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Cap. 4.11 - En el andén de la estación

Cap. 4.11 – En el andén de la estación Pasaron dos días mientras los brogues se amoldaban a las hormas en el taller de Jagat Ram. El día señalado, a las dos en punto, Haresh fue a recoger los zapatos y las hormas. La hija pequeña de Jagat Ram le reconoció, y se puso a dar palmas cuando le vio llegar. Se entretenía cantandose una cancioncilla, y puesto que él estaba allí, también le entretuvo a él . La canción decía: +Ram Ram Shah,Ram ram shah, alu ka rasa,patatas en salsa mendaki ki Chatni...chutney de rana Aa gaya nasha!¡Bebételo y borracho estarás Haresh examinó los zapatos con ojo experto. Estaban bien hechos. Las partes superiores habían sido cosidas excelentemente, en la sencilla máquina de coser que tenía ante él El montado había sido realizado con cuidado: no había burbujas ni arrugas. El acabado era de calidad, hasta en la coloración del cuero del brogue perforado. Estaba muy satisfecho. Había sido estricto en sus exigencias, pero a la hora de pagar, le dio a Jagat Ram dos veces y media más del precio que le había prometido. —Tendrás noticias mías —prometió. —Ojalá, Haresh sahib, desde luego eso espero —dijo Jagat Ram—. ¿De verdad se marcha hoy? Qué lástima. —Sí, eso me temo. —¿Y se ha quedado sólo por los zapatos? —Sí, de otro modo me habría marchado hace dos días. —Bueno, espero que en la CCK les gusten los zapatos. Y con estas palabras se despidieron. Haresh hizo unas cuantas compras, regresó a casa de Sunil, le devolvió los zapatos, hizo las maletas, le dijo adiós y tomó un tonga hasta la estación para coger el tren de la tarde a Kanpur. De camino se detuvo en el puesto de Kedarnath para darle las gracias. —Espero poder serte de alguna ayuda —dijo Haresh, estrechándole la mano efusivamente. —Vina me contó que ya lo habías sido. —Quiero decir en los negocios. —Desde luego eso espero —dijo Kedarnath—. Y, bueno, si puedo ayudarte de alguna manera... Se dieron la mano. —El caso es que... —dijo Haresh de repente—, llevo días queriéndotelo preguntar, ¿cómo te hiciste esas cicatrices que tienes en las palmas de las manos? No parece como si se te hubieran quedado atrapadas en una máquina, en ese caso, también tendrías cicatrices en el dorso. Kedarnath quedó en silencio unos instantes, como adaptándose a cambiar de pensamiento. —Las conseguí durante la Partición —dijo. Hizo una pausa y prosiguió—, En la época en que nos vimos obligados a huir de Labore. Conseguí plaza en un convoy de camiones del ejército e ibamos en el primer camión, mi hermano pequeño y yo. Pensé que nada podía haber más seguro. Pero, bueno, era un regimiento baluchi. Se detuvieron justo antes del Puente Ravi, y unos rufianes musulmanes aparecieron desde detrás de los depósitos de madera y comenzaron a acribillarnos con sus lanzas. Mi hermano pequeño tiene cicatrices en la espalda y yo tengo en las palmas y en las muñecas. Intenté agarrar el filo de una lanza... Estuve un mes en el hospital. La cara de Haresh traicionó su conmoción. Kedarnath prosiguió, cerrando los ojos, pero con voz serena: —En dos minutos masacraron a veinte o treinta personas, el padre de alguien, la hija de alguien…. Pero por una gran suerte, un regimiento de gurkas llegó en dirección contraria y comenzó a disparar. Y bueno, los salteadores huyeron y aquí estoy yo para contarlo. —¿Dónde estaba tu familia? —preguntó Haresh—. ¿En los otros camiones? —No, los había enviado por tren unos días antes. Bhaskar tenía sólo seis años. No es que los trenes fueran mucho muy seguros, como bien sabes. —No sé si debería habértelo preguntado —dijo Haresh, sintiéndose cosa rara en él, cortado. —No, no... esta bien. Tuvimos suerte, tal como iban las cosas. El comerciante musulmán que antes era dueño de mi tienda, aquí en Brahmpur... bueno... Aunque resulte extraño, después de todo lo que ocurrió allí, todavía echo de menos Lahore —dijo Kedarnath—. Pero es mejor que te des prisa o perderás el tren. La Estación de Brahmpur estaba tan concurrida, ruidosa y olorosa como siempre: sibilantes nubes de vapor, el silbido de los trenes que llegaban, los gritos de los vendedores ambulantes, el hedor a pescado, el zumbido de moscas, la cháchara de los apresurados pasajeros . Haresh se sintió cansado. Aunque eran más de las seis, todavía hacía mucho calor. Tocó uno de sus gemelos de ágata y se asombró de su frialdad. Observando a la multitud, distinguió a una joven con un sari de algodón azul claro, acompañada de su madre. El profesor de literatura inglesa que había conocido en la fiesta de Sunil se despedía de ellas junto al tren que iba Calcuta. La madre estaba de espaldas a Haresh, de modo que no podía verla bien. La cara de la hija era impresionante. No se trataba de una belleza clásica —no le arrebataba el corazón como la fotografía que llevaba con él—, pero la intensidad de su expresión la hacia tan atractiva que Haresh se detuvo en seco durante un segundo. La joven parecía hacer frente con decisión a una tristeza que iba más allá de lo que es normal en una despedida en un andén de la estación. Haresh pensó en detenerse para cruzar unas palabras con el profesor, pero había algo en el gesto de la muchacha —como si se esforzara por contener su pesar— que se lo impidió. Además, su tren estaba a punto de salir, su coolie iba muy por delante de él, y Haresh, al no ser muy alto, temía perderle entre la multitud.

Cap. 4.11 - On the station platform

Cap. 4.11 Meanwhile, the brogues were sitting on their lasts in Jagat Ram’s workshop. Two days passed. On the appointed day at two o’clock, Haresh came to collect the shoes and the lasts. Jagat Ram’s little daughter recognized him, and clapped her hands at his arrival. She was entertaining herself with a song, and since he was there, she entertained him too. The song went as follows:+ Ram Ram Shah,Ram Ram Shah, Alu ka rasa,Gravy made from spuds, Mendaki ki chatni—Chutney made from female frog— Aa gaya nasha!Drink it, and you’re drunk! Haresh looked the shoes over with a practised eye. They were well made. The uppers had been stitched excellently, though on the simple sewing machine in front of him. The lasting had been carefully done—there were no bubbles or wrinkles. The finishing was fine, down to the coloration of the leather of the punched brogue. He was well pleased. He had been strict in his demands, but now he gave Jagat Ram one and a half times as much as he had promised him by way of payment. ‘You will be hearing from me,’ he promised. ‘Well, Haresh Sahib, I certainly hope so,’ said Jagat Ram. ‘You’re really leaving today? A pity.’ ‘Yes, I’m afraid so.’ ‘And you stayed on just for this?’ ‘Yes, I would have left in two days instead of four otherwise.’ ‘Well, I hope they like this pair at CLFC.’ With that they parted. Haresh did a few chores, made a few small purchases, went back to Sunil’s, returned his brogues, packed, said goodbye, and took a tonga to the station to catch the evening train to Kanpur. On the way he stopped at Kedarnath’s to thank him. ‘I hope I can be of some help to you,’ said Haresh, shaking his hand warmly. ‘You already have, Veena tells me.’ ‘I meant, by way of business.’ ‘I certainly hope so,’ said Kedarnath, ‘and, well, if I can help you in any way—’ They shook hands. ‘Tell me—’ said Haresh suddenly. ‘I have been meaning to ask you this for several days now—how did you get all those scars on the inside of your hands? They don’t look as if they’ve been caught in a machine—they’d be scarred on both sides if they had.’ Kedarnath was silent for a few seconds, as if adjusting to a change of thought. ‘I got those during Partition,’ he said. He paused and continued, ‘At the time that we were forced to flee from Lahore, I got a place in a convoy of army trucks and we got into the first truck—my younger brother and I. Nothing, I thought, could be safer. But, well, it was a Baluchi regiment. They stopped just before the Ravi Bridge, and Muslim ruffians came from behind the timber yards there and started butchering us with their spears. My younger brother has marks on his back and I have these on my palms and my wrist—I tried to hold on to the blade of the spear. . . . I was in hospital for a month.’ Haresh’s face betrayed his shock. Kedarnath continued, closing his eyes, but in a calm voice: ‘Twenty or thirty people were slaughtered in two minutes—someone’s father, someone’s daughter. . . . By the greatest of luck a Gurkha regiment was coming from the other side and they began to fire. And, well, the looters fled, and I’m here to tell you the story.’ ‘Where was the family?’ asked Haresh. ‘In the other trucks?’ ‘No—I’d sent them on by train a little earlier. Bhaskar was only six at the time. Not that the trains were safe either, as you know.’ ‘I don’t know if I should have asked these questions,’ said Haresh, feeling atypically embarrassed. ‘No, no—that’s all right. We were fortunate, as these things go. The Muslim trader who used to own my shop here in Brahmpur—well. . . . Strange, though—after all that happened there, I still miss Lahore,’ said Kedarnath. ‘But you’d better hurry or you’ll miss your train.’ Brahmpur Junction was as crowded and noisy and smelly as ever: hissing clouds of steam, the whistles of incoming trains, hawkers’ shouts, the stench of fish, the buzz of flies, the scurrying babble of passengers. Haresh felt tired. Though it was past six o’clock it was still very warm. He touched an agate cufflink and wondered at its coolness. Glancing at the crowd, he noticed a young woman in a light-blue cotton sari standing near her mother. The English teacher whom he had met at Sunil’s party was seeing them off on the down train to Calcutta. The mother’s back was turned towards Haresh, so he could not get a proper glimpse of her. The daughter’s face was striking. It was not classically beautiful—it did not catch at his heart as did the photograph he kept with him—but it had a quality of such attractive intensity that Haresh stopped for a second. The young woman seemed to be determinedly fighting back some sadness that went beyond the normal sadness of parting at a railway platform. Haresh thought of pausing for a little to reintroduce himself to the young lecturer, but something in the girl’s expression of inwardness, almost despair, stopped him from doing so. Besides, his train was leaving soon, his coolie was already quite far ahead of him, and Haresh, not being tall, was concerned that he might lose him in the crowd.

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Cap. 4.10 - Cuando dos y dos no son cuatro

Cap. 4.10 – Cuando dos y dos no son cuatro Un tipo alto y bien parecido, vestido con el blanco equipo de críquet, abrió la puerta. —Hemos venido a ver al profesor Durrani —dijo Haresh—. ¿Cree que tendría un momento libre? —Voy a ver qué está haciendo mi padre —dijo el joven, con una voz suave, agradable y levemente ronca—. Por favor, pasen. Un minuto o dos después apareció y dijo: —Mi padre saldrá enseguida. Me ha preguntado quiénes eran ustedes, y me he dado cuenta de que no se lo había preguntado. Lo siento, antes de nada debería presentarme. Me llamo Kabir. Haresh, impresionado por el aspecto y modales del joven, le tendió la mano, sonrió apretando los labios y se presentó: —Y éste es Bhaskar, el hijo de un amigo. El joven parecía un poco preocupado por algo, pero hizo lo que pudo para dar conversación. —Hola, Bhaskar —dijo Kabir—. ¿Cuántos años tienes? —Nueve —dijo Bhaskar, sin poner ninguna objeción a una pregunta tan poco original. Se preguntaba de que iría todo aquello. Después de un rato, Kabir dijo: —Me pregunto por qué tarda tanto mi padre. —Y se fue adentro. Cuando el profesor Durrani finalmente entró en la sala de estar, se quedó muy sorprendido al ver a sus visitantes. Fijándose en Bhaskar, le preguntó a Haresh. —¿Ha venido a ver a, ejm, a alguno de mis hijos? Los ojos de Bhaskar se iluminaron ante un comportamiento adulto tan inusual. Le gustaba la cara cuadrada y de rasgos muy marcados del profesor Durrani, y en particular el equilibrio y la simetría de su impresionante bigote blanco. Haresh, que se había puesto en pie, dijo: —Desde luego que no, es a usted a quien venimos a ver. No sé si me recuerda, nos conocimos en la fiesta de Sunil... —¿Sunil? —dijo el profesor Durrani, apretando los ojos con total perplejidad, las cejas subiendo y bajando—. Sunil... Sunil... —Parecía estar sopesando algo con gran seriedad, y acercándose cada vez más a la conclusión—. Patwardhan —dijo, con el aire de haber llegado a una clara comprensión. Evaluó aquella nueva premisa desde varios ángulos, en silencio. Haresh decidió acelerar el proceso. Dijo, con cierta brusquedad: —Profesor Durrani, usted me dijo que podíamos venir a verle. Éste es mi joven amigo Bhaskar, de quien le hablé. Creo que su interés en las matemáticas es considerable, y pensé que él debería conocerle. El profesor Durrani pareció muy complacido, y le preguntó a Bhaskar cuánto eran dos y dos. Haresh se quedo desconcertado, pero Bhaskar —aunque normalmente rechazaba sumas considerablemente más complejas como indignas de su atención— no se sintió, al parecer, insultado. Con una voz un tanto insegura replicó: —¿Cuatro? El profesor Durrani se quedó en silencio. Parecía estar reflexionando sobre la respuesta. Haresh comenzó a sentirse incómodo. —Bueno, sí, si puede, ejm, dejarle aquí durante un rato —dijo el profesor Durrani. —¿Paso a recogerle, digamos, a las cuatro? —preguntó Haresh. —Más o menos —dijo el profesor Durrani. Cuando él y Bhaskar se quedaron solos, ambos permanecieron en silencio. Al cabo de un rato, Bhaskar dijo: —¿Era ésa la respuesta correcta? —Más o menos —dijo el profesor Durrani—. Verás —dijo cogiendo un musami de una fuente que había en la mesa del comedor—, es una, ejm, cuestión bastante parecida a la, ejm, suma de los ángulos de un... un triángulo. ¿Cuál, ejm, te han enseñado que es? —Ciento ochenta grados —dijo Bhaskar. —Bueno, más o menos —dijo el profesor Durrani—. Al menos, en el plano. Pero, en la superficie, ejm, de este musami, por ejemplo... Durante un momento se quedó mirando el cítrico verde, siguiendo una misteriosa secuencia de pensamientos. Una vez hubo servido a su propósito, lo observó con cierta perplejidad, como si no pudiera imaginar por qué estaba haciendo en su mano. Lo peló con cierta dificultad, debido a la gruesa piel, y empezó a comérselo. —¿Quieres, ejm, un poco? —le preguntó a Bhaskar sin más rodeos. —Sí, por favor —dijo Bhaskar, y extendió ambas manos por un gajo, como si fuera a recibir la ofrenda santificada de un templo. Una hora después, cuando Haresh regresó, tuvo la sensación de que era una inoportuna interrupción. Les encontró a los dos sentados a la mesa del comedor, sobre la cual estaban desplegados —entre otras cosas—, varios musamis, varias peladuras de musamis, un gran número de palillos en diversas configuraciones, un cenicero boca abajo, algunas tiras de periódico cortadas y pegadas entre sí en extrañas y retorcidas curvas y una cometa púrpura. El resto de la mesa estaba cubierta de ecuaciones en tiza amarilla. Antes de que Bhaskar se marchara en compañía de Haresh, cogió las tiras de periódico, la cometa púrpura, y exactamente dieciséis palillos. Ni el profesor Durrani ni Bhaskar se dieron las gracias por el tiempo que habían pasado juntos. En el tonga, de vuelta a Misri Mandi, Haresh no pudo resistir el preguntar a Bhaskar: —¿Entendías todas esas ecuaciones? —No —dijo Bhaskar. Sin embargo por el tono de su voz estaba claro que era algo a lo que no le daba ninguna importancia. Aunque Bhaskar no dijo nada cuando llegó a casa, su madre adivinó, sólo con mirarle a la cara, que había pasado un rato de lo más estimulante. Cogió los objetos que Bhaskar había traído y le dijo que se lavara las manos, llenas de pegamento. A continuación, casi con lágrimas en los ojos, le dio las gracias a Haresh. —Has sido tan amable tomándote todas estas molestias, Haresh bhai. Me doy cuenta de lo mucho que ha significado para él —dijo Vina. —Bueno —dijo Haresh con una sonrisa—, es lo menos que podía hacer.

Cap. 4.10 - When two and two don't make four

Cap. 4.10 A tall, good-looking fellow in cricket whites opened the door. ‘We’ve come to see Dr Durrani,’ said Haresh. ‘Do you think he might be free?’ ‘I’ll just see what my father is doing,’ said the young man in a low, pleasant, slightly rough-edged voice. ‘Please come in.’ A minute or two later he emerged and said, ‘My father will be out in a minute. He asked me who you were, and I realized I hadn’t asked. I’m sorry, I should introduce myself first. My name’s Kabir.’ Haresh, impressed by the young man’s looks and manner, held out his hand, smiled in a clipped sort of way, and introduced himself. ‘And this is Bhaskar, a friend’s son.’ The young man seemed a bit troubled about something, but did his best to make conversation. ‘Hello, Bhaskar,’ said Kabir. ‘How old are you?’ ‘Nine,’ said Bhaskar, not objecting to this least original of questions. He was pondering what all this was about. After a while Kabir said, ‘I wonder what’s keeping my father,’ and went back in. When Dr Durrani finally came into the drawing room, he was quite surprised to see his visitors. Noticing Bhaskar, he asked Haresh: ‘Have you come to see one of my, er, sons?’ Bhaskar’s eyes lit up at this unusual adult behaviour. He liked Dr Durrani’s strong, square face, and in particular the balance and symmetry of his magnificent white moustache. Haresh, who had stood up, said: ‘No indeed, Dr Durrani, it’s you we’ve come to see. I don’t know if you remember me—we met at Sunil’s party. . . .’ ‘Sunil?’ said Dr Durrani, his eyes scrunched up in utter perplexity, his eyebrows working up and down. ‘Sunil . . . Sunil . . .’ He seemed to be weighing something up with great seriousness, and coming closer and closer to a conclusion. ‘Patwardhan,’ he said, with the air of having arrived at a considerable insight. He appraised this new premise from several angles in silence. Haresh decided to speed up the process. He said, rather briskly: ‘Dr Durrani, you said that we could drop in to see you. This is my young friend Bhaskar, whom I told you about. I think his interest in mathematics is remarkable, and I felt he should meet you.’ Dr Durrani looked quite pleased, and asked Bhaskar what two plus two was. Haresh was taken aback, but Bhaskar—though he normally rejected considerably more complex sums as unworthy of his attention—was not, apparently, insulted. In a very tentative voice he replied: ‘Four?’ Dr Durrani was silent. He appeared to be mulling over this answer. Haresh began to feel ill at ease. ‘Well, yes, you can, er, leave him here for a while,’ said Dr Durrani. ‘Shall I come back to pick him up at four o’clock?’ asked Haresh. ‘More or less,’ said Dr Durrani. When he and Bhaskar were left alone, both of them were silent. After a while, Bhaskar said: ‘Was that the right answer?’ ‘More or less,’ said Dr Durrani. ‘You see,’ he said, picking up a musammi from a bowl on the dining table, ‘it’s rather, er, it’s rather like the question of the, er, sum of the angles in a—in a triangle. What have they, er, taught you that is?’ ‘180 degrees,’ said Bhaskar. ‘Well, more or less,’ said Dr Durrani. ‘On the, er, surface of it, at least. But on the surface of this, er, musammi, for instance—’ For a while he gazed at the green citrus, following a mysterious train of thought. Once it had served his purpose, he looked at it wonderingly, as if he could not figure out what it was doing in his hand. He peeled it with some difficulty because of its thick skin and began to eat it. ‘Would you, er, like some?’ he asked Bhaskar matter-of-factly. ‘Yes, please,’ said Bhaskar, and held out both hands for a segment, as if he were receiving a sanctified offering from a temple. An hour later, when Haresh returned, he got the sense that he was an unwelcome interruption. They were now both sitting at the dining table, on which were lying—among other things—several musammis, several peels of musammis, a large number of toothpicks in various configurations, an inverted ashtray, some strips of newspaper stuck together in odd-looking twisted loops, and a purple kite. The remaining surface of the dining room table was covered with equations in yellow chalk. Before Bhaskar left with Haresh, he took with him the loops of newspaper, the purple kite, and exactly sixteen toothpicks. Neither Dr Durrani nor Bhaskar thanked each other for the time they had spent together. In the tonga back to Misri Mandi, Haresh could not resist asking Bhaskar: ‘Did you understand all those equations?’ ‘No,’ said Bhaskar. It was clear from the tone of his answer, however, that he did not think this mattered. Though Bhaskar did not say anything when he got home, his mother could tell from one glance at his face that he had had a wonderfully stimulating time. She took his various objects off him and told him to wash his gummy hands. Then, almost with tears in her eyes, she thanked Haresh. ‘It’s so kind of you to have taken this trouble, Haresh Bhai. I can tell what this has meant to him,’ Veena said. ‘Well,’ said Haresh with a smile, ‘that’s more than I can.’

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Cap. 4.09 - Haresh: energía en acción

Cap. 4.9 –Haresh: energía en acción Haresh, con cierta dificultad, y pese a tener un poco de resaca, se levantó temprano y tomó un rickshaw hasta Ravisdapur. Llevaba consigo las hormas, y el resto de materiales que le había prometido a Jagat y los zapatos de Sunil. Gente vestida con harapos deambulaban entre las casuchas de barro con techos de paja. Un chaval arrastraba un trozo de madera con una cuerda y otro intentaba golpearlo con un palo. Mientras cruzaba el inestable puente, observó que un vapor espeso y blanquecino flotaba por encima de las aguas negras del alcantarillado, donde la gente llevaba a cabo sus abluciones matinales. ¿Cómo pueden vivir así? Pensó para sí mismo. Algunos cables eléctricos colgaban descuidadamente de los postes o estaban enmarañados entre las ramas de un árbol polvoriento. Unas cuantas casas cogían electricidad ilegalmente de aquella magra fuente lanzando un cable sobre la línea principal. Del oscuro interior de las otras casuchas llegaba el parpadeo de improvisadas lámparas: latas llenas de keroseno, cuyo humo llenaba la chabola. Era fácil que un niño, un perro, o una vaca las derribara, y a veces los incendios comenzaban así, extendiéndose de choza a choza y consumiendo todo lo que estaba escondido bajo el techo de paja, incluidas las codiciadas cartillas de racionamiento. Haresh negó con la cabeza ante tanta miseria. Llegó al taller y se encontró con Jagat Ram sentado en el escalón de la puerta, observado sólo por su hija pequeña. Para su irritación, se dio cuenta de que no estaba trabajando en sus zapatos, sino en un juguete de madera: en un gato, parecía. Lo estaba tallando con gran concentración, y pareció sorprenderse al ver a Haresh. Dejó el gato inacabado sobre el escalón y se levantó. —Ha venido temprano —dijo. —Así es —dijo Haresh con brusquedad—. He hecho un gran esfuerzo por traerte el material lo antes posible, y te encuentro trabajando en otra cosa, pues no tengo intención de trabajar con alguien que no sea de fiar. Jagat Ram se atusó el bigote. Sus ojos adquirieron un brillo apagado, y habló entrecortadamente: —Lo que quiero decir... —comenzó—, ¿acaso se ha molestado en preguntar? Lo que quiero decir es que ... ¿cree que no soy un hombre de palabra? Se puso de pie, entró dentro y cogió las piezas que había estado cortando, según los patrones que Haresh le había dado, de la hermosa pieza de cuero marrón que había recogido la noche anterior. Mientras Haresh las examinaba, dijo: —Todavía no les he dado la forma del zapato, pero se me ocurrió cortarlo yo mismo en lugar de dejárselo a mi cortador. Llevo en pie desde el amanecer. —Bien, bien —dijo Haresh, asintiendo en un tono más amable—. Veamos la pieza de cuero que te dejé. Bastante a regañadientes, Jagat Ram la sacó de uno de las estanterías de obra empotradas en la pared de la pequeña habitación. La mayor parte estaba aún sin utilizar. Haresh lo examinó meticulosamente y se lo devolvió. Jagat Ram pareció aliviado. Se llevó la mano al bigote gris y se retorció la punta, pensativo, sin decir nada. —Excelente —dijo Haresh con generoso entusiasmo. Jagat Ram había cortado el cuero de una manera sorprendentemente veloz y extremadamente económica. De hecho, parecía poseer una intuitiva maestría espacial que era muy rara incluso entre los zapateros expertos que llevaban muchos años en el ramo. Con las únicas indicaciones de los comentarios que ayer hiciera Haresh, Jagat Ram había construido el zapato en su mente después de echarle un breve vistazo al patrón. —¿Dónde ha ido tu hija? Jagat Ram se permitió una ligera sonrisa. —Llegaba tarde a la escuela —dijo. —¿Aparecieron ayer los de la Zapatería Lovely? —preguntó Haresh. —Bueno, sí y no —dijo Jagat Ram sin más explicaciones. Puesto que Haresh no estaba especialmente interesado en los de Lovely, no insistió en la pregunta. Pensó que quizá Jagat Ram no quería hablar de los competidores de Kedarnath delante de un amigo de éste. —Bueno —dijo Haresh—. Aquí están las otras cosas que necesitabas. —Abrió el maletín y sacó el hilo y los componentes, las hormas y los zapatos. Mientras Jagat Ram hacía girar apreciativamente las hormas en sus manos, Haresh prosiguió—: —Te veré dentro de tres días, a las dos de la tarde en punto, y espero que los brogues estén listos. Tengo billete para el tren de las seis y media de vuelta a Kanpur. Si los zapatos están bien hechos, espero poder conseguirte un pedido. Si no, no voy a demorar más mi viaje de vuelta. —Si todo sale bien, espero trabajar directamente con usted —dijo Jagat Ram. Haresh negó con la cabeza.—Te conocí a través de Kedarnath y trataré contigo a través de él —replicó. Jagat Ram asintió algo forzado, y acompañó a Haresh hasta la puerta. Parecía que no había manera de huir de esos chupasangres de intermediarios. Primero los musulmanes, ahora estos punjabís que habían ocupado su lugar. Kedarnath, sin embargo, le había dado su primer respiro, y no era un mal hombre, tal como estaban las cosas. Quizás en vez de un chupasangres solo daba pequeños sorbitos. —Bien —dijo Haresh—. Excelente. Bueno, tengo mucho que hacer, debo marcharme. Y caminó con su acostumbrada energía a través de las sucias callejas de Ravisdapur. Hoy llevaba sus oxfords negros. En un espacio abierto pero asqueroso, situado cerca de un pequeño santuario encalado, vio a un grupo de chavales jugando con un maltrecho mazo de cartas —uno de ellos era el hijo pequeño de Jagat Ram—, y chasqueó la lengua, no tanto por desaprobación moral sino por el irritante hecho de que este tuviera que ser el estado de las cosas. ¡Analfabetismo, pobreza, indisciplina, suciedad! No era como si aquí la gente no tuviera potencial. Si estuviera en su mano y le dieran los fondos y los trabajadores, pondría en pie aquel barrio en seis meses. Higiene, agua potable, electricidad, calles pavimentadas, sentido cívico: simplemente era cuestión de tomar decisiones sensatas y tener los medios necesarios para llevarlas a cabo. A Haresh le entusiasmaba tanto la idea de los “medios necesarios” como su lista de “Cosas que Hacer”. Se impacientaba consigo mismo si faltaba algo en lo primero o quedaba algo sin hacer en la última. También creía en “acabar lo que uno empieza”. Ah, sí; el hijo de Kedarnath, cómo se llamaba, ¡Bhaskar!, se dijo. Anoche debí de haberle pedido a Sunil la dirección del doctor Durrani. Frunció el ceño ante su falta de previsión. Pero de todas formas después de comer recogió a Bhaskar y se lo llevó en tonga a casa de Sunil. Haresh pensó que el doctor Durrani debía de haber ido andando a casa de Sunil, por lo que no podía vivir muy lejos. Bhaskar acompañó a Haresh en silencio, y Haresh, por su parte, se sintió feliz de no tener que decir otra cosa aparte de adónde iban. El fiel y perezoso sirviente de Sunil les señaló la casa del doctor Durrani, unas cuantas puertas más allá. Haresh pagó el tonga y fue hacia allí andando con Bhaskar.

Cap. 4.09 - Haresh: Energy in Action

4.9 Haresh, with an effort, woke up early despite a heavy head, and took a rickshaw to Ravidaspur. He had with him the lasts, the other materials he had promised, and Sunil’s shoes. People in rags were moving about the lanes among the thatched mud huts. A boy was dragging a piece of wood with a string and another boy was trying to hit it with a stick. As he walked across the unstable bridge, he noticed that a thick, whitish vapour lay over the black water of the open sewer, where people were performing their morning ablutions. How can they live like this? he thought to himself. +A couple of electric wires hung casually from poles or were tangled among the branches of a dusty tree. A few houses tapped illegally into this meagre source by slinging a wire over the main line. From the dark interiors of the other huts came the flicker of makeshift lamps: tins filled with kerosene, whose smoke filled the huts. It was easy for a child or a dog or a calf to knock these over, and fires sometimes started this way, spreading from hut to hut and burning everything hidden in the thatch for safe-keeping, including the precious ration-cards. Haresh shook his head at the waste of it all. He got to the workshop and found Jagat Ram sitting on the step by himself, watched only by his small daughter. But to Haresh’s annoyance he found that what he was working on was not the brogues but a wooden toy: a cat, it appeared. He was whittling away at it with great concentration, and looked surprised to see Haresh. He set the unfinished cat down on the step and stood up. ‘You’ve come early,’ he said. ‘I have,’ said Haresh brusquely. ‘And I find you are working on something else. I am making every effort on my part to supply you with materials as quickly as possible, but I have no intention of working with someone who is unreliable.’ Jagat Ram touched his moustache. His eyes took on a dull glow, and his speech became staccato: ‘What I mean to say—’ he began, ‘—have you even asked? What I mean to say is—do you think I am not a man of my word?’ He stood up, went inside, and fetched the pieces he had cut according to the patterns Haresh had given him from the handsome maroon leather that he had fetched the previous night. While Haresh was examining them, he said: ‘I haven’t punched them with the brogue design yet—but I thought I’d do the cutting myself, not leave it to my cutter. I’ve been up since dawn.’ ‘Good, good,’ said Haresh, nodding his head and in a kinder tone. ‘Let’s see the piece of leather I left for you.’ Jagat Ram rather reluctantly took it out from one of the brick shelves embedded in the wall of the small room. Quite a lot of it was still unused. Haresh examined it carefully, and handed it back. Jagat Ram looked relieved. He moved his hand to his greying moustache and rubbed it meditatively, saying nothing. ‘Excellent,’ said Haresh with generous enthusiasm. Jagat Ram’s cutting had been both surprisingly swift and extremely economical of the leather. In fact, he appeared to have an intuitive spatial mastery that was very rare even among trained shoemakers of many years’ standing. It had been hinted at yesterday in his comments when he had constructed the shoe in his mind’s eye after just a brief glance at the components of the pattern. ‘Where’s your daughter disappeared to?’ Jagat Ram permitted himself a slight smile. ‘She was late for school,’ he said. ‘Did the people from the Lovely Shoe Shop turn up yesterday?’ asked Haresh. ‘Well, yes and no,’ said Jagat Ram and did not elaborate further. Since Haresh had no direct interest in the Lovely people, he did not press the question. He thought that perhaps Jagat Ram did not want to talk about one of Kedarnath’s competitors in front of Kedarnath’s friend. ‘Well,’ said Haresh. ‘Here is all the other stuff you need.’ He opened his briefcase and took out the thread and the components, the lasts and the shoes. As Jagat Ram turned the lasts around appreciatively in his hands, Haresh continued: ‘I will see you three days from today at two o’clock in the afternoon, and I will expect the brogues to be ready by then. I have bought my ticket for the six-thirty train back to Kanpur that evening. If the shoes are well made, I expect I will be able to get you an order. If they are not, I’m not going to delay my journey back.’ ‘I will hope to work directly with you if things work out,’ said Jagat Ram. Haresh shook his head. ‘I met you through Kedarnath and I’ll deal with you through Kedarnath,’ he replied. Jagat Ram nodded a little grimly, and saw Haresh to the door. There seemed to be no getting away from these bloodsucking middlemen. First the Muslims, now these Punjabis who had taken their place. Kedarnath, however, had given him his first break, and was not such a bad man—as such things went. Perhaps he was merely blood-sipping. ‘Good,’ said Haresh. ‘Excellent. Well, I have a lot of things to do. I must be off.’ And he walked off with his usual high energy through the dirty paths of Ravidaspur. Today he was wearing ordinary black Oxfords. In an open but filthy space near a little white shrine he saw a group of small boys gambling with a tattered pack of cards—one of them was Jagat Ram’s youngest son—and he clicked his tongue, not so much from moral disapproval as from a feeling of annoyance that this should be the state of things. Illiteracy, poverty, indiscipline, dirt! It wasn’t as if people here didn’t have potential. If he had his way and was given funds and labour, he would have this neighbourhood on its feet in six months. Sanitation, drinking water, electricity, paving, civic sense—it was simply a question of making sensible decisions and having the requisite facilities to implement them. Haresh was as keen on ‘requisite facilities’ as he was on his ‘To Do’ list. He was impatient with himself if anything was lacking in the former or undone in the latter. He also believed in ‘following things through’. Oh yes; Kedarnath’s son, what’s his name now, Bhaskar! he said to himself. I should have got Dr Durrani’s address from Sunil last night. He frowned at his own lack of foresight. But after lunch he collected Bhaskar anyway and took a tonga to Sunil’s. Dr Durrani looked as if he had walked to Sunil’s house, reflected Haresh, so he couldn’t live all that far away. Bhaskar accompanied Haresh in silence, and Haresh, for his own part, was happy not to say anything other than where they were going. Sunil’s faithful, lazy servant pointed out Dr Durrani’s house, which was a few doors away. Haresh paid off the tonga, and walked over with Bhaskar.

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Cap. 4.08 - El mundo es un pañuelo

Cap. 4.8 Pran, que se dejó caer un poco más tarde y que no era un antiguo alumno del St Stephan, sino que Sunil lo había invitado como amigo y colega. Se perdió el ver al profesor Durrani, a quien conocía superficialmente, y también cuando hablaron de Bhaskar. Al igual que casi todos en la familia, admiraba a su sobrino, a pesar de que, en ciertos aspectos, fuera como cualquier otro niño, encantado de volar cometas, encantado de hacer novillos y sobre todo cariñoso con sus abuelas. —¿Por qué llegas tan tarde? —le preguntó Sunil un tanto beligerante—. ¿Y por qué no está aquí Savita? Confiábamos en que ella elevara esta reunión de zoquetes. ¿O acaso va diez pasos detrás de ti? No, no la veo por ninguna parte. ¿Cree que su presencia nos cortaría las alas? —Responderé a las dos únicas preguntas que merecen respuesta —contestó Pran—. Uno, Savita decidió que estaba demasiado cansada y te suplica que la excuses. Dos, llego tarde porque cené antes de venir. Sé cómo funcionan las cosas en tu casa. La cena no se sirve hasta medianoche –si es que te acuerdas de servirla– y entonces resulta incomible. Y al final para llenarnos la tripa acabamos pillando un kebab en algún puesto de la calle al volver a casa. Deberías casarte Sunil, y así esta casa no andaría manga por hombro. Y además tendrías a alguien que te zurciría esos horribles calcetines. ¿Y por qué no llevas puestos los zapatos? Sunil suspiró. —Porque Haresh ha decidido que necesitaba dos pares de zapatos para él. “Mi necesidad es más grande que la vuestra.” Están allí, en aquel rincón, y sé que nunca los volveré a ver. Oh, pero si no os conocéis —dijo Sunil, hablando ahora en hindi—. Haresh Khanna, Pran Kapoor. Ambos estudiasteis literatura inglesa, y nunca he conocido a nadie que sepa más sobre el tema, ni a nadie que sepa menos. Los dos hombres se estrecharon la mano. —Bueno —dijo Pran con una sonrisa—. ¿Para qué necesitas dos pares de zapatos? —A este tío le encanta crear misterios —dijo Haresh—, pero la explicación es muy sencilla. Los voy a utilizar como modelo para que me hagan otro par. —¿Para ti? —Oh, no. Trabajo para la CCK y estoy en Brahmpur por trabajo. Haresh consideraba que las abreviaturas que tan a menudo solía utilizar resultaban totalmente familiares para todo el mundo. —¿La CCK? —preguntó Pran. —Compañía de Cuero y Calzados Kanpur. —Ah. O sea que trabajas en el ramo del calzado —dijo Pran—. Eso está a años luz de la literatura inglesa. —Lo único que hago es vivir del punzón —dijo Haresh con ligereza y no ofreció más explicaciones ni citas incorrectas. —Mi cuñado también trabaja en el ramo del calzado —dijo Pran—. Quizá le conozcas. Es comerciante en el mercado del calzado de Brahmpur. —Puede —dijo Haresh—, aunque, por culpa de la huelga, no todos los comerciantes tienen abierto el puesto. ¿Cómo se llama? —Kedarnath Tandon. —¡Kedarnath Tandon! Pues claro que le conozco. Me ha estado enseñando toda clase de sitios. —Haresh estaba encantado—. De hecho, en cierto modo es por su culpa que Sunil ha perdido sus zapatos. Así que tu eres su “sala” –lo siento, quiero decir el hermano de Vina. ¿El mayor o el pequeño? Sunil Patwardhan había regresado a la conversación. —El mayor —dijo—. El pequeño, Maan, también estaba invitado, pero últimamente ocupa sus noches de otra manera. —Bueno, dime —dijo Pran, volviéndose decididamente hacia Sunil—, ¿hay alguna razón especial para esta fiesta? No es tu cumpleaños, ¿verdad? —No, no lo es. Y no se te da nada bien cambiar de tema. Pero dejaré que te escabullas porque tengo una pregunta para ti, profesor Kapoor. Uno de mis mejores estudiantes ha estado sufriendo por tu culpa. ¿Por qué fuisteis tan duros –tú y tu comité disciplinario– ¿Cómo lo llamáis? ¿Comité para el bienestar del estudiante?– con los chicos que sólo se dejaron llevar por un poco de inocente diversión durante el Holi? —¿Un poco de inocente diversión? —exclamó Pran—. Aquellas chicas parecían que las habían teñido de rojo y azul. Suerte que no cogieron una neumonía. Y además hubo innecesarios frotamientos de color, aquí y allí. —¿Pero echar a los chicos de su residencia y amenazarlos con la expulsión? —¿Llamas a eso severidad? —dijo Pran. —Pues claro. ¿Y en época de exámenes? —Desde luego, no estaban preparando los exámenes en la fiesta del Holi cuando decidieron –al parecer unos cuantos habían tomado bhang– irrumpir en la Residencia Femenina y encerrar a la directora en la sala de recreo. —¡Oh, esa zorra sin corazón! —dijo Sunil con un gesto de rechazo, y a continuación soltó una carcajada ante la imagen de la directora quizás dando golpes de frustración en la mesa del billar. La directora era una mujer draconiana aunque bastante guapa que mantenía a las chicas bajo un estricto control; llevaba un montón de maquillaje, y lanzaba miradas feroces a cualquier chica que intentara hacer lo mismo. —Vamos, Sunil, es bastante atractiva, me parece que le has echado el ojo. Sunil resopló ante tan ridícula idea. —Supongo que pidió que los expulsaran inmediatamente. O temporalmente. O que los electrocutaran. Como el otro día con esos espías rusos en América. El problema es que nadie recuerda sus días de estudiante cuando está al otro lado. —¿Qué habrías hecho en su lugar? —preguntó Pran—. ¿O en el nuestro, si a eso vamos? Los padres de las chicas se habrían levantado en armas si no hubiéramos tomado alguna medida. Y, dejando aparte la cuestión de tales repercusiones, no creo que el castigo fuera injusto. Un par de miembros del comité querían expulsarlos. —¿Quién? ¿El jefe de estudios? —Bueno, un par de miembros —dijo Pran. —Venga, venga, no me vengas con secretitos, estás entre amigos —dijo Sunil, rodeando con su ancho brazo los escuálidos hombros de Pran. —No, Sunil, de verdad. Ya he dicho demasiado. —Tú, naturalmente, votaste por la indulgencia. Pran rechazó muy serio el amistoso sarcasmo. —Pues si, así fue, sugerí que fuéramos indulgentes. Por otro lado yo se con que facilidad las cosas pueden escaparse de las manos. Pensé en lo que ocurrió cuando Maan decidió celebrar el Holi con Moby Dick. —El incidente con el catedrático Mishra era ya famoso en toda la universidad. —Oh, sí —dijo el físico que deambulaba por allí—. ¿Qué ocurrió con tu plaza de profesor adjunto? Pran respiró lentamente. —Nada —dijo. —Pero ya hace meses que el puesto está vacante. —Lo sé —dijo Pran—. Incluso ha salido la convocatoria, pero parece que no quieren fijar la fecha para que se reúna el comité de selección. —No hay derecho. Hablaré con alguien del Brahmpur Chronicle —dijo el joven físico. —Sí, sí —dijo Sunil entusiasmado—. Ha llegado a nuestro conocimiento que a pesar de la crónica escasez de profesorado en el Departamento de Inglés de nuestra renombrada universidad, y de disponer de un candidato más que adecuado para el puesto de profesor adjunto, que ya lleva vacante una inconcebible cantidad de tiempo. —Por favor —dijo Pran, algo intranquilo—. Deja que las cosas sigan su curso natural. No metas a los periódicos en esto. Sunil se quedó unos instante meditativo, como si estuviera planeando algo. —Muy bien, muy bien, ¡toma una copa! —dijo de pronto—. ¿Por qué no tienes una copa en la mano? —Primero me fríe a preguntas durante media hora sin ofrecerme una copa, y luego me pregunta por qué no bebo nada. Tomaré whisky con agua —dijo Pran en un tono menos alterado. A medida que la velada avanzaba, la conversación del grupo pasó de las noticias locales, al penoso papel que había hecho el equipo nacional de la India en el campeonato internacional de críquet (“Dudo que alguna vez ganemos el Test Match, dijo Pran con seguro pesimismo), a la política en Purva Pradesh y en el mundo en general, y a las peculiaridades de varios profesores, tanto de la Universidad de Brahmpur como de la de St Stephen, en Delhi. Para desconcierto de los no stephanianos, aquéllos exclamaron, a coro un quejumbroso: —¡En mi clase os diré una sola cosa: puede que no entendáis nada, puede que no queráis entender nada, pero acabaréis entendiendo! Se sirvió la cena, y fue tan insulsa como Pran había predicho. Sunil, a pesar de la afable tiranía que ejercía sobre sus amigos, era así mismo tiranizado por un viejo sirviente cuyo afecto por su amo (a quien había servido desde que Sunil era niño) era sólo igualado por su escasa disposición a dar golpe. Durante la cena hubo una discusión —un tanto incoherente debido a que algunos de los participantes se mostraban beligerantes o erráticos en su discurso a causa del whisky— referente a la situación económica y política. Entenderla completamente era difícil, pero una parte de ella fue así: —Mira, la única razón por la que Nehru se convirtió en primer ministro fue porque era el favorito de Gandhi. Todo el mundo lo sabe. Lo único que sabe hacer son esos largos y condenados discursos que no llevan a ninguna parte. Nunca parece que tome una posición sobre nada. Pensarlo. Incluso en el Partido del Congreso, donde Tandon y los carcas le estaban arrinconando contra la pared, ¿y qué hace? Pues va y les da la razón, y tenemos que... —Pero ¿qué puede hacer? No es un dictador. —¿Te importaría no interrumpir? ¿Te importa si expreso mi opinión? Después podrás decir lo que quieras durante el tiempo que quieras. ¿Qué hace Nehru entonces? Y lo que quiero decir es: ¿qué hace exactamente? Envía un mensaje a una sociedad que le habla pedido fuera a dar unas conferencias y dice: “A menudo tenemos una sensación de oscuridad.” Oscuridad, ¿a quién le importa su oscuridad o lo que ocurra dentro de su cabeza? Puede que su cabeza sea muy atractiva y que esa rosa roja quede bien en su ojal, pero lo que necesitamos es a alguien con un corazón fuerte, no con uno sensible. Su deber como primer ministro es dirigir el país, y no tiene la fuerza de carácter necesaria para hacerlo. —Bueno... —Bueno ¿qué? —Intenta tú dirigir este país. Intenta, para empezar alimentar a la gente. Impedir que los hindúes masacren a los musulmanes... —O viceversa. —Muy bien, o viceversa. E intenta despojar de sus propiedades a los zamindaris mientras éstos luchan por cada centímetro de terreno —Él no está haciendo eso que como Primer Ministro, los ingresos por las tierras no son competencia del gobierno central, sino del estatal (provincial). Neru seguirá con sus vagos discursos, pero pregúntale a Pran quién es el auténtico cerebro detrás de nuestra Ley de Abolición del Zamindari. —Sí —admitió Pran—, es mi padre. En cualquier caso, mi madre dice que trabaja hasta muy tarde, y que a veces vuelve a casa después de medianoche, agotado, y a continuación se pasa toda la noche leyendo para preparar la sesión del día siguiente en la Asamblea. —Soltó una breve risa y negó con la cabeza—. Mi madre está preocupada porque se está destrozando su salud. Doscientas cláusulas, doscientas úlceras, eso dice. Y ahora que la Ley del Zamindari de Bihar ha sido declarada anticonstitucional, todo el mundo está más que tenso. Y por si no había suficiente con eso, surge ese problema en el Chowk. —¿Qué ha ocurrido en el Chowk? —preguntó alguien, creyendo que Pran se refería a algo que había ocurrido aquel mismo día. —El rajá de Marh y su maldito templo de Shiva —dijo Haresh enseguida. Aunque era el único que no vivía en la ciudad, Kedarnath le había puesto al corriente, y ahora estaba decidido a tomar partido. —No lo llames el maldito templo de Shiva —dijo el historiador. —Es un maldito templo de Shiva, que ya ha causado suficientes muertes. —Eres hindú, y lo llamas templo maldito, deberías mirarte al espejo. Los británicos de han ido, por si no te has dado cuenta, así que deja de imitarlos. Maldito templo, malditos nativos... —¡Dios mío! Después de todo, creo que tomaré otra copa —le dijo Haresh a Sunil. A medida que la conversación se enardecía y enfriaba, durante y después de la cena, los invitados se iban reuniendo en pequeños grupos o se enredaban en conversaciones aún más complicadas. En cierto momento, Pran se llevó a Sunil a un aparte y le preguntó de manera casual: —Oye, este Haresh, ¿está casado, prometido o algo parecido? —Algo parecido. —¿Qué? —dijo Pran frunciendo el ceño. —No está casado ni prometido —dijo Sunil—, pero si está “algo parecido”. —Sunil, no me hables en acertijos. Es mas de medianoche. —Eso te pasa por llegar tarde a mi fiesta. Antes de que llegaras estuvimos hablando un montón de lo que había entre él y esa sardarni, Simran Kaur, por quien todavía está chiflado. Vaya, ¿y por qué no me acordaba de su nombre hace una hora? Había un pareado que hablaba de él en la universidad. Perseguido por Gaur y persiguiendo a Kaur; ¡antes casto, pero ya nunca más! —No puedo responder por lo que se dice en el segundo verso. Pero, está claro por la cara que ha puesto hoy que aún sigue enamorado de ella. Y no le culpo. Me encontré una vez con ella, y era una auténtica belleza. Sunil Patwardhan recitó un pareado en urdu sobre las monzónicas oscuras nubes de su pelo —Vaya, vaya, vaya —dijo Pran. —Pero ¿por qué quieres saberlo? —Por nada. —Pran se encogió de hombros—. Creo que es un hombre que conoce su mente, y sentí curiosidad. Un poco más tarde, los invitados comenzaron a marcharse. Sunil sugirió que todos visitaran el Viejo Brahmpur “para ver si había algo abierto”. —Hoy a medianoche —salmodió parodiando la voz de Nehru—, mientras el mundo duerme, Brahmpur despertará a la vida y a la libertad. A medida que Sunil acompañaba a sus invitados a la puerta, de pronto se sintió deprimido. —Buenas noches —dijo dulcemente; a continuación, en un tono más melancólico—. Buenas noches, damas, buenas noches, gentiles damas, buenas noches, buenas noches. —Y un poco más tarde, mientras cerraba la puerta, más para sí mismo que para otra persona, murmuró, en la cadencia marcadamente incompleta en que Nehru finalizaba sus discursos en hindi—. Hermanos y hermanas... ¡Jai Hind! Pero Pran regresó a su casa animado. Había disfrutado de la fiesta, había disfrutado de alejarse del trabajo y —tenía que admitirlo— del círculo familiar de su esposa, su suegra y su cuñada. Qué lástima, pensó, que Haresh ya estuviera comprometido. A pesar de que se equivocaba siempre en sus citas literarias, a Pran le había caído bien, y se preguntaba si sería una posible “perspectiva” para Lata. Pran estaba preocupado por ella. Desde que recibiera aquella llamada telefónica a la hora de cena, hacía unos días, ya no era la misma. Pero hablar de Lata no era fácil, ni siquiera con Savita. A veces, pensaba Pran, tengo la impresión de que todos me ven como un intruso, un simple entrometido en el círculo de los Mehras.

Cap. 4.08 - It's a small world

Cap. 4.8 Pran, who dropped in a bit later, was not an old Stephanian. He had been invited by Sunil as a friend and colleague. He missed seeing Dr Durrani, with whom he had a nodding acquaintance, and missed hearing about Bhaskar. In common with almost everyone in the family, he was a little in awe of his nephew, who seemed in certain respects just like any other child—fond of flying kites, fond of playing truant from school, and affectionate most of all towards his grandmothers. ‘Why have you come so late?’ asked Sunil a little belligerently. ‘And why is Savita not here? We were trusting her to leaven our cloddish company. Or is she walking ten paces behind you? No—I don’t see her anywhere. Did she think she’d cramp our style?’ ‘I’ll answer the two questions worth answering,’ said Pran. ‘One—Savita decided she was feeling too tired; she begs you to excuse her. Two—I’m late because I’ve had dinner before coming. I know how things run in your house. Dinner isn’t served until midnight—if you remember to serve it at all—and even then it’s inedible. We usually have to get kababs at some wayside stall to fill ourselves up on the way home. You should get married yourself, you know, Sunil—then your household wouldn’t run so haphazardly. Besides, there would be someone to darn those atrocious socks. Anyway, why don’t you have your shoes on?’ Sunil sighed. ‘That’s because Haresh decided he needed two pairs of shoes for himself. +“My need is greater than thine.” There they are in the corner, and I know I’ll never see them again. Oh, but you two haven’t met,’ said Sunil, talking now in Hindi. ‘Haresh Khanna—Pran Kapoor. Both of you have studied English literature, and I’ve never met anyone who knows more about it than the one, or less about it than the other.’ The two men shook hands. ‘Well,’ said Pran with a smile. ‘Why do you need two pairs of shoes?’ ‘This fellow delights in creating mysteries,’ said Haresh, ‘but there’s a simple explanation. I’m using it as a sample to have another pair made.’ ‘For yourself?’ ‘Oh, no. I work with CLFC and I’m in Brahmpur for a few days on work.’ Haresh assumed that the abbreviations he often used were entirely familiar to everyone else. ‘CLFC?’ asked Pran. ‘Cawnpore Leather & Footwear Company.’ ‘Oh. So you work in the shoe trade,’ said Pran. ‘That’s a far cry from English literature.’ ++‘All I am living by is with the awl,’ said Haresh lightly, and offered no more by way of explanation and misquotation. ‘My brother-in-law works in the shoe trade as well,’ said Pran. ‘Perhaps you’ve met him. He’s a trader in the Brahmpur Shoe Mart.’ ‘I may have,’ said Haresh, ‘though because of the strike not all the traders have their stalls open. What’s his name?’ ‘Kedarnath Tandon.’ ‘Kedarnath Tandon! But of course I know him. He’s been showing me around all sorts of places—’ Haresh was very pleased. ‘In fact, it’s because of him in a way that Sunil has lost his shoes. So you’re his sala—sorry, I mean Veena’s brother. Are you the older one or the younger one?’ Sunil Patwardhan had loomed back into the conversation. ‘The elder,’ he said. ‘The younger one—Maan—was invited too, but his evenings nowadays are otherwise occupied.’ ‘Well, tell me,’ said Pran, turning determinedly towards Sunil, ‘is there some special occasion for this party? It’s not your birthday, is it?’ ‘No it’s not. And you’re not very good at changing the subject. But I’ll let you wriggle out of this one because I have a question for you, Dr Kapoor. One of my best students has been suffering because of you. Why were you so harsh—you and your disciplinary committee—what do they call it? student welfare committee?—with the boys who indulged in a little high spirits over Holi?’ ‘A little high spirits?’ exclaimed Pran. ‘Those girls looked like they had been dyed in red and blue ink. It’s lucky they didn’t catch pneumonia. And really, there was a lot of, you know, unnecessary rubbing of colour here and there.’ ‘But throwing the boys out of their hostels and threatening them with expulsion?’ ‘Do you call that harsh?’ said Pran. ‘Of course. At the time that they’re preparing for their final exams?’ ‘They certainly weren’t preparing for their exams on Holi when they decided—it seems that a few of them had even taken bhang—to storm the Women’s Hostel and lock up the warden in the common room.’ ‘Oh, that steel-hearted bitch!’ said Sunil dismissively, then burst out laughing at the image of the women’s warden locked up, banging perhaps on the carom board in frustration. The warden was a draconian if rather good-looking woman who kept her charges on a strict leash, wore lots of make-up, and glared at any of the girls who did the same. ‘Come on, Sunil, she’s quite attractive—I think you have a soft spot for her yourself.’ Sunil snorted at the ridiculous idea. ‘I bet she asked for them to be expelled immediately. Or rusticated. Or electrocuted. Like those Russian spies in America the other day. The trouble is that no one remembers their own student days once they are on the other side.’ ‘What would you have done in her place?’ asked Pran. ‘Or in our place for that matter? The girls’ parents would have been up in arms if we had taken no action. And, quite apart from the question of such repercussions, I don’t think the punishment was unfair. A couple of members of the committee wanted them expelled.’ ‘Who? The Proctor?’ ‘Well—a couple of members,’ said Pran. ‘Come on, come on, don’t be secretive, you’re among friends—’ said Sunil, putting a broad arm around Pran’s gangly shoulders. ‘No, really, Sunil, I’ve said too much already.’ ‘You, of course, voted for leniency.’ Pran rebutted the friendly sarcasm seriously. ‘As it happens, yes, I did suggest leniency. Besides, I know how things can get out of hand. I thought of what happened when Maan decided to play Holi with Moby-Dick.’ The incident with Professor Mishra was by now notorious throughout the university. ‘Oh, yes,’ said the physicist who had wandered over, ‘what’s happened to your readership?’ Pran sucked in his breath slowly. ‘Nothing,’ he said. ‘But it’s been months that the post has been lying open.’ ‘I know,’ said Pran. ‘It’s even been advertised, but they don’t seem to want to set a date for the selection committee to meet.’ ‘It’s not right. I’ll talk to someone at the Brahmpur Chronicle,’ said the young physicist. ‘Yes, yes,’ said Sunil enthusiastically. ‘It has come to our knowledge that despite the chronic understaffing in the English Department of our renowned university and the availability of a more than suitable local candidate for the post of reader which has been lying unfilled now for an unconscionable length of time—’ ‘Please—’ said Pran, not at all calmly. ‘Just let things take their natural course. Don’t get the papers involved in all this.’ Sunil looked meditative for a while, as if he was working something out. ‘All right, all right, have a drink!’ he said suddenly. ‘Why don’t you have a drink in your hand?’ ‘First he grills me for half an hour without offering me a drink, then he asks me why I don’t have one. I’ll have whisky—with water,’ said Pran, in a less agitated tone. As the evening went on, the talk of the party turned to news in the town, to India’s consistently poor performance in international cricket (‘I doubt we will ever win a Test match,’ said Pran with confident pessimism), to politics in Purva Pradesh and the world at large, and to the peculiarities of various teachers, both at Brahmpur University and—for the Stephanians—at St Stephen’s in Delhi. To the mystification of the non-Stephanians, they participated in chorus with a querulous: ‘In my class I will say one thing: you may not understand, you may not want to understand, but you will understand!’ Dinner was served, and it was just as rudimentary as Pran had predicted. Sunil, for all his good-natured bullying of his friends, was himself bullied by an old servant whose affection for his master (whom he had served since Sunil was a child) was only equalled by his unwillingness to do any work. Over dinner there was a discussion—somewhat incoherent because some of the participants were either belligerent or erratic with whisky—about the economy and the political situation. Making complete sense of it was difficult, but a part of it went like this: ‘Look, the only reason why Nehru became PM was because he was Gandhi’s favourite. Everyone knows that. All he knows how to do is to make those bloody long speeches that never go anywhere. He never seems to take a stand on anything. Just think. Even in the Congress Party, where Tandon and his cronies are pushing him to the wall, what does he do? He just goes along with it, and we have to—’ ‘But what can he do? He’s not a dictator.’ ‘Do you mind not interrupting? I mean to say, may I make my point? After that you can say whatever you want for as long as you want. So what does Nehru do? I mean to say, what does he do? He sends a message to some society that he’s been asked to address and he says, “We often feel a sense of darkness.” Darkness—who cares about his darkness or what’s going on inside his head? He may have a handsome head and that red rose may look pretty in his buttonhole, but what we need is someone with a stout heart, not a sensitive one. It’s his duty as Prime Minister to give a lead to the country, and he’s just not got the strength of character to do it.’ ‘Well—’ ‘Well, what?’ ‘You just try to run a country. Try to feed the people, for a start. Keep the Hindus from slaughtering the Muslims—’ ‘Or vice versa.’ ‘All right, or vice versa. And try to abolish the zamindars’ estates when they fight you every inch of the way.’ ‘He isn’t doing that as PM—land revenue isn’t a Central subject—it’s a state subject. Nehru will make his vague speeches, but you ask Pran who’s the real brains behind our Zamindari Abolition Bill.’ ‘Yes,’ admitted Pran, ‘it’s my father. At any rate, my mother says he works terribly late and sometimes comes back home from the Secretariat after midnight, dog-tired, then reads through the night to prepare for the next day’s arguments in the Assembly.’ He laughed shortly and shook his head. ‘My mother’s worried because he’s ruining his health. Two hundred clauses, two hundred ulcers, she thinks. And now that the Zamindari Act in Bihar has been declared unconstitutional, everyone’s in a panic. As if there’s not enough to panic about anyway, what with the trouble in Chowk.’ ‘What trouble in Chowk?’ asked someone, thinking Pran was referring to something that might have happened that day. ‘The Raja of Marh and his damned Shiva Temple,’ said Haresh promptly. Though he was the only one from out of town, he had just been filled in on the facts by Kedarnath, and had made them his own. ‘Don’t call it a damned Shiva Temple,’ said the historian. ‘It is a damned Shiva Temple, it’s caused enough deaths already.’ ‘You’re a Hindu, and you call it a damned temple—you should look at yourself in the mirror. The British have left, in case you need reminding, so don’t put on their airs. Damned temple, damned natives—’ ‘Oh God! I’ll have another drink after all,’ said Haresh to Sunil. As the discussion rose and subsided over dinner and afterwards, and people formed themselves into small knots or tied themselves into worse ones, Pran drew Sunil aside and inquired casually, ‘Is that fellow Haresh married or engaged or anything?’ ‘Anything.’ ‘What?’ said Pran, frowning. ‘He’s not married or engaged,’ said Sunil, ‘but he’s certainly “anything”.’ ‘Sunil, don’t talk in riddles. It’s midnight.’ ‘This is what comes of turning up late for my party. Before you came we were talking at length about him and that sardarni, Simran Kaur, whom he’s still infatuated with. Now why didn’t I remember her name an hour ago? There was a couplet about him at college: Chased by Gaur and chasing Kaur; Chaste before but chaste no more! I can’t vouch for the facts of the second line. But, anyway, it was clear from his face today that he’s still in love with her. And I can’t blame him. I met her once and she was a real beauty.’ Sunil Patwardhan recited a couplet in Urdu about the black monsoon clouds of her hair. ‘Well, well, well,’ said Pran. ‘But why do you want to know?’ ‘Nothing,’ shrugged Pran. ‘I think he’s a man who knows his own mind, and I was curious.’ A little later the guests started taking their leave. Sunil suggested that they all visit Old Brahmpur ‘to see if anything’s going on’. ‘Tonight at the midnight hour,’ he intoned in a sing-song, Nehruvian voice, ‘while the world sleeps, Brahmpur will awake to life and freedom.’ As Sunil saw his guests to the door he suddenly became depressed. ‘Good night,’ he said gently; then in a more melancholy tone: ‘Good night, ladies, good night, sweet ladies, good night, good night.’ And a little later, as he closed the door, more to himself than anyone else, he mumbled, in the liltingly incomplete cadence with which Nehru ended his Hindi speeches: ‘Brothers and sisters—Jai Hind!’ But Pran walked home in high spirits. He had enjoyed the party, had enjoyed getting away both from work and—he had to admit it—the family circle of wife, mother-in-law, and sister-in-law. What a pity, he thought, that Haresh was already spoken for. Despite his misquotations, Pran had liked him, and wondered if he might be a possible ‘prospect’ for Lata. Pran was concerned about her. Ever since she had received a phone call at dinner a few days ago, she had not been herself. But it had become difficult to talk even to Savita about her sister. Sometimes, thought Pran, I feel they all see me as an interloper—a mere meddler among Mehras.

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Cap. 4.07 - Vértigo: series numéricas

Cap. 4.7 – Vértigo: las series numéricas De pronto, en la escena irrumpió un caballero alto de pelo blanco: el profesor Durrani. Se quedó un tanto sorprendido al ver lo que estaba ocurriendo. Sunil se quedó congelado en mitad del baile –de hecho en mitad de un paso– aunque enseguida fue a saludar a su inesperado invitado. El profesor Durrani no se mostró tan sorprendido como cabía esperar; un problema matemático ocupaba la mayor parte de su cabeza y había decidido ir a discutirlo con su joven colega. De hecho, se trataba de una idea que en realidad se le había ocurrido a Sunil. —Em, yo creo que he elegido un mal momento..., ¿no? —preguntó con su irritante lentitud habitual. —Bueno, no, no, em, no exactamente... —dijo Sunil. Le caía bien el profesor Durrani, de hecho le admiraba. Era uno de los dos únicos miembros de la Royal Society que la Universidad de Brahmpur podía jactarse de tener entre sus docentes; el otro era el catedrático Ramaswami, el conocido físico. El profesor Durrani ni siquiera se dio cuenta de que Sunil estaba imitando su manera de hablar, Sunil seguía aún inmerso en la mímica después de su interpretación del khatak, y solo se dio cuenta de que estaba imitando al profesor al terminar de hablar. —Ejem, bueno, Patwardhan, me parece que, em, estoy molestando —prosiguió el profesor Durrani. Tenía la cara cuadrada con un apuesto bigote blanco y entrecerraba los ojos para enfatizar cada uno de sus “em”. La sílaba también provocaba que moviera arriba y abajo las cejas y la parte baja de la frente. —No, no, profesor Durrani, por supuesto que no. Por favor, únase a nosotros. —Sunil condujo al profesor al centro del cuarto con la intención de presentarlo a los demás invitados. El profesor Durrani y Sunil Patwardhan eran un vivo ejemplo del contraste físico, a pesar de ser ambos bastante altos. —Bueno, si está usted, em, seguro, de que no me, em, entrometo. Verá —prosiguió el profesor Durrani, hablando con un poco más de fluidez pero con igual lentitud—, estos últimos días le he estado dando vueltas al problemas que podríamos llamar de las, em, de las super-operaciones. Yo..., bueno, yo..., verá, yo, em, pensé que partiendo de esa base, podríamos obtener varias series sorprendentes: verá, em... Tal era la fuerza de la inocente intromisión del profesor Durrani con su mágico mundo y tan indulgente con la indecorosa juerga de los jóvenes, que éstos no parecían muy enfadados por el hecho que se había colado en su fiesta. —Mire, Patwardhan —el profesor Durrani trataba a todo el mundo con una amable distancia—, no es sólo una cuestión del 1, 3, 6, 10, 15, que sería una, em, serie trivial basada en la, em, una operación combinatoria primaria... o incluso 1, 2, 6, 24, 120..., que estaría basada en una operación combinatoria secundaria. Podría ir mucho, em, mucho más allá. La operación combinatoria terciaria resultaría 1, 2, 9, 262144, y luego 5 elevado a 262144. Y, por supuesto, eso sólo, em, nos lleva al quinto término en la, em, tercera operación de este tipo ¿Hasta dónde llegará la, em, la pendiente? —. Miraba tanto emocionado como angustiado. —Ah —dijo Sunil, con su cabeza burbujeando de whisky aún muy ejos del problema. —Aunque, por supuesto, lo que estoy diciendo, em, es bastante obvio. No quería, em, molestarle con esto. Pero pensé que, em —miró a su alrededor, su mirada se posó en un reloj de cuco que había en la pared—, podría, bueno, consultarle sobre algo que podría ser bastante, em, poco intuitivo. Ahora tome 1, 4, 216, 72576, y así sucesivamente. ¿Le sorprende? —Bueno... —dijo Sunil. —¡Ajá! —dijo el profesor Durrani—, ya me imaginaba que no. —Miró con aprobación a su joven colega, a quien solía consultar de esta manera—. ¡Bueno, bueno, bueno! ¿Debo contarle ahora cuál ha sido, em, el impulso catalizador para todo esto? —Oh, si, por favor hágalo —dijo Sunil. —Fue una, em, una observación..., una observación, em, muy perspicaz por su parte. —¡Ah! —Usted dijo, a propósito del Teorema de Pergolesi, dijo: “El concepto formará un árbol.” Fue, em, una observación brillante... Nunca antes lo había pensado en estos términos. —Oh —dijo Sunil. Haresh le guiñó un ojo, pero Sunil frunció el ceño. A sus ojos, reírse del profesor Durrani era un crimen de lesa majestad. —Y de hecho —prosiguió generosamente el profesor Durrani—, aunque, em entonces estaba ciego —apretó los ojos profundamente hasta casi cerrarlos del todo, a manera de inconsciente ilustración—, bueno, pues sí forma un árbol. Un árbol que no se puede podar. En su mente veía un enorme baniano, proliferando y —lo peor de todo— un incontrolable baniano, extendiéndose sobre un paisaje plano, y continuó con creciente angustia y excitación: —Porque cualquier, em, método de super-operación que se escoja, sea del tipo 1 o del tipo 2, no puede, em, no puede aplicarse definitivamente en cada, em, en cada etapa. Elegir una agrupación particular de tipos puede, puede... em, sí, puede de hecho podar las ramas, pero sería demasiado, em, arbitrario. La alternativa no producirá, em, un algoritmo consistente. De manera que ésta es, em, la pregunta que surgió en, em, en mi cabeza ¿cómo se puede generalizar a medida que se avanza a operaciones superiores? —El profesor Durrani, que tendía a cargarse un poco de espaldas, se enderezó. Era indudable que a la vista de tan terrible incertidumbre se necesitaba hacer algo. —¿A qué conclusión ha llegado usted? —dijo Sunil, tambaleándose un poco. —Oh, de eso se trata. No lo sé. Naturalmente, em, la super-operación n + 1 tiene que actuar en relación con la super-operación n tal como n actúa con respecto a n —1. Eso no hay ni que decirlo. Lo que me preocupa es, em, la cuestión de la repetición. ¿Acaso la misma sub-operación, la misma, em, sub-super-operación, si puedo llamarla así —sonrió al pensar en su terminología—, acaso eso, em... haría_ La frase quedó sin acabar mientras el profesor Durrani recorría la habitación con la mirada, agradablemente perplejo. —Quédese a cenar con nosotros, profesor Durrani —dijo Sunil—. La casa está abierta. ¿Puedo ofrecerle algo de beber? —Oh, no, no, em, no —dijo el profesor Durrani amablemente—. Ustedes, los jóvenes, sigan. No se preocupen por mi. Haresh, pensando repentinamente en Bhaskar, se acercó al profesor Durrani y le dijo: —Perdone, señor, pero me preguntaba si podría usted dedicarle un poco de atención a un inteligentísimo muchacho. Creo que a él le encantaría conocerle... y espero que a usted también. El profesor Durrani miró inquisitivamente a Haresh, pero no dijo nada. ¿Qué tenía que ver un chico con todo esto?, se preguntó. (O cualquier persona, si a eso vamos.) —El otro día me hablaba del número 10 y sus potencias —dijo Haresh—, y se lamentaba de que ni en inglés ni en hindi existiera una palabra para el diez elevado a cuatro o a ocho. —Si, em, es una verdadera pena —dijo el profesor Durrani con cierta emoción—. Aunque en las narraciones de Al-Biruni uno encuentra... —Al chico le parecía que habría que poner remedio a eso. —¿Qué edad tiene ese chico? —dijo el profesor Durrani, bastante interesado. —Nueve años. El profesor Durrani hizo otra pausa a fin de concentrarse en la conversación que mantenía con Haresh. —Ah —dijo—. Bueno, em, em, envíemelo. Ya sabe dónde, em, vivo —añadió, y dio media vuelta para marcharse. Ya que ni Haresh ni el profesor Durrani se habían visto anteriormente, era improbable que Haresh supiera su dirección. Pero éste le dio las gracias, satisfecho de poder poner en contacto dos mentes semejantes. No se sintió incómodo ante la posibilidad de abusar del tiempo y las energías del gran hombre. De hecho ni se le pasó por la cabeza.

Cap. 4.07 - Vertigo: Numerical Series

Cap. - 4.7 Into this scene walked a tall, white-haired gentleman, Dr Durrani. He was mildly surprised to see what was going on inside. Sunil froze in mid-dance, indeed in mid-stance—but then went forward to greet his unexpected guest. Dr Durrani was not as surprised as he should have been; a mathematical problem was occupying the larger part of his cerebrum. He had decided to walk over and discuss it with his young colleague. In fact it had been Sunil who had given him the impetus for his idea in the first place. ‘Er, I, have I, er, chosen a bad time—er—?’ he asked in his maddeningly slow voice. ‘Well, no—not, er, exactly—’ said Sunil. He liked Dr Durrani and was somewhat in awe of him. Dr Durrani was one of the two Fellows of the Royal Society that Brahmpur University could boast of, the other being Professor Ramaswami, the well-known physicist. Dr Durrani did not even notice that Sunil was imitating his manner of speech; Sunil himself was still in an imitative mode after his kathak performance, and only noticed it himself after he had done it. ‘Er, well, Patwardhan, er, I do feel that, perhaps, I am, er, impinging?’ continued Dr Durrani. He had a strong square face, with a handsome white moustache, but scrunched up his eyes for punctuation every time he said ‘er’. This syllable also caused his eyebrows and the lower part of the skin on his forehead to move up and down. ‘No, no, Dr Durrani, of course not. Please do join us.’ Sunil led Dr Durrani to the centre of the room, planning to introduce him to the other guests. Dr Durrani and Sunil Patwardhan were a study in physical contrast despite the fact that they were both rather tall. ‘Well, if you are, er, certain, you know, that I’m not going to, er, er, be in the way. You see,’ went on Dr Durrani more fluently but just as slowly, ‘what has been troubling me for the last day or so is this question of what you might call, er, super-operations. I—well, I—you see, I, um, thought that on the basis of all that, we could come up with several quite surprising series: you see, er—’ Such was the force of Dr Durrani’s innocent involvement in his magical world, and so uncensorious was he about the indecorous high jinks of his juniors, that they did not seem greatly put out by the fact that he had intruded on their evening. +‘Now you see, Patwardhan,’—Dr Durrani treated the whole world on terms of gentle distance—‘it isn’t just a question of 1, 3, 6, 10, 15—which would be a, er, trivial series based on the, er, primary combinative operation—or even 1, 2, 6, 24, 120—which would be based on the secondary combinative operation. It could go much, er, much further. The tertiary combinative operation would result in 1, 2, 9, 262144, and then 5 to the power of 262144. And of course that only, er, takes us to the fifth term in the, er, third such operation. Where will the, er, where will the steepness end?’ He looked both excited and distressed. ‘Ah,’ said Sunil, his whisky-rich mind not quite on the problem. ‘But of course what I am saying is, er, quite obvious. I didn’t mean to, er, er, trouble you with that. But I did think that I, er,’—he looked around the room, his eye alighting on a cuckoo clock on the wall—‘that I would, well, pick your brains on something that might be quite, er, quite unintuitive. Now take 1, 4, 216, 72576 and so on. Does that surprise you?’ ‘Well—’ said Sunil. ‘Ah!’ said Dr Durrani, ‘I thought not.’ He looked approvingly at his younger colleague, whose brains he often picked in this manner. ‘Well, well, well! Now shall I tell you what the impetus, the, er, catalyst, for all this, was?’ ‘Oh, please do,’ said Sunil. ‘It was a, er, a remark—a very, er, perceptive remark of yours.’ ‘Ah!’ ‘You said, apropos the Pergolesi Lemma, “The concept will form a tree.” It was a, er, a brilliant comment—I never thought of it in those terms before.’ ‘Oh—’ said Sunil. Haresh winked at him, but Sunil frowned. Making deliberate fun of Dr Durrani was lese-majesty in his eyes. ‘And indeed,’ went on Dr Durrani generously, ‘though I was, er, blind to it at the time’—he scrunched up his deep-set eyes almost into nothingness by way of unconscious illustration—‘it, well, it does form a tree. An unprunable one.’ +He saw in his mind’s eye a huge, proliferating, and—worst of all—uncontrollable banyan tree spreading over a flat landscape, and continued, with increasing distress and excitement: ‘Because whatever, er, method of super-operating is chosen—that is, type 1 or type 2—it cannot, er, it cannot definitely be applied at each, er, at each stage. To choose a particular, well, clumping of types may, may . . . er, yes, it may indeed prune the branches but it will be too, er, arbitrary. The alternative will not yield a, er, consistent algorithm. So this, er, question arose in my, er, mind: how can one generalize it as one moves to higher operations?’ Dr Durrani, who tended to stoop slightly, now straightened up. Clearly, action was required in the face of these terrible uncertainties. ‘What conclusion did you come to?’ said Sunil, tottering a bit. ‘Oh, but that is just it. I didn’t. Of course, er, super-operation n+1 has to act vis-à-vis super-operation n as n acts to n–1. That goes without saying. What troubles me is, er, the question of iteration. Does the same sub-operation, the same, er, sub-super-operation, if I might call it that’—he smiled at the thought of his terminology—‘does it, er—would it—’ The sentence was left unfinished as Professor Durrani looked around the room, pleasingly mystified. ‘Do join us for dinner, Dr Durrani,’ said Sunil. ‘It’s open house. And may I offer you something to drink?’ ‘Oh, no, no, er, no,’ said Dr Durrani kindly. ‘You young people go ahead. Don’t mind me.’ Haresh, suddenly thinking of Bhaskar, approached Dr Durrani and said, ‘Excuse me, Sir, but I wonder if I might force a very bright young man on to your attention. I think he would very much enjoy meeting you—and I hope you would enjoy meeting him.’ Dr Durrani looked inquiringly at Haresh but did not say anything. What did young people have to do with anything? he wondered. (Or people, for that matter.) ‘He was talking of the powers of ten the other day,’ said Haresh, ‘and he regretted that neither in English nor in Hindi is there a word for ten to the power of four or ten to the power of eight.’ ‘Yes, er, well, it is a great pity,’ said Dr Durrani with some feeling. ‘Of course, in the accounts of Al-Biruni one finds. . . .’ ‘He seemed to feel that something should be done about it.’ ‘How old is this young man?’ said Dr Durrani, quite interested. ‘Nine.’ Dr Durrani stooped once more in order to put himself on talking terms with Haresh. ‘Ah,’ he said. ‘Well, er, er, send him along. You know where I, er, live,’ he added, and turned to go. Since neither Haresh nor Dr Durrani had ever seen each other before, this was unlikely. But Haresh thanked him, very pleased to be able to put two like minds into contact with each other. He did not feel uncomfortable that he might be encroaching on the time and energies of the great man. In fact the thought did not even occur to him.

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Cap. 4.06 - Amigos y risas

Cap. 4.6 – Amigos y risas Eran las diez, y Haresh y el resto de amigos, de pie o sentados por la casa de Sunil Patwardhan, cerca de la universidad, se encontraban felizmente embriagados entre el alcohol y el buen humor. Sunil Patwardhan era profesor de matemáticas en la Universidad de Brahmpur. Había sido amigo de Haresh en el colegio universitario de St Stephen de Delhi; tras lo cual, como Haresh se marchó a Inglaterra a estudiar un curso sobre calzado, no habían mantenido contacto y sólo sabían el uno del otro por los amigos comunes. Aunque Sunil era matemático, en St Stephen era conocido por ser uno de los más juerguistas. Era grande y bastante grueso, pero atiborrado como estaba de holgazana energía, indolente ingenio, gazales en urdu y citas shakesperianas, muchas chicas le encontraban atractivo. También le gustaba beber, y en la época de la universidad intentó muchas veces que Haresh bebiera, pero sin conseguirlo, pues en esa época era abstemio. Como estudiante, Sunil Patwardhan mantenía que para conseguir una verdadera compresión matemática con dos semanas de estudios era suficiente; durante el resto del tiempo no prestaba atención a las clases, pero sus notas fueron excelentes. Ahora que era profesor le resultaba difícil imponer a sus alumnos una disciplina académica en la que el mismo no creía. Estaba encantado de volver a ver a Haresh tras tantos años. Haresh, de acuerdo con la costumbre, no le había informado de que iría a Brahmpur por cuestiones de trabajo, sino que había aparecido en su puerta dos o tres días antes, dejado su equipaje en la sala de estar, charlado durante media hora y a continuación se había marchado a toda velocidad a otra parte, diciendo algo incomprensible acerca de comprar microláminas y una partida de cuero. —Mira, éstos son para ti —añadió antes de despedirse, dejando una caja de zapatos en la mesa de la sala de estar. Sunil la abrió y quedó encantado. Haresh dijo: —Sé que nunca usas zapatos que no sean brogues. —¿Pero cómo sabías mi número? Haresh se rio y dijo: —Para mi, los pies de la gente son como coches. Siempre recuerdo su número, no me preguntes cómo lo hago. Y tus pies son como Rolls-Royces. Sunil recordó la vez en que él y un par de amigos retaron a Haresh —que siempre tenía esa irritante seguridad en sí mismo— a que identificara desde cierta distancia los más o menos cincuenta coches aparcados delante de la facultad durante un acto oficial. Haresh acertó todos. Considerando su memoria casi perfecta para los objetos, era raro que hubiera sacado una media de solo bien en su licenciatura en literatura inglesa y que hubiera llenado su examen de poesía de innumerables citas erróneas. Dios sabrá, pensó Sunil, cómo ha acabado en el negocio del calzado, pero probablemente sea algo que le va. Habría sido una tragedia para el mundo y para sí mismo que se hubiera convertido en un profesor como yo. Lo asombroso es que eligiera una carrera como literatura inglesa. —¡Bien! Ahora que estás aquí, celebraremos una fiesta —había dicho Sunil—. Como en los viejos tiempos. Traeré a un par de antiguos compañeros de la universidad que están en Brahmpur para unirse a los más alegres de mis colegas académicos. Pero si quieres bebidas sin alcohol tendrás que traértelas tú mismo. Haresh le prometió que intentaría ir, “si el trabajo me lo permite”. Sunil le amenazó con excomulgarle si no lo hacia. Ahora estaba allí, hablando sin parar y con entusiasmo de todo lo que había hecho durante el día. —Oh, basta, Haresh, no nos hables más de chamars, ni de micro-láminas —dijo Sunil—. No nos interesa en absoluto. ¿Qué pasó con aquella chica sij a la que perseguías en tus días más emocionantes? —No era una sardarni, era la inimitable Kalpana Gaur —dijo un joven historiador. Inclinando la cabeza hacia la izquierda con toda la melancolía de que fue capaz, imitando exageradamente la mirada de adoración con la que Kalpana Gaur miraba a Haresh desde el otro lado del aula durante las clases sobre Byron. Kalpana era una de las pocas chicas que estudiaban en St Stephen. —Eh... —dijo Sunil desaprobándole con autoridad—. No conocéis la verdad de la historia. Kalpana Gaur iba detrás de él, y él iba detrás de la sardarni. Haresh solía darle serenatas ante la ventana de la casa de su familia, y le enviaba cartas por medio de intermediarios. La familia sij no podía soportar la idea de que su amada hija se casara con un “lala”. Si queréis más detalles... —Se emborracha con el sonido de su propia voz —dijo Haresh. —Ya lo creo que sí —dijo Sunil—. Pero reconócelo, te equivocaste de mujer. Deberías haber cortejado no a la hija, sino a la madre y a la abuela. —Gracias —dijo Haresh. —¿Así que todavía seguís en contacto? ¿Cómo se llamaba...? Haresh no se sintió obligado a dar ninguna información. No estaba de humor para contarles a esos afables idiotas que todavía, después de todos esos años, seguía enamorado de ella, y que, además de las punteras y tacones, guardaba su foto enmarcada en plata en su maletín. —Quítate los zapatos —le dijo a Sunil—. Quiero que me los devuelvas. —¡Cerdo! —dijo Sunil—. Sólo porque he mencionado a esa santa entre las santas... —No seas idiota —replicó Haresh—. No voy a comérmelos, te los devolveré en un par de días. —¿Qué vas a hacer con ellos? —Si te lo cuento te aburrirás. Así que venga quítatelos. —¿Qué, ahora? —Sí, ¿por qué no? Unas cuantas copas más y a mi se me habrán olvidado y tú te habrás ido a dormir con ellos puestos. —¡Venga, vale! —dijo Sunil quitándose los zapatos. —Así está mejor —dijo Haresh—. Además así estás más cerca de mi altura. Qué magníficos calcetines —añadió, mientras los calcetines de tartán rojo chillón de Sunil quedaban completamente a la vista. —¡Uau! —De todas partes llegaban gritos de aprobación. —Qué hermosos tobillos —prosiguió Haresh—. ¡Venga a actuar! —Encended los candelabros —gritó alguien. —Traed las copas con esmeraldas. —Rociar esencia de rosas. —¡Poned una sábana blanca en el suelo y cobrad la entrada! El joven historiador, con el afectado tono de un presentador, informó a la audiencia: —A continuación el famoso cortesano Sunil Patwardhan ejecutará para nosotros su exquisita interpretación de la danza khatak: Lord Krishna baila con las pastoras. “Venid”, les dice a las gopis. “Venid a mí. ¿De qué tenéis miedo?” —¡Ta-ta-tai-tai! —dijo un médico borracho, imitando el sonido de los pasos de baile. —Nada de cortesana, patán, ¡artista! —¡Artista! —dijo el historiador, prolongando la última vocal. —Vamos, Sunil, estamos esperando. Y Sunil, como el amigo complaciente que era, ejecutó con torpeza unos cuantos pasos de una danza casi-khatak mientras sus amigos se desternillaban de risa. Sonrió con afectada coquetería mientras su rollizo corpachón giraba por el cuarto, derribando un libro aquí, derramando una copa allí. Tan absorto estaba en la interpretación de Krishna y las gopis —en la que se asignó todos los papeles— que siguió con una escena improvisada en la que representaba al vicerrector de la Universidad de Brahmpur (un conocido e indiscriminado mujeriego) saludando zalamero a la poetisa Sarojini Naidu cuando venía como invitada de honor a la ceremonia de la Fiesta Anual. Algunos de sus amigos, que no podían más de risa, le imploraban que se detuviera, y otros, que tampoco podían parar, le suplicaban que siguiera bailando para siempre.

Cap. 4.06 - Friends and Laughter

Cap.- 4.6 It was ten o’clock, and Haresh and the other young men sitting and standing around Sunil Patwardhan’s room near the university were happily intoxicated on a mixture of alcohol and high spirits. Sunil Patwardhan was a mathematics lecturer at Brahmpur University. He had been a friend of Haresh’s at St Stephen’s College in Delhi; after that, what with Haresh going to England for his footwear course, they had been out of touch for years, and had heard about each other only through mutual friends. Although he was a mathematician, Sunil had had a reputation at St Stephen’s for being one of the lads. He was big and quite plump, but filled as he was with sluggish energy and lazy wit and Urdu ghazals and Shakespearian quotations, many women found him attractive. He also enjoyed drinking, and had tried during his college days to get Haresh to drink—without success, because Haresh used to be a teetotaller then. Sunil Patwardhan had believed as a student that to get one true mathematical insight a fortnight was enough by way of work; for the rest of the time he paid no attention to his studies, and did excellently. Now that he was teaching students he found it hard to impose an academic discipline on them that he himself had no faith in. He was delighted to see Haresh again after several years. Haresh, true to form, had not informed him that he would be coming to Brahmpur on work but had landed on his doorstep two or three days earlier, had left his luggage in the drawing room, had talked for half an hour, and had then rushed off somewhere, saying something incomprehensible about the purchase of micro-sheets and leatherboard. ‘Here, these are for you,’ he had added in parting, depositing a cardboard shoebox on the drawing room table. Sunil had opened it and been delighted. Haresh had said: ‘I know you never wear anything except brogues.’ ‘But how did you remember my size?’ Haresh laughed and said, ‘People’s feet are like cars to me. I just remember their size—don’t ask me how I do it. And your feet are like Rolls-Royces.’ Sunil remembered the time when he and a couple of friends had challenged Haresh—who was being his usual irritatingly overconfident self—to identify from a distance each of the fifty or so cars parked outside the college on the occasion of an official function. Haresh had got every one of them right. Considering his almost perfect memory for objects, it was odd that he had emerged from his English B.A. Honours course with a third, and had messed up his Poetry paper with innumerable misquotations. God knows, thought Sunil, how he’s wandered into the shoe trade, but it probably suits him. It would have been a tragedy for the world and for him if he had become an academic like me. What is amazing is that he should ever have chosen English as a subject in the first place. ‘Good! Now that you’re here, we’ll have a party,’ Sunil had said. ‘It’ll be like old times. I’ll get a couple of old Stephanians who are in Brahmpur to join the more lively of my academic colleagues. But if you want soft drinks you’ll have to bring your own.’ Haresh had promised to try to come, ‘work permitting’. Sunil had threatened him with excommunication if he didn’t. Now he was here, but talking endlessly and enthusiastically about his day’s efforts. ‘Oh stop it, Haresh, don’t tell us about chamars and micro-sheets,’ said Sunil. ‘We’re not interested in all that. What happened to that Sikh girl you used to chase in your headier days?’ ‘It wasn’t a sardarni, it was the inimitable Kalpana Gaur,’ said a young historian. He tilted his head to the left as wistfully as he could in exaggerated imitation of Kalpana Gaur’s adoring gaze at Haresh from the other side of the room during lectures on Byron. Kalpana had been one of the few women students at St Stephen’s. ‘Uh—’ said Sunil with dismissive authority. ‘You don’t know the true facts of the matter. Kalpana Gaur was chasing him, and he was chasing the sardarni. He used to serenade her outside the walls of her family’s house and send her letters through go-betweens. The Sikh family couldn’t bear the thought of their beloved daughter getting married to a Lala. If you want further details—’ ‘He’s intoxicated with his own voice,’ said Haresh. ‘So I am,’ said Sunil. ‘But you—you misdirected yours. You should have wooed not the girl but the mother and the grandmother.’ ‘Thanks,’ said Haresh. ‘So do you still keep in touch with her? What was her name—’ Haresh did not oblige with any information. He was in no mood to tell these affable idiots that he was still very much in love with her after all these years—and that, together with his toe-puffs and counters, he kept a silver framed photograph of her in his suitcase. ‘Take those shoes off,’ he said to Sunil. ‘I want them back.’ ‘You swine!’ said Sunil. ‘Just because I happened to mention the holiest of holies. . . .’ ‘You donkey,’ replied Haresh. ‘I’m not going to eat them—I’ll give them back to you in a few days.’ ‘What are you going to do with them?’ ‘You’d be bored if I told you. Come on, take them off.’ ‘What, now?’ ‘Yes, why not? A few drinks later I’ll have forgotten and you’ll have gone off to sleep with them on.’ ‘Oh, all right!’ said Sunil obligingly and took off his shoes. ‘That’s better,’ said Haresh. ‘It’s brought you an inch closer to my height. What glorious socks,’ he added, as Sunil’s bright red cotton tartan socks came more fully into view. ‘Wah! wah!’ There were cries of approval from all sides. ‘What beautiful ankles,’ continued Haresh. ‘Let’s have a performance!’ ‘Light the chandeliers,’ cried someone. ‘Bring out the emerald goblets.’ ‘Sprinkle the attar of roses.’ ‘Lay a white sheet on the floor and charge an entrance fee!’ The young historian, in the affected tones of an official announcer, informed the audience: ‘The famous courtesan Sunil Patwardhan will now perform for us her exquisite rendering of the kathak dance. Lord Krishna is dancing with the milkmaids. “Come,” he says to the gopis, “come to me. What is there to fear?”’ ‘Tha-tha-thai-thai!’ said a drunken physicist, imitating the sound of the dance steps. ‘Not courtesan, you lout, artiste!’ ‘Artiste!’ said the historian, prolonging the last vowel. ‘Come on, Sunil—we’re waiting.’ And Sunil, obliging fellow that he was, danced a few clumpish steps of quasi-kathak while his friends rolled around with laughter. He simpered coyly as he twirled his chubby bulk about the room, knocking a book down here and spilling someone’s drink there. He then became completely engrossed in what he was doing, and followed his rendition of Krishna and the gopis—in which he played both parts—with an impromptu scene representing the Vice-Chancellor of Brahmpur University (a notorious and indiscriminate womanizer) oilily greeting the poet Sarojini Naidu when she came as the chief guest at the Annual Day ceremonies. Some of his friends, helpless with laughter, begged him to stop, and others, equally helpless, begged him to dance forever.

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Cap. 4.05 - El taller del zapatero

Cap.- 4.5 – El taller del zapatero Después de aguantar bajo el calor durante quince minutos a que un largo y lentísimo tren de mercancías que iba con retraso cruzara el paso a nivel, finalmente llegaron a Ravidaspur. Las calles de aquel barrio periférico estaban un poco menos concurridas que el corazón del Viejo Brahmpur donde vivía Kedarnath, pero eran mucho más insalubres, con lentas aguas residuales discurriendo a lo largo y ancho de las calles. Escogiendo su camino entre perros atestados de pulgas, cerdos que gruñían salpicados de suciedad y diversos objetos estáticos y desagradables, cruzaron una cloaca por un desvencijado puente de madera, y llegaron al pequeño, rectangular, y sin ventanas taller de ladrillos y barro de Jagat Ram. Por la noche, guardaban las herramientas de trabajo y allí dormían sus seis hijos; él y su mujer generalmente pasaban la noche en la habitación de paredes de ladrillo, con techo de uralita que se había construido encima del tejado plano del taller. Varios hombres y dos muchachos trabajaban en el interior, a la luz del sol que entraba por la puerta y de dos bombillas de escasa potencia. Casi todos iban vestidos solo con los lunguis, salvo un hombre que llevaba una kurta y el propio Jagat Ram, que vestía camisa y pantalón. Estaban sentados en el suelo con las piernas cruzadas, delante de unas plataformas de poca altura —cuadradas y de piedra gris— en la que estaban colocados los materiales. Estaban inmersos en su trabajo —cortando, pegando, doblando, martilleando o recortando— con la cabeza baja, aunque de vez en cuando hacían algún comentario —cosas del trabajo, o algún chismorreo, o para hablar de política o del mundo en general— y eso llevaba a una oleada de conversación por encima del ruido de martillos, cuchillos y de la máquina de coser a pedales Singer. Cuando vio a Kedarnath y a Haresh, Jagat Ram se quedó un poco desconcertado. Se acarició el bigote con gesto inconsciente. Esperaba otras visitas. —Bienvenidos —dijo recuperándose—. Entrad. ¿Qué os trae por aquí? Ya te dije que la huelga no me impedirá que tenga tu pedido a punto —añadió, previendo una posible razón a la presencia de Kedarnath. Una niña de unos cinco años, la hija de Jagat Ram, estaba sentada en el escalón. Y empezó a cantar “¡Lovely walé aa gayé! ¡Lovely walé aa gayé!” y se puso a aplaudir. Esta vez le tocó a Kedarnath quedarse sorprendido, y no del todo complacido. Su padre, un tanto desconcertado, la corrigió: —Estos no son de Lovely, Meera, ahora ve y dile a tu madre que prepare un poco de té. Se volvió a Kedarnath y le dijo: —De hecho, estaba esperando a alguien de Lovely. —No se sintió en la obligación de dar más información. Kedarnath asintió. La Zapatería Lovely, una de las tiendas que había aparecido más recientemente en Nabiganj, tenía un buen surtido de zapatos de mujer. Normalmente, el hombre que estaba al frente de la tienda habría acudido a los intermediarios de Bombay para que le consiguieran el género, pues en Bombay era donde se producían casi todos los zapatos femeninos del país. Era obvio que ahora buscaban un proveedor más cercano, y habían comenzado a tocar una fuente que Kedarnath se habría sentido más feliz de tocar —o al menos de ser el mediador— él mismo. Apartando de momento el tema de su cabeza, dijo: —Este es el señor Haresh Khanna, de Delhi, aunque ahora está trabajando para la empresa Cuero y Calzado de Kanpur. Ha estudiado la manufactura del calzado en Inglaterra. Y bueno, le he traído aquí para mostrarle que clase de trabajo son capaces de hacer los zapateros de Brahmpur, incluso con herramientas sencillas. Jagat Ram asintió, muy complacido. Había un pequeño taburete de madera cerca de la entrada del taller, y Jagat Ram le pidió a Kedarnath que se sentara. A su vez, Kedarnath invitó a Haresh a sentarse, aunque éste declinó cortésmente. En lugar de eso tomó asiento en una de las pequeñas plataformas de piedra, en la que nadie estaba trabajando. Los artesanos se quedaron rígidos, mirándole con disgusto y asombro. Su reacción fue tan palpable que Haresh se levantó rápidamente. Estaba claro que había hecho algo mal, y, siendo un hombre directo, se volvió hacia Jagat Ram y le dijo: —¿Qué ocurre? ¿No se puede uno sentar ahí? Jagat Ram había reaccionado con similar indignación cuando Haresh se había sentado, pero lo directo de su pregunta —y la obvia falta de intención de ofender a nadie— hicieron que le respondiera con calma. —Un trabajador llama a su plataforma-de-trabajo su rozi o “sustento” y nunca se sienta en ella —dijo sin perder la compostura. No mencionó que todos mantenían su rozi inmaculadamente limpio, e incluso le rezaban una breve oración antes de comenzar su jornada de trabajo. Le dijo a su hijo: —Levanta y deja que se siente Haresh sahib. Un chico de quince años se levantó de la silla que había cerca de la máquina de coser, y a pesar de las protestas de Haresh, diciendo que no quería interrumpir el trabajo de nadie, fue obligado a sentarse. El hijo pequeño de Jagat Ram, que tenía siete años, entró con tres tazas de té. Las tazas eran gruesas, pequeñas y descascarilladas aquí y allí en su blanca superficie, pero limpias. Charlaron brevemente de esto y lo otro, de la huelga de Misri Mandi, de las últimas noticias aparecidas en el periódico sobre que el humo de la curtiduría y el de la Fábrica de Zapatos Praha estaba dañando el Barsaat Mahal, de los nuevos impuestos municipales sobre el mercado, de varias personalidades locales. Tras un rato, Haresh se impacientó, tal como siempre le ocurría cuando estaba sentado sin hacer nada. Se puso en pie para mirar por el taller y averiguar lo que estaban haciendo. Estaban fabricando una remesa de sandalias de mujer; parecían bastante atractivas, con sus tiras de cuero trenzado verdes y negras. La verdad es que Haresh estaba sorprendido ante la destreza de los trabajadores. Con herramientas rudimentarias —un cincel, un cuchillo, una lezna, un martillo y una máquina de coser a pedales— producían zapatos que no estaban por debajo de la calidad de los que producían las máquinas de la CCK es dijo lo que pensaba de su destreza y de la calidad del producto, dadas las limitaciones con las que trabajaban; y ellos se lo agradecieron. Uno de los trabajadores más atrevidos —el hermano menor de Jagat Ram, un hombre de amistosa cara redonda— pidió ver los zapatos de Haresh, los brogues marrones que llevaba. Haresh se los quitó mencionando que no estaban muy limpios. De hecho, estaban completamente salpicados y embadurnados de barro reseco. Se los fueron pasando para admirarlos y examinarlos. Jagat Ram leyó las letras a duras penas y deletreó «Saxone». —Saksena de Inglaterra —explicó con cierto orgullo. —Veo que también hacéis zapatos de hombre —dijo Haresh. Había observado un gran montón de hormas de madera para zapatos de hombre que colgaban como uvas del techo, en un rincón oscuro del cuarto. —Por supuesto —dijo el hermano de Jagat Ram con una sonrisa jovial—. Pero sacamos más provecho en lo que pocos saben hacer. Para nosotros es mucho mejor hacer zapatos de mujer. —No necesariamente —dijo Haresh, sacando de repente –ante la sorpresa de todos, incluido Kedarnath– una serie de patrones de papel de su maletín—. Y ahora dime, Jagat Ram, ¿tienen tus hombres la destreza suficiente como para fabricarme unos zapatos –unos brogues– a partir de estos patrones? —Sí —dijo Jagat Ram casi sin pensar. —No lo digas tan rápido —dijo Haresh, aunque le alegraba la pronta y segura respuesta. Él disfrutaba tanto aceptando retos como lanzándolos. Jagat Ram se quedó mirando los patrones —eran para un 40 de un “brogue full”— con gran interés. Sólo mirando las piezas planas de cartulina que componían los patrones —el diseño delicadamente troquelado, la forma de la puntera, el empeine, los laterales— todo el zapato cobró vida tridimensional ante sus ojos. —¿Quién hace estos zapatos? —preguntó, con la frente arrugada por la curiosidad—. Son algo distintos a los brogues que llevas. —Nosotros, en la CCK Y si haces un buen trabajo, puede que tu también, para nosotros. Jagat Ram, aunque obviamente sorprendido e interesado por las palabras de Haresh, no dijo nada durante un rato y continuó examinando los patrones. Satisfecho por el dramático efecto de sus patrones, Haresh dijo: —Quédatelos. Examínalos todo el día. Veo que esas hormas que cuelgan ahí no son estándar, así que mañana te enviaré un par de hormas del número 40. He traído un par de pares de Brahmpur. Y, aparte de las hormas, ¿qué necesitas? Digamos un metro cuadrado de cuero, cuero de ternero, hagámoslos también marrones... —Y cuero para el forro —dijo Jagat Ram. —Muy bien; supongamos que digo de vaca, sencillo, también un metro cuadrado..., lo conseguiré en la ciudad. —¿Y cuero para la suela y la plantilla? —preguntó Jagat Ram. —No, eso es muy fácil de conseguir y no muy caro. Puedes comprarlo tú mismo. Te daré veinte rupias para cubrir los costes y el tiempo... y tú mismo consigues el material para el tacón. He traído unas cuantas punteras y contrafuertes de calidad aceptable –siempre hay algún problema– y algo de hilo; pero lo tengo en la casa donde me alojo. Kedarnath, aunque tuviera los ojos cerrados, levantó las cejas admirando a su emprendedor colega, que había tenido la previsión de pensar en todos esos detalles antes de salir para un breve recorrido fuera de la ciudad cuyo principal objetivo era comprar materiales. Sin embargo, le preocupaba que Haresh acaparara la producción de Jagat Ram y él se quedara sin proveedor. También le volvió la preocupación por la mención de la Zapatería Lovely. —Entonces, si vengo mañana con todas esas cosas —dijo Haresh—, ¿cuándo podré tener los zapatos? —Creo que podría tenerlos acabados en cinco días —dijo Jagat Ram. Haresh negó con la cabeza, con impaciencia —No puedo quedarme en la ciudad cinco días sólo por un par de zapatos. ¿Qué me dices de tres días? —Tendré que dejarlos en las hormas al menos setenta y dos horas —dijo Jagat Ram—. Si quieres que haga unos zapatos que conserven la forma, ya sabes que ese es el tiempo mínimo. Ahora que los dos estaban de pie, Jagat Ram, mucho más alto que Haresh, se cernió sobre él. Pero éste, que siempre había considerado su corta estatura con la irritación propia que provoca un inconveniente, pero psicológicamente insignificante hecho, no estaba intimidado en lo más mínimo. Además, era él quien encargaba los zapatos. —Cuatro. —De acuerdo, si me envías el cuero esta noche empezaré a cortar mañana a primera hora. —Hecho —dijo Haresh—. Cuatro días. Vendré personalmente mañana con el resto de materiales para ver cómo va el trabajo. Ahora será mejor que nos marchemos. —Hay otra cosa más que me preocupa, Haresh sahib —dijo Jagat Ram mientras se marchaban—. Lo ideal sería que tuviera una muestra del zapato que quieres que reproduzca. —Sí —dijo Kedarnath con una sonrisa—. ¿Por qué no llevas un par de zapatos fabricados por tu propia empresa en lugar de ésos de fabricación inglesa? Quítatelos inmediatamente, y te llevaré en brazos de vuelta al rickshaw. —Me temo que mis pies se han acostumbrado a éstos —dijo Haresh, devolviendo la sonrisa, aunque sabia mejor que nadie que era una cuestión más de gusto que de sus pies. Le gustaba la buena ropa y los buenos zapatos, y le disgustaba que los productos de la CCK no alcanzaran los niveles internacionales de calidad que, tanto por instinto como por educación, tanto admiraba. —En fin, intentaré conseguirte un par de muestra —prosiguió, señalando los patrones de papel que Jagat Ram tenía en la mano— de una manera u otra. Le había regalado un par de “brogues full” de la empresa al antiguo amigo del colegio en cuya casa se alojaba. Ahora tendría que pedirle prestado que le prestara su regalo unos cuantos días. Pero no sintió ningún remordimiento. Cuando se trataba de trabajo, no se sentía en lo más mínimo incómodo ante nada. De hecho, en general, Haresh no era muy dado a sentirse incómodo. Mientras regresaban al rickshaw, que les estaba esperando, Haresh estaba contento de cómo iban saliendo las cosas. Su visita a Brahmpur había tenido un inicio tranquilo, pero estaba resultando muy interesante; imprevisible, de hecho. Sacó una pequeña tarjeta del bolsillo y escribió en inglés: Puntos de acción 1. Misri Mandi: ver el comercio. 2. Comprar cuero. 3. Enviar cuero a Jagat Ram. 4. Cenar en casa de Sunil; recuperar los zapatos. 5. Mñna: Jagat Ram/Ravidaspur. 6. Telegrama: aplazado regreso a Cawnpore. Tras haber hecho la lista, la examinó, y se dio cuenta de que sería difícil enviarle el cuero a Jagat Ram, pues nadie sería capaz de encontrar el lugar, especialmente de noche. Se le ocurrió la idea de hacer que el tipo del rickshaw memorizara dónde vivía Jagat Ram y contratarle para que llevara el cuero más tarde. Pero entonces se le ocurrió algo mejor. Regresó al taller y le dijo a Jagat Ram que enviara a alguien a la tienda de Kedarnath Tandon, en el Mercado del Calzado de Brahmpur de Misri Mandi, a las nueve en punto de esa misma noche. El cuero les estaría esperando. Sólo tenían que recogerlo y comenzar a trabajar con las primeras luces del día siguiente.

Cap. 4.05 - The Shoemaker's Workshop

Cap.- 4.5 After waiting in the heat for fifteen minutes for a late, long and very slow goods train to pass a level crossing, they finally got to Ravidaspur. It was somewhat less crowded in the lanes of this outlying neighbourhood than in the old heart of Brahmpur where Kedarnath lived, but far more insanitary, with sluggish sewage trickling along and across the lanes. Picking their way between flea-ridden dogs, grunting filth-spattered pigs and various unpleasant static objects, and crossing an open sewer on a rickety wooden bridge, they found their way to Jagat Ram’s small, rectangular, windowless brick-and-mud workshop. At night after the work was cleared away, this was where his six children slept; he and his wife usually slept in a brick-walled room with a corrugated iron roof which he had built on top of the flat roof of the workshop. Several men and two young boys were working inside by the sunlight entering through the doorway and a couple of dim, bare electric bulbs. They were dressed in lungis for the most part, except for one man, who was dressed in kurta-pyjama, and Jagat Ram himself, who wore a shirt and trousers. They were sitting cross-legged on the ground in front of low platforms—square in shape and made of grey stone—on which their materials were placed. They were intent on their work—cutting, skiving, pasting, folding, trimming or hammering—and their heads were bent down, but from time to time one or the other would make a comment—about work or personal gossip or politics or the world in general—and this would lead to a little ripple of conversation among the sounds of hammers, knives, and the single pedal-operated Singer sewing machine. When he saw Kedarnath and Haresh, Jagat Ram looked mystified. He touched his moustache in an unconscious gesture. He had expected other visitors. ‘Welcome,’ he said calmly. ‘Come in. What brings you here? I’ve told you that the strike won’t come in the way of fulfilling your order,’ he added, anticipating a possible reason for Kedarnath’s presence. A little girl of about five, Jagat Ram’s daughter, sat on the step. Now she began singing ‘Lovely walé aa gayé! Lovely walé aa gayé!’ and clapped her hands. It was Kedarnath’s turn to look surprised—and not entirely pleased. Her father, a little disconcerted, corrected her: ‘These are not the people from Lovely, Meera—now go and tell your mother we need some tea.’ He turned to Kedarnath and said, ‘Actually, I was expecting the people from Lovely.’ He did not feel the need to volunteer any further information. Kedarnath nodded. The Lovely Shoe Shop, one of the more recent shops to appear just off Nabiganj, had a good selection of women’s shoes. Normally the man who ran the shop would have got the Bombay middlemen to supply him, as Bombay was where most women’s shoes in the country were produced. Now he was obviously looking close to home for his supplies, and tapping a source that Kedarnath would have been happier tapping—or at least mediating—himself. Dismissing the subject from his mind for the moment, he said, ‘This is Mr Haresh Khanna, who is originally from Delhi, but is working for CLFC in Kanpur. He has studied footwear manufacture in England. And, well, I have brought him here to show him what work our Brahmpur shoemakers are capable of, even with their simple tools.’ Jagat Ram nodded, quite pleased. There was a small wooden stool near the entrance of the workshop, and Jagat Ram asked Kedarnath to sit down. Kedarnath in turn invited Haresh to sit, but Haresh courteously declined. He sat down instead on one of the small stone platforms at which no one was working. The artisans stiffened, looking at him in displeasure and astonishment. Their reaction was so palpable that Haresh quickly got up again. Clearly he had done something wrong and, being a direct man, he turned to Jagat Ram and said, ‘What’s the matter? Can’t one sit on those?’ Jagat Ram had reacted with similar resentment when Haresh had sat down, but the straightforwardness of Haresh’s query—and his obvious lack of intention to offend anyone—caused him to respond mildly. ‘A workman calls his work-platform his rozi or “employment”; he does not sit on it,’ he said quietly. He did not mention that each man kept his rozi immaculately polished, and even said a brief prayer to it before beginning his day’s work. To his son he said, ‘Get up—let Haresh Sahib sit down.’ A boy of fifteen got up from the chair near the sewing machine, and despite Haresh’s protests that he did not want to interrupt anyone’s work he was made to sit down. Jagat Ram’s youngest son, who was seven, came in with three cups of tea. The cups were thick and small, chipped here and there on their white surface, but clean. There was a little talk of this and that, of the strike in Misri Mandi, of the claim by a newspaper that the smoke from the tannery and the Praha Shoe Factory were damaging the Barsaat Mahal, of the new municipal market-tax, of various local personalities. After a while, Haresh became impatient, as he tended to do when he was sitting idle. He got up to look around the workshop and find out what everyone was doing. A batch of women’s sandals was being made; they looked quite attractive with their green and black plaited leather straps. Haresh was indeed surprised at the skill of the workmen. With rudimentary tools—chisel and knife and awl and hammer and foot-operated sewing machine—they were producing shoes that were not far below the quality of those made by the machines of CLFC. He told them what he thought of their skill and the quality of their product, given the limitations under which they worked; and they warmed to him. One of the bolder workmen—Jagat Ram’s younger brother, a friendly, round-faced man—asked to see Haresh’s shoes, the maroon brogues that he was wearing. Haresh took them off, mentioning that they were not very clean. In fact they were by now completely splattered and caked with mud. They were passed around for general admiration and examination. Jagat Ram read out the letters painstakingly and spelt ‘Saxone’. ‘Saksena from England,’ he explained with some pride. ‘I can see that you make men’s shoes as well,’ said Haresh. He had noticed a large clump of wooden lasts for men hanging grape-like from the ceiling in a dark corner of the room. ‘Of course,’ said Jagat Ram’s brother with a jovial grin. ‘But there’s more profit in what few others can do. It’s much better for us to make women’s shoes—’ ‘Not necessarily,’ said Haresh, whipping out—to everyone’s, including Kedarnath’s, surprise—a set of paper patterns from his briefcase. ‘Now, Jagat Ram, tell me, are your workmen skilled enough to give me a shoe—also a brogue—based on these patterns?’ ‘Yes,’ said Jagat Ram, almost without thinking. ‘Don’t say yes so quickly,’ said Haresh, though he was pleased by the ready and confident response. He too enjoyed taking up challenges as much as he enjoyed throwing them down. Jagat Ram was looking at the patterns—they were for a size 7 winged brogue—with great interest. Just by looking at the flat pieces of thin cardboard that made up the patterns—the fine punched design, the shape of the toe, the vamp, the quarters—the whole shoe came to vivid, three-dimensional shape before his eyes. ‘Who is making these shoes?’ he asked, his forehead creased with curiosity. ‘They are somewhat different from the brogues you are wearing.’ ‘We are, at CLFC. And if you do a good job, you may be too—for us.’ Jagat Ram, though clearly very surprised and interested by Haresh’s statement, did not say anything for a while in response, but continued to examine the patterns. Pleased with the dramatic effect of his sudden production of the patterns, Haresh said: ‘Keep them. Look over them today. I can see that those lasts hanging there are non-standard, so I’ll send you a pair of size 7 standard lasts tomorrow. I’ve brought a couple of pairs to Brahmpur. Now then, apart from the lasts, what will you need? Let’s say, three square feet of leather, calf leather—let’s make that maroon as well—’ ‘And lining leather,’ said Jagat Ram. ‘Right; suppose we say natural cow, also three square feet—I’ll get that from town.’ ‘And leather for the sole and insole?’ asked Jagat Ram. ‘No, that’s readily available and not very expensive. You can manage that. I’ll give you twenty rupees to cover costs and time—and you can get the material for the heels yourself. I’ve brought a few counters and toe-puffs of decent quality—they are always a problem—and some thread; but they’re at the house where I’m staying.’ Kedarnath, though his eyes were closed, raised his eyebrows in admiration at this enterprising fellow who had had the foresight to think of all these details before he left on a brief out-of-town trip intended mainly for purchasing materials. He was, however, concerned that Jagat Ram might be taken over by Haresh and that he himself might be cut out. The mention of the Lovely Shoe Shop came back to worry him as well. ‘Now, if I came over tomorrow morning with these things,’ Haresh was saying, ‘when could you let me have the shoes?’ ‘I think I could have them ready in five days,’ said Jagat Ram. Haresh shook his head impatiently. ‘I can’t stay in town for five days just for a pair of shoes. How about three?’ ‘I’ll have to leave them on the lasts for at least seventy-two hours,’ said Jagat Ram. ‘If you want me to make a pair of shoes which retain their shape, you know that that is a minimum.’ Now that both of them were standing up, he towered over Haresh. But Haresh, who had always treated his shortness with the irritation that befitted an inconvenient but psychologically insignificant fact, was not in the least overpowered. Besides, he was the one ordering the shoes. ‘Four.’ ‘Well, if you send the leather to me tonight, so that we can start with the cutting first thing tomorrow morning—’ ‘Done,’ said Haresh. ‘Four days. I’ll come over personally tomorrow with the other components to see how you’re getting on. Now we’d better go.’ ‘One more thing strikes me, Haresh Sahib,’ said Jagat Ram, as they were leaving. ‘Ideally I’d like to have a sample of the shoe that you want me to reproduce.’ ‘Yes,’ said Kedarnath with a smile. ‘Why aren’t you wearing a pair of brogues manufactured by your own company—instead of these English shoes? Take them off immediately, and I’ll have you carried back to the rickshaw.’ ‘I’m afraid my feet have got used to these,’ said Haresh, returning the smile, though he knew as well as anyone that it was more his heart than his feet. He loved good clothes and he loved good shoes, and he felt bad that CLFC products did not achieve the international standards of quality that, both by instinct and by training, he so greatly admired. ‘Well, I’ll try to get you a sample pair of those,’ he continued, pointing at the paper patterns in Jagat Ram’s hands, ‘by one means or another.’ He had given a pair of CLFC winged brogues as a present to the old college friend whom he was staying with. Now he would have to borrow his own gift back for a few days. But he had no compunction about doing that. When it came to work, he never felt awkward in the least about anything. In fact, Haresh was not given to feeling awkward in general. As they walked back to the waiting rickshaw, Haresh felt very pleased with the way things were going. Brahmpur had got off to a sleepy start, but was proving to be very interesting, indeed, unpredictable. He got out a small card from his pocket and noted down in English: Action Points— 1. Misri Mandi—see trading. 2. Purchase leather. 3. Send leather to Jagat Ram. 4. Dinner at Sunil’s; recover brogues from him. 5. Tmro: Jagat Ram/Ravidaspur. 6. Telegram—late return to Cawnpore. Having made his list, he scanned it through, and realized that it would be difficult to send the leather to Jagat Ram, because no one would be able to find his place, especially at night. He toyed with the idea of getting the rickshaw-wallah to see where Jagat Ram lived and hiring him to take the leather to him later. Then he had a better idea. He walked back to the workshop and told Jagat Ram to send someone to Kedarnath Tandon’s shop in the Brahmpur Shoe Mart in Misri Mandi at nine o’clock sharp that night. The leather would be waiting for him there. He had only to pick it up and to begin work at first light the next day.

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Cap. 4.04 - El curtido

Cap.- 4.4 – El curtido —Sólo he estado un par de veces en casa de Jagat Ram, de manera que en cuanto lleguemos a Ravidaspur tendré que preguntar —dijo Kedarnath. —¿Jagat Ram? —preguntó Haresh, todavía pensando en el incidente de la bicicleta y en su enfado con el conductor. —El zapatero cuyo taller vamos a visitar. Es un zapatero, un jatava. Empezó siendo un “cestero”, ya sabes de los que te hablé, los que traen sus zapatos al Misri Mandi y los venden al primer comerciante que se los compre. —¿Y ahora? —Ahora tiene su propio taller. Es de fiar, al contrario que casi todos los zapateros que, en cuanto tienen un poco de dinero en el bolsillo, se olvidan de las fechas de entrega o de los compromisos. Y trabaja bien. Y no bebe..., bueno, no demasiado. Comencé encargándole pedidos pequeños, unas cuantas docenas de pares de zapatos, e hizo un buen trabajo. Así que al poco le encargaba regularmente. Y pudo contratar a dos o tres personas, además de su propia familia. Nos hemos ayudado el uno al otro. Quizá quieras ver si la calidad de su trabajo cumple las exigencias de tu empresa. Si fuera así... —Kedarnath dejó en el aire el final de la frase. Haresh asintió, y le sonrió alentadoramente. Tras una pausa, dijo. —Que calor hace ahora que hemos salido de los callejones. Y huele peor que en una curtiduría. ¿Dónde estamos? ¿En Ravidaspur? —Todavía no. Está cruzando la vía del tren. Allí no huele tan mal. Es cierto, que por aquí hay una zona donde preparan el cuero, aunque no se trata de una curtiduría propiamente dicha como la que hay en el Ganges... —Quizá deberíamos bajar a visitarla —dijo Haresh, interesado. —Pero si no hay nada que ver —protestó Kedarnath, tapándose la nariz. —¿Has estado antes? —preguntó Haresh. —¡No! Haresh se río. —¡Para aquí! —le gritó al conductor. A pesar de las protestas de Kedarnath, le hizo bajarse, y los dos entraron en un laberinto de senderos apestosos y chabolas bajas, guiándose por el olfato hasta las pilas de curtido. Los sucios senderos se detenían en una gran zona despejada, rodeada de chamizos y salpicada de pilas circulares que habían sido excavadas en la tierra y cubiertas de arcilla endurecida. Un horrible hedor emanaba de toda la zona. Haresh sintió náuseas; Kedarnath casi vomitó de asco. El sol caía a plomo, y el calor hacia que el hedor fuera aún más desagradable. Algunas de las pilas estaban llenas de un líquido blanco, otras de un preparado marrón para el curtido. A un lado se veían algunos hombres escuálidos, de piel oscura, vestidos sólo con el lungui, que arrancaban grasa y pelo de un montón de pellejos. Uno de ellos se encontraba dentro de una pila y parecía luchar con un gran pellejo. Un cerdo bebía en una zanja llena de agua negra y estancada. Dos niños con el pelo asqueroso y enmarañado jugaban en el polvo, cerca de las pilas. Cuando vieron a los desconocidos, se quedaron repentinamente inmóviles, mirándoles. —Si querías ver el proceso desde el principio, podría haberte llevado al lugar donde despellejan a los búfalos muertos y los arrojan a los buitres —dijo Kedarnath torciendo el gesto—. Está cerca de la carretera de circunvalación inacabada. Haresh, ligeramente arrepentido por haber obligado a su compañero a acompañarle hasta allí, negó con la cabeza. Miró la chabola más cercana, que estaba vacío a excepción de una rudimentaria máquina de descarnar. Haresh se acercó y la examinó. En la chabola siguiente había una antigua máquina de despiece y una pila hecha con entramado de mimbre. Tres jóvenes frotaban una pasta negra sobre una piel de búfalo en el suelo. Junto a ellos había un montón de pieles de oveja en salazón. Cuando vieron a los extraños dejaron de trabajar y les observaron. Nadie dijo nada, ni los niños, ni los tres jóvenes ni los dos extraños. Al final Kedarnath rompió el silencio. —Bhai —dijo, dirigiéndose a uno de los tres jóvenes—. Sólo hemos venido a ver cómo se prepara el cuero. ¿Podrías enseñarnos el proceso? El hombre le miró atentamente, y luego a Haresh, fijándose de inmediato en la inmaculada camisa de seda blanca, en los zapatos, el maletín y su aire de hombre de negocios. —¿De dónde sois? —le preguntó a Kedarnath. —Venimos de la ciudad. Vamos a Ravidaspur. Allí hay un hombre con quien trabajo. Ravidaspur era un barrio casi por completo de zapateros. Pero si Kedarnath había imaginado que dando a entender que un trabajador del cuero era amigo suyo conseguiría ser aceptado entre los curtidores, estaba muy equivocado. Incluso entre los trabajadores del cuero, o chamars, existe una jerarquía. Los zapateros —como, por ejemplo, el hombre al que iban a visitar— miraban por encima del hombro a los desolladores y curtidores. A su vez, aquellos que eran mirados por encima del hombro expresaban su aversión hacia los zapateros. —Ese es un barrio al que no nos gusta ir —dijo bruscamente uno de los jóvenes. —¿De dónde viene esta pasta? —preguntó Haresh, tras una pausa. —De Brahmpur —dijo el joven, negándose a dar más explicaciones. Hubo otro largo silencio. Entonces apareció un anciano con las manos mojadas y goteando un líquido pegajoso y oscuro. Se quedó a la entrada de la chabola y se les quedó mirando. —¡Eh, vosotros! ¡Esa agua en la poza... “pani”! —dijo en inglés antes de regresar a un tosco hindi. Su voz era quebrada y estaba borracho. Recogió del suelo un trozo de cuero tosco y teñido de rojo y dijo—: ¡Esto es mejor que el cuero rojo del Japón! ¿Habéis oído hablar del Japón? Luché contra los japoneses y les gané. ¿Charol de China? Puedo hacerlo tan bien como ellos. Tengo sesenta años y conozco todos los preparados, todas las técnicas. Kedarnath comenzó a preocuparse, y trató de salir de la chabola. El viejo le cerró el paso extendiendo los brazos de lado a lado en un gesto agresivo y servil. —Que no vean las pilas. Sois espías del CDI, de la policía, del banco... —Se llevó las manos a las orejas en un gesto de vergüenza, luego dijo en inglés—: ¡No, no, bilkul no! Por entonces, el hedor y la tensión habían hecho que Kedarnath empezara a impacientarse. Estaba demacrado, sudaba tanto por el calor como por la preocupación. —Déjanos marchar, hemos de ir a Ravidaspur —dijo. El viejo se movió hacia ellos y les acercó la mano manchada y goteante: —¡Dinero! —dijo—. ¡Pagar! Para beber..., de lo contrario, no podéis ver las pilas. Iros a Ravidaspur. No nos gustan los jatavas, no somos como ellos, ellos comen carne de búfalo. ¡Chhhi! —Escupió una sílaba de disgusto—. Nosotros sólo comemos cabras y ovejas. Kedarnath retrocedió. Haresh comenzaba a irritarse. El viejo notó que había conseguido incomodarles. Eso le provocó un perverso sentido de aliento. Mercenario, suspicaz y jactancioso por momentos, les condujo hacia las pilas. —No recibimos ningún dinero del gobierno —susurró—. Necesitamos dinero, todas las familias lo necesitan, para comprar materiales, sustancias químicas. El gobierno nos da muy poco dinero. Tú eres mi hermano hindú —dijo burlón—. ¡Tráeme una botella..., te daré muestras de nuestros mejores tintes, el mejor licor, la mejor medicina! —Se río de su ocurrencia—. ¡Mira! —Señaló el líquido rojo que había en una fosa. Uno de los jóvenes, un hombre bajito y ciego de un ojo, dijo: —Nos impiden ir a buscar materias primas, nos impiden conseguir productos químicos. Necesitamos documentos y papeleo. Todo son problemas cuando queremos transportar algo. Dile a tu departamento del gobierno que nos quite los impuestos y nos dé dinero. Mira a nuestros hijos. Mira... —Señaló un niño que estaba defecando sobre un montón de basura. Para Kedarnath, todo el suburbio era insoportablemente horrible. Dijo en voz baja: —No venimos en nombre del gobierno. El joven de pronto se enfureció. Apretó los labios y dijo: —¿Entonces, de dónde venís? —El párpado sobre el ojo ciego empezó a temblar—. ¿De dónde venís? ¿Para qué habéis venido? ¿Qué queréis de este lugar? Kedarnath intuyó que Haresh estaba a punto de estallar. Se había fijado en que era algo brusco y bastante temerario, pero creía que era una tontería ser temerario cuando había algo que temer. Sabía que las cosas podían pasar fácilmente de la acritud a la violencia. Rodeó con un brazo el hombro de Haresh y le condujo de regreso, entre las pilas. El terreno rezumaba, y la parte inferior de los zapatos de Haresh estaba salpicada de suciedad negra. El joven les siguió, y en cierto momento pareció que iba a ponerle a Kedarnath la manos encima. —Me acordaré de ti —dijo—. Así que no vuelvas. Quieres hacer dinero con nuestra sangre. Hay más dinero en el cuero que en la plata y el oro, o de lo contrario no vendrías a este apestoso lugar. —¡No, no bilkul no! —dijo el viejo borracho agresivamente—, ¡fuera, fuera! Kedarnath y Haresh volvieron por donde habían venido; el hedor era apenas mejor. Justo allí donde comenzaba una parcela, en la periferia del terreno despejado donde estaban las pilas, Haresh se fijó en una gran piedra roja, plana en su parte superior. Un chico de unos diecisiete años había colocado una piel de oveja, en su mayor parte limpia de grasa y lana. Con un cuchillo de descarnar quitaba los fragmentos que quedaban de carne. Estaba totalmente absorto en la labor. Las pieles que se amontonaban a su lado estaban más limpias de lo que habría conseguido una máquina de descarnar. A pesar de lo ocurrido, Haresh estaba fascinado. Normalmente se habría detenido a hacer unas preguntas, pero Kedarnath le hizo apresurarse. Los curtidores les habían dejado en paz. Haresh y Kedarnath, cubiertos de polvo y sudorosos, regresaron a través de los sucios senderos. Cuando llegaron a su rickshaw respiraron agradecidos en medio de aquel aire que al principio les había parecido irrespirable. Y realmente, comparado con el que acababan de respirar en la última media hora, era la brisa del paraíso.

Cap. 4.04 - Tanning

Cap. 4.4 ‘I’ve only been a couple of times to Jagat Ram’s place, so I’ll have to make inquiries once we get to Ravidaspur,’ said Kedarnath. ‘Jagat Ram?’ asked Haresh, still thinking of the incident of the spokes and angry with the rickshaw-wallah. ‘The shoemaker whose workshop we’re going to see. He’s a shoemaker, a jatav. He was originally one of those basket-wallahs I told you about who bring their shoes to Misri Mandi to sell to any trader who’ll buy them.’ ‘And now?’ ‘Now he has his own workshop. He’s reliable, unlike most of these shoemakers who, once they have a bit of money in their pockets, don’t care about deadlines or promises. And he’s skilled. And he doesn’t drink—not much. I began by giving him a small order for a few dozen pairs, and he did a good job. Soon I was ordering from him regularly. Now he’s able to hire two or three people in addition to his own family. It’s helped both him and me. And perhaps you might want to see if the quality of his work comes up to the standard that your people at CLFC need. If so . . .’ Kedarnath left the rest of the sentence in the air. Haresh nodded, and gave him a comforting smile. After a pause, Haresh said, ‘It’s hot now that we’re out of the alleys. And it smells worse than a tannery. Where are we now? In Ravidaspur?’ ‘Not yet. That’s on the other side of the railway line. It doesn’t smell quite so bad there. Yes, there’s an area here where they prepare the leather, but it isn’t a proper tannery like the one on the Ganga—’ ‘Perhaps we should get down and see it,’ said Haresh with interest. ‘But there’s nothing to see,’ protested Kedarnath, covering his nose. ‘Have you been here before?’ asked Haresh. ‘No!’ Haresh laughed. ‘Stop here!’ he shouted at the rickshaw-wallah. Over Kedarnath’s protests, he got him to dismount, and the two of them entered the warren of stinking paths and low huts, led by their noses towards the tanning pits. The dirt paths stopped suddenly at a large open area surrounded by shacks and pockmarked by circular pits which had been dug into the ground and lined with hardened clay. A fearsome stench rose from the entire zone. Haresh felt sick; Kedarnath almost vomited with disgust. The sun shone harshly down, and the heat made the stench worse still. Some of the pits were filled with a white liquid, others with a brown tannic brew. Dark, scrawny men dressed only in lungis stood to one side of the pits, scraping off fat and hair from a pile of hides. One of them stood in a pit and seemed to be wrestling with a large hide. A pig was drinking at a ditch filled with stagnant black water. Two children with filthy matted hair were playing in the dust near the pits. When they saw the strangers they stopped abruptly and stared at them. ‘If you had wanted to see the whole process from the beginning I could have taken you to see the ground where dead buffaloes are stripped and left to the vultures,’ said Kedarnath wryly. ‘It’s near the unfinished bypass.’ Haresh, slightly regretful for having forced his companion into accompanying him here, shook his head. He looked at the nearest shack, which was empty except for a rudimentary fleshing machine. Haresh went up and examined it. In the next shack was an ancient splitting machine and a wattle pit+. Three young men were rubbing a black paste on to a buffalo hide lying on the ground. Next to them was a white pile of salted sheepskins. When they saw the strangers they stopped working and looked at them. No one said a word, neither the children, nor the three young men, nor the two strangers. Eventually Kedarnath broke the silence. ‘Bhai,’ he said, addressing one of the three young men. ‘We have just come to see how the leather is prepared. Would you show us around?’ The man looked at him closely, and then stared at Haresh, taking in his off-white silk shirt, his brogues, his briefcase, his businesslike air. ‘Where are you from?’ he asked Kedarnath. ‘We’re from the town. We’re on our way to Ravidaspur. There’s a local man there whom I work with.’ Ravidaspur was almost entirely a shoemaker’s neighbourhood. But if Kedarnath imagined that by implying that another leatherworker was a colleague of his he would win acceptance here among the tanners, he was mistaken. Even among the leatherworkers or chamars, there was a hierarchy. The shoemakers—like the man they were going to visit—looked down upon the flayers and tanners. In turn, those who were looked down upon expressed their dislike of the shoemakers. ‘That is a neighbourhood we do not like to go to,’ said one of the young men shortly. ‘Where does the paste come from?’ asked Haresh, after a pause. ‘From Brahmpur,’ said the young man, refusing to be specific. There was another long silence. Then an old man appeared with his hands wet and dripping with some dark sticky liquid. He stood at the entrance of the shack and observed them. +‘You! This wattle water—pani!’ he said in English before lapsing into crude Hindi again. His voice was cracked, and he was drunk. He picked up a piece of rough, red-dyed leather from the ground and said, ‘This is better than cherry leather from Japan! Have you heard of Japan? I had a fight with them, and I made them fail. Patent leather from China? I can match them all. I am sixty years old and I have a full knowledge of all pastes, all masalas, all techniques.’ Kedarnath began to get worried, and tried to move out of the shack. The old man barred his way by stretching his hands out sideways in a servile +gesture of aggression. ‘You cannot see the pits. You are a spy from the CID, from the police, from the bank—’ He held his ears in a gesture of shame, then lapsed into English: ‘No, no, no, bilkul no!’+ By now the stench and the tension had made Kedarnath somewhat desperate. His face was drawn, he was sweating with anxiety as much as heat. ‘Let us go, we have to get to Ravidaspur,’ he said. The old man moved towards him and held out his stained and dripping hand: ‘Money!’ he said. ‘Fees! To drink—otherwise you cannot see the pits. You go to Ravidaspur. We don’t like the jatavs, we are not like them, they eat the meat of buffaloes. Chhhi!’ He spat out a syllable of disgust. ‘We only eat goats and sheep.’ Kedarnath shrank back. Haresh began to get annoyed. The old man sensed that he had got under his skin+. This gave him a perverse sense of encouragement+. Mercenary, suspicious and boastful by turn, he now led them towards the pits. ‘We get no money from the government,’ he whispered. ‘We need money, each family, for buying materials, chemicals. The government gives us too little money. You are my Hindu brother,’ he said mockingly. ‘Bring me a bottle—I will give you samples of the best dyes, the best liquor, the best medicine!’ He laughed at his joke. ‘Look!’ He pointed at a reddish liquid in a pit. One of the young men, a short man who was blind in one eye, said, ‘They stop us from moving raw materials, stop us from getting chemicals. We have to have supporting documents and registration. We are harassed in transit. You tell your government department to exempt us from duty and give us money. Look at our children. Look—’ He gestured towards a child who was defecating on a rubbish heap. To Kedarnath the whole slum was unbearably vile. He said in a low voice: ‘We are not from a government department.’ The young man suddenly got annoyed. His lips tightened and he said: ‘Where are you from then?’ The eyelid over his blind eye began to twitch. ‘Where are you from? Why have you come here? What do you want from this place?’ Kedarnath could tell that Haresh was about to flare up. He sensed that Haresh was abrupt and quite fearless, but believed that it was pointless being fearless when there was something to fear. He knew how things could suddenly explode from acrimony into violence. He put one arm around Haresh’s shoulder and led him back between the pits. The ground oozed, and the lower part of Haresh’s brogues was splattered with black filth. The young man followed them, and at one point it seemed that he was about to lay his hands on Kedarnath. ‘I’ll recognize you,’ he said. ‘You don’t come back. You want to make money from our blood. There is more money in leather than in silver and gold—or you wouldn’t come to this stinking place.’ ‘No—no—’ said the drunken old man aggressively, ‘bilkul no!’+ Kedarnath and Haresh re-entered the neighbouring lanes; the stench was hardly better. Just at the opening of a lane, at the periphery of the open, pit-riddled ground,+ Haresh noticed a large red stone, flat on the top. On it a boy of about seventeen had laid a piece of sheepskin, largely cleaned of wool and fat. With a fleshing knife he was removing the remaining pieces of flesh off the skin. He was utterly intent upon what he was doing. The skins piled up nearby were cleaner than they could have been if they had been fleshed by a machine. Despite what had happened before, Haresh was fascinated. Normally he would have stopped to ask a few questions, but Kedarnath hurried him on. The tanners had left them. Haresh and Kedarnath, dust-covered and sweating, made their way back through the dirt paths. When they got to their rickshaw on the street they gratefully breathed in the air that had seemed at first unbearably foul. And indeed, compared to what they had taken in for the last half hour, it was the breath of paradise.

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Cap. 4.03 - A toda velocidad

Cap. 4.3 – A toda velocidad Salieron a un callejón un poco más ancho, y luego a una calurosa y polvorienta calle no lejos del Chowk, que se elevaba sobre una pequeña loma. Uno de los lugares más destacados de aquel populoso barrio era un enorme edificio color rosa de tres plantas. Se trataba de la kotwali o comisaría de la ciudad, la más grande de Purva Pradesh. También sobresalía, a unos cien metros, la hermosa y austera mezquita de Alamgiri, cuya construcción fue ordenada por el emperador Aurangzeb en el corazón de la ciudad, sobre las ruinas de un gran templo. Los documentos mogoles de la última época, así como los británicos, dejan constancia de revueltas hindú-musulmanas cerca del lugar. Aunque no queda claro qué provocó la ira del Emperador. Cierto es que fue el menos tolerante de los emperadores de su dinastía, y el área que rodea Brahmpur no se libró de sus peores excesos. La reimplantación del impuesto personal sobre los infieles, un impuesto que había sido anulado por su tatarabuelo Akbar, afectó tanto a los ciudadanos de Brahmpur como a los del resto del imperio. Pero la destrucción de un templo solía requerir una razón de mucho peso, como por ejemplo que existieran indicios de que allí se reuniera la resistencia armada o política. Los defensores de Aurangzeb afirman que su reputación de intolerante es exagerada, y que se mostró tan duro con los chiítas como con los hindúes. Pero para la más ortodoxa ciudadanía hindú de Brahmpur, los anteriores 250 años de historia no habían conseguido atenuar el odio que sentían por el hombre que se atrevió a destruir uno de los templos más sagrados del gran destructor Shiva. Se rumoreaba que los sacerdotes del gran templo de Chandrachur ocultaron el gran Shiva-linga que estaba en el profundo santuario del templo, la noche antes de que lo redujeran a escombros. Lo hundieron no en un pozo profundo, como solía hacerse en aquellos días, sino en los bajíos y arenales que había cerca del ghat de incineración del Ganges. Cómo aquel enorme objeto de piedra fue transportado hasta allí es algo que no se sabe. Parece ser que su emplazamiento fue mantenido en secreto, y se transmitió de sumo sacerdote a sumo sacerdote, en sucesión hereditaria, durante más de diez generaciones. De todas las imágenes adoradas por el hinduismo, probablemente fuera el falo sagrado, el Shiva-linga, el más despreciado por los teólogos ortodoxos del islam. Lo destruían siempre que podían, y lo hacían con un especial sentimiento de aversión moralmente justificable. Mientras hubiera posibilidad de que el peligro musulmán pudiera resucitar procuraron pasar desapercibidos. Pero tras la Independencia y la Partición en Pakistán e India, el sacerdote del Templo de Chandrachur, destruido mucho tiempo atrás —que vivía pobremente en un chamizo cerca del ghat de incineración— creyó que era el momento de salir a la luz e identificarse. Intentó conseguir que se reconstruyera el templo, y que se excavara para encontrar el Shiva-linga y volver a instalarlo. Primeramente, el Departamento de Investigación Arqueológica se negó a creer los detalles que daba de la localización del linga. El rumor de su preservación no estaba apoyado por ningún otro documento. E incluso aunque fuera cierto, el curso del Ganges había cambiado, y los arenales y bajíos se habían desplazado, y los versos no escritos o los mantras describiendo su localización podían ser inexactos a causa de la transmisión oral. También es posible que los funcionarios del Departamento de Investigación Arqueológica fueran conscientes o hubieran hecho una valoración de los posibles efectos de desenterrar el linga, y decidido que, a fin de mantener la paz, era más seguro mantenerlo horizontal bajo la arena que vertical en el santuario. En cualquier caso, el sacerdote no obtuvo ninguna ayuda por su parte. Mientras pasaban junto a los muros rojos de la mezquita, Haresh, al no ser de Brahmpur, preguntó por qué ondeaban unas banderas negras en las puertas exteriores. Kedarnath replicó, con voz indiferente, que habían aparecido justo la semana anterior cuando comenzaran las obras para la construcción de un templo en el terreno vecino. Para ser una persona que había perdido su casa, su tierra y su medio de vida en Lahore, no parecía estar tan resentido contra los musulmanes como contra los fanáticos religiosos de cualquier clase. A su madre le fastidiaba mucho tanta imparcialidad. —Algún pujari de la ciudad localizó una Shiva-linga en el Ganges —dijo Kedarnath—. Se supone que procedía del Templo de Chandrachur, el gran templo de Shiva, que según dicen fue destruido por Aurangzeb. Los pilares de la mezquita tienen fragmentos de relieves hindúes, de manera que deben de estar hechos de las ruinas de algún viejo templo, Dios sabe cuánto hará de eso. ¡Cuidado dónde pisas! Por muy poco, Haresh evitó pisar una mierda de perro. Llevaba un par elegantes zapatos brogue de color marrón, y se alegró de que le hubiera avisado. —De todos modos —prosiguió Kedarnath, sonriendo ante la agilidad de Haresh—, el rajá de Marh es el propietario del edificio que hay (o, mejor dicho, había) al otro lado de la pared occidental de la mezquita. La ha hecho derribar y está construyendo un templo en ese terreno. Un nuevo Templo de Chandrachur. Es un verdadero lunático. Ya que no puede destruir la mezquita y construir el templo sobre el emplazamiento original, ha decidido construirlo justo al lado, en el lado occidental de la mezquita, e instalar allí el santuario con el linga. Le parece de lo más gracioso que los musulmanes se inclinen en dirección a su Shiva-linga cinco veces al día. Observando que había un rickshaw libre, Kedarnath lo detuvo y se subieron a él. —A Ravisdapur —dijo, y a continuación prosiguió— La verdad, para ser un pueblo supuestamente afable y espiritual, parece que nos encanta restregar las narices de los demás con mierda de perro, ¿no te parece? Desde luego, yo soy incapaz de comprender a gente como el rajá de Marh. Se imagina que es un nuevo Ganesha, cuya divina misión en la tierra es conducir los ejércitos de Shiva a la victoria sobre los demonios. Aunque eso no le impida ir como loco detrás de la mitad de cortesanas musulmanas de la ciudad. Cuando puso la primera piedra del templo, dos personas murieron. No es que eso para él signifique gran cosa, probablemente ha asesinado a docenas de personas en su propio estado. Pero una de los dos era musulmana, y por eso los mullahs colocaron banderas negras en la puerta de la mezquita. Y si miras atentamente, verás que también hay unas más pequeñas en los minaretes. Haresh se volvió para mirar, pero el rickshaw, que había ido ganando velocidad en la cuesta abajo, de pronto chocó contra un coche que se movía lentamente, y se detuvieron abruptamente. El coche iba a paso de tortuga por la calle abarrotada, y nadie sufrió daño, aunque un par de radios de la bicicleta del rickshaw quedaron doblados. El conductor, que parecía delgado y retraído, saltó de la bicicleta, le echó un rápido vistazo a la rueda delantera, y golpeó agresivamente la ventanilla del coche. —¡Dame dinero! ¡Rápido! ¡Inmediatamente! —chilló. El uniformado chofer y los pasajeros, dos mujeres de mediana edad, parecían sorprendidas ante la súbita exigencia. El chófer medio se recuperó del sobresalto y sacó la cabeza por la ventanilla. —¿Por qué? —gritó—. Bajabas la cuesta sin control. Nosotros ni siquiera nos movíamos. Si quieres suicidarte, ¿acaso tengo que pagarte el funeral? —¡Dinero! ¡Rápido! ¡Tres radios..., tres rupias! —dijo el rickshaw-wallah, tan bruscamente como un salteador de caminos. El chófer le dio la espalda. El rickshaw-wallah se encolerizó aún más: —¡Tú, mamón! No tengo todo el día. Si no me pagas los daños, haré lo mismo con tu coche. El chófer probablemente habría respondido con insultos similares, pero dado que estaba con sus jefas y que además se estaban poniendo nerviosas, permaneció con la boca cerrada. Pasó otro rickshaw-wallah, y gritó para darle ánimos: —Eso es hermano, no tengas miedo. —Para entonces ya se habían juntado más de veinte personas para mirar la función. —Oh, págale y vámonos —dijo una de las damas desde atrás—. Hace demasiado calor para andar discutiendo. —¡Tres rupias! —repitió el rickshaw-wallah. Haresh estaba a punto de saltar del rickshaw para poner fin a aquella extorsión cuando el chófer del coche le lanzó al rickshaw-wallah una moneda de ocho annas. —¡Coge esto y lárgate! —dijo el chófer, furioso por su impotencia. Cuando el coche se hubo marchado y la multitud dispersado, el rickshaw-wallah comenzó a cantar encantado. Se agachó y enderezó los dos radios doblados en veinte segundos, y a continuación prosiguieron su camino.

Cap. 4.03 - At full Speed

Cap.- 4.3 They emerged on to a yet broader alley, and then on to a hot, dusty street not far from the high ground of the Chowk. One of the two great landmarks of this crowded area was a huge, pink three-storey building. This was the kotwali or city police station, the largest in Purva Pradesh. The other landmark, a hundred yards away, was the beautiful and austere Alamgiri Mosque, ordered by the Emperor Aurangzeb to be built in the heart of the city upon the ruins of a great temple. Late Mughal and British records attest to a series of Hindu-Muslim riots around this spot. It is not clear what exactly incurred the wrath of the emperor. He was the least tolerant of the great emperors of his dynasty, true, but the area around Brahmpur had been spared his worst excesses. The reimposition of the poll-tax on unbelievers, a tax rescinded by his great-grandfather Akbar, affected the citizens of Brahmpur as it did those throughout the empire. But the razing of temples usually required some extraordinary impetus, such as the indication that it was being used as a centre for armed or political resistance. Apologists for Aurangzeb were apt to claim that he had a worse reputation for intolerance than he deserved and that he was as harsh with Shias as he was with Hindus. But for the more orthodox Hindu citizenry of Brahmpur, the previous 250 years of history had not dimmed their loathing for a man who had dared to destroy one of the holiest temples of the great destroyer Shiva himself. The great Shiva-linga of the inner sanctum of the temple was rumoured to have been preserved by the priests of the so-called Chandrachur Temple on the night before it was reduced to rubble. They sank it not in a deep well as was often the case in those days, but in the shallows and sands near the cremation ground by the Ganga. How the huge stone object was carried there is not known. Apparently the knowledge of its location was secretly maintained and passed on for more than ten generations from head-priest to head-priest in hereditary succession. Of all the common images of Hindu worship it was probably the sacred phallus, the Shiva-linga, which was most despised by the orthodox theologians of Islam. Where they could destroy it, they did so with a particular sense of righteous disgust. While there was any chance that the Muslim peril might resurface, the priests did not act upon their family knowledge. But after Independence and the Partition of Pakistan and India, the priest of the long-since-destroyed Chandrachur Temple—who lived in poverty in a shack near the cremation ghat—felt that it was safe to emerge and identify himself. He tried to get his temple rebuilt and the Shiva-linga excavated and reinstalled. At first the Archaeological Survey had refused to believe the particulars he gave of the location of the linga. The rumour of its preservation was unsupported by other records. And even if it were true, the Ganga had changed course, the sands and shallows had shifted, and the unwritten verses or mantras describing its location could themselves have grown inaccurate through repeated transmission. It is also possible that officers of the Archaeological Survey were aware or had been apprised of the possible effects of unearthing the linga and had decided that for the sake of public peace it was safer horizontal under the sand than vertical in a sanctum. At any rate, the priest obtained no help from them. As they passed below the red walls of the mosque, Haresh, not being a native of Brahmpur, asked why black flags were hanging at the outer gates. Kedarnath replied in an indifferent voice that they had come up just the previous week when the ground had been broken for a temple in the neighbouring plot of land. For one who had lost his house, his land and his livelihood in Lahore, he did not appear to be embittered against Muslims so much as exhausted by religious zealots in general. His mother was very upset at his evenhandedness. ‘Some local pujari located a Shiva-linga in the Ganga,’ said Kedarnath. ‘It is supposed to have come from the Chandrachur Temple, the great Shiva temple that they say Aurangzeb destroyed. The pillars of the mosque do have bits of Hindu carving, so it must have been made out of some ruined temple, God knows how long ago. Mind your step!’ Haresh narrowly avoided stepping into some dog-shit. He was wearing a rather smart pair of maroon brogues, and was very glad to have been warned. ‘Anyway,’ continued Kedarnath, smiling at Haresh’s agility, ‘the Raja of Marh has title to the house that stands—stood, rather—beyond the western wall of the mosque. He has had it broken down and is building a temple there. A new Chandrachur Temple. He’s a real lunatic. Since he can’t destroy the mosque and build on the original site, he’s decided to build to the immediate west and install the linga in the sanctum there. For him it’s a great joke to think that the Muslims will be bowing down in the direction of his Shiva-linga five times a day.’ Noticing an unoccupied cycle rickshaw, Kedarnath hailed it, and they got in. ‘To Ravidaspur,’ he said, and then continued: ‘You know, for a supposedly gentle, spiritual people, we seem to delight in rubbing other people’s noses in dog-shit, don’t you think? Certainly I cannot understand people like the Raja of Marh. He imagines himself to be a new Ganesh whose divine mission in life is to lead the armies of Shiva to victory over the demons. And yet he’s besotted with half the Muslim courtesans of the city. When he laid the foundation stone of the temple two people died. Not that this meant anything to him, he’s probably had twenty times that number murdered in his own time in his own state. Anyway, one of the two was a Muslim and that’s when the mullahs put the black flags up on the gate of the mosque. And if you look carefully, you’ll see that there are even some smaller ones on the minarets.’ Haresh turned back to look, but suddenly the cycle rickshaw, which had been gathering speed downhill, collided with a slowly moving car, and they came to a sudden halt. The car had been crawling along the crowded road, and there was no damage to anyone, but a couple of the bicycle’s spokes had got bent. The rickshaw-wallah, who looked thin and unassertive, jumped off the cycle, glanced quickly at his front wheel, and banged aggressively on the window of the car. ‘Give me money! Phataphat! Immediately!’ he yelled. The liveried driver and the passengers, who were two middle-aged women, looked surprised at this sudden demand. The driver half-recovered, and put his head out of the window ‘Why?’ he shouted. ‘You were coming down the slope without control. We weren’t even moving. If you want to commit suicide do I have to pay for your funeral?’ ‘Money! Quickly! Three spokes—three rupees!’ said the rickshaw-wallah, as brusquely as a highwayman. The driver turned his face away. The rickshaw-wallah grew angrier: ‘You daughter-fucker! I don’t have all day. If you don’t pay for my damages, I’ll give your car some of its own.’ The driver would probably have responded with some insults in kind, but since he was with his employers, who were getting nervous, he remained tight-lipped. Another rickshaw-wallah passed, and shouted in encouragement: ‘That’s right, brother, don’t be afraid.’ By now about twenty people had gathered round to watch the sport. ‘Oh, pay him and let’s go on,’ said one of the ladies at the back. ‘It’s too hot to argue.’ ‘Three rupees!’ repeated the rickshaw-wallah. Haresh was about to leap out of the rickshaw to put an end to this extortion when the driver of the car suddenly flung an eight-anna coin at the rickshaw-wallah. ‘Take this—and fuck off!’ the driver said, stung to rage by his helplessness. When the car had gone and the crowd had cleared, the rickshaw-wallah started singing with delight. He bent down and straightened the two bent spokes in twenty seconds, and they were on their way again.

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Cap. 4.02 - El sistema de vales "chit"

Cap.- 4.2 – El sistema de vales “chit” Cuando los dos hombres se quedaron solos, Haresh —a quien habían enviado a Brahmpur a comprar material para la empresa en la que trabajaba, la empresa de Cuero y Calzado de Kanpur— se volvió hacia Kedarnath y le dijo: —Verás, durante estos últimos días he recorrido los mercados y me voy haciendo una idea de como van las cosas por aquí, o al menos de cómo se supone que deberían ir. Pero a pesar de mis observaciones, creo que no acabo de entenderlo del todo. En especial vuestro sistema de crédito, con todos esos chits y pagarés. ¿Y por qué los zapateros, los que fabrican zapatos en su casa, siguen en huelga? Seguro que eso les debe causar terribles dificultades. Y también debe de ser muy gravoso para vosotros los comerciantes, al comprarles directamente. —Verás —dijo Kedarnath, pasándose la mano por el pelo ligeramente gris—, lo del sistema de vales, o chits, a mi también al principio me confundía un poco. Como ya te conté, nos expulsaron de Lahore en la época de la Partición, y por entonces yo no estaba exactamente en el negocio del calzado. Me fui metiendo de camino a aquí según pasábamos por Agra y por Kanpur, y tienes toda la razón, en Kanpur no hay nada parecido a este sistema. Pero, ¿has estado en Agra? —Sí —dijo Haresh—. Pero antes de que entrara en la industria. —Bueno, Agra posee un sistema parecido al nuestro. —Y Kedarnath se lo esbozó sin entrar en muchos detalles. Debido a que los comerciantes de forma endémica siempre andan escasos de liquidez, pagan parcialmente a los zapateros con “chits” vales a posteriori. De forma que los zapateros sólo pueden obtener efectivo, para comprar materias primas, descontando estos “chits” en otros pagos. Y desde siempre han creído que los comerciantes obligándoles a ese sistema, obtienen crédito a su costa sin ningún beneficio para ellos. Finalmente, cuando los comerciantes, como grupo, intentaron subir la proporción entre chits y efectivo, los zapateros se opusieron y se declararon en huelga. —Y desde luego, tienes toda la razón —añadió Kedarnath—, esta huelga perjudica a todo el mundo. Los zapateros podrían morirse de hambre y nosotros quedar arruinados. —Supongo que argüirán —dijo Haresh, con aire reflexivo— que como resultado del sistema de chits son ellos los que financian vuestra expansión. No había acusación en el tono de Haresh, simplemente la curiosidad de un hombre pragmático intentando comprender hechos y actitudes. Kedarnath respondió a su interés y prosiguió: —Eso es exactamente lo que afirman —asintió—. Pero es también su propia expansión, la expansión de todo el mercado, lo que están financiando —dijo—. Y además, tan solo es una parte del pago la que se hace mediante estos chits a posteriori. La mayoría se hace en efectivo. Me temo que todo el mundo ha comenzado a ver el asunto en blanco y negro, y los comerciantes suelen ser los que siempre van pintados de negro. Es una buena cosa que el ministro del Interior, L. N. Agarwal, proceda de una comunidad de comerciantes. Es diputado por una parte de esta zona, y al menos ve nuestro punto de vista. El padre de mi mujer no se lleva nada bien con él politicamente hablando –en realidad tampoco personalmente–, pero, como le digo a Vina cuando está de humor para escuchar, Agarwal comprende el mundo de los negocios mejor que su padre. —Ya, ¿y crees que esta tarde podrías llevarme a dar una vuelta por Misri Mandi? —preguntó Haresh—. Así tendría una idea más clara de la situación. Era interesante, pensó Haresh, que los dos ministros —poderosos y rivales— fueron los diputados por distritos electorales adyacentes. Kedarnath se sentía entre dos aguas sobre su petición a acompañarle, y Haresh debió notárselo en la cara. Kedarnath se había quedado impresionado por los conocimientos técnicos de Haresh acerca de la manufactura de los zapatos, y por su espíritu emprendedor, y estaba pensando en proponerle una relación comercial. Quizás, pensó, la empresa de Cuero y Calzado de Kanpur estaría interesada en comprarle a él directamente los zapatos. Después de todo, a veces ocurría que las empresas como la CCK recibían pequeños pedidos de mayoristas de zapatos, quizá 5.000 pares de un modelo concreto, y no les valía la pena remodelar su propia planta para satisfacer dichos pedidos. En tal caso, si Kedarnath pudiera asegurar que él podía conseguir los zapatos – que cumplieran los requisitos de calidad de la CCK– de los zapateros locales de Brahmpur y enviarlos a Kanpur, el asunto podría funcionar tanto para él como para la empresa de Haresh. Sin embargo, eran días turbulentos y todo el mundo soportaba una gran presión financiera, y la impresión que Haresh podía obtener de la fiabilidad o eficacia del comercio de zapatos en Brahmpur no sería favorable. Pero la amabilidad de Haresh hacia su hijo y la actitud respetuosa hacia su madre inclinaron la balanza. —Muy bien, iremos —dijo—. Pero todavía es pronto, el mercado abre más tarde, y aún más ahora con el nivel al que lo ha reducido la huelga. El Mercado del Calzado de Brahmpur, donde tengo mi puesto, suele abrir a las seis. Pero hasta entonces te sugiero una cosa. Podemos ir a visitar algunos lugares donde se fabrican los zapatos. Será un cambio para ti, comparado con las condiciones de manufactura que has visto en Inglaterra, o en la fábrica de Kanpur. Haresh asintió rápidamente. Mientras bajaban al piso de abajo, con el sol de la tarde cayendo sobre ellos a través de las capas de enrejado, Haresh pensó cuánto se parecía el diseño de la casa a la de su padre adoptivo en Neel Darvaza, aunque ésta, por supuesto, era mucho más pequeña. En la esquina del pasaje, allí donde se abría a un callejón un poco más ancho y concurrido, había una puesto de paan. Se detuvieron. —¿Normal o dulce? —preguntó Kedarnath. —Normal, con tabaco. Durante los cinco minutos siguientes, mientras caminaban, Haresh no dijo nada porque mantenía el paan en la boca sin tragarlo. Lo escupiría más tarde, en una abertura del pequeño sumidero que discurría en el lateral del callejón. Pero en aquel momento, bajo la agradable embriaguez del tabaco, entre el bullicio que le rodeaba, los gritos, el parloteo y el sonido de los timbres de las bicicleta, de los cencerros de las vacas y de las campanas del Templo de Radhakrishna, volvió a recordar el callejón que había cerca de la casa de su padre adoptivo en el Viejo Delhi, donde se había criado tras la muerte de sus padres. En cuanto a Kedarnath, aunque su paan era corriente tampoco habló mucho. Llevaría a este joven de camisa de seda a una de las zonas más pobres de la ciudad, donde los zapateros, jatavas, vivían y trabajaban en condiciones de lamentable miseria, y se preguntó cómo reaccionaría. Pensó en su repentina caída desde la riqueza en Lahore hasta la prácticamente indigencia de 1947; y la tan duramente ganada seguridad que había obtenido para Vina y Bhaskar en los últimos años; en los problemas de la presente huelga y en los peligros que acarreaba. Creía con absoluta convicción que existía una chispa especial de genio en su hijo. Soñaba con enviarlo a un colegio como Doon, quizá incluso mas tarde a Oxford o Cambridge. Pero los tiempos eran difíciles, y el que Bhaskar consiguiera la educación especial que merecía, que Vina pudiera seguir con la música que tanto la entusiasmaba y que la familia consiguiera mantener su modesta renta, eran cuestiones que le preocupaban y envejecían. Pero éstos son los rehenes del amor, se dijo, y no tiene sentido que me pregunte si cambiaría una cabeza sin preocupaciones por mi esposa y mi hijo.

Cap. 4.02 - The Chit System

Cap. 4.2 When the men were left alone, Haresh—who had been sent to Brahmpur for a few days to purchase some materials by his employers, the Cawnpore Leather & Footwear Company—turned to Kedarnath and said: ‘Well, I’ve been around the markets during the last couple of days and have got some idea of what goes on there, or at least what is supposed to go on there. But despite all this running around, I don’t think I’ve been able to make complete sense of it. Especially your system of credit—what with all these chits and promissory notes and so on. And why have the small manufacturers—who make shoes in their own homes—gone on strike? Surely it must cause them terrible hardship. And it must be very bad for traders like yourself who buy directly from them.’ ‘Well,’ said Kedarnath, passing his hand through his slightly greyed hair, ‘about the chit system—it confused me too at the beginning. As I mentioned, we were forced out of Lahore at the time of Partition and even then I was not exactly in the footwear trade. I did happen to go through Agra and Kanpur on the way here and you’re quite right, Kanpur has nothing like the system that we have here. But have you been to Agra?’ ‘Yes,’ said Haresh. ‘I have. But that was before I entered the industry.’ ‘Well, Agra has a system somewhat similar to ours.’ And Kedarnath outlined it roughly. Because they were perennially short of cash, the traders paid the shoemakers partly with post-dated chits. The shoemakers could only get cash to buy raw materials by discounting these chits elsewhere. They had felt for years that the traders had been squeezing a kind of unwarranted credit out of them. Finally, when the traders, as a body, had tried to winch up the proportion of chit to cash, the shoemakers had struck. ‘And of course, you’re right,’ Kedarnath added, ‘the strike hurts everyone—they could starve and we could be ruined.’ ‘I suppose the shoemakers would claim,’ said Haresh, with a meditative air, ‘that as a result of the chit system they are the ones who are financing your expansion.’ There was no tone of accusation in Haresh’s voice, simply the curiosity of a pragmatic man trying to get facts and attitudes straight. Kedarnath responded to his interest and went on: ‘That’s indeed what they claim,’ he agreed. ‘But it is also their own expansion, the expansion of the whole market, that they are financing,’ he said. ‘And, besides, it is only a portion of their payment that is made by post-dated chits. Most of it is still made by cash. I’m afraid that everyone has begun to see matters in black and white, with the traders usually being the ones who are painted black. It’s a good thing that the Home Minister, L.N. Agarwal, comes from a trading community. He’s the MLA for a part of this area, and he does at least see our side of the matter. My wife’s father doesn’t get along well with him at all politically—or even personally, really—but, as I tell Veena when she’s in a mood to listen, Agarwal understands the ways of business better than her father does.’ ‘Well, do you think that you could take me around Misri Mandi in the afternoon?’ asked Haresh. ‘I’ll get a more informed perspective that way.’ It was interesting, thought Haresh, that the two powerful—and rival—Ministers should represent contiguous constituencies. Kedarnath was in two minds as to whether to agree, and Haresh must have seen this in his face. Kedarnath had been impressed by Haresh’s technical knowledge of shoe manufacture, and by his enterprising spirit, and was thinking of proposing a business connection. Perhaps, he thought, the Cawnpore Leather & Footwear Company would be interested in buying shoes directly from him. After all, it sometimes happened that companies like CLFC received small orders from shoe stores, perhaps for 5,000 pairs of a particular kind of shoe, and it was not worth their while to retool their own plant to fulfil such orders. In such a case, if Kedarnath could ensure that he got shoes from local Brahmpur shoemakers that fulfilled CLFC’s quality requirements, and shipped them to Kanpur, it might work out well both for him and for Haresh’s employers. However, these were disturbed days, everyone was under great financial pressure, and the impression that Haresh might obtain of the reliability or efficiency of the shoe trade in Brahmpur would not be a favourable one. But Haresh’s small kindness to his son and his respectful attitude to his mother tilted the balance. ‘All right, we’ll go,’ he said. ‘But the market will really only open later, towards the evening—even at the level to which the strike has reduced it. The Brahmpur Shoe Mart, where I have my stall, opens at six. But I have a suggestion in the meanwhile. I’ll take you to see a few places where shoes are actually made. It’ll be a change for you from the conditions of manufacture that you’ve seen in England—or at your Kanpur factory.’ Haresh agreed readily. As they walked downstairs, with the afternoon sunlight falling on them from above through the layers of grating, Haresh thought how similar in design this house was to his foster-father’s house in Neel Darvaza—though of course, much smaller. At the corner of the alley, where it opened out into a slightly broader and more crowded lane, there was a paan stand. They stopped. ‘Plain or sweet?’ asked Kedarnath. ‘Plain, with tobacco.’ For the next five minutes, as they walked along together, Haresh did not say anything because he kept the paan in his mouth without swallowing it. He would spit it out later into an opening in the small drain that ran along the side of the alley. But for the moment, under the pleasant intoxication of the tobacco, amid the bustle all around him, the shouts and chatter and the sound of bicycle-bells, cow-bells, and bells from the Radhakrishna Temple, he was again reminded of the alley near his foster-father’s house in Old Delhi where he had been brought up after his parents died. As for Kedarnath, though he had got a plain paan for himself, he did not speak much either. He would be taking this silk-shirted young man to one of the poorest parts of the city, where the jatav shoemakers lived and worked in conditions of wretched squalor, and he wondered how he would react. He thought of his own sudden fall from wealth in Lahore to the virtual destitution of 1947; the hard-won security he had obtained for Veena and Bhaskar over the last few years; the problems of the present strike and the dangers it would mean for them. That there was some special spark of genius in his son he believed with utter conviction. He dreamed of sending him to a school like Doon, and perhaps later even to Oxford or Cambridge. But times were hard, and whether Bhaskar would obtain the special education he deserved, whether Veena could keep up with the music she craved, whether they could even continue to afford their modest rent, were questions that troubled and aged him. But these are the hostages of love, he said to himself, and it is meaningless to ask myself whether I would exchange a head of unworried hair for my wife and child.

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Cap. 4.01 - La fascinación de los números

Cap.- 4.1 – La fascinación de los números Mientras Lata se enamoraba de Kabir, una serie de sucesos muy diferentes ocurría en el Viejo Brahmpur, pero no por ello irrelevantes para su historia. Acontecimientos en los que estaban involucrados la hermana de Pran: Vina, y su familia. Vina Tandon entró en su casa de Misri Mandi y su hijo Bhaskar la saludó con un beso, que ella aceptó contenta a pesar de que estuviera resfriado. Luego volvió rápidamente al sofá donde estaba sentado —con su padre a un lado y al otro un invitado de éste— y prosiguió su explicación de las potencias de diez. Kedarnath Tandon miró con cariño a su hijo, feliz de saber que Bhaskar era un genio, pero sin prestar mucha atención a lo que decía. El invitado de su padre, Haresh Khanna, que le había sido presentado a Kedarnath por un conocido común del negocio del calzado, hubiera preferido hablar de la piel y del mercado de zapatos en Brahmpur, pero creyó que era mejor darle el gusto al hijo de su anfitrión, especialmente porque Bhaskar, llevado por su entusiasmo, se habría sentido muy desilusionado de perder aquel público en un día en que no le dejaban salir a la calle a volar su corneta. Intentó concentrarse en lo que decía Bhaskar. —Pues verás Chacha Haresh, la cosa es como sigue. Primero tenemos el diez, que es sólo un diez, es decir, diez a la una. Luego tenemos el cien, que es diez veces diez, o sea, diez al cuadrado, o a la dos. Y luego mil, que es diez a la tres. Y luego diez mil, que es diez a la cuatro..., y aquí es donde comienzan los problemas, como te habrás dado cuenta. No tenemos una palabra específica para esa cantidad... y deberíamos tenerla. Otras diez veces más lo eleva ya a la quinta potencia, que es un “lakh”. Y en la sexta potencia ya tenemos el millón, y en la séptima potencia tenemos un “crore”, y entonces llegamos a otra potencia para la cual no tenemos palabra, que es el diez elevado a ocho. También deberíamos tener una para esa cantidad. Y luego llegamos a diez elevado a nueve, que es un billón, y finalmente a diez elevado a diez. Bueno, es increíble que ni en hindi ni en inglés tengamos una palabra para un número tan importante como es diez elevado a diez. ¿No estás de acuerdo conmigo, Chacha Haresh? —prosiguió con su brillante mirada fija en la cara de Haresh. —Sabes una cosa —dijo Haresh, rebuscando algo en sus recuerdos para el entusiasmado Bhaskar—, creo que existe una palabra especial para diez mil. Los curtidores chinos de Calcuta, con los que tengo algunos tratos, me dijeron una vez que para ellos el diez mil es una unidad habitual para contar. No me acuerdo cómo la llaman, pero igual que nosotros utilizamos el lakh como unidad natural de medida, ellos utilizan el diez mil. Bhaskar se quedó transfigurado. —Pero Chacha Haresh, debes encontrar ese número —exclamó—. Debes descubrir como lo llaman. Tengo que saberlo —dijo con la mirada ardiendo de fuego místico, y sus pequeños rasgos de ranita resplandecieron. —Muy bien —dijo Haresh—. Me enteraré. Cuando regrese a Kanpur haré mis averiguaciones, y tan pronto como me entere te enviaré una carta. Quién sabe, quizá incluso tengan un nombre para el diez elevado a ocho. —¿De verdad lo crees? —exclamó Bhaskar asombrado. Su placer era parecido al del coleccionista de sellos a quien un completo extraño le proporciona los dos últimos ejemplares que le faltaban para completar una serie—. ¿Cuándo vas a volver a Kanpur? Vina, que acababa de entrar con las tazas de té, reprendió a Bhaskar por su comentario poco hospitalario, y le preguntó a Haresh cuántas cucharadas de azúcar quería. Haresh no pudo evitar observar que cuando la había visto hacía unos minutos llevaba la cabeza descubierta, y que ahora, tras regresar de la cocina, se la había tapado con el sari. Dedujo acertadamente que lo había hecho a instancias de su suegra. Aunque Vina era un poco mayor que él, y algo regordeta, no dejaba de pensar en lo joviales que eran sus rasgos. Las leves pinceladas de preocupación que había en sus ojos sólo contribuían a la viveza de su carácter. Vina, por su parte, no pudo evitar observar que el invitado de su marido era un joven bien parecido. Haresh era de baja estatura, robusto sin llegar a rechoncho, de tez clara, con el rostro más cuadrado que ovalado. Sus ojos no eran muy grandes, pero miraban con franqueza, cosa que ella consideraba un rasgo de la honestidad de su carácter. Se fijó en la camisa de seda y en los gemelos de ágata. —Ahora Bhaskar, vete a charlar con tu abuela —dijo Vina—. El amigo de papá quiere hablar con él de asuntos importantes. Bhaskar miró a los dos hombres con una súplica inquisitiva. Su padre, aunque había cerrado los ojos, notó que Bhaskar aguardaba sus órdenes. —Sí. Haz lo que dice tu madre —dijo Kedarnath. Haresh no dijo nada, pero sonrió. Bhaskar se fue enfadado porque le habían excluido. —No te preocupes por él, el enfado nunca le dura mucho —dijo Vina, disculpándose—. No le gustan que le dejen fuera de las cosas que le interesan. Cuando Kedarnath y yo jugamos al chaupar nos aseguramos de que Bhaskar no esté en casa, pues de lo contrario insiste en jugar y nos gana a los dos. Muy molesto. —Me lo imagino —dijo Haresh. —El problema es que no tiene a nadie con quien hablar de matemáticas, y a veces se queda en la inopia. Sus profesores están más preocupados que orgullosos. Porque a veces parece que en matemáticas saca malas notas adrede, sobre todo si una pregunta le parece incorrecta. Una vez, cuando era muy pequeño, recuerdo que Maan, mi hermano, le pidió que le dijera cuánto era 17 menos 6. Cuando respondió que 11, Maan le pidió que volviera a restar 6. Y cuando llegó a 5, Maan le volvió a pedir que restara otros 6. ¡Y Bhaskar se echó a llorar! “¡No, y no!”, dijo, “Maan me está tomando el pelo. ¡Decidle que pare!” Y estuvo sin hablarle una semana. —Bueno, al menos un día o dos —dijo Kedarnath—. Pero eso fue antes de que aprendiera los números negativos. Una vez los hubo aprendido, se pasaba todo el santo día restando cosas grandes de cosas más pequeñas. Supongo que, tal como van las cosas en mi trabajo, tuvo ocasión de practicar mucho. —Por cierto —le dijo Vina a su marido, un tanto preocupada—, creo que esta tarde deberías salir. Bajaj vino esta mañana y, como no te encontró, dijo que se pasaría a las tres. De la expresión de ambos, Haresh dedujo que Bajaj debía de ser un acreedor. —En cuanto acabe la huelga las cosas mejorarán —dijo Kedarnath, disculpándose un poco ante Haresh—. En la actualidad voy un poquito apurado. —El problema es —dijo Veena—, que hay mucha desconfianza. Y los líderes de la ciudad aún lo empeoran más. Como mi padre está muy ocupado con su Ministerio y su legislatura, Kedarnath intenta ayudarle manteniendo contacto con el electorado. De manera que cuando surge algún problema, la gente suele acudir a él. Pero en esta ocasión, cuando Kedarnath intentó hacer de mediador, aunque (ya sé que no debería decirlo, y que a él no le gusta que lo diga, pero es cierto), aunque es muy apreciado y respetado por ambas partes, los líderes de los zapateros minaron todos sus esfuerzos, sólo porque él es comerciante. —Bueno, eso no es del todo cierto —dijo Kedarnath, pero decidió posponer la explicación para cuando él y Haresh estuvieran a solas. Había vuelto a cerrar los ojos. Haresh parecía un poco preocupado. —No se preocupe —le dijo Vina a Haresh—. No está dormido ni aburrido, ni tampoco reza la oración de antes de comer. —Su marido abrió los ojos rápidamente—. Lo hace continuamente —explicó—. Incluso lo hizo en nuestra boda, pero apenas se le notó detrás de todas aquellas guirnaldas de flores. Vina se levantó y fue a ver si el arroz estaba listo. Una vez los hombres se hubieron servido y comido, la anciana señora Tandon entró unos minutos para intercambiar unas cuantas palabras con ellos. Al oír que Haresh Khanna provenía de Delhi le preguntó si pertenecía a los Khannas de Neel Darvaza o a los que vivían en Lakkhi Kothi. Cuando Haresh le dijo que eran de Neel Darvaza, le contó que una vez de joven había estado allí de visita. Haresh le describió unos cuantos cambios ocurridos en la ciudad, contó unas cuantas anécdotas personales, elogió la sencilla pero sabrosa comida vegetariana que las dos mujeres habían preparado y se ganó la confianza de la anciana. —Mi hijo tiene que viajar un montón —le confió a Haresh—, y por esos caminos nadie le da de comer como se debe. Incluso aquí, si no fuera por mí... —Exacto —dijo Vina, intentando cortarle las alas a su suegra—. Es muy importante para un hombre que le traten como a un niño. En cuestión de comida, naturalmente. A Kedarnath (me refiero al padre de Bhaskar) —se corrigió cuando su suegra le lanzó una mirada— le encanta lo que su madre le prepara. Es una pena que no le guste que le canten nanas para dormir. Los ojos de Haresh parpadearon y casi desaparecieron tras sus párpados, pero evitó la sonrisa. —Me pregunto si a Bhaskar le continuará gustando la comida que le preparo —continuó Vina—. Probablemente no. Cuando se case... Kedarnath levantó la mano. —¡En serio! —dijo con suave reprobación. Haresh observó que las manos de Kedarnath estaban llenas de cicatrices. —¿Qué he hecho ahora? —preguntó Vina inocentemente, pero cambió de tema. Su marido era de un pudor que casi la asustaba, y no quería que la juzgara mal. —Sabéis, creo que la obsesión de Bhaskar por las matemáticas es por mi culpa —prosiguió—. Le llamé Bhaskar por el sol. Luego, cuando tuvo un año, alguien me dijo que uno de nuestros antiguos matemáticos se llamaba Bhaskar, y ahora Bhaskar no puede vivir sin las matemáticas. Los nombres son importantísimos. Mi padre no estaba en la ciudad cuando yo nací, y mi madre me llamó Vina, pensando que le agradaría porque es muy aficionado a la música. Pero, como resultado, me volví una apasionada de la música, y no puedo vivir sin ella. —¿De verdad? —dijo Haresh—. ¿Y tocas la vina? —No —rio Vina con los ojos brillantes—. Canto. Y canto. No puedo vivir sin cantar. La anciana señora Tandon se levantó y salió de la habitación. Después de un rato con un encogimiento de hombros, Vina la siguió.

Cap. 4.01 - The Fascination of Numbers

Cap. 4.1 While Lata was falling in love with Kabir, a quite different set of events was taking place in Old Brahmpur, which, however, were to prove not irrelevant to her story. These events involved Pran’s sister, Veena, and her family. Veena Tandon entered her house in Misri Mandi, to be greeted by her son Bhaskar with a kiss, which she happily accepted despite the fact that he had a cold. He then rushed back to the small sofa where he had been sitting—his father on one side and his father’s guest on the other—and continued his explanation of the powers of ten. Kedarnath Tandon looked at his son indulgently but, happy in the consciousness of Bhaskar’s genius, did not pay much attention to what he was saying. His father’s guest, Haresh Khanna, who had been introduced to Kedarnath by a mutual acquaintance in the shoe business, would have been happier talking about the leather and footwear trade of Brahmpur, but felt it best to indulge his host’s son—especially as Bhaskar, carried away by his enthusiasm, would have been very disappointed to lose his indoor audience on a day when he had not been allowed to go out kite-flying. He tried to concentrate on what Bhaskar was saying. ‘Well, you see, Haresh Chacha, it’s like this. First you have ten, that’s just ten, that is, ten to the first power. Then you have a hundred, which is ten times ten, which makes it ten to the second power. Then you have a thousand, which is ten to the third power. Then you have ten thousand, which is ten to the fourth power—but this is where the problem begins, don’t you see? We don’t have a special word for that—and we really should. Ten times that is ten to the fifth power, which is a lakh. Then we have ten to the sixth power, which is a million, ten to the seventh power which is a crore, and then we come to another power for which we don’t have a word—which is ten to the eighth. We should have a word for that as well. Then ten to the ninth power is a billion, and then comes ten to the tenth. Now it’s amazing that we don’t have a word in either English or Hindi for a number that is as important as ten to the tenth. Don’t you agree with me, Haresh Chacha?’ he continued, his bright eyes fixed on Haresh’s face. ‘But you know,’ said Haresh, pulling something out of his recent memory for the enthusiastic Bhaskar, ‘I think there is a special word for ten thousand. The Chinese tanners of Calcutta, with whom we have some dealings, once told me that they used the number ten-thousand as a standard unit of counting. What they call it I can’t remember, but just as we use a lakh as a natural measuring point, they use ten-thousand.’ Bhaskar was electrified. ‘But Haresh Chacha, you must find that number for me,’ he said. ‘You must find out what they call it. I have to know,’ he said, his eyes burning with mystical fire, and his small frog-like features taking on an astonishing radiance. ‘All right,’ said Haresh. ‘I’ll tell you what. When I go back to Kanpur, I’ll make inquiries, and as soon as I find out what that number is, I’ll send you a letter. Who knows, perhaps they even have a number for ten to the eighth.’ ‘Do you really think so?’ breathed Bhaskar wonderingly. His pleasure was akin to that of a stamp collector who finds the two missing values in an incomplete series suddenly supplied to him by a total stranger. ‘When are you going back to Kanpur?’ Veena, who had just come in bearing cups of tea, rebuked Bhaskar for his inhospitable comment, and asked Haresh how many spoonfuls of sugar he took. Haresh could not help noticing that when he had seen her a few minutes earlier her head had been uncovered, but now, after returning from the kitchen, she had covered it with her sari. He guessed correctly that it was at her mother-in-law’s behest that she had done so. Although Veena was a little older than him, and quite plump, he could not help thinking how animated her features were. The slight touches of anxiety about her eyes only added to her liveliness of character. Veena, for her part, could not help noticing that her husband’s guest was a good-looking young man. Haresh was short, well built without being stocky, fair in complexion, with a squarish rather than an oval face. His eyes were not large, but they had a directness of gaze which she believed was a key to straightforwardness of character. Silk shirt and agate cufflinks, she observed to herself. ‘Now, Bhaskar, go and talk to your grandmother,’ said Veena. ‘Papa’s friend wants to talk to him about important matters.’ Bhaskar looked at the two men in inquiring appeal. His father, though he had closed his eyes, sensed that Bhaskar was waiting for his word. ‘Yes. Do as your mother says,’ said Kedarnath. Haresh said nothing, but smiled. Bhaskar went off, rather annoyed at being excluded. ‘Don’t mind him, he’s never annoyed for long,’ said Veena apologetically. ‘He doesn’t like being left out of things that interest him. When we play chaupar together—Kedarnath and I—we have to make sure Bhaskar isn’t in the house, otherwise he insists on playing and beats both of us. Very bothersome.’ ‘I can imagine it would be,’ said Haresh. ‘The trouble is that he has no one to talk to about his maths, and sometimes he becomes very withdrawn. His teachers at school are less proud of him than worried about him. Sometimes it seems he deliberately does badly in maths—if a question annoys him, for instance. Once, when he was very young, I remember Maan—that’s my brother—asked him for the answer to 17 minus 6. When he got 11, Maan asked him to subtract 6 again. When he got 5, Maan asked him to subtract 6 yet again. And Bhaskar actually began to cry! “No, no,” he said, “Maan Maama is playing a trick on me. Stop him!” And he wouldn’t speak to him for a week.’ ‘Well, for a day or two at least,’ said Kedarnath. ‘But that was before he learned about negative numbers. Once he did, he insisted on taking bigger things away from smaller things the whole day long. I suppose, the way things are going with my work, he’ll get plenty of practice in that line.’ ‘By the way,’ said Veena to her husband anxiously, ‘I think you should go out this afternoon. Bajaj came this morning and, when he didn’t find you in, he said he would drop by at about three.’ From her expression and his, Haresh guessed that Bajaj might be a creditor. ‘Once the strike’s over, things will improve,’ said Kedarnath a bit apologetically to Haresh. ‘I’m a little over-extended at present.’ ‘The trouble is,’ said Veena, ‘that there’s so much mistrust. And the local leaders make it much worse. Because my father’s so busy with his department and the legislature, Kedarnath tries to help him by keeping in touch with his constituency. So when there’s trouble of some kind, people often come to him. But this time, when Kedarnath tried to mediate, although—I know I shouldn’t be saying this and he doesn’t like me to, but it’s quite true—although he’s quite well-liked and respected by people on both sides, the shoemakers’ leaders have undermined all his efforts—just because he’s a trader.’ ‘Well, that’s not quite it,’ said Kedarnath, but decided to defer his explanation until he and Haresh were alone. He had closed his eyes again. Haresh looked a little concerned. ‘Don’t worry,’ said Veena to Haresh. ‘He’s not asleep or bored or even praying before lunch.’ Her husband opened his eyes quickly. ‘He does it all the time,’ she explained. ‘Even at our wedding—but it was less obvious behind those strings of flowers.’ She got up to see if the rice was ready. After the men had been served and had eaten, old Mrs Tandon came in for a short while to exchange a few words. Upon hearing that Haresh Khanna was originally from Delhi she asked him whether he belonged to the Khannas of Neel Darvaza or those who lived in Lakkhi Kothi. When Haresh said he was from Neel Darvaza, she told him she had visited it once as a girl. Haresh described a few changes, recounted a few personal anecdotes, praised the simple but tasty vegetarian food that the two women had prepared, and was a hit with the old lady. ‘My son has to travel a lot,’ she confided to Haresh, ‘and no one feeds him properly on the way. Even here, if it wasn’t for me—’ ‘Quite right,’ said Veena, attempting to take the wind out of her sails. ‘It is so important for a man to be treated as a child. In matters of food, of course. Kedarnath—I mean Bhaskar’s father’—she corrected herself as her mother-in-law shot a look at her—‘simply loves the food his mother prepares. It’s a pity men don’t like being sung to sleep with lullabies.’ Haresh’s eyes twinkled and almost disappeared between his eyelids, but he kept his lips steady. ‘I wonder if Bhaskar will continue to like the food I prepare,’ continued Veena. ‘Probably not. When he gets married—’ Kedarnath held up his hand. ‘Really,’ he said, in mild reproof. Haresh noticed that Kedarnath’s palm was badly scarred. ‘Now what have I done?’ asked Veena innocently, but she changed the subject. Her husband had a decency which rather frightened her, and she didn’t want to be judged badly by him. ‘You know, I blame myself for Bhaskar’s obsession with mathematics,’ she continued. ‘I named him Bhaskar after the sun. Then, when he was a year old, someone told me that one of our ancient mathematicians was called Bhaskar, and now our Bhaskar can’t live without his mathematics. Names are terribly important. My father wasn’t in town when I was born, and my mother named me Veena, thinking it would please him because he’s so fond of music. But as a result I’ve become obsessed with music, and I can’t live without it either.’ ‘Really?’ said Haresh. ‘And do you play the veena?’ ‘No,’ laughed Veena, her eyes shining. ‘I sing. I sing. I can’t live without singing.’ Old Mrs Tandon got up and left the room. After a while, with a shrug, Veena followed her.

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