discussion ensued about when he would learn to speak. Saeeda Bai seemed to think that a couple of months would be sufficient, but Ishaq was doubtful. ‘My grandfather had a parakeet who didn’t speak for a whole year—and then wouldn’t stop talking for the rest of his life,’ he said. ‘I’ve never heard anything like that,’ said Saeeda Bai dismissively. ‘Anyway, why are you holding that cage in such a funny way?’ ‘Oh, it’s nothing really,’ said Ishaq, setting the cage down on a table and rubbing his right wrist. ‘Just a pain in my wrist.’ In fact it was very painful and had become worse during the previous few weeks. ‘You seem to play well enough,’ said Saeeda Bai, not very sympathetically. ‘Saeeda Begum, what would I do if I didn’t play?’ ‘Oh, I don’t know,’ said Saeeda Bai, tickling the little parakeet’s beak. ‘There’s probably nothing the matter with your hand. You don’t have plans to go off for a wedding in the family, do you? Or to leave town until your famous explosion at the radio station is forgotten?’ If Ishaq was injured by this painful reference or these unjust suspicions, he did not show it. Saeeda Bai told him to fetch Motu Chand, and the three of them soon began to make music for Maan’s pleasure. Ishaq bit his lower lip from time to time as his bow moved across the strings, but he said nothing. Saeeda Bai sat on a Persian rug with her harmonium in front of her. Her head was covered with her sari, and she stroked the double string of pearls hanging around her neck with a finger of her left hand. Then, humming to herself, and moving her left hand on to the bellows of the harmonium, she began to play a few notes of Raag Pilu. After a little while, and as if undecided about her mood and the kind of song she wished to sing, she modulated to a few other raags. ‘What would you like to hear?’ she asked Maan gently. ++She had used a more intimate ‘you’ than she had ever used so far—‘tum’ instead of ‘aap’. Maan looked at her, smiling. ‘Well?’ said Saeeda Bai, after a minute had gone by. ‘Well, Saeeda Begum?’ said Maan. ‘What do you want to hear?’ Again she used tum instead of aap and sent Maan’s world into a happy spin. A couplet he’d heard somewhere came to his mind: Among the lovers the Saki thus drew distinction’s line, Handing the wine-cups one by one: ‘For you, Sir’; ‘Yours’; and ‘Thine’. ‘Oh, anything,’ said Maan. ‘Anything at all. Whatever you feel is in your heart.’ Maan had still not plucked up the courage to use ‘tum’ or plain ‘Saeeda’ with Saeeda Bai, except when he was making love, when he hardly knew what he said. Perhaps, he thought, she just used it absent-mindedly with me and will be offended if I reciprocate. But Saeeda Bai was inclined to take offence at something else. ‘I’m giving you the choice of music and you are returning the problem to me,’ she said. ‘There are twenty different things in my heart. Can’t you hear me changing from raag to raag?’ Then, turning away from Maan, she said: ‘So, Motu, what is to be sung?’ ‘Whatever you wish, Saeeda Begum,’ said Motu Chand happily. ‘You blockhead, I’m giving you an opportunity that most of my audiences would kill themselves to receive and all you do is smile back at me like a weak-brained baby, and say, “Whatever you wish, Saeeda Begum.” What ghazal? Quickly. Or do you want to hear a thumri instead of a ghazal?’ ‘A ghazal will be best, Saeeda Bai,’ said Motu Chand, and suggested ‘It’s just a heart, not brick and stone’ by Ghalib. At the end of the ghazal Saeeda Bai turned to Maan and said: ‘You must write a dedication in your book.’ ‘What, in English?’ asked Maan. ‘It amazes me,’ said Saeeda Bai, ‘to see the great poet Dagh illiterate in his own language. We must do something about it.’ ‘I’ll learn Urdu!’ said Maan enthusiastically. Motu Chand and Ishaq Khan exchanged glances. Clearly they thought that Maan was quite far gone in his fascination with Saeeda Bai. Saeeda Bai laughed. She asked Maan teasingly, ‘Will you really?’ Then she asked Ishaq to call the maidservant. For some reason Saeeda Bai was annoyed with Bibbo today. Bibbo seemed to know this, but to be unaffected by it. She came in grinning, and this reignited Saeeda Bai’s annoyance. ‘You’re smiling just to annoy me,’ she said impatiently. ‘And you forgot to tell the cook that the parakeet’s daal was not soft enough yesterday—do you think he has the jaws of a tiger? Stop grinning, you silly girl, and tell me—what time is Abdur Rasheed coming to give Tasneem her Arabic lesson?’ Saeeda Bai felt safe enough with Maan to mention Tasneem’s name in his presence. Bibbo assumed a satisfactorily apologetic expression and said: ‘But he’s here already, as you know, Saeeda Bai.’ ‘As I know? As I know?’ said Saeeda Bai with renewed impatience. ‘I don’t know anything. And nor do you,’ she added. ‘Tell him to come up at once.’ A few minutes later Bibbo was back, but alone. ‘Well?’ said Saeeda Bai. ‘He won’t come,’ said Bibbo. ‘He won’t come? Does he know who pays him to give tuition to Tasneem? Does he think his honour will be unsafe if he comes upstairs to this room? Or is it just that he is giving himself airs because he is a university student?’ ‘I don’t know, Begum Sahiba,’ said Bibbo. ‘Then go, girl, and ask him why. It’s his income I want to increase, not my own.’ Five minutes later Bibbo returned with a very broad grin on her face and said, ‘He was very angry when I interrupted him again. He was teaching Tasneem a complicated passage in the Quran Sharif and told me that the divine word would have to take precedence over his earthly income. But he will come when the lesson is over.’ ‘Actually, I’m not sure I want to learn Urdu,’ said Maan, who was beginning to regret his sudden enthusiasm. He didn’t really want to be saddled with a lot of hard work. And he hadn’t expected the conversation to take such a practical turn so suddenly. He was always making resolutions such as, ‘I must learn polo’ (to Firoz, who enjoyed introducing his friends to the tastes and joys of his own Nawabi lifestyle), or ‘I must settle down’ (to Veena, who was the only one in the family who was capable of ticking him off to some effect), or even ‘I will not give swimming lessons to whales’ (which Pran considered ill-judged levity). But he made these resolutions safe in the knowledge that their implementation was very far away. By now, however, the young Arabic teacher was standing outside the door, quite hesitantly and a little disapprovingly. He did adaab to the whole company, and waited to hear what was required of him. ‘Rasheed, can you teach my young friend here Urdu?’ asked Saeeda Bai, coming straight to the point. The young man nodded a little reluctantly. ‘The understanding will be the same as with Tasneem,’ said Saeeda Bai, who believed in getting practical matters sorted out quickly. ‘That will be fine,’ said Rasheed. He spoke in a somewhat clipped manner, as if he were still slightly piqued by the earlier interruptions to his Arabic lesson. ‘And the name of the gentleman?’ ‘Oh yes, I’m sorry,’ said Saeeda Bai. ‘This is Dagh Sahib, whom the world so far knows only by the name of Maan Kapoor. He is the son of Mahesh Kapoor, the Minister. And his elder brother Pran teaches at the university, where you study.’ The young man was frowning with a sort of inward concentration. Then, fixing his sharp eyes on Maan he said, ‘It will be an honour to teach the son of Mahesh Kapoor. I am afraid I am a little late already for my next tuition. I hope that when I come tomorrow we can fix up a suitable time for our lesson. When do you tend to be free?’ ‘Oh, he tends to be free all the time,’ said Saeeda Bai with a tender smile. ‘Time is not a problem with Dagh Sahib.’

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Cap. 6.03 - Morir de amor

Cap. 6.3 – Morir de amor Habían pasado algunos días desde que según Maan, Saeeda Bai le salvara del suicidio. Naturalmente, era harto improbable —y así se lo dijo su amigo Firoz cuando Maan se lamentaba de sus penas de amor— que aquel joven despreocupado e inconsciente intentara hacerse un corte, ni siquiera afeitándose, para probar su pasión por ella. Pero Maan sabia que Saeeda Bai, aunque de mente práctica, era –al menos con él– de corazón tierno; y aunque sabía que ella no se creía que estuviera en peligro porque se negase a hacer el amor con él, también sabía que se lo tomaría como algo más que una simple y halagadora figura retórica. Lo fundamental era la forma de decirlo, y Maan, mientras le decía que no podría seguir en aquel mundo cruel sin ella, había resultado de lo más conmovedor. Durante un rato, los amores pasados se desvanecieron de su corazón. La docena o más de “chicas de buena familia” de Brahmpur de quienes había estado enamorado y que en general le habían amado a su vez, dejaron de existir. Saeeda Bai –al menos en aquel momento— lo era todo para él. Y después de hacer el amor con ella, aún lo fue más. Al igual que aquella otra fuente de conflicto doméstico, cuanto más saciaba más despertaba el apetito. En parte se debía a la deliciosa destreza con que hacía el amor. Pero más aún era su nakhra, el arte de fingir desdén o agravio con una delicadeza aprendida de su madre y otras cortesanas en sus primeros días en el Bazar de Tarbuz. Saeeda Bai lo practicaba con tal rara contención que resultaba infinitamente más creíble. Una lágrima, un comentario que insinuara—quizá, solo quizá insinuara—que algo que él había dicho o hecho la había herido… y Maan se derretía por ella. Fuese cual fuese el precio para sí mismo, la protegería de aquel mundo cruel y tan dispuesto a la censura. Durante minutos enteros se inclinaba sobre su hombro y le besaba el cuello, mirando su rostro a cada instante con la esperanza de verla cambiar de ánimo. Y cuando aquello ocurría, cuando aparecía en sus labios esa misma sonrisa luminosa y triste que tanto lo había cautivado cuando cantó en el Holi, en Prem Nivas, lo invadía un frenesí de deseo. Ella parecía saberlo, y le regalaba esa sonrisa solo cuando estaba de humor para satisfacerle. Saeeda Bai había enmarcado una de las ilustraciones del álbum de poemas de Galib que Maan le había regalado. Aunque en la medida de lo posible, había reparado la página que el rajá de Mahr había arrancado del libro, no se atrevió a mostrarla por miedo a provocar aún más su furia. La que enmarcó fue una titulada “Un Idilio Persa”, que mostraba a una joven vestida de un suave naranja, sentada cerca de un arcada, sobre una alfombra de un naranja aún más pálido, sosteniendo entre sus finos dedos un instrumento musical parecido a un sitar, y mirando, a través de aquel arco, en dirección a un misterioso jardín. Los rasgos de la mujer eran angulosos y delicados, a diferencia de la atractiva pero no clásica cara de Saeeda Bai, quizá ni siquiera hermosa. Y el instrumento que en aquella estilizada ilustración la mujer sostenía entre sus manos —contrariamente al sólido y afinado armonio de Saeeda Bai— tenía un forma tan delicadamente ahusada en la ilustración que habría sido totalmente imposible tocar con él. A Maan no le importaba que el libro pudiera considerarse dañado porque le hubieran saqueado una de sus imágenes. Nada podría haberle hecho más feliz que aquella señal del aprecio con que Saeeda Bai había aceptado su regalo. Recostado en el dormitorio miraba la ilustración, lleno de una felicidad tan misteriosa como el jardín a través de la arcada. Ya fuera enardecido por el reciente recuerdo de sus abrazos, o por la satisfacción de masticar el delicado paan aromatizado con coco que acababa de ofrecerle, al extremo de una adornada brocheta de plata, le parecía que ella, su música, y su afecto le habían conducido a un jardín paradisíaco, insustancial y por eso aún más real. —Me resulta inimaginable —dijo Maan en voz alta, con aire soñador— que nuestros padres también hayan sido así, igual que nosotros. Este comentario sorprendió a Saeeda Bai como algo de mal gusto. No quería que su imaginación se trasladara a las escenas de amor doméstico de Mahesh Kapoor, ni de cualquier otro, si a eso sabemos. No sabía quién era su padre: su madre, Mohsina Bai, afirmaba no saberlo. Además, la vida doméstica y las preocupaciones cotidianas no eran para ella objeto de contemplación cariñosa. Las malas lenguas de Brahmpur la acusaban de haber destruido varios matrimonios estables al lanzar sus refulgentes redes sobre hombres desdichados. Y le dijo a Maan, con un tono un poco cortante: —Lo bueno de vivir en una casa como la mía es que no tengo que imaginar esas cosas. Maan pareció un poco escarmentado. Saeeda Bai, que ya le había tomado bastante cariño y sabía que Maan generalmente soltaba lo primero que le venia a la cabeza, intentó animarle diciendo: —Pero Dagh sahib, parece afligido. ¿Le habría hecho más feliz ser concebido inmaculadamente? —Creo que sí —dijo Maan—. A veces creo que habría sido más feliz sin un padre. —¿Si? —dijo Saeeda Bai, quien claramente no se esperaba aquella salida. —Oh, sin duda —dijo Maan—. A veces creo que haga lo que haga, mi padre siempre me mirará con desprecio. Cuando abrí el negocio de ropa en Benarés, Baoji me dijo que sería un completo fracaso. Ahora que he conseguido sacarlo adelante, se empeña en que debería quedarme allí todos y cada uno de los días, meses y años de mi vida. ¿Por qué debería hacerlo? Saeeda Bai no dijo nada. —¿Y por qué debería casarme? —prosiguió Maan, extendiendo los brazos a lo ancho y tocando la mejilla de Saeeda Bai con la mano izquierda—. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? —Para que tu padre consiga que cante en tu boda —dilo Saeeda Bai con una sonrisa—. Y en el nacimiento de tus hijos. Y en sus ceremonias mundanas. Y cuando se casen, por supuesto. —Se quedó en silencio unos segundos—. Aunque para entonces yo ya no viviré —prosiguió—. De hecho, a veces me pregunto que ves en una mujer vieja como yo. Maan se indignó. Levantó la voz y dijo: —¿Por qué dices esas cosas? ¿Es que quieres que me enfade? Ninguna ha significado nada hasta que te conocí. Esa chica de Benarés a la que he visto un par de veces, y siempre con carabina, para mí no significa nada, y todos creen que debo casarme con ella simplemente porque mi padre y mi madre así lo dicen. Saeeda Bai se volvió hacia él y enterró su cara en su brazo. —Pero debes casarte —dijo—. No puedes causarle tanto dolor a tus padres. —No me resulta nada atractiva —respondió Maan con enojo. —Eso solo requiere tiempo —le aconsejó Saeeda Bai. —Y no podré venir a visitarte después de casarme —dijo Maan. —¿Sí? —dijo Saeeda Bai de de un modo que, más que esperar una respuesta, implicaba el cierre de la conversación. .

Cap. 6.03 - Die of Love

Cap.- 6.03 – Die of Love It had been some days since Saeeda Bai had saved Maan from suicide, as he put it. Of course it was extremely unlikely—and his friend Firoz had told him so when he had complained to him of his lovelorn miseries—that that happy-go-lucky young man would have made any attempt even to cut himself while shaving in order to prove his passion for her. But Maan knew that Saeeda Bai, though hard-headed, was—at least to him—tender-hearted; and although he knew she did not believe that he was in any danger from himself if she refused to make love to him, he also knew that she would take it as more than a merely flattering figure of speech. Everything is in the saying, and Maan, while saying that he could not go on in this harsh world without her, had been as soulful as it was possible for him to be. For a while all his past loves vanished from his heart. The dozen or more ‘girls of good family’ from Brahmpur whom he had been in love with and who in general had loved him in return, ceased to exist. Saeeda Bai—for that moment at least—became everything for him. And after they had made love, she became more than everything for him. Like that other source of domestic strife, Saeeda Bai too made hungry where most she satisfied. Part of it was simply the delicious skill with which she made love. But even more than that it was her nakhra, the art of pretended hurt or disaffection that she had learned from her mother and other courtesans in the early days in Tarbuz ka Bazaar. Saeeda Bai practised this with such curious restraint that it became infinitely more believable. One tear, one remark that implied—perhaps, only perhaps implied—that something he had said or done had caused her injury—and Maan’s heart would go out to her. No matter what the cost to himself, he would protect her from the cruel, censorious world. For minutes at a time he would lean over her shoulder and kiss her neck, glancing every few moments at her face in the hope of seeing her mood lift. And when it did, and he saw that same bright, sad smile that had so captivated him when she sang at Holi at Prem Nivas, he would be seized by a frenzy of sexual desire. Saeeda Bai seemed to know this, and graced him with a smile only when she herself was in the mood to satisfy him. She had framed one of the paintings from the album of Ghalib’s poems that Maan had given her. Although she had, as far as was possible, repaired the page that the Raja of Marh had ripped out of the volume, she had not dared to display that particular illustration for fear of exciting his further fury. What she had framed was ‘A Persian Idyll’, which showed a young woman dressed in pale orange, sitting near an arched doorway on a very pale orange rug, holding in her slender fingers a musical instrument resembling a sitar, and looking out of the archway into a mysterious garden. The woman’s features were sharp and delicate, unlike Saeeda Bai’s very attractive but unclassical, perhaps not even beautiful, face. And the instrument that the woman was holding—unlike Saeeda Bai’s strong and responsive harmonium—was so finely tapered in the stylized illustration that it would have been entirely impossible to play it. Maan did not care that the book might be considered damaged by having the painting thus plundered from its pages. He could not have been happier at this sign of Saeeda Bai’s attachment to his gift. He lay in her bedroom and stared at the painting and was filled with a happiness as mysterious as the garden through the archway. Whether glowing with the immediate memory of her embraces or chewing contentedly at the delicate coconut-flavoured paan that she had just offered to him at the end of a small ornamented silver pin, it seemed to him that he himself had been led by her and her music and her affection into a paradisal garden, most insubstantial and yet most real. How unimaginable it is,’ said Maan out loud rather dreamily, ‘that our parents also must have—just like us—’ This remark struck Saeeda Bai as being in somewhat poor taste. She did not at all wish her imagination to be transported to the domestic love-making of Mahesh Kapoor—or anyone else for that matter. She did not know who her own father was: her mother, Mohsina Bai, had claimed not to know. Besides, domesticity and its standard concerns were not objects of fond contemplation for her. She had been accused by Brahmpur gossip of destroying several settled marriages by casting her lurid nets around hapless men. She said a little sharply to Maan: ‘It is good to live in a household like I do where one does not have to imagine such things.’ Maan looked a little chastened. Saeeda Bai, who was quite fond of him by now and knew that he usually blurted out the first thing that came into his head, tried to cheer him up by saying: ‘But Dagh Sahib looks distressed. Would he have been happier to have been immaculately conceived?’ ‘I think so,’ said Maan. ‘I sometimes think I would be happier without a father.’ ‘Oh?’ said Saeeda Bai, who had clearly not been expecting this. ‘Oh, yes,’ said Maan. ‘I often feel that whatever I do my father looks upon with contempt. When I opened the cloth business in Banaras, Baoji told me it would be a complete failure. Now that I have made a go of it, he is taking the line that I should sit there every day of every month of every year of my life. Why should I?’ Saeeda Bai did not say anything. ‘And why should I marry?’ continued Maan, spreading his arms wide on the bed and touching Saeeda Bai’s cheek with his left hand. ‘Why? Why? Why? Why? Why?’ ‘Because your father can get me to sing at your wedding,’ said Saeeda Bai with a smile. ‘And at the birth of your children. And at their mundan ceremony. And at their marriages, of course.’ She was silent for a few seconds. ‘But I won’t be alive to do that,’ she went on. ‘In fact I sometimes wonder what you see in an old woman like me.’ Maan became very indignant. He raised his voice and said, ‘Why do you say things like that? Do you do it just to get me annoyed? No one ever meant much to me until I met you. That girl in Banaras whom I met twice under heavy escort is less than nothing to me—and everyone thinks I must marry her just because my father and mother say so.’ Saeeda Bai turned towards him and buried her face in his arm. ‘But you must get married,’ she said. ‘You cannot cause your parents so much pain.’ ‘I don’t find her at all attractive,’ said Maan angrily. ‘That will merely take time,’ advised Saeeda Bai. ‘And I won’t be able to visit you after I’m married,’ said Maan. ‘Oh?’ said Saeeda Bai in such a way that the question, rather than leading to a reply, implied the closure of the conversation.

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Cap. 6.02 - El rango entre los músicos

6.2 – El rango entre los músicos Ishaq Khan, el acompañante al sarangi de Saeeda Bai, llevaba varios días intentando conseguir que al marido de su hermana —que también tocaba el sarangi—le trasladaran de la emisora “Toda India Radio” de Lucknow, donde era un “artista en plantilla”, a la de “Toda India Radio” de Brahmpur. Aquella mañana, igual que las anteriores, Ishaq Khan había ido a las oficinas de Toda India Radio, y había intentado hablar con un ayudante de producción musical, pero resultó en vano. Para el joven lo más amargo fue comprender que ni siquiera podía exponer debidamente su caso ante el director de la emisora. Pero si que se lo expuso a voces a un par de amigos músicos con los que se encontró. El sol calentaba, y se sentaron a la sombra de un gran neem, en el césped que había delante del edificio. Miraban las canas y hablaban de esto y lo otro. Uno de ellos tenía una radio —que había ingeniosamente conectado a un enchufe en el edificio principal— y sintonizaron la única emisora que les llegaba con claridad: la suya. La inconfundible voz del Maestro Majaad Khan cantando el raga Miya-ki-Todi llenó sus oídos. Acababa de comenzar, y sólo le acompañaba la tabla y su propio tanpura. Era una música gloriosa, espléndida, majestuosa, triste, de una profunda serenidad. Dejaron de chismorrear y escucharon. Incluso una abubilla de cresta anaranjada dejó de picotear entre las flores durante un minuto. Como era costumbre en la música del Maestro Majaad Khan, el nítido desarrollo del raga transcurría a través de una sección rítmica muy lenta en lugar de un alap arrítmico. Tras unos quince minutos pasó a un ritmo más vivo, y a continuación, demasiado pronto, el Raga Todi había acabado y un programa infantil entró en antena. Ishaq Khan apagó la radio y se quedó inmóvil, más en trance que pensando. Al rato se levantaron y fueron a la cafetería de la emisora. Los amigos de Ishaq Khan, como su cuñado, eran músicos en plantilla, con horario fijo y salario asegurado. Ishaq Khan, que sólo había acompañado unas cuantas veces a los músicos en directo, entraba en la categoría de “músico eventual”. La pequeña cafetería estaba abarrotada de músicos, guionistas, administrativos y camareros. Un par de obreros se apoyaban distraídamente contra la pared. Toda la escena era caótica, bulliciosa y acogedora. La cafetería era famosa por su fuerte té y sus deliciosas samosas. Un cartel en la entrada proclamaba que no se servía a crédito; pero como los músicos siempre andaban faltos de efectivo, nunca se cumplía. Todas las mesas estaban al completo excepto una. El Maestro Majaad Khan se sentaba solo a la cabecera de una mesa junto a la pared, murmurando y removiendo su té. Quizá como deferencia, porque se le consideraba por encima de un artista de categoría A, nadie se atrevía a sentarse cerca de él. Ya que a pesar de toda la aparente camaradería y democracia de la cafetería, había distinciones. Por ejemplo los músicos de categoría B, nunca se sentarían con los de categoría superior como B-plus o A, ―a menos que, naturalmente, fueran sus discípulos— y siempre se refererían a ellos con total deferencia incluso al hablar. Ishaq Khan miró a su alrededor y, al ver cinco sillas vacías alineándose en torno a la mesa oblonga del Maestro Majaad Khan, se dirigió hacia ellas. Sus dos amigos le siguieron un tanto renuentes. Mientras se acercaban, se levantaron unos cuantos de otra mesa, quizá porque iban a actuar en directo en el próximo programa. Pero Ishaq Khan decidió ignorarlos, y siguió hasta la mesa del Maestro Majaad Khan. —¿Podemos? —preguntó cortésmente. Y cómo el gran músico estaba perdido en algún otro mundo, Ishaq Khan y sus amigos se sentaron en las tres sillas al otro extremo. Quedaban aún dos sillas vacías, una a cada lado de Majaad Khan. Él no pareció registrar la presencia de los recién llegados, y siguió bebiendo su té con ambas manos agarrando la taza, a pesar del calor que hacía. Ishaq sentado justo al otro extremo, enfrente de Majaad Khan, miraba la cara noble y arrogante, suavizada al parecer por algún recuerdo o pensamiento pasajero más que por la permanente huella de su avanzada mediana edad. Tan profundo había sido el efecto de aquella breve interpretación del raga Todi en Ishaq que desesperadamente quería expresar su admiración. El Maestro Majaad Khan no era un hombre alto, pero ya fuera sentado en el escenario, con su largo achkan negro —tan prietamente abotonado hasta el cuello que se podría pensar que le constreñiría la voz—, o a la mesa bebiendo un té, transmitía a través de su rígida y recta postura, una presencia imponente; de hecho, incluso una ilusión de altura. En aquel momento parecía casi inabordable. Si me dijera algo, pensaba Ishaq, le contaría lo que he sentido ante su interpretación. Debe de saber que estamos sentados aquí. Y además conoció a mi padre. Había muchas cosas que a aquel joven no le gustaban de los mayores, pero la música que él y sus amigos acababan de escuchar las colocaban bajo una perspectiva trivial. Pidieron té. El servicio de la cafetería, a pesar de que formaba parte de una organización gubernamental, era rápido. Los tres amigos comenzaron a hablar entre sí. El Maestro Majaad Khan siguió sorbiendo su té en silencio, abstraído. Ishaq, a pesar de su naturaleza ligeramente sarcástica, era bastante popular, y tenía un montón de amigos. Siempre estaba dispuesto a hacerse cargo de los recados y de las cargas de los demás. Tras la muerte de su padre, él y su hermana habían tenido que mantener a sus tres hermanos pequeños. Por esa razón era muy importante que la familia de su hermana se mudara de Lucknow a Brahmpur. Uno de los dos amigos de Ishaq, un músico de tabla, sugirió que el cuñado de Ishaq intercambiara su plaza con otro músico de sarangi, un tal Rafiq, que quería mudarse a Lucknow. —Rafiq es un artista de categoría B-plus. ¿Cuál es la categoría es tu cuñado? —preguntó el otro amigo de Ishaq. —B. —El director de la emisora no querrá perder un B-plus por un B. De todos modos, puedes intentarlo. Ishaq cogió su taza, torciendo el gesto ligeramente al hacerlo, y bebió un poco de té. —A menos que consiga subir de categoría —continuó su amigo—. De acuerdo, es un sistema estúpido, calificar a alguien en Delhi por una única interpretación grabada, pero es lo que hay. —Bueno —dijo Ishaq, recordando a su padre, el cual, en los últimos años de su vida, había alcanzado la categoría A—, no es un mal sistema. Es imparcial, y asegura un cierto nivel de competencia. —¡Competencia! —Era el Maestro Majaad Khan quien había hablado. Los tres amigos se le quedaron mirando estupefactos. La palabra había sido dicha con un desprecio que parecía provenir de lo más profundo de su ser—. Quien se conforme con ser apenas un músico competente, que se dedique a otra cosa. Ishaq miró al Maestro Majaad Khan muy revuelto por dentro. Fue el recuerdo de su padre lo que le dio el coraje para hablar. —Khan sahib, puede que para alguien como usted, la competencia sea algo que ni se plantea. Pero para el resto de nosotros... —Su voz se perdió lentamente. El Maestro Majaad Khan, a quien no le gustaba que le contradijeran, aunque fuera en lo más mínimo, apretó los labios y se quedó en silencio. Parecía estar reuniendo sus pensamientos. Tras unos instantes habló. —Tu no deberías tener ningún problema —dijo—. Porque de un saranguista no se requiere que tenga una gran maestría. No tienes que dominar ningún estilo. Cualquiera que sea el estilo del solista, tu lo único que tienes que hacer es seguirlo. En términos musicales en realidad es una distracción. —Y luego prosiguió con voz indiferente—: Si quieres mi ayuda, hablaré con el director de la emisora. Sabe que soy imparcial, yo no necesito ni utilizo ningún saranguista. Rafiq o el marido de tu hermana... qué más da. No tiene la menor importancia. La cara de Ishaq se puso blanca. Sin pensar en lo que estaba haciendo ni en dónde estaba, miró fijamente a Majaad Khan y dijo con voz gélida y cortante: —No tengo ningún reparo en que un gran hombre me llame un simple tocador del sarangi en vez de un sarangiya. Ya me considero agraciado con que se haya dignado fijarse en mí. Y dado que este es un tema que el Khan sahib conoce personalmente. Quizá nos podría explicar con más detalle la inutilidad del instrumento. No era ningún secreto que el propio Maestro Majaad Khan procedía de una familia de interpretes de sarangi hereditaria. Sus esfuerzos artísticos como vocalista estaban entrelazados dolorosamente con otro empeño: el intento de alejarse de la humillante tradición sarangi y de su conexión histórica con cortesanas y prostitutas, y llegar a formar parte, él , su hijo y su hija de las así llamadas familias “kalawant”, o músicos de la casta más alta. Pero el estigma del sarangi era demasiado fuerte, y ninguna familia kalawant quería unirse con la de Majaad Khan. Esa era una de las más acerbas desilusiones de su vida. La otra que su música acabaría con él, al no haber encontrado ningún discípulo a quien considerara merecedor de su arte. Su propio hijo tenía la voz y el sentido musical de una rana. Y en cuanto a su hija, tenía cualidades musicales, pero lo último que el Maestro Majaad Khan deseaba era que desarrollara su voz y se convirtiera en cantante. El Maestro Majaad Khan se aclaró la garganta, pero no dijo nada. El pensar en la traición del gran artista, en el desprecio con el que Majaad Khan, a pesar de sus innegables dotes, había tratado a la tradición que le había dado el ser como músico, continuó encolerizando a Ishaq. —¿Por qué Khan Sahib no se digna responder? —continuó, haciendo caso omiso de los intentos de sus amigos por contenerlo—. Hay temas sobre los que Khan Sahib —por más lejos que se mantenga hoy— aún podría aportarnos alguna luz. Después de todo, conocemos la ilustre tradición familiar de Khan Sahib: su padre, su abuelo... —Ishaq, yo conocí a tu padre, y a tu abuelo. Eran hombres que comprendían el significado del respeto y el discernimiento. —Ellos se miraban los gastados surcos de las puntas de sus dedos sin sentirse deshonrados —replicó Ishaq. La gente de las mesas vecinas había dejado de hablar, y escuchaban la discusión entre el joven y el hombre mayor. Que Ishaq, hostigado minutos antes, fuera ahora el hostigador intentando herir y humillar al Maestro Majaad Khan, era doloroso y evidente. La escena era terrible pero todo el mundo parecía haberse quedado congelado e inmóvil. El Maestro Majaad Khan dijo lenta y desapasionadamente: —Pero ellos, créeme, se habrían sentido deshonrados si hubieran vivido para ver a su hijo coqueteando con la hermana de su jefa, cuyo cuerpo ayuda a vender con su arco. Miró su reloj y se levantó. Tenía otra interpretación en diez minutos. Casi para sí mismo, y con la mayor sencillez y sinceridad, dijo: —La música no es un espectáculo vulgar, no es un entretenimiento de burdel. Es como la oración. Antes de que Ishaq pudiera replicarle, comenzó a andar hacia la puerta. Ishaq se levantó y casi se abalanzó contra él. Estaba poseído por un incontrolable espasmo de dolor y furia, y sus dos amigos tuvieron que esforzarse para obligarle a sentarse. Otros se les unieron, porque Ishaq caía bien, y tenían que evitar que siguiera perjudicándose —Ishaq bhai, ya has dicho suficiente. —Escucha, Ishaq, hay que tragar con todo lo que digan nuestros mayores, por muy amargo que sea. —No eches a perder tu carrera. Piensa en tus hermanos. Si habla con el director sahib... —¡Ishaq Bhai, cuántas veces te he dicho que refrenes tu lengua! —Escucha, debes disculparte inmediatamente. Pero Ishaq hablaba de modo incoherente: —Nunca, nunca, nunca me disculparé, lo juro sobre la tumba de mi padre, ante ese, ante ese hombre que insulta la memoria de sus mayores y la mía. Todos se arrastran ante él: Sí, Khan sahib, tu puede que tengas un espacio de veinticinco minutos para ti solo, sí, si, Khan sahib, tú decides qué raga interpretarás ¡Oh, Dios! Si Miya Tansen estuviera vivo habría llorado al oírle cantar hoy su raga... que Dios le haya concedido este don... —Basta, basta, Ishaq... —dijo un viejo intérprete de sitar. Ishaq se volvió hacia él con lágrimas de dolor y cólera: —¿Casarías a tu hijo con su hija? ¿O a tu hija con su hijo? ¿Qué se cree?, ¿qué tiene a Dios en el bolsillo? Habla de oración y devoción como si fuera un mullah, un hombre que ha pasado la mitad de su juventud en el Tarbuz ka Bazaar... Todos comenzaron a alejarse de Ishaq, incómodos compadeciéndole. Los bien intencionados amigos de Ishaq salieron de la cafetería para intentar apaciguar al insultado maestro, que estaba a punto de agitar las ondas con su gran agitación. —Khan sahib, el muchacho no sabía lo que decía. El Maestro Majaad Khan, que estaba a la puerta del estudio, no dijo nada. —Khan sahib, los mayores siempre hemos tratado a los jóvenes como niños, con tolerancia. No debes tomarte en serio nada de lo que dijo. Nada de ello es cierto. El Maestro Majaad Khan miró al intercesor y dijo: —Si un perro mea en mi achkan, ¿acaso eso me convierte en un árbol? El intérprete de sitar negó con la cabeza y dijo: —Sé que no podía haber elegido peor momento, justo cuando estabas a punto de tocar, Maestro sahib. Pero el Maestro Majaad Khan se puso a cantar un Hindol de serena y sorprendente belleza.

Cap. 6.02 - The range among musicians

Cap. 6.2 – The range among musicians Ishaq Khan, Saeeda Bai’s sarangi player, had been trying for several days to help his sister’s husband—who was also a sarangi player—to get transferred from All India Radio Lucknow, where he was a ‘staff artist’, to All India Radio Brahmpur. This morning too, Ishaq Khan had gone down to the AIR offices and tried his luck by talking to an assistant producer of music, but to no avail. It was a bitter business for the young man to realize that he could not even get to state his case properly to the Station Director. He did, however, state his case vociferously to a couple of musician friends he met there. The sun was warm, and they sat under a large and shady neem tree on the lawn outside the buildings. They looked at the cannas and talked of this and that. One of them had a radio—which he had ingeniously connected up to a socket inside the main building—and they switched it on to the only station they could receive clearly, which was their own. The unmistakable voice of Ustad Majeed Khan singing Raag Miya-ki-Todi filled their ears. He had just begun singing and was accompanied only by the tabla and his own tanpura. It was glorious music: grand, stately, sad, full of a deep sense of calm. They stopped gossiping and listened. Even an orange-crested hoopoe stopped pecking around the flower bed for a minute. As always with Ustad Majeed Khan, the clean unfolding of the raag occurred through a very slow rhythmic section rather than a rhythmless alaap. After about fifteen minutes he turned to a faster composition in the raag, and then, far, far too soon, Raag Todi was over, and a children’s programme was on the air. Ishaq Khan turned off the radio and sat still, deep more in trance than in thought. After a while they got up and went to the AIR staff canteen. Ishaq Khan’s friends, like his brother-in-law, were staff artists, with fixed hours and assured salaries. Ishaq Khan, who had only accompanied other musicians a few times on the air, fell into the category of ‘casual artist’. The small canteen was crowded with musicians, writers of programmes, administrators, and waiters. A couple of peons lounged against the wall. The entire scene was messy, noisy and cosy. The canteen was famous for its strong tea and delicious samosas. A board facing the entrance proclaimed that no credit would be given; but as the musicians were perennially short of cash, it always was. Every table except one was crowded. Ustad Majeed Khan sat alone at the head of the table by the far wall, musing and stirring his tea. Perhaps out of deference to him, because he was considered something better than even an A-grade artist, no one presumed to sit near him. For all the apparent camaraderie and democracy of the canteen, there were distinctions. B-grade artists for instance would not normally sit with those of superior classifications such as B-plus or A—unless, of course, they happened to be their disciples—and would usually defer to them even in speech. Ishaq Khan looked around the room and, seeing five empty chairs ranged down the oblong length of Ustad Majeed Khan’s table, moved towards it. His two friends followed a little hesitantly. As they approached, a few people from another table got up, perhaps because they were performing next on the air. But Ishaq Khan chose to ignore this, and walked up to Ustad Majeed Khan’s table. ‘May we?’ he asked politely. As the great musician was lost in some other world, Ishaq and his friends sat down at the three chairs at the opposite end. There were still two empty chairs, one on either side of Majeed Khan. He did not seem to register the presence of the new arrivals, and was now drinking his tea with both hands on the cup, though the weather was warm. Ishaq sat at the other end facing Majeed Khan, and looked at that noble and arrogant face, softened as it appeared to be by some transient memory or thought rather than by the permanent impress of late middle age. So profound had the effect of his brief performance of Raag Todi been on Ishaq that he wanted desperately to convey his appreciation. Ustad Majeed Khan was not a tall man, but seated either on the stage in his long black achkan—so tightly buttoned at the neck that one would have thought it would constrict his voice—or even at a table drinking tea, he conveyed, through his upright, rigid stance, a commanding presence; indeed, even an illusion of height. At the moment he seemed almost unapproachable. If only he would say something to me, thought Ishaq, I would tell him what I felt about his performance. He must know we are sitting here. And he used to know my father. There were many things that the younger man did not like about the elder, but the music he and his friends had just listened to placed them in their trivial perspective. They ordered their tea. The service in the canteen, despite the fact that it was part of a government organization, was prompt. The three friends began to talk among themselves. Ustad Majeed Khan continued to sip his tea in silence and abstraction. Ishaq was quite popular in spite of his slightly sarcastic nature, and had a number of good friends. He was always willing to take the errands and burdens of others upon himself. After his father’s death he and his sister had had to support their three young brothers. This was one reason why it was important that his sister’s family move from Lucknow to Brahmpur. One of Ishaq’s two friends, a tabla player, now made the suggestion that Ishaq’s brother-in-law change places with another sarangi player, Rafiq, who was keen to move to Lucknow. ‘But Rafiq is a B-plus artist. What’s your brother-in-law’s grade?’ asked Ishaq’s other friend. ‘B.’ ‘The Station Director won’t want to lose a B-plus for a B. Still, you can try.’ Ishaq picked up his cup, wincing slightly as he did so, and sipped his tea. ‘Unless he can upgrade himself,’ continued his friend. ‘I agree, it’s a silly system, to grade someone in Delhi on the basis of a single tape of a performance, but that’s the system we have.’ ‘Well,’ said Ishaq, remembering his father who, in the last years of his life, had made it to A, ‘it’s not a bad system. It’s impartial—and ensures a certain level of competence.’ ‘Competence!’ It was Ustad Majeed Khan speaking. The three friends looked at him in amazement. The word was spoken with a contempt that seemed to come from the deepest level of his being. ‘Mere pleasing competence is not worth having.’+++ Ishaq looked at Ustad Majeed Khan, deeply disquieted. The memory of his father made him bold enough to speak.+++++ ‘Khan Sahib, for someone like you, competence is not even a question. But for the rest of us. . . .’ His voice trailed off. Ustad Majeed Khan, displeased at being even mildly contradicted, sat tight-lipped and silent. He seemed to be collecting his thoughts. After a while he spoke. ‘You should not have a problem,’ he said. ++‘For a sarangi-wallah no great musicianship is required. You don’t need to be a master of a style. Whatever style the soloist has, you simply follow it. In musical terms it’s actually a distraction.’ He continued in an indifferent voice: ‘If you want my help I’ll speak to the Station Director. He knows I’m impartial—I don’t need or use sarangi-wallahs. Rafiq or your sister’s husband—it hardly matters who is where.’++++ Ishaq’s face had gone white. Without thinking of what he was doing or where he was, he looked straight at Majeed Khan and said in a bitter and cutting voice: ‘I have no objection to being called a mere sarangi-wallah++ rather than a sarangiya++ by a great man. I consider myself blessed that he has deigned to notice me. But these are matters about which Khan Sahib has personal knowledge. Perhaps he can elaborate on the uselessness of the instrument.’ It was no secret that Ustad Majeed Khan himself came from a family of hereditary sarangi players. His artistic strivings as a vocalist were bound up painfully with another endeavour: the attempt to dissociate himself from the demeaning sarangi tradition and its historical connection with courtesans and prostitutes—and to associate himself and his son and daughter with the so-called ‘kalawant’++ families of higher-caste musicians. But the taint of the sarangi was too strong, and no kalawant family wanted to marry into Majeed Khan’s. This was one of the searing disappointments of his life. Another was that his music would end with himself, for he had never found a disciple whom he considered worthy of his art. His own son had the voice and musicianship of a frog. As for his daughter, she was musical all right, but the last thing that Ustad Majeed Khan wanted for her was that she should develop her voice and become a singer. Ustad Majeed Khan cleared his throat but said nothing. The thought of the great artist’s treason, the contempt with which Majeed Khan, despite his own undoubted gifts, had treated the tradition that had given him birth continued to enrage Ishaq. ‘Why does Khan Sahib not favour us with a response?’ he went on, oblivious to his friends’ attempts to restrain him. ++‘There are subjects, no matter how distanced he is today, on which Khan Sahib can illuminate our understanding. Who else has the background? We have heard of Khan Sahib’s illustrious father and grandfather.’ ‘Ishaq, I knew your father, and I knew your grandfather. They were men who understood the meaning of respect and discrimination.’ ‘They looked at the worn grooves on their fingernails without feeling dishonoured,’ retorted Ishaq. The people at the neighbouring tables had stopped talking, and were listening to the exchange between the younger and the older man. That Ishaq, baited himself, was now doing the baiting, attempting to hurt and humiliate Ustad Majeed Khan, was painful and obvious. The scene was horrible, but everyone seemed to be frozen into immobility. Ustad Majeed Khan said slowly and passionlessly: ‘But they, believe me, would have felt dishonoured if they had been alive to see their son flirting with the sister of an employer, whose body his bow helps sell.’ He looked at his watch and got up. He had another performance in ten minutes. Almost to himself and with the utmost simplicity and sincerity, he said, ‘Music is not a cheap spectacle—not the entertainment of the brothel. It is like prayer.’ Before Ishaq could respond he had started walking towards the door. Ishaq got up and almost lunged towards him. He was gripped by an uncontrollable spasm of pain and fury, and his two friends had to force him bodily down into his chair. Other people joined in, for Ishaq was well liked, and had to be prevented from doing further damage. ‘Ishaq Bhai, enough’s been said.’ ‘Listen, Ishaq, one must swallow it—whatever our elders say, however bitter.’ ‘Don’t ruin yourself. Think of your brothers. If he talks to the Director Sahib. . . .’ ‘Ishaq Bhai, how many times have I told you to guard your tongue!’ ‘Listen, you must apologize to him immediately.’ But Ishaq was almost incoherent: ‘Never—never—I’ll never apologize—on my father’s grave—to that—to think, that such a man who insults the memory of his elders and mine—everyone creeps on all fours before him—yes, Khan Sahib, you can have a twenty-five-minute slot—yes, yes, Khan Sahib, you decide which raag you will sing—O God! If Miya Tansen were alive he would have cried to hear him sing his raag today—that God should have given him this gift—’ ‘Enough, enough, Ishaq. . . .’ said an old sitar player. Ishaq turned towards him with tears of hurt and anger: ‘Would you marry your son to his daughter? Or your daughter to his son? Who is he that God is in his pocket?—he talks like a mullah about prayer and devotion—this man who spent half his youth in Tarbuz ka Bazaar—’ People began to turn away in pity and discomfort from Ishaq. Several of Ishaq’s well-wishers left the canteen to try and pacify the insulted maestro, who was about to agitate the airwaves in his own great agitation. ‘Khan Sahib, the boy didn’t know what he was saying.’ Ustad Majeed Khan, who was almost at the door of the studio, said nothing. ‘Khan Sahib, elders have always treated their youngers like children, with tolerance. You must not take what he said seriously. None of it is true.’ Ustad Majeed Khan looked at the interceder and said: ‘If a dog pisses on my achkan, do I become a tree?’ The sitar player shook his head and said, ‘I know it was the worst time he could have chosen—when you were about to perform, Ustad Sahib. . . .’ But Ustad Majeed Khan went on to sing a Hindol of calm and surpassing beauty.++

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Cap. 6.01 - El Maestro de música

Cap. 6.1 – El Maestro de música Al llegar al Conservatorio de Haridas, el Ustad Majeed Khan saludó con aire ausente a un par de profesores de música, hizo una mueca al ver a dos bailarinas de kathak, con campanillas en los tobillos, que se dirigían a la cercana sala de baile que había en la planta baja, y llegó ante la puerta cerrada de su clase. Delante, en descuidado desorden, había tres pares de chappals y un par de zapatos. Ustad Majeed Khan, cayó en la cuenta que eso significaba que llegaba cuarenta y cinco minutos tarde, suspiró un semiirritado y semi-agotado “Ya Allah”, se quitó sus chappals de Peshawar y entró en la clase. La habitación era sencilla, rectangular, de techos altos con escasa luz natural. Los pocos rayos que entraban provenían de una pequeña claraboya en la pared del fondo. A la izquierda según se entraba, había un armario alto con una repisa donde descansaban diversos tanpuras. En el suelo se veía una alfombra de algodón de color azul pálido, sin estampado alguno; le había resultado bastante difícil obtenerla, ya que casi todas las alfombras disponibles en el mercado exhibían diseños florales de algún tipo. Pero había insistido en pedir que fuera lisa para que no le distrajera de la música, y las autoridades, de manera sorprendente, habían consentido en buscarle una. En la alfombra de cara él estaba sentado un joven obeso y de baja estatura al que nunca había visto; el joven se puso en pie en cuanto entró en la habitación. Enfrente suya se sentaban un chico y dos mujeres. Se dieron la vuelta en cuando la puerta se abrió, y tan pronto como vieron que era él se levantaron y le saludaron respetuosamente. Una de ellas —Malati Trivedi— incluso se inclinó para tocarle los pies. Al Ustad Majeed Khan no le desagradó. Mientras ella se incorporaba, él le dijo con reprobación: —Vaya, parece que por fin te has decidido reaparecer, ¿no?. Ahora que la universidad está cerrada, supongo que puedo esperar que mis clases se llenen de nuevo. Todo el mundo habla de su devoción por la música, pero en cuanto se acercan los exámenes desaparecen como conejos en sus madrigueras. A continuación el Ustad se volvió hacia el desconocido. Se trataba de Motu Chand, el rollizo tocador de tabla que por lo general acompañaba a Saeda Bai. El Ustad Majeed Khan, sorprendido de ver a alguien a quien no conocía ocupando el lugar de su tocador de tabla habitual, le miro con severidad y dijo: —¿Y? Motu Chand, sonriendo afablemente, dijo: —Perdóneme Ustad Shib, por mi presunción. Su tocador de tabla habitual, el amigo del marido de la hermana de mi mujer, hoy no se encontraba bien y me ha pedido que le sustituya. —¿Tienes nombre? —Bueno, me llaman Motu Chand, pero de hecho... —¡Hummm! —dijo Ustad Majeed Khan, cogió su tanpura del estante, se sentó y comenzó a afinarla. Sus alumnos también se sentaron, menos Motu Chand que continuó de pie. —Ya, ya, siéntate —dijo el Ustad Majeed Khan con cierta irritación, sin dignarse mirar a Motu Chand. Mientras afinaba su tanpura, el Ustad Majeed Khan levantó la cabeza, preguntándose a cuál de los tres alumnos le concedería los primeros quince minutos. Estrictamente hablando le correspondían al chico, pero como resultaba que un brillante rayo de luz cayó sobre la alegre cara de Malati, el Ustad Majeed Khan en un impulso le pidió que comenzara. Malati se levantó, cogió uno de las tanpuras más pequeñas, y comenzó a afinarla. Motu Chand ajustó el tono de su tabla. —Veamos, ¿qué raga te estaba enseñando, Bhairava? —preguntó Ustad Majeed Khan. —No, Ustad Sahib, Ramkali —dijo Malati, con un suave rasgueo en la tanpura, que había colocado sobre la alfombra, delante de ella. —¡Hummmm! —dijo el Ustad Majeed Khan. Comenzó a cantar lentamente una frases de la raga, y Malati repitió las frases detrás de él. Los demás alumnos escuchaban con gran atención. De las notas bajas del raga, el Ustad pasó a las más agudas, y a continuación, le indicó a Motu Chand que comenzara a tocar la tabla en un ritmo cíclico de dieciséis tiempos, y comenzó a cantar la composición que Malati había estado estudiando. Aunque Malati hacía lo que podía para concentrarse, se distrajo con la llegada de otras dos alumnas, que presentaron sus respetos al Ustad Majeed Khan antes de sentarse. Resultaba evidente que el Ustad volvía a estar de buen humor—, en cierto momento dejó de cantar y comentó: —¿Así que de verdad quieres ser médico? —Apartando la vista de Malati, añadió con ironía—: Con una voz como la suya, destrozaría más corazones de los que podría curar, pero si quiere llegar a ser realmente una buena música, no puede relegarla a un segundo plano. —Luego volviéndose de nuevo a Malati, le dijo—: La música exige tanta concentración como la cirugía. No puedes desaparecer durante un mes en medio de una operación y regresar cuando se te antoje. —Sí, Ustad sahib —dijo Malati Trivedi dejando entrever una sonrisa. —¡Una mujer médico! —murmuró el Ustad Majeed Khan—. Bien, bien, prosigamos, ¿en qué parte de la composición nos encontrábamos? La pregunta fue interrumpida por una prolongada serie de golpes procedentes del piso de arriba. Las bailarinas bharatnatyam habían empezando su clase. A diferencia de las bailarinas kathak, a las que el Ustad había fulminado en el vestíbulo, éstas no llevaban ajorcas en los ensayos. Pero lo que perdían distrayéndole con su tintineo lo compensaban sobradamente con el ímpetu con que sus tacones aporreaban el suelo directamente encima. El ceño del Ustad Majeed Khan se ensombreció y abruptamente dio por terminada la lección que le estaba dando a Malati. El siguiente alumno fue el muchacho. Tenía buena voz y había trabajado mucho las lecciones, pero por alguna razón, el Ustad Majeed Khan le trató con bastante brusquedad. Quizá todavía estaba molesto por el ruido de las bharatnatyam, que sonaba de vez en cuando en el piso de arriba. El muchacho se marchó en cuanto acabó su clase. Mientras había entrado Vina Tandon que se sentó y se puso a escuchar. Parecía preocupada. Se colocó junto a Malati, a quien conocía tanto como compañera de música como por amiga de Lata. Motu Chand, que estaba frente a ellas mientras tocaba, pensó que componían un interesante contraste: Malati tenía los rasgos delicados y la tez clara, el pelo castaño y unos ojos verdes ligeramente divertidos, y Vina con rasgos más redondeados, pelo negro y ojos oscuros y vivaces, aunque llenos de preocupación. Tras el muchacho le llegó el turno a una alegre pero tímida mujer bengalí, de mediana edad, cuyo acento Ustad Majeed Khan se complacía en imitar. Normalmente venía por las tardes, y actualmente estaba aprendiendo el Raga Malkauns, que a veces pronunciaba “Malkosh”, para diversión del Ustad. —¿Así que hoy has venido por la mañana? —dijo el Ustad Majeed Khan—. ¿Cómo voy a enseñarte Malkosh por la mañana? —Mi marido dice que debo venir por la mañana —dijo la mujer bengalí. —¿Y estás dispuesta a sacrificar tu arte por tu matrimonio? —preguntó el Ustad. —No del todo —dijo la señora bengalí, manteniendo la vista baja. Tenía tres hijos, y los estaba criando perfectamente, aunque seguía siendo irremediablemente tímida, sobre todo cuando la criticaba el Ustad. —¿Qué quieres decir con no del todo? —Bueno —dijo la mujer—, mi marido preferiría que en lugar de cantar música clásica cantara Rabindrasangeet. ¡Hmmh! —dijo el Ustad Majeed Khan. Que la música dulzona y empalagosa de las canciones de Rabindranath Tagore pudiera resultar más atractiva para el oído que la belleza del khyaal clásico era prueba suficiente de que aquel hombre era un bufón. Dirigiéndose a la tímida bengalí con un tono de indulgente desprecio, el Ustad añadió: —Así que supongo que lo próximo será pedirte que le cantes un “gojol”. Ante aquella cruel imitación de su pronunciación, la bengalí se retiró por completo a un aturdido silencio, pero Malati y Vina se miraron entre sí divertidas El Ustad Majeed Khan, comentó a propósito de la clase anterior: —El chico tiene buena voz y trabaja duro, pero canta como si estuviera en una iglesia. Debe ser por haber estudiado antes música occidental. A su modo, es una tradición que no está mal —prosiguió con tolerancia. Aunque, tras una pausa, añadió—: Pero es algo que no se puede desaprender. La voz vibra demasiado en una forma equivocada. Hummm. —Volviéndose hacia la mujer bengalí, le dijo—. Afina la tanpura en “ma”; puedo enseñarte tu “Malkosh”. No se debería dejar un raga a medio enseñar, incluso aunque no sea el momento del día para cantarlo. Pero supongo que se puede hacer yogur por la mañana y comerlo por la noche. A pesar de su nerviosismo, la mujer bengalí se defendió bien. El Ustad la dejó que improvisara un poco, e incluso dijo, animándola: “¡Que tengas una larga vida!” un par de veces. Si la verdad fuera dicha, a la mujer bengalí le importaba mucho más la música que el marido y sus tres bien educados hijos, pero le resultaba imposible, dadas las restricciones de su vida, darla prioridad. El Ustad quedó muy complacido con ella y su clase fue más larga de lo habitual. Cuando acabó, se sentó calladamente a un lado para escuchar al siguiente alumno. Lo siguiente era la lección de Vina Tandon. Iba a cantar el Raga Bhairava, para lo cual tenía que afinar la tanpura en “pa”. Pero estaba tan preocupada por su marido y su hijo que se puso a tocarla sin mas. —¿Qué raga estás estudiando? —dijo Ustad Majeed Khan, un tanto desconcertado—. ¿No era Bhairava? —Sí, Guruji —dijo Vina, tambien desconcertada. —¿Guruji? —dijo el Ustad Majeed Khan con un tono que habría denotado indignación si no trasmitiera tanto asombro. Vina era una de sus alumnas favoritas, y no podía imaginar qué le ocurría. —Ustad Sahib —se corrigió Vina. Demasiado sorprendida por haberse dirigido a su maestro musulmán con el título de respeto debido a uno hindú. El Ustad Majeed Khan prosiguió: —Y si vas a cantar Bhairava, ¿no crees que seria una buena idea cambiar el tono de la tanpura? —Oh —dijo Vina, bajando la mirada a la tanpura, como si de alguna manera fuera la culpable de su distracción. Tras haber cambiado el tono, el Ustad cantó unas cuantas frases en un lento alaap para que ella lo imitara, pero su interpretación fue tan insatisfactoria que en cierto momento le dijo con brusquedad. —Escucha. Primero escucha. Primero escucha y luego canta. El escuchar son 15 anas de una rupia. La que falta es el cantarlo, es solo trabajo de loros. ¿Estás preocupada por algo? —A Vina no le parecía correcto expresar sus pesares delante de su profesor, y el Ustad Majeed Khan prosiguió—: ¿Por qué no tocas la tanpura para que pueda oírla? Deberías comer almendras para desayunar, eso aumentaría tu fuerza. Muy bien, volvamos a la composición “Jaago Mohan Pyaare” —añadió impaciente. Motu Chand comenzó el ciclo rítmico en la tabla y empezaron a cantar. Las palabras de la bien conocida composición proporcionaron cierta estabilidad a los erráticos pensamientos de Vina, y la creciente confianza y viveza de su canto agradó al Ustad Majeed Khan. Después de un rato, primero Malati y después la mujer bengalí, se levantaron para marcharse. La palabra “gojol” centelleó en la mente del Ustad, y cayó en la cuenta en dónde había oído hablar de Motu Chand. ¿No era el tocador de tabla que acompañaba los ghazales de Saeda Bai, esa profanadora del sagrado altar de la música, la cortesana que atendía al famoso rajá de Marh? Un pensamiento llevó a otro; y volviéndose bruscamente hacia Vina le dijo:—Si tu padre, el ministro, está empeñado en destrozar nuestro medio de vida, al menos podría proteger nuestra religión. Vina dejó de cantar y se le quedó mirando en perplejo silencio. Entendía que por “medio de vida” se refería al mecenazgo de los grandes terratenientes, cuyas tierras la Ley de Abolición del Zamindari, estaba intentando arrebatarles . Pero lo que querría decir el Ustad Sahib con lo de la amenaza, no lo entendía en absoluto. —Díselo —prosiguió el Ustad Majeed Khan. —Lo haré, Ustad sahib —dijo Vina con voz sumisa. —Los diputados del Partido del Congreso acabarán con Nehru y Maulana Azad y Rafi sahib. Y nuestro valioso Primer inistro junto con el ministro del Interior más tarde o más temprano tambien se desharán de tu padre. Pero mientras esté en la política, podría hacer algo para ayudar a aquellos de nosotros cuya protección depende de gente como él. Una vez que desde su templo empiezen a oirse sus bhayans mientras estamos orando, la cosa solo puede acabar mal. Vina comprendió que el Ustad Majeed Khan se refería al templo de Shiva que se estaba construyendo en el Chowk, sólo a un par de calles de la casa del Ustad Majeed Khan. Tras canturrear unos segundos para sí, el Ustad hizo una pausa, se aclaró la garganta y dijo, casi para si mismo: —Vivir en nuestro barrio se está poniendo imposible. Aparte de la locura del rajá de Mahr, está toda esa locura del Misri Mandi. Es increíble, —prosiguió—, todo el lugar está en huelga, nadie trabaja, y lo único que hacen es gritarse consignas y amenazas los unos a los otros. Los pequeños zapateros se mueren de hambre y vociferan, los comerciantes se aprietan el cinturón y lanzan bravatas, no hay zapatos en las tiendas, ni trabajo en todo el Mandi. Todo el mundo resulta perjudicado, pero aún así no hay nadie capaz de llegar a un acuerdo. Y éste es el Hombre a quien Dios hizo de un coágulo de sangre, a quien concedió la razón y el discernimiento. El Ustad remató su comentario con un gesto de rechazo con la mano, un gesto que implicaba que todo lo que había pensado alguna vez de la naturaleza humana quedaba plenamente confirmado. Viendo que Vina parecía áun más alterada, una sombra de preocupación cruzó la cara del Ustad Majeed Khan. —¿Por qué te estoy contando esto? —dijo, casi en auto reproche—. Tu marido lo sabe mejor que yo. Así que por eso estás tan descentrada..., claro, claro. Vina, aunque conmovida por el gesto comprensivo del normalmente poco comprensivo Ustad, se quedó callada y siguió tocando la tanpura. Continuaron donde lo habían dejado, pero debió de resultar bastante obvio que su mente no estaba en la composición ni en las pautas rítmicas —los taan– que siguieron. En cierto momento, el Ustad le dijo: —Estás cantando la palabra “ga”, “ga”, “ga”, pero ¿es realmente la nota “ga” lo que estás cantando? Creo que tienes demasiadas cosas en la cabeza. Al entrar deberías dejar todo eso junto con tus zapatos a la puerta de esta habitación. El Ustad comenzó a cantar una compleja serie de taans, y Motu Chand, arrastrado por el placer de la música, comenzó a improvisar en la tabla una hermosa filigrana de acompañamiento rítmico. El Ustad se detuvo bruscamente. Se volvió hacia Motu Chando con sarcástica deferencia. —Por favor, continuad, Guruji —dijo. El tocador de tabla sonrió avergonzado. —No, no, continue, estamos disfrutando de su solo —prosiguió el Ustad Majeed Khan. La sonrisa de Motu Chand se volvió aún más desdichada. —¿Sabes tocar un simple theka, el ciclo rítmico sencillo y sin adornos? ¿O te hallas tan en las alturas del círculo del Paraíso, que eso es demasiado poco? Motu Chand le lanzó una mirada suplicante al Ustad Majeed Khan y dijo: —Fue la belleza de su canto lo que me arrastró, Ustad Sahib. Pero no dejaré que vuelva a ocurrir. El Ustad Majeed Khan le miró intensamente, pero el músico no había tenido intención de ser impertinente. Cuando su lección acabó, Vina se levantó para marcharse. Normalmente se quedaba todo el tiempo que podía, pero hoy era imposible. Bhaskar tenía fiebre y precisaba su atención; Kedarnath necesitaba que le animaran; y esa misma mañana su suegra había hecho un doloroso comentario sobre el tiempo que pasaba en el Conservatorio de Haridas. El Ustad miró su reloj. Todavía quedaba una hora antes de la oración de mediodía. Pensó en la llamada a la oración que oía cada mañana, primero de la mezquita de su vecindario, y luego, a intervalos ligeramente escalonados, del resto de mezquitas de la ciudad. Lo que le gustaba particularmente de la llamada a la oración de la mañana era ese verso dos veces repetido que no aparecía en los azaan del resto del día: “La oración es mejor que el sueño”. Para él, la música también era una oración, y algunas mañanas se levantaba mucho antes del amanecer para cantar Lalit o algún otro raga matinal. A continuación las primeras palabras del azaan, “Allah-u-Akbar” —Dios es grande—, vibrarían sobre los tejados, en el frío aire, y sus oídos se quedaban aguardando el verso que amonestaba a aquellos que intentaban seguir durmiendo. Cuando lo oía sonreía. Era uno de sus placeres del día. Si se construía el nuevo Templo de Shiva, el sonido del primer grito del muecín quedaría desafiado por el de la concha. La idea era insoportable. Sin duda se debía hacer algo para evitarlo. Sin duda, el poderoso ministro Mahesh Kapoor —quien era tildado por algunos miembros de su partido por ser, al igual que el Primer ministro Jawaharlal Nehru, casi un musulmán honorario— podría hacer algo al respecto. Con aire meditabundo, el Ustad comenzó a canturrear la letra de la composición que acababa de enseñarle a la hija del ministro: “Jaago Mohan Pyaare”. Al canturrear, se olvidó de sí mismo. Se olvidó de la habitación en que se encontraba y de los alumnos que aún esperaban sus lecciones. Muy lejos de su mente estaban aquellas palabras que se dirigían al dios Krishna, pidiéndole que se despertara con la llegada de la mañana, o que “Bhairava” —el nombre del raga que estaba cantando— era un epíteto del mismismo gran dios Shiva.

Cap. 6.2 - The Ustad, the music teacher

Cap.6.1 – The Ustad, the music teacher Arriving at the Haridas College of Music, Ustad Majeed Khan nodded absently to a couple of other music teachers, grimaced with distaste at two female kathak dancers who were carrying their jangling anklets into a nearby practice room on the ground floor, and arrived at the closed door of his room. Outside the room, in casual disarray, lay three sets of chappals and one pair of shoes. Ustad Majeed Khan, realizing that this meant that he was forty-five minutes late, sighed a half-irritated and half-exhausted ‘Ya Allah’, took off his own Peshawari chappals, and entered the room. The room that he entered was a plain, rectangular, high-ceilinged box with not very much natural light. What few rays came in from outside were provided by a small skylight high on the far wall. On the wall to the left as he entered was a long cupboard with a rack where a number of tanpuras were resting. On the floor was a pale blue unpatterned cotton rug; this had been quite difficult to obtain, as most of the rugs available on the market had floral or other designs of one kind or another. But he had insisted on having a plain rug so that he would not be distracted in his music, and the authorities had very surprisingly agreed to find him one. On the rug facing him sat a short, fat young man whom he had never seen; the man stood up as soon as he entered. Facing away from him were seated a young man and two young women. They turned when the door opened and, as soon as they saw it was him, got up respectfully to greet him. One of the women—it was Malati Trivedi—even bent down to touch his feet. Ustad Majeed Khan was not displeased. As she got up he said reprovingly to her: ‘So you’ve decided to make a reappearance, have you? Now that the university is closed I suppose I can expect to see my classes fill up again. Everyone talks about their devotion to music but during examination time they disappear like rabbits into their burrows.’ The Ustad then turned to the stranger. This was Motu Chand, the plump tabla player who as a rule accompanied Saeeda Bai. Ustad Majeed Khan, surprised to see someone whom he did not immediately recognize in place of his regular tabla player, looked at him sternly and said, ‘Yes?’ Motu Chand, smiling benignly, said, ‘Excuse me, Ustad Sahib, for my presumption. Your regular tabla player, my wife’s sister’s husband’s friend, is not well and he asked me if I would stand in for him today.’ ‘Do you have a name?’ ‘Well, they call me Motu Chand, but actually—’ ‘Hmmh!’ said Ustad Majeed Khan, picked up his tanpura from the rack, sat down and began to tune it. His students sat down as well, but Motu Chand continued standing. ‘Oh-hoh, sit down,’ said Ustad Majeed Khan irritably, not deigning to look at Motu Chand. As he was tuning his tanpura, Ustad Majeed Khan looked up, wondering to which of the three students he would give the first fifteen-minute slot. Strictly speaking, it belonged to the boy, but because a bright ray from the skylight happened to fall on Malati’s cheerful face Ustad Majeed Khan decided on a whim to ask her to begin. She got up, fetched one of the smaller tanpuras, and began to tune it. Motu Chand adjusted the pitch of his tabla accordingly. ‘Now which raag was I teaching you—Bhairava?’ asked Ustad Majeed Khan. ‘No, Ustad Sahib, Ramkali,’ said Malati, gently strumming the tanpura which she had laid flat on the rug in front of her. ‘Hmmm!’ said Ustad Majeed Khan. He began to sing a few slow phrases of the raag and Malati repeated the phrases after him. The other students listened intently. From the low notes of the raag the Ustad moved to its upper reaches and then, with an indication to Motu Chand to begin playing the tabla in a rhythmic cycle of sixteen beats, he began to sing the composition that Malati had been learning. Although Malati did her best to concentrate, she was distracted by the entrance of two more students—both girls—who paid their respects to Ustad Majeed Khan before sitting down. Clearly the Ustad was in a good mood once again; at one point he stopped singing to comment: ‘So, you really want to become a doctor?’ Turning away from Malati, he added ironically, ‘With a voice like hers she will cause more heartache than even she will be able to cure, but if she wants to be a good musician she cannot give it second place in her life.’ Then, turning back to Malati he said, ‘Music requires as much concentration as surgery. You can’t disappear for a month in the middle of an operation and take it up at will.’ ‘Yes, Ustad Sahib,’ said Malati Trivedi with the suspicion of a smile. ‘A woman as a doctor!’ said Ustad Majeed Khan, musing. ‘All right, all right, let us continue—which part of the composition were we at?’ His question was interrupted by a prolonged series of thumps from the room above. The bharatnatyam dancers had begun their practice. Unlike the kathak dancers whom the Ustad had glared at in the hall, they did not wear anklets for their practice session. But what they lost in tinkling distraction they more than compensated for in the vigour with which they pounded their heels and soles on the floor directly above. Ustad Majeed Khan’s brows blackened and he abruptly terminated the lesson he was giving Malati. The next student was the boy. He had a good voice and had put in a lot of work between lessons, but for some reason Ustad Majeed Khan treated him rather abruptly. Perhaps he was still upset by the bharatnatyam which sounded sporadically from above. The boy left as soon as his lesson was over. Meanwhile, Veena Tandon entered, sat down, and began to listen. She looked troubled. She sat next to Malati, whom she knew both as a fellow-student of music and as a friend of Lata’s. Motu Chand, who was facing them while playing, thought that they made an interesting contrast: Malati with her fair, fine features, brownish hair, and slightly amused green eyes, and Veena with her darker, plumper features, black hair, and dark eyes, animated but anxious. After the boy came the turn of a cheerful but shy middle-aged Bengali woman, whose accent Ustad Majeed Khan enjoyed mimicking. She would normally come in the evenings, and at present he was teaching her Raag Malkauns. This she would sometimes call ‘Malkosh’ to the amusement of the Ustad. ‘So you’ve come in the morning today,’ said Ustad Majeed Khan. ‘How can I teach you Malkosh in the morning?’ ‘My husband says I should come in the morning,’ said the Bengali lady. ‘So you are willing to sacrifice your art for your marriage?’ asked the Ustad. ‘Not entirely,’ said the Bengali lady, keeping her eyes down. She had three children, and was bringing them up well, but was still incurably shy, especially when criticized by her Ustad. ‘What do you mean, not entirely?’ ‘Well,’ said the lady, ‘my husband would prefer me to sing not classical music but Rabindrasangeet.’ ‘Hmmh!’ said Ustad Majeed Khan. That the sickly-sweet so-called music of Rabindranath Tagore’s songs should be more attractive to any man’s ears than the beauty of classical khyaal clearly marked such a man as a buffoon. To the shy Bengali woman, the Ustad said in a tone of lenient contempt: ‘So I expect he’ll be asking you to sing him a “gojol” next.’ At his cruel mispronunciation the Bengali lady retreated entirely into a flustered silence, but Malati and Veena glanced at each other with amusement. Ustad Majeed Khan, apropos of his earlier lesson, said: ‘The boy has a good voice and he works hard, but he sings as if he were in church. It must be his earlier training in western music. It’s a good tradition in its own way,’ he went on tolerantly. Then, after a pause, he continued, ‘But you can’t unlearn it. The voice vibrates too much in the wrong kind of way. Hmm.’ He turned to the Bengali woman: ‘Tune the tanpura down to the “ma”; I may as well teach you your “Malkosh”. One should not leave a raag half-taught even if it is the wrong time of day to sing it. But then I suppose one can set yogurt in the morning and eat it at night.’ Despite her nervousness, the Bengali lady acquitted herself well. The Ustad let her improvise a little on her own, and even said an encouraging ‘May you live long!’ a couple of times. If the truth be told, music mattered more to the Bengali lady than her husband and her three well-brought-up sons, but it was impossible, given the constraints of her life, for her to give it priority. The Ustad was pleased with her and gave her a longer lesson than usual. When it was over, she sat quietly to one side to listen to what was to follow. What followed was Veena Tandon’s lesson. She was to sing Raag Bhairava, for which the tanpura had to be retuned to ‘pa’. But so distracted was she by various worries about her husband and her son that she began to strum it immediately. ‘What raag are you studying?’ said Ustad Majeed Khan, slightly puzzled. ‘Isn’t it Bhairava?’ ‘Yes, Guruji,’ said Veena, somewhat perplexed herself. ‘Guruji?’ said Ustad Majeed Khan in a voice that would have been indignant if it had not been so astonished. Veena was one of his favourite pupils, and he could not imagine what had got into her. ‘Ustad Sahib,’ Veena corrected herself. She too was surprised that in addressing her Muslim teacher she had used the title of respect due to a Hindu one. Ustad Majeed Khan continued: ‘And if you are singing Bhairava, don’t you think it would be a good idea to retune the tanpura?’ ‘Oh,’ said Veena, looking down in surprise at the tanpura, as if it were somehow to blame for her own absence of mind. After she had retuned it, the Ustad sang a few phrases of a slow alaap for her to imitate, but her performance was so unsatisfactory that at one point he said sharply to her: ‘Listen. Listen first. Listen first, then sing. Listening is fifteen annas in the rupee. Reproducing it is one anna—it’s the work of a parrot. Are you worried about something?’ Veena did not think it right to speak of her anxieties before her teacher, and Ustad Majeed Khan continued: ‘Why don’t you strum the tanpura so that I can hear it? You should eat almonds for breakfast—that will increase your strength. All right, let’s go on to the composition—“Jaago Mohan Pyaare”,’ he added impatiently. Motu Chand started the rhythmic cycle on the tabla and they began to sing. The words of the well-known composition lent stability to Veena’s unsteady thoughts and the increasing confidence and liveliness of her singing pleased Ustad Majeed Khan. After a while first Malati, and then the Bengali woman got up to leave. The word ‘gojol’ flashed through the Ustad’s mind and it dawned upon him where he had heard of Motu Chand before. Wasn’t he the tabla player who accompanied the ghazals of Saeeda Bai, that desecrater of the holy shrine of music, the courtesan who served the notorious Raja of Marh? One thought led to another; he turned abruptly towards Veena and said, ‘If your father, the Minister, is bent upon destroying our livelihood, at least he can protect our religion.’ Veena stopped singing and looked at him in bewildered silence. She realized that ‘livelihood’ referred to the patronage of the great rural landlords whose lands the Zamindari Abolition Bill was attempting to snatch away. But what the Ustad Sahib meant by a threat to his religion, she could not comprehend at all. ‘Tell him that,’ continued Ustad Majeed Khan. ‘I will, Ustad Sahib,’ said Veena in a subdued voice. ‘The Congress-wallahs will finish Nehru and Maulana Azad and Rafi Sahib off. And our worthy Chief Minister and Home Minister will sooner or later suppress your father as well. But while he has some political life, he can do something to help those of us who depend on the likes of him for protection. Once they start singing their bhajans from the temple while we are at prayer, it can only end badly.’ Veena realized that Ustad Majeed Khan was referring to the Shiva Temple being constructed in Chowk, only a couple of lanes away from Ustad Majeed Khan’s house. After humming to himself for a few seconds the Ustad paused, cleared his throat and said, almost to himself: ‘It is becoming unlivable in our area. Apart from Marh’s madness, there is the whole insane business of Misri Mandi. It’s amazing,’ he went on, ‘the whole place is on strike, no one ever works, and all they do is yell slogans and threats at each other. The small shoemakers starve and scream, the traders tighten their belts and bluster, and there are no shoes in the stores, no employment in the whole Mandi. Everyone’s interests are harmed, yet no one will compromise. And this is Man whom God has made out of a clot of blood, and to whom he has given reason and discrimination.’ The Ustad finished his comment with a dismissive wave of his hand, a wave that implied that everything he had ever thought about human nature had been confirmed. Seeing Veena look even more upset, an expression of concern passed over Majeed Khan’s face. ‘Why am I telling you this?’ he said, almost in self-reproach. ‘Your husband knows all this better than I do. So that’s why you are distracted—of course, of course.’ Veena, moved though she was by this expression of sympathy from the normally unsympathetic Ustad, was silent, and continued to strum the tanpura. They resumed where they had left off, but it must have been obvious that her mind was not on the composition or the rhythmic patterns—the ‘taans’—which followed. At one point, the Ustad said to her: ‘You’re singing the word “ga”, “ga”, “ga”, but is that really the note “ga” you are singing? I think you have too much on your mind. You should leave such things with your shoes outside this room when you come in.’ He began to sing a complex series of taans, and Motu Chand, carried away by the pleasure of the music, started to improvise a pleasant filigree of rhythmic accompaniment on the tabla. The Ustad abruptly stopped. He turned to Motu Chand with sarcastic deference. ‘Please go on, Guruji,’ he said. The tabla player smiled embarrassedly. ‘No, do go on, we were enjoying your solo,’ continued Ustad Majeed Khan. Motu Chand’s smile became unhappier still. ‘Do you know how to play a simple theka—the plain unornamented rhythmic cycle? Or are you in too high a circle of Paradise for that?’ Motu Chand looked pleadingly at Ustad Majeed Khan and said, ‘It was the beauty of your singing that carried me away, Ustad Sahib. But I won’t let it happen again.’ Ustad Majeed Khan looked sharply at him, but he had intended no impertinence. After her lesson was over, Veena got up to leave. Normally she stayed as long as she could, but this was not possible today. Bhaskar had a fever and wanted her attention; Kedarnath needed cheering up; and her mother-in-law had just that morning made a hurtful comment on the amount of time she spent at the Haridas College of Music. The Ustad glanced at his watch. There was still an hour before the noon prayer. He thought of the call to prayer which he heard every morning first from his local mosque and then at slightly staggered intervals from other mosques across the city. What he particularly liked in the morning call to prayer was the twice-repeated line that did not appear in the azaan later in the day: ‘Prayer is better than sleep.’ Music too was prayer to him, and some mornings he would be up long before dawn to sing Lalit or some other early morning raag. Then the first words of the azaan, ‘Allah-u-Akbar’—God is Great—would vibrate across the rooftops in the cool air and his ears would lie in wait for the sentence that admonished those who attempted to sleep on. When he heard it, he would smile. It was one of the pleasures of his day. If the new Shiva Temple was built, the sound of the muezzin’s early cry would be challenged by that of the conch. The thought was unbearable. Surely something must be done to prevent it. Surely the powerful Minister Mahesh Kapoor—who was taunted by some in his party for being, like the Prime Minister Jawaharlal Nehru, almost an honorary Muslim—could do something about it. The Ustad began meditatively to hum the words of the composition that he had just been teaching the Minister’s daughter—‘Jaago Mohan Pyaare’. Humming it, he forgot himself. He forgot the room he was in and the students still waiting for their lessons. It was very far from his mind that the words were addressed to the dark god Krishna, asking him to wake up with the arrival of morning, or that Bhairava—the name of the raag he was singing—was an epithet of the great god Shiva himself.

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