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Cap. 5.16 - La votación

Cap. 5.16 – La votación El Nawab Sahib habla entrado en la Cámara durante la primera parte del último discurso. Y se sentó en la tribuna de invitados, aunque, de haberlo deseado, hubiera sido bien recibido en la tribuna del Gobernador. Habla regresado de Baitar el día anterior, en respuesta al urgente mensaje procedente de Brahmpur. Se sentía escandalizado y resentido por lo ocurrido. Y horrorizado de que su hija hubiera tenido que enfrentarse prácticamente sola a una situación como aquella. Su preocupación por ella era mucho más patente que su orgullo por lo que había hecho, por lo que Zainab no pudo evitar sonreír. Durante un buen rato los estuvo abrazando, a ella y a sus dos nietos, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Hassan estaba perplejo, pero el pequeño Abbas lo aceptó como algo normal y le gustaba, sabía que su abuelo estaba muy contento de verlos. Firoz se puso blanco de cólera, y a Imtiaz, cuando llegó a última hora de la tarde le costó todo su buen humor, conseguir tranquilizar a la familia. El Nawab Sahib estaba casi tan enfadado con el moscardón que tenía por cuñada como con L. N. Agarwal. Sabía que había sido ella la causa de que les hubiera caído encima aquella inspección. Luego, cuando lo peor hubo pasado, su cuñada quitó importancia a la actuación policial y fue casi desdeñosa en como Zainab había manejado las cosas con tan valerosa estrategia. En cuanto a L. N. Agarwal, el Nawab Sahib bajó la mirada hacia la parte inferior de la Cámara y le vio hablando educadamente con el ministro de Finanzas, quien se había dirigido a su escaño y departía con él sobre algún punto, probablemente la táctica a seguir con respecto a la inminente y crucial votación que tendría lugar a última hora de la tarde. Desde su regreso el Nawab Sahib no había tenido oportunidad de hablar con su amigo Mahesh Kapoor, ni tampoco de transmitirle sus más sinceras gracias al Primer Ministro. Pensaba hacerlo en cuanto acabara la sesión de la Asamblea. Pero también se encontraba presente en la Cámara porque se daba cuenta, al igual que muchos otros, –las tribunas de la prensa y el público estaban a rebosar— de que aquél era un momento histórico. Para él, y para otros como él, aquella inminente votación significaría —a menos que los tribunales la vetaran— una rápida y precipitada decadencia. En fin, pensó con fatalismo, tarde o temprano tenía que ocurrir. No se hacía ilusiones respecto a los méritos de su clase. Los que la constituían incluían no solo unos pocos hombres decentes, sino también un gran números de zafios y un número aún mayor de idiotas. Recordó una petición que la Asociación de Zamindaris había enviado al gobernador hacía doce años: un tercio firmó con la huella del pulgar. Quizá si el Pakistán no hubiera surgido, los terratenientes habrían sido capaces de negociar un camino para su preservación: en una India unida pero inestable, cada bloque de poder habría podido utilizar su fuerza para mantener el statu quo. Como los estados principescos que podrían haber esgrimido su poder, y hombres como el rajá de Mahr habrían seguido siendo rajás tanto de hecho como de nombre. Los síes y peros de la historia, pensó el Nawab Sahib, forman una dieta insustancial pero tóxica. Desde que los británicos se anexionaran Brahmpur, a principios de la década de 1850, los Nawabs de Baitar, y otros miembros de la corte de la antigua casa real de Brahmpur, ni siquiera habían tenido la satisfacción psicológica de servir al estado, una satisfacción reclamada por muchos aristócratas distanciados en espacio y tiempo. Los británicos estuvieron encantados en dejar que fueran los zamindaris quienes recaudaran los impuestos por la tierra (y en la práctica estaban conformes en permitirles que se quedaran con todo lo que excediera a la acordada parte británica), pero para la administración del estado sólo confiaron en funcionarios civiles de su propia raza, seleccionados, educados e importados de Inglaterra, o, más tarde, en sus equivalente con piel morena, tan próximos en educación, valores y comportamiento, que no suponían ninguna diferencia. Y además, aparte de la desconfianza racial, existía, y eso el Nawab Sahib no tenía más remedio que admitirlo, la cuestión de la competencia. La mayoría de los zamindaris —ay, y quizás hasta él mismo incluido— apenas eran capaces de administrar su propia hacienda y eran esquilmados por sus munshis y prestamistas. Para la mayoría de terratenientes, la cuestión fundamental de su administración no era cómo incrementar sus ingresos, sino cómo gastarlos. Muy pocos invertían en la industria o en propiedades urbanas. Desde luego había algunos que lo gastaban en música, libros y bellas artes. Otros, como el actual primer ministro de Pakistán, Liaquat Ali Khan, que había sido un buen amigo del padre del Nawab Sahib, en comprar influencia política. Pero la mayor parte de príncipes y terratenientes habían dilapidado su dinero viviendo por todo lo alto: gastando en cacerías, vino, mujeres u opio. Un par de indeseadas imágenes le pasaron por la cabeza. Uno de ellos tenía tal pasión por los perros que toda su vida giraba en torno a ellos: soñaba, dormía, despertaba, imaginaba, fantaseaba con perros; hizo todo lo que pudo para su mayor gloria. Otro era adicto al opio, y sólo le alegraba tener unas cuantas mujeres en su regazo; aunque ni eso le incitaba a la acción; y simplemente roncaba a su lado. Los pensamientos del Nawab de Baitar siguieron oscilando entre el debate que ocurría en la Asamblea y sus propias cavilaciones. En cierto momento hubo una breve intervención de L N. Agarwal, que hizo unos cuantos comentarios divertidos, que incluso hicieron reír a Mahesh Kapoor. El Nawab Sahib se quedó mirando aquella cabeza calva rodeada por una herradura de pelo gris y se preguntó qué pensamientos hervían bajo aquella capa de carne y hueso. ¿Cómo podía un hombre así, de manera deliberada y sin el menor remordimiento, causarle tanta desgracia a él y a quienes le eran tan queridos? ¿Qué satisfacción podía causarle que los parientes de alguien que le había derrotado en un debate fueran despojados de la casa en la que habían pasado la mayor parte de sus vidas? Eran más o menos las cuatro y media, y quedaba menos de media hora para la votación. Proseguían los discursos finales, y el Nawab Sahib escuchaba, con cierta sonrisa burlona, cómo su cuñada adornaba la institución del zamindari con un luminoso halo púrpura. Begum Abida Khan: Durante más de una hora hemos estado escuchando discurso tras discurso de las filas del gobierno, repletos de la más odiosa autocomplacencia. No era mi intención volver a tomar la palabra, pero no me queda más remedio que hacerlo. Había pensado que sería más apropiado dejar hablar a esas personas cuya muerte y sepultura deseáis presidir, me refiero a los zamindaris, a quienes deseáis privar de justicia, compensación y medios de vida. Durante una hora hemos oído el mismo disco una y otra vez, si no era el ministro de Finanzas se trataba de algún peón suyo a quien se le había enseñado la misma canción: La Voz de su Amo. Os digo que esta música no es nada agradable: es monótona sin ser reconfortante. No es la voz de la razón ni de lo razonable, sino la voz de la mayoría política y de la arrogancia. Pero no tiene sentido insistir en ello. Compadezco a este gobierno que ha perdido el norte y que intenta encontrar una salida en el cenagal de su propia política. No tienen visión de futuro y no pueden tenerla; no se atreven a fijar la mirada en lo que viene. Se nos dice: “Piensen en el día que está por llegar”, y del mismo modo, yo le digo a este Gobierno: “Cuidado con lo que están a punto de desatar sobre ustedes mismos y sobre nuestro país”. Ya han pasado tres años desde que obtuvimos la independencia, pero mirad a los pobres de la tierra: no tienen comida que comer, ropa que ponerse, ni refugio con que protegerse del tiempo. Les prometisteis el Paraíso, verdes jardines por donde fluyen los ríos, les hicisteis creer que la causa de su lastimoso estado eran los zamindaris. Pues bien, los zamindaris desaparecerán, pero cuando se demuestre la falsedad de vuestras promesas de bellos jardines, entonces veremos lo qué dice la gente de vosotros y de lo que hacéis. Estáis desposeyendo a ochocientas mil personas, y tentando abiertamente al comunismo. La gente muy pronto descubrirá quienes sois. ¿Qué hacéis que no hicimos nosotros? No les estáis regalando la tierra, se la estáis alquilando igual que nosotros. Pero ¿acaso os importa?. Nosotros hemos vivido juntos durante generaciones, somos como sus padres y abuelos, ellos nos aman y nosotros les amamos, conocemos su carácter y ellos el nuestro. Eran felices con cualquier cosa que les dábamos, y nosotros éramos felices con cualquier cosa que nos daban. Pero ustedes se han interpuesto entre nosotros y han destruido lo que los lazos de un vínculo ancestral habían hecho sagrado. Y de la opresión y crímenes de los que nos culpáis, ¿qué prueba tiene esa pobre gente de que vosotros seréis mejores de lo que decís que nosotros éramos? Tendrán que acudir al funcionario corrupto y al codicioso administrador territorial, y ellos les chuparán hasta la última gota de sangre. Nosotros nunca fuimos así. Habéis separado la uña de la carne, y os mostráis satisfechos con el resultado... En cuanto a la compensación, ya he dicho suficiente. Pero ¿Es esto honradez?, ¿Es justo ir a la tienda de alguien y decirle: “Dame esto y aquello a tal y cual precio”, y si no está de acuerdo en vender, quitárselo de igual manera? ¿Y cuando él os suplica que al menos le deis lo prometido, os dais media vuelta y decís: “Aquí tienes una rupia, y el resto lo obtendrás en plazos a los veinticinco años”? Puede que nos llaméis de todo e inventéis toda clase de maneras para amargarnos la vida, pero el hecho es que nosotros, los zamindaris, somos quienes hemos hecho de esta provincia lo que es, quienes la hemos hecho fuerte, quienes la hemos dado ese inconfundible carácter. Hemos contribuido en todos los campos de la vida, una contribución que nos sobrevivirá y que no podréis eliminar. Las universidades, los institutos, las tradiciones de la música clásica, las escuelas, la misma cultura de este lugar, fue establecida por nosotros. Cuando los extranjeros y los que proceden de otros estados de nuestro país vienen a esta provincia, ¿qué es lo que ven, qué es lo que admiran? El Barsaat Mahal, el Shahi Darvaza, los Imambaras, los jardines y mansiones que os hemos legado. Todas esas cosas son el perfume de un mundo que decís está lleno del olor de la explotación, de los cadáveres putrefactos. ¿No os avergüenza hablar de ese modo? ¿Cuándo maldecís y robáis a aquellos que crearon tal esplendor y belleza? ¿Cuándo ni siquiera les dais lo suficiente para encalar los edificios que son la herencia de esta ciudad y de este estado? Ésta es la peor forma de mezquindad, es la actitud codiciosa del tendero de pueblo, el bania que sonríe y sonríe y agarra lo que puede sin ninguna compasión… El honorable ministro del Interior (Shri L. N. Agarwal): Espero que la honorable diputada no esté lanzando ninguna acusación contra mi comunidad. Parece que es algo que se va convirtiendo en costumbre en esta Cámara. Begum Abida Khan: Sabe perfectamente a qué me refiero, usted que es un maestro en tergiversar las palabras y manipular la ley. Pero no perderé el tiempo discutiendo con usted. Hoy le hemos visto hacer causa común con el ministro de Finanzas en la vergonzosa explotación de una clase que le sirve de chivo expiatorio, pero el mañana le demostrará el valor que tienen estas amistades de conveniencia, cuando mire a su alrededor en busca de amigos y todo el mundo le de la espalda. Entonces recordará este día y lo que le he dicho, y usted y su gobierno desearían haberse comportado con mayor justicia y humanidad. A continuación siguió un discurso extremadamente largo por parte de un diputado socialista, y luego el Primer Ministro, S. S. Sharma, habló durante cinco minutos, agradeciendo a varias personas el papel que habían desempeñado en la redacción de la ley, en especial a Mahesh Kapoor, ministro de Finanzas, y a Abdus Salaam, su secretario parlamentario. Aconsejó a los terratenientes que vivieran en paz con sus antiguos arrendatarios cuando tuviera lugar la despropiación de su propiedad. Debían vivir juntos como hermanos, afirmó con voz afable y nasal. Era una oportunidad para que los terratenientes mostraran su buen corazón. Debían pensar en las enseñanzas de Gandhiji y dedicar sus vidas al servicio de sus semejantes. Finalmente a Mahesh Kapoor, el principal artífice de la ley, le llegó el momento de cerrar el debate. Aunque quedaba tan poco tiempo que solo pudo decir unas cuantas palabras. El honorable ministro del Finanzas (Shri Mahesh Kapoor): Señor Presidente, esperaba que mi compañero de los escaño socialistas, que habló tan conmovido de la igualdad y de una sociedad sin clases, y que ha acusado al Gobierno de presentar una ley impotente e injusta, fuera un hombre justo él mismo y me otorgara algo de igualdad. Estamos al final del último día. Si su discurso no hubiera sido tan largo, yo habría tenido un poco más de tiempo. Pero tal como ha sido, ahora solo me quedan un par de minutos. El diputado socialista ha afirmado que esta ley era una medida creada con el único fin de impedir la revolución, una revolución que él considera deseable. Si es así, será muy interesante ver en qué sentido votan él y su partido dentro de un par de minutos. Tras las palabras de agradecimiento y consejo por parte del honorable Primer Ministro —un consejo que, sinceramente, espero sea seguido por los terratenientes– no tengo nada más que añadir, excepto unas cuantas palabras más de agradecimiento a mis colegas en esta parte de la Cámara y, sí, también a esa sección que ha hecho posible la redacción de la esta ley, y a los funcionarios del Departamento de Finanzas, del Departamento de la Moneda y de la Asesoría Legal. Les doy las gracias por estos meses y años de ayuda y consejo y espero hablar en nombre de toda la población de Purva Pradesh al expresar que mi agradecimiento no es puramente personal. El honorable presidente: Se va a proceder a la votación de la Ley de Abolición del Zamindari de Purva Pradesh, presentada en la Asamblea Legislativa con fecha de 1948, sometida a las enmiendas del Consejo Legislativo y, posteriormente enmendada por esta misma Asamblea Legislativa. Se presentó la moción y la ley fue aprobada por una amplia mayoría, formada principalmente por el Partido del Congreso, cuyos miembros dominaban la Cámara. El Partido Socialista, aunque a regañadientes, tuvo que votar a favor de la ley, sobre la base de que más valía tener medio pan que ninguno, a pesar del hecho de que en cierto modo mitigaba el hambre que les hubiera permitido prosperar. Un voto en contra hubiera sido algo que nadie habría olvidado. El Partido Demócrata votó unánimemente en contra, también como se esperaba. Los partidos más pequeños y los independientes votaron predominantemente a favor. Begum Abida Khan: Con el permiso de la Presidencia, me gustaría que se me concediera un minuto para decir algo. El honorable presidente: Le concedo un minuto. Begum Abida Khan: Me gustaría decir, en mi nombre y en el del Partido Demócrata, que el consejo que el honorable Primer Ministro ha dado a los zamindaris —que deben mantener buenas relaciones con sus arrendatarios– es muy valioso, y se lo agradezco. Aunque, de todos modos, habríamos mantenido una relación igualmente excelente sin su consejo y sin la aprobación de esta ley, una ley que llevará a tanta gente a la pobreza y al desempleo, que destruirá completamente la economía y la cultura de esta provincia, y que al mismo tiempo no otorga el menor beneficio a aquellos que... El honorable ministro de Finanzas: Señor presidente, ¿Qué clase de ocasión es ésta, para hacer un discurso? El honorable presidente: Le concedí permiso para que hiciera una breve declaración. Le pido a la honorable diputada... Begum Abida Khan: Como resultado de la injusta aprobación de esta ley por parte de una brutal mayoría, en esta ocasión no nos queda otro medio constitucional de expresar nuestro disgusto y nuestra oposición a tal injusticia que abandonar esta Cámara, y cómo recurso constitucional que es, llamo por tanto a los miembros de mi partido para que salgamos como protesta por la aprobación de esta ley. Los miembros del Partido Demócrata abandonaron la Asamblea. Hubo unos cuantos silbidos y gritos de “¡Qué vergüenza!” aunque la mayor parte de la Asamblea permaneció en silencio. Era el final de la sesión, por lo que fue un gesto simbólico mas que efectivo. Tras unos momentos, el presidente aplazó la sesión hasta las once de la mañana del día siguiente. Mahesh Kapoor recogió sus documentos, alzó la vista hacia la enorme y esmerilada cúpula, suspiró, y entonces dejó vagar la mirada por la Cámara, que se iba vaciando lentamente. Miró al otro lado de la tribuna y distinguió al Nawab Sahib. Se saludaron con un movimiento de cabeza que fue casi enteramente amistoso, aunque lo incómodo de la situación –lo que no dejaba de resultar irónico– era patente para ambos. Todavía ninguno deseaba hablar con el otro, y los dos lo comprendían. De manera que Mahesh Kapoor continuó poniendo en orden sus papeles, y el Nawab Sahib, acariciándose la barba pensativo, salió de la tribuna y fue en busca del Primer Ministro.

5.16 - The Vote

5.16 The Nawab Sahib had entered the House during the earlier part of this last speech. He was sitting in the Visitors’ Gallery, although, had he wished to, he would have been welcome in the Governor’s Gallery. He had returned from Baitar the previous day in response to an urgent message from Brahmpur. He was shocked and embittered by what had happened and horrified that his daughter had had to face such a situation virtually on her own. His concern for her had been so much more patent than his pride in what she had done that Zainab had not been able to help smiling. For a long time he had hugged her and his two grandchildren with tears running down his cheeks. Hassan had been puzzled, but little Abbas had accepted this as a natural state of affairs and had enjoyed it all—he could tell that his grandfather was not at all unhappy to see them. Firoz had been white with anger, and it had taken all of Imtiaz’s good humour when he arrived late that afternoon, to calm the family down. The Nawab Sahib was almost as angry with his hornet of a sister-in-law as with L.N. Agarwal. He knew that it was she who had brought this visitation upon their heads. Then, when the worst was over, she had made light of the police action and was almost cavalier in her assumption that Zainab would have handled things with such tactical courage. As for L.N. Agarwal, the Nawab Sahib looked down on to the floor of the House, and saw him talking very civilly with the Revenue Minister, who had wandered over to his desk and was conferring with him on some point, probably floor management with respect to the impending and critical vote later this afternoon. The Nawab Sahib had not had the opportunity to talk to his friend Mahesh Kapoor since his return, nor to convey his heartfelt thanks to the Chief Minister. He thought that he would do so after today’s session in the Assembly was over. But another reason why he was present in the House today was that he realized—as did many others, for the press and public galleries were all crowded—that it was a historic occasion. For him, and for those like him, the impending vote was one that would—unless halted by the courts—spell a swift and precipitous decline. Well, he thought fatalistically, it has to happen sooner or later. He was under no illusions that his class was a particularly meritorious one. Those who constituted it included not only a small number of decent men but also a large number of brutes and an even larger number of idiots. He remembered a petition that the Zamindars’ Association had submitted to the Governor twelve years ago: a good third of the signatories had used their thumb-prints. Perhaps if Pakistan had not come into existence, the landowners would have been able to parlay their way into self-preservation: in a united but unstable India each power bloc might have been able to use its critical strength to maintain the status quo. The princely states, too, could have wielded their weight, and men such as the Raja of Marh might well have remained Rajas in fact as well as in name. The ifs and buts of history, thought the Nawab Sahib, form an insubstantial if intoxicating diet. Since the annexation of Brahmpur by the British in the early 1850s the Nawabs of Baitar and other courtiers of the erstwhile royal house of Brahmpur had not even had the psychological satisfaction of serving the state, a satisfaction claimed by many aristocracies widely separated in space and time. The British had been happy to let the zamindars collect the revenue from land-rent (and were content in practice to allow them whatever they obtained in excess of the agreed British share) but for the administration of the state they had trusted no one but civil servants of their own race, selected in, partially trained in, and imported from England—or, later, brown equivalents so close in education and ethos as made no appreciable difference. And indeed, apart from racial mistrust, there was, the Nawab Sahib was compelled to admit, the question of competence. Most zamindars—himself alas, perhaps included—could hardly administer even their own estates and were fleeced by their munshis and moneylenders. For most of the landlords the primary question of management was not indeed how to increase their income but how to spend it. Very few invested it in industry or urban property. Some, certainly, had spent it on music and books and the fine arts. Others, like the present Prime Minister of Pakistan, Liaquat Ali Khan, who had been a good friend of the Nawab Sahib’s father, had spent it to build up influence in politics. But for the most part the princes and landlords had squandered their money on high living of one kind or another: on hunting or wine or women or opium. A couple of images flashed irresistibly and unwelcomely across his mind. One ruler had such a passion for dogs that his entire life revolved around them: he dreamed, slept, woke, imagined, fantasized about dogs; everything he could do was done to their greater glory. Another was an opium addict who was only content when a few women were thrown into his lap; even then, he was not always roused to action; sometimes he just snored on. The Nawab of Baitar’s thoughts continued to oscillate between the debate on the floor of the Assembly and his own meditations. At one point there was a brief intervention by L.N. Agarwal, who made a few amusing comments—at which even Mahesh Kapoor laughed. The Nawab Sahib stared at the bald head ringed with a horseshoe of grey hair and wondered at the thoughts that must be seething under that layer of flesh and bone. How could a man like this deliberately, indeed happily, cause so much misery to him and to those he held so dear? What satisfaction could it have given him that the relatives of someone who had worsted him in a debate would be dispossessed of the home in which they had spent the greater part of their lives? It was now about half-past four, and there was less than half an hour before the division of votes. The final speeches were continuing and the Nawab Sahib listened with a somewhat wry expression as his sister-in-law circumscribed the institution of zamindari with a luminous purple halo. Begum Abida Khan: For more than an hour we have been listening to speech after speech from the government benches, filled with the most odious self-congratulation. I did not think that I would wish to speak again, but I must do so now. I would have thought that it would be more appropriate to let those people speak whose death and burial you wish to preside over—I mean the zamindars, whom you wish to deprive of justice and redress and the means of livelihood. The same record has been going on and on for an hour—if it is not the Minister of Revenue it is some pawn of his who has been trained to sing the same song: His Master’s Voice. I may tell you that the music is not very pleasant: it is monotonous without being soothing. It is not the voice of reason or reasonableness but the voice of majority power and self-righteousness. But it is pointless to speak further on this. I pity this government that has lost its way and is trying to find a path out of the swamp of its own policies. They have no foresight, and they cannot, they dare not, keep their eyes on the future. It is said that we should ‘Beware of the day that is to come’, and in the same way I say to this Congress government: ‘Beware of the time that you are about to bring upon yourself and upon this country.’ It is three years since we obtained Independence but look at the poor of the land: they have neither food to eat nor clothes to wear nor shelter to protect themselves from the sky. You promised Paradise and green gardens under which rivers flow, and gulled the people into believing that the cause of their pitiable condition was zamindari. Well, zamindari will go, but when your promises of these green gardens prove to be false, let us see then what the people say about you and do to you. You are dispossessing eight lakh people, and openly inviting communism. The people will soon find out who you are. What are you doing that we did not do? You are not giving them the land, you are renting it out just as we did. But what do you care about them? We lived for generations together, we were like their fathers and grandfathers, they loved us and we loved them, we knew their temperament and they knew ours. They were happy with whatever we gave them, and we were happy with whatever they gave us. You have come between us and destroyed what was hallowed by the bonds of ancient emotion. And the crimes and oppressions you blame on us, what proof do these poor people have that you will be any better than you claim we are? They will have to go to the venal clerk and the gluttonous Sub-Divisional Officer, and they will be sucked dry. We were never like that. You have separated the nail from the flesh, and you are happy with the result. . . . As for compensation, I have said enough already. But is this decency, is this a just provision—that you should go to someone’s shop and tell him: ‘Give me this and this at such and such a price’ and if he doesn’t agree to sell it, you take it anyway? And then when he pleads with you at least to give him what you promised him, to turn around and then say, ‘Here is one rupee now, and the rest you will get in instalments over twenty-five years’? You may call us all kinds of names and invent all manner of miseries for us—but the fact is that it is we zamindars who made this province what it is—who made it strong, who gave it its special flavour. In every field of life we have made our contribution, a contribution that will long outlive us, and that you cannot wipe away. The universities, the colleges, the traditions of classical music, the schools, the very culture of this place were established by us. When foreigners and those from other states in our country come to this province what do they see—what do they admire? The Barsaat Mahal, the Shahi Darvaza, the Imambaras, the gardens and the mansions that have come down to you from us. These things that are fragrant to the world you say are filled with the scent of exploitation, of rotting corpses. Are you not ashamed when you speak in this vein? When you curse and rob those who created this splendour and this beauty? When you do not give them enough compensation even to whitewash the buildings that are the heritage of this city and this state? This is the worst form of meanness, this is the grasping attitude of the village shopkeeper, the bania who smiles and smiles and grasps without any mercy— The Hon’ble the Minister for Home Affairs (Shri L.N. Agarwal): I hope that the honourable member is not casting imputations upon my community. This is getting to be common sport in this House. Begum Abida Khan: You understand very well what I am saying, you who are a master at twisting words and manipulating the law. But I will not waste my time arguing with you. Today you have made common cause with the Minister of Revenue in the shameful exploitation of a scapegoat class, but tomorrow will show you what such friendships of convenience are worth—and when you look around for friends everyone will have turned their face away from you. Then you will remember this day and what I have said, and you and your government will come to wish that you had behaved with greater justice and humanity. There followed an extremely long-winded speech by a socialist member; and then the Chief Minister S.S. Sharma talked for about five minutes, thanking various people for their role in shaping this legislation—particularly Mahesh Kapoor, the Minister of Revenue, and Abdus Salaam, his Parliamentary Secretary. He advised the landowners to live in amity with their erstwhile tenants when the divestiture of their property took place. They should live together like brothers, he stated mildly and nasally. It was an opportunity for the landlords to show their goodness of heart. They should think of the teachings of Gandhiji and devote their lives to the service of their fellow-men. Finally Mahesh Kapoor, the chief architect of the bill, got the chance to round off the debate in the House. But time was too short for him to say more than a few words: The Hon’ble the Minister of Revenue (Shri Mahesh Kapoor): Mr Speaker, I had hoped that my friend from the socialist benches, who talked so movingly of equality and a classless society and took the Government to task for producing an impotent and unjust bill, would be a just man himself and would confer some equality on me. It is the end of the last day. If he had taken a little less time for his speech I would have had a little more. As it is I now have barely two minutes to speak. He claimed that my bill was a measure created with the intention merely of preventing revolution—a revolution that he believes to be desirable. If that is so, I would be interested to see which way he and his party vote in a couple of minutes. After the honourable Chief Minister’s words of thanks and advice—advice which I sincerely hope will be taken by the landlords—I have nothing to add except a few further words of thanks—to my colleagues in this section of the House and, yes, in that section too, who have made the passage of this bill possible, and to the officers of the Revenue Department and the Printing Department and the Law Department, in particular the drafting cell and the Office of the Legal Remembrancer. I thank them all for their months and years of assistance and advice, and I hope that I speak for the people of Purva Pradesh when I say that my thanks are not merely personal. The Hon’ble the Speaker: The question before the House is that the Purva Pradesh Zamindari Abolition Bill of original date 1948 as passed by the Legislative Assembly, amended by the Legislative Council and further amended by the Legislative Assembly, be passed. The motion was put and the House passed the bill by a large majority, consisting mainly of the Congress Party, whose numbers dominated the House. The Socialist Party had to vote, however reluctantly, in favour of the bill on the grounds that half a loaf was better than none, and despite the fact that it somewhat assuaged the hunger that would have allowed them to flourish. Had they voted against it they would never have lived it down. The Democratic Party voted against it unanimously, also as expected. The smaller parties and Independents voted predominantly for the bill. Begum Abida Khan: With the permission of the Speaker I would like a minute’s time to say something. The Hon’ble the Speaker: I will give you a minute’s time. Begum Abida Khan: I would like to say on behalf of myself and the Democratic Party that the advice given by the pious and honourable Chief Minister to the zamindars—that they should maintain good relations with their tenants—is very valuable advice, and I thank him for it. But we would have maintained such excellent relations anyway regardless of his excellent advice, and regardless of the passage of this bill—this bill which will force so many people into poverty and unemployment, which will utterly destroy the economy and culture of this province, and which will at the same time grant not the least benefit to those who— The Hon’ble the Minister of Revenue (Shri Mahesh Kapoor): Mr Speaker, what sort of occasion is this for speech-making? The Hon’ble the Speaker: I gave her permission merely to make a short statement. I would request the honourable member— Begum Abida Khan: As a result of its unjust passage by a brute majority we are left at this time with no other constitutional means of expressing our displeasure and sense of injustice other than to walk out of this House, which is a constitutional recourse, and I therefore call upon the members of my party to stage a walkout to protest the passage of this bill. The members of the Democratic Party walked out of the Assembly. There were a few hisses and cries of ‘Shame!’ but for the most part the Assembly was silent. It was the end of the day, so the gesture was symbolic rather than effective. After a few moments, the Speaker adjourned the House until eleven o’clock the next morning. Mahesh Kapoor gathered his papers together, looked up at the huge, frosted dome, sighed, then allowed his gaze to wander around the slowly emptying chamber. He looked across at the gallery and his eye caught that of the Nawab Sahib. They nodded at each other in a gesture of greeting that was almost entirely friendly, though the discomfort of the situation—not quite an irony—was lost on neither of them. Neither of them wished to talk to the other just yet, and each of them understood this. So Mahesh Kapoor continued to put his papers in order, and the Nawab Sahib, stroking his beard in thought, walked out of the gallery to look for the Chief Minister.

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Cap. 5.15 - La Izquierda y la Derecha

Cap. 5.15 – La Izquierda vs la Derecha Begum Abida Khan (Partido Demócrata): No comprendo al honorable diputado. ¿Acaso afirma que deberíamos aceptar la palabra del gobierno en este asunto como en tantos otros? ¿Acaso el honorable diputado no está al tanto de lo ocurrido el pasado día en esta ciudad –en la Casa Baitar para ser exactos– en donde, siguiendo órdenes del gobierno, una banda de policías armados hasta los dientes, se abalanzó sobre los indefensos miembros de un desprotegido zenana, y si no hubiera sido por la gracia de Dios... El honorable Presidente: Se le recuerda a la honorable diputada que lo que acaba de decir es irrelevante respecto a la Ley de Abolición del Zamindari, que es lo que estamos debatiendo. Por lo que debo recordarle las reglas del debate y pedirle que se reprima de introducir en su discurso temas ajenos a la cuestión. Begum Abida Khan: Agradezco profundamente las palabras del honorable Presidente. Esta Cámara tiene sus propias reglas, pero Dios también nos juzga desde lo alto, y si puedo decirlo sin faltarle al respeto a esta Cámara, también tiene sus propias reglas, y ya veremos cuáles prevalecerán. ¿Cómo pueden los zamindaris esperar justicia de este gobierno, estando en el campo –dónde es casi imposible obtenerla– cuando incluso en esta ciudad, a pocos metros de esta honorable Cámara, se ultraja el honor de otras casas honorables?" El honorable presidente: No se lo volveré a recordar. Si sigue con digresiones en la misma línea, le pediré que vuelva a su asiento. Begum Abida Khan: El honorable Presidente ha sido muy indulgente conmigo, y no tengo intención de importunar más a esta Cámara con mi débil voz. Pero me gustaría señalar que la manera en que esta ley ha sido creada, modificada, aprobada por la Cámara Alta, devuelta a la Cámara Baja y drásticamente enmendada una vez más por el propio gobierno, demuestra una absoluta falta de confianza, una falta de responsabilidad, incluso de integridad, por lo que se refiere a sus intenciones originales, y la gente de este estado no perdonará al gobierno por ello. Han utilizado su apabullante mayoría para forzar enmiendas que están hechas, obviamente, con mala fe. Lo que pudimos presenciar cuando esta ley —tal como fue modificada por el Consejo Legislativo— se presentó por segunda vez ante la Asamblea Legislativa resultó tan escandaloso que incluso yo, –que he presenciado muchos acontecimientos escandalosos en mi vida–, me quede aterrada. Se había acordado pagar una compensación a los terratenientes. Puesto que van a verse privados de su ancestral modo de vida, es lo menos, es lo menos que en justicia cabría esperar. Pero la cantidad que se les va a pagar es una miseria, y encima se espera —o más bien se impone— que aceptemos la mitad en bonos del gobierno, ¡sin fecha! Un diputado: No tienen por qué aceptarlo. El tesoro estará encantado de guardárselo indefinidamente Begum Abida Khan: Y hasta esa miseria reducida por los bonos, se distribuirá siguiendo una escala gradual, de modo que los grandes terratenientes, la mayoría de los cuales tienen negocios de los que dependen cientos de personas, gerentes, parientes, criados, músicos.. Un diputado: Luchadores, matones, cortesanas, gandules... Begum Abida Khan: ...no percibirán un precio proporcional a la tierra que es suya por derecho. ¿Qué va a hacer esa pobre gente? ¿Adónde irán? Al gobierno no le preocupa. Cree que esta ley será popular entre la gente, y ya tiene el ojo puesto en las elecciones generales que tendrán lugar dentro de unos meses. Ésa es la verdad del asunto. Ésa es la auténtica verdad, y no acepto las negativas del ministro de Hacienda ni de su Secretario Parlamentario ni del Primer Ministro. De hecho temían tanto que el Tribunal Supremo de Brahmpur anulara su escala gradual de pagos, que ayer mismo, en esta fase final del procedimiento, casi al final de la segunda lectura de la ley en esta Cámara. Se les ocurrió algo tan fraudulento, tan vergonzoso, y aún así tan transparente que incluso un niño sería capaz de descubrir sus intenciones. Se les ocurrió dividir esta compensación en dos partes: una llamada Compensación, que no se rige por ninguna escala, y un llamado Subsidio de Rehabilitación para los zamindaris, que sí se reparte de manera escalonada. Y aprobaron esta enmienda a última hora de la tarde para dar validez a este nuevo esquema de pagos. ¿De verdad creen que el tribunal aceptará que esta compensación representa una ‘igualdad de trato’ para todos, cuando, con un simple juego de manos, el ministro de Hacienda y su Secretario Parlamentario han trasladado tres cuartas partes del dinero de la compensación a otra categoría con un nombre rimbombante y piadoso—una categoría en la que el trato a los grandes terratenientes es descaradamente desigual? Pueden estar seguros de que lucharemos contra esta injusticia mientras quede una brizna de aire en nuestro cuerpos... Un diputado: O voz en nuestros pulmones. El honorable presidente: Pediría a los diputados que no interrumpan sin necesidad las intervenciones de los demás. Begum Abida Khan: Pero ¿de qué me sirve levantar la voz contra la injusticia en una Cámara donde lo único que encontramos es farsa y grosería? Se nos llama degenerados y gandules, pero son los hijos de los ministros, créanme, los auténticos expertos en disipación. En cambio, la clase de personas que preservó la cultura, la música, las buenas costumbres de esta provincia va a perderlo todo, viéndose obligada a salir a la calles a mendigar su pan. Pero soportaremos nuestras vicisitudes con la dignidad que es la herencia de la aristocracia. Puede que esta Cámara apruebe la ley. Puede que la Cámara Alta le eche un vistazo y también la apruebe. Puede que el presidente la firme a ciegas. Pero los tribunales nos reivindicaran. Al igual que en el estado de Bihar, esta funesta ley será anulada. Y lucharemos por la justicia, sí, ante los tribunales y en la prensa y en las campañas electorales, mientras nos quede aliento en el cuerpo, sí, y mientras nos quede voz en los pulmones. Shri Devakinandan Rai (Partido Socialista): Ha sido muy esclarecedor la arenga que nos acaba de dar la honorable diputada. Debo confesar que no consigo imaginarla yendo por las calles de Brahmpur mendigando pan. Quizá alguna tarta, pero también lo dudo. Si se siguiera nuestro programa desde luego no tendría que mendigar, sino que ella y los de su clase tendrían que trabajar para ganarse el pan. Eso es lo que requiere la justicia, y también lo que requiere la salud económica de esta provincia. Yo, y los miembros del Partido Socialista, estamos de acuerdo con la honorable diputada que acaba de hablar en que esta ley es una artimaña electoral del Partido del Congreso y del gobierno. Pero nuestra creencia se basa en que se trata de una ley sin agallas, inútil y llena de concesiones. Ni se acerca de lejos al mínimo necesario para una reforma completa del sistema agrario de la provincia. ¡Compensar a los terratenientes! ¿Qué? ¿Compensarles por la sangre que llevan chupando al indefenso y oprimido campesinado? ¿O compensarles por ese derecho divino —he observado que la honorable diputada tiene la costumbre de invocar a Dios siempre que necesita de Su ayuda para reforzar sus débiles argumentos—, su derecho divino a seguir atiborrándose a base de ghee en compañía de una inútil cuadrilla de parientes ociosos, mientras que el pobre granjero, el pobre campesino, el pobre trabajador sin tierra apenas puede permitirse un sorbo de leche para sus hambrientos hijos? ¿Por qué están vacías las arcas del tesoro? ¿Por qué nos vamos a endeudar nosotros y nuestros hijos, prometiendo esos bonos, cuando la ociosa y despiadada clase de los zamindaris, de los taluqadaris y de los terratenientes de cualquier tipo debería ser sumariamente desposeída –sin hablar de ninguna compensación– de las tierras que ocupan y que llevan ocupando durante generaciones por la única razón de que traicionaron a su país durante la Rebelión y fueron generosamente recompensados por los británicos? Es eso justo, Señor, ¿es razonable que deban ser premiados con esta compensación? El dinero que este gobierno, en su así llamada culpable generosidad, va a verter en el regazo de esos hereditarios opresores debería invertirse en escuelas y carreteras, en viviendas para los que no poseen tierras, en clínicas y en centros de investigación agrícola, no en este lujoso gasto que es lo único que la aristocracia acostumbra o sabe hacer. Mina Amanat Hussain Khan (Partido Demócrata): Me levanto para señalar, Señor. ¿Va a permitirse al honorable diputado que se aparte del tema y consuma el tiempo de la Cámara con irrelevancias? El honorable presidente: Creo que lo que está diciendo sí viene al caso. Está refiriéndose a la cuestión general de las relaciones entre los campesinos, los zamindaris y el gobierno. Esa cuestión es más o menos lo que tenemos que resolver, y cualquier observación que el honorable miembro aporte sobre el tema es pertinente. Puede que le guste o no, puede que me guste o no, pero eso no significa que se aparta del orden del día. Shri Devakinandan Rai: Gracias, señor. Ahí fuera tenemos al campesino, desnudo a pleno sol, y aquí estamos nosotros sentados en esta fresca sala, debatiendo los puntos del orden del día y las definiciones de relevancia, haciendo leyes que le dejarán igual que antes, que le privan de esperanza, que se ponen de parte de la clase capitalista, opresora y explotadora. ¿Por qué debe pagar el campesino por la tierra que es suya por derecho, por el derecho de su esfuerzo, por el derecho de su sufrimiento, por derecho natural, por derecho, si se quiere, divino? La única razón por la que esperamos que el campesino pague este enorme e inapropiado precio de compra al tesoro es para financiar la exorbitante compensación de los terratenientes. Acabemos con la compensación y no habrá necesidad de que el campesino compre. Neguémonos a aceptar la idea de comprar la tierra, y cualquier compensación resultará financieramente imposible. He estado discutiendo este punto desde el principio, hará ya dos años, y la semana pasada durante la segunda lectura. Pero a estas alturas del procedimiento, ¿Qué puedo hacer? Es demasiado tarde. Qué puedo hacer sino decirles a los responsables del tesoro público: Habéis establecido una alianza impía con los terratenientes y estáis intentando doblegar el espíritu de nuestro pueblo. Pero veremos lo que ocurre cuando el pueblo se dé cuenta de que ha sido engañado. Las elecciones generales derrocarán a este gobierno cobarde y vendido, y lo reemplazarán por un gobierno digno de ese nombre: uno que surja del pueblo, que trabaje para el pueblo y no preste su apoyo a las clases enemigas.

5.15 - The Left vs the Right

Left Wing vs Right Wing Begum Abida Khan (Democratic Party): I do not understand what the honourable member is saying. Is he claiming that we should take the government’s word on this as on other matters? Does the honourable member not know what happened just the other day in this city—in Baitar House to be precise—where on the orders of this government, a gang of policemen, armed to the teeth, would have set upon the helpless members of an unprotected zenana—and, if it had not been for the grace of God— The Hon’ble the Speaker: The honourable member is reminded that this is not germane to the Zamindari Bill that is being discussed. I must remind her of the rules of debate and ask her to refrain from introducing extraneous matter into her speeches. Begum Abida Khan: I am deeply grateful to the honourable Speaker. This House has its own rules, but God too judges us from above and if I may say so without disrespect to this House, God too has His own rules and we will see which prevails. How can zamindars expect justice from this government in the countryside where redress is so distant when even in this city, in the sight of this honourable House, the honour of other honourable houses is being ravished? The Hon’ble the Speaker: I will not remind the honourable member again. If there are further digressions in this vein I will ask her to resume her seat. Begum Abida Khan: The honourable Speaker has been very indulgent with me, and I have no intention of troubling this House further with my feeble voice. But I will say that the entire conduct, the entire manner in which this bill has been created, amended, passed by the Upper House, brought down to this Lower House and amended drastically yet again by the government itself shows a lack of faith and a lack of responsibility, even integrity, with respect to its proclaimed original intent, and the people of this state will not forgive the government for this. They have used their brute majority to force through amendments which are patently mala fide. What we saw when the bill—as amended by the Legislative Council—was undergoing its second reading in this Legislative Assembly was something so shocking that even I—who have lived through many shocking events in my life—was appalled. It had been agreed that compensation was to be paid to landlords. Since they are going to be deprived of their ancestral means of livelihood, that is the least that we can expect in justice. But the amount that is being paid is a pittance—half of which we are expected, indeed enjoined, to accept in government bonds of uncertain date! A member: You need not accept it. The treasury will be happy to keep it warm for you. Begum Abida Khan: And even that bond-weakened pittance is on a graduated scale so that the larger landlords—many of whom have establishments on which hundreds of people depend—managers, relatives, retainers, musicians— A member: Wrestlers, bullies, courtesans, wastrels— Begum Abida Khan: —will not be paid in proportion to the land that is rightfully theirs. What will these poor people do? Where will they go? The Government does not care. It thinks that this bill will be popular with the people and it has an eye on the General Elections that will be taking place in just a few months. That is the truth of the matter. That is the real truth and I do not accept any denials from the Minister of Revenue or his Parliamentary Secretary or the Chief Minister or anyone. They were afraid that the High Court of Brahmpur would strike down their graduated scale of payment. So what did they do at a late stage of the proceedings yesterday—at the very end of the second reading? Something that was so deceitful, so shameful, yet so transparent, that even a child would be able to see through it. They split up the compensation into two parts—a non-graduated so-called compensation—and a graduated so-called Rehabilitation Grant for zamindars—and passed an amendment late in the day to validate this new scheme of payment. Do they really think the court will accept that the compensation is ‘equal treatment’ for all—when by mere jugglery the Revenue Minister and his Parliamentary Secretary have transferred three-quarters of the compensation money into another category with a long and pious name—a category where there is blatantly unequal treatment of the larger landlords? You may be assured that we will fight this injustice while there is breath in our bodies— A member: Or voice in our lungs. The Hon’ble the Speaker: I would request members not to interrupt needlessly the speeches of other members. Begum Abida Khan: But what is the use of my raising my voice for justice in a House where all we meet with is mockery and boorishness? We are called degenerates and wastrels but it is the sons of Ministers, believe me, who are the true proficients of dissipation. The class of people who preserved the culture, the music, the etiquette of this province is to be dispossessed, is to be driven through the lanes to beg its bread. But we will bear our vicissitudes with the dignity that is the inheritance of the aristocracy. This chamber may rubber-stamp this bill. The Upper Chamber may give it another cursory reading and rubber-stamp it. The President may sign it blindly. But the courts will vindicate us. As in our fellow-state of Bihar, this pernicious legislation will be struck down. And we will fight for justice, yes, before the bench and in the press and at the hustings—as long as there is breath in our bodies—and, yes, as long as there is voice in our lungs. Shri Devakinandan Rai (Socialist Party): It has been very enlightening to be lectured to by the honourable member. I must confess that I see no likelihood of her begging for her bread through the lanes of Brahmpur. Perhaps for cake, but I doubt that too. If I had my way she would not beg for her bread, but she and those of her class would certainly have to work for it. This is what simple justice requires, and this is what is required also for the economic health of this province. I, and the members of the Socialist Party, agree with the honourable member who has just spoken that this bill is an election gimmick by the Congress Party and the government. But our belief is based on the grounds that this is a toothless bill, ineffectual and compromised. It does not go anywhere near what is needed for a thorough overhaul of agricultural relations in this province. Compensation for the landlords! What? Compensation for the blood that they have already sucked from the limbs of a helpless and oppressed peasantry? Or compensation for their God-given right—I notice that the honourable member is in the habit of invoking God whenever His assistance is required to strengthen her weak arguments—their God-given right to continue to gorge themselves and their useless train of unemployed relations on the ghee of this state when the poor farmer, the poor tenant, the poor landless labourer, the poor worker can hardly afford half a sip of milk for his hungry children? Why is the treasury being depleted? Why are we writing ourselves and our children into debt with these promised bonds when this idle and vicious class of zamindars and taluqdars and landlords of all kinds should be summarily dispossessed—without any thought of compensation—of the lands that they are sitting on and have been sitting on for generations for the sole reason that they betrayed their country at the time of the Mutiny and were richly rewarded for their treason by the British? Is it just, Sir—is it reasonable that they should be awarded this compensation? The money that this government in its culpable so-called generosity is pouring into the laps of these hereditary oppressors should go into roads and schools, into housing for the landless and land reclamation, into clinics and agricultural research centres, not into the luxurious expenditure which is all that the aristocracy is accustomed to or capable of. Mirza Amanat Hussain Khan (Democratic Party): I rise to a point of order, Sir. Is the honourable member to be permitted to wander off the subject and take up the time of the House with irrelevancies? The Hon’ble the Speaker: I think he is not irrelevant. He is speaking on the general question of the relations between the tenants, the zamindars, and the government. That question is more or less before us and any remark which the honourable member now offers on that point is not irrelevant. You may like it or not, I may like it or not, but it is not out of order. Shri Devakinandan Rai: I thank you, Sir. There stands the naked peasant in the hot sun, and here we sit in our cool debating rooms and discuss points of order and definitions of relevancy and make laws that leave him no better than before, that deprive him of hope, that take the part of the capitalist, oppressing, exploiting class. Why must the peasant pay for the land that is his by right, by right of effort, by right of pain, by right of nature, by right, if you will, of God? The only reason why we expect the peasant to pay this huge and unseemly purchase price to the treasury is in order to finance the landlord’s exorbitant compensation. End the compensation, and there will be no need for a purchase price. Refuse to accept the notion of a purchase price, and any compensation becomes financially impossible. I have been arguing this point since the inception of the bill two years ago, and throughout the second reading last week. But at this stage of the proceedings what can I do? It is too late. What can I do but say to the treasury benches: you have set up an unholy alliance with the landlords and you are attempting to break the spirit of our people. But we will see what happens when the people realize how they have been cheated. The General Elections will throw out this cowardly and compromised government and replace it with a government worthy of the name: one that springs from the people, that works for the people and gives no support to its class enemies.

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Cap. 5.14 - La cadena de mando

Cap. 5.14 – La cadena de mando Cuando quince minutos más tarde llegaron a casa del Primer Ministro, fueron conducidos inmediatamente a su despacho, dónde a pesar de la hora seguía trabajando. Tras los saludos de rigor, les pidieron que se sentaran. Murtaza Ali estaba sudando, había ido tan rápido como podía, considerando la seguridad de su cargamento. Hassan, en su elegante angarkha blanco, parecía tranquilo y decidido, aunque un poco soñoliento. —¿A qué debo este placer? El primer ministro miró alternativamente al niño de seis años y al secretario personal del Nawab Sahib, de treinta, mientras movía ligeramente la cabeza de un lado a otro, tal como hacía a veces cuando se sentía cansado. Murtaza Ali no conocía en persona al primer ministro. Así que no tenía ni idea de cómo abordar el asunto, por lo que simplemente dijo: —Primer Ministro sahib, esta carta os lo explicará todo. El primer ministro leyó la carta una sola vez, pero lentamente. A continuación, en un tono de voz enfadado y resuelto pero con el inconfundible sello de autoridad, dijo: —¡Ponedme con Agarwal! Mientras se efectuaba la llamada, el Primer Ministro regañó a Murtaza Ali por haber traído con él al “pobre niño” a una hora tan intempestiva. Pero estaba claro que tuvo un efecto sobre sus sentimientos. Probablemente hubiera dicho palabras mucho más duras, reflexionó Murtaza Ali, si también hubiera traído a Abbas. Cuando se estableció la llamada, el Primer Ministro le dijo algunas palabras al Ministro del Interior. No cabía duda del enfado de su voz. —Agarwal, ¿qué significa todo este asunto de la Casa Baitar? —preguntó el Primer Ministro. Tras un minuto dijo: —No, no me interesa nada de todo eso. Sé perfectamente cuál es el trabajo del Custodio. No voy a dejar que cosas así ocurran ante mis narices. Cancele la orden inmediatamente. Unos segundos después, aún más exasperado, dijo: —No. No se solucionará mañana por la mañana. Dígale a la policía que se marche inmediatamente. Y si es necesario, ponga mi firma en la orden. —Estaba a punto de colgar cuando añadió—: Y llámeme dentro de media hora. Después de colgar, el Primer ministro miró de nuevo la carta de Zainab. Luego volviéndose hacia Hassan, moviendo ligeramente la cabeza: —Ahora, vete a casa, todo irá bien.

5.14 - The Chain of Command

Cap.- 5.14 – The Chain of Command When they got to the Chief Minister’s house fifteen minutes later, they were immediately admitted to his office, where he was working late. After the usual salutations, they were asked to sit down. Murtaza Ali was sweating—he had been bicycling as fast as he could, considering the safety of his cargo. But Hassan looked cool and crisp in his fine white angarkha, if a little sleepy. ‘Now to what do I owe this pleasure?’ The Chief Minister looked from the six-year-old boy to the Nawab Sahib’s thirty-year-old secretary while nodding his head slightly from side to side as he sometimes did when tired. Murtaza Ali had never met the Chief Minister in person. Since he had no idea how best to approach the matter, he simply said: ‘Chief Minister Sahib, this letter will tell you everything.’ The Chief Minister looked over the letter only once, but slowly. Then in an angry and determined voice, nasal but with the unmistakable ring of authority, he said: ‘Get me Agarwal on the phone!’ While the call was being connected, the Chief Minister ticked off Murtaza Ali for having brought the ‘poor boy’ with him so long past his bedtime. But it had clearly had an effect on his feelings. He would probably have had harsher things to say, reflected Murtaza Ali, if I had brought Abbas along as well. When the call came through, the Chief Minister had a few words with the Home Minister. There was no mistaking the annoyance in his voice. ‘Agarwal, what does this Baitar House business mean?’ asked the Chief Minister. After a minute he said: ‘No, I am not interested in all that. I have a good understanding of what the Custodian’s job is. I cannot have this sort of thing going on under my nose. Call it off at once.’ A few seconds later he said, even more exasperatedly: ‘No. It will not be sorted out in the morning. Tell the police to leave immediately. If you have to, put my signature on it.’ He was about to put down the receiver when he added: ‘And call me in half an hour.’ After the Chief Minister had put the phone down, he glanced at Zainab’s letter again. Then he turned to Hassan and said, shaking his head a little: ‘Go home now, things will be all right.’

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Cap. 5.13 - La resolución de Zainab

Cap. 5.13 – La resolución de Zainab Cuando el Inspector Suplente de la Policía, el ISP, al mando del contingente que había ido a confiscar la Casa Baitar leyó la nota, se ruborizó, se encogió de hombros, intercambió unas cuantas palabras con el secretario personal del Nawab Sahib, y —mirando rápidamente el reloj– dijo: —Muy bien, tienen media hora. Su deber estaba claro y no había nada a lo que darle vueltas, pero creía más en la firmeza que en la brutalidad, y un retraso de media hora era aceptable. Zainab había ordenado a las dos doncellitas que abrieran la puerta que llevaba del zenana al mardana y colgaran una sábana a modo de cortina. Luego, a pesar de las “tobas” de incredulidad y otras exclamaciones piadosas por parte de sus tías, le dijo a Munni que le dijera a un criado que le dijera a Murtaza Ali que se pusiera al otro lado. El joven, con la cara roja como la grana de bochorno y vergüenza, allí de pie junto a una puerta a la que jamás imaginó que llegaría a acercarse en toda su vida. —Murtaza sahib, acepte nuestras disculpas por su bochorno y por el mío—dijo Zainab suavemente, en un urdu elegante y sin adornos—. Sabemos que usted es un hombre recatado y comprendo sus escrúpulos. Por favor, perdónenos. Nos hemos visto forzados a este recurso. Pero se trata de una emergencia y se que nadie lo malinterpretará. De manera inconsciente, y contrariamente a su costumbre, utilizó la primera persona del plural en lugar de la primera del singular. Las dos formas eran coloquialmente aceptables, pero puesto que el plural era invariante en relación al género, mitigaba un poco la tensión a través del límite geográfico, la línea, que separaba el mardana y el zenana, la ruptura del cual había causado tan gran conmoción en sus tías. Además, en el plural había implícito un cierto tono de mando, y eso ayudaba a que el tono de la conversación permitiera no sólo intercambiar expresiones de bochorno —que eran inevitables— sino también información. En un urdu igualmente culto, pero ligeramente adornado, el joven Murtaza Ali replicó: —No hay nada que perdonar, créame, Begum Sahiba. Lo único que siento es que mi destino sea ser el mensajero de tan terribles noticias. —Entonces permítame pedirle que me cuente tan brevemente como pueda lo que ha ocurrido. ¿Qué hace la policía en la casa de mi padre? ¿Es cierto que quieren confiscar la casa? ¿En qué se basan? —Begum Sahiba, no sé por dónde empezar. Están aquí y pretenden confiscar la casa lo antes posible. Iban a entrar inmediatamente, pero inspector suplente leyó su nota y nos concedió media hora de gracia. Tiene una orden del Custodio de las Propiedad de los Evacuados y del ministro del Interior para tomar posesión de todas las zonas de la casa que no estén habitadas, en vista del hecho de que la mayoría de sus anteriores residentes han fijado ahora su residencia en Pakistán. —¿Quiere eso decir que pueden entrar en el zenana? —dijo Zainab tan calmadamente como pudo. —No sé lo que incluye, Begum Sahiba. Dijo “todas las partes desocupadas”. —¿Cómo sabe que gran parte de la casa está vacía? —preguntó Zainab. —Me temo, Begum Sahiba, que es algo obvio. En parte porque es de común conocimiento. Intenté convencerle de que aquí vive gente, pero señaló las ventanas a oscuras. En este momento ni siquiera el Nawab Sahib está aquí. Ni los Nawabzadas. Zainab permaneció en silencio un instante. A continuación dijo: —Murtaza Sahib, no voy a entregar en media hora lo que ha pertenecido a nuestra familia durante generaciones. Debemos contactar con Abida Chachi inmediatamente. Su propiedad también está en juego. Y con Kapoor Sahib, el ministro de Finanzas, que es un viejo amigo de la familia. Tendrá que hacerlo usted mismo, ya que no hay teléfono en el zenana. —Lo haré de inmediato. Rezaré para conseguirlo. —Me temo que esta noche tendrá que olvidarse de sus oraciones habituales —dijo Zainab con una sonrisa que se notaba en su voz. —Me temo que así será —replicó Murtaza Ali, sorprendido de que él también pudiera sonreír en un momento tan ingrato—. Quizá debería irme ahora e intentar ponerme en contacto con el ministro de Finanzas. —Envíele el coche..., no, espere... —dijo Zainab—. Puede que lo necesitemos. Asegúrese de que está listo. Se quedó un minuto pensativa. Murtaza Ali sentía como pasaban los segundos. —¿Quién tiene las llaves de la casa? —preguntó Zainab—. Quiero decir de las habitaciones vacías. —Las llaves del zenana las tiene... —No, esas habitaciones no pueden verse desde la calle, no son importantes, me refiero a las habitaciones del mardana. —Yo tengo algunas, otras las tiene Ghulam Rusool, y creo algunas más se las ha llevado el Nawab Sahib a Baitar. —Escuche, ahora van a hacer lo siguiente —dijo Zainab, muy serena—. Tenemos muy poco tiempo. Que todos los sirvientes y sirvientas de la casa traigan velas, antorchas, lámparas, cualquier tipo de luz que haya en la casa, e iluminen todas las habitaciones que dan a la calle, ya me entiende, aunque eso signifique entrar en habitaciones en las que normalmente necesitaría permiso para hacerlo, e incluso aunque eso signifique romper una cerradura o una puerta aquí o allá. Una prueba de la inteligencia de Murtaza Ali, fue que no hiciera ninguna protesta, sino que simplemente aceptara lo acertado, aunque desesperado, de la medida. —Debe parecer desde la calle que toda la casa está habitada, aun cuando el inspector suplente tenga razones para no creerlo. Debemos darle alguna excusa para poder retirarse si se siente inclinado a ello, aunque en verdad no consigamos que se lo crea. —Sí, Begum Sahiba. —Murtaza se sentía lleno de admiración por aquella mujer de dulce voz a la que nunca había visto ni nunca vería. —Conozco esta casa como la palma de mi mano —prosiguió Zainab—. Nací aquí, a diferencia de mis tías. Aun cuando ahora esté confinada en estas habitaciones, estoy familiarizada con el resto de la casa desde mi infancia, y sé que no ha habido cambios estructurales. Andamos muy escasos de tiempo, y planeo ayudar personalmente a iluminar las habitaciones. Sé que mi padre lo comprenderá, y no tiene importancia si nadie más lo hace. —Se lo suplico, Begum Sahiba —dijo el secretario personal de su padre, con tal dolor y consternación que se le notaba en la voz—. Le suplico que no lo haga. Dispóngalo todo en el zenana, consiga todas las lámparas que pueda y nos la va pasando a este lado. Pero, por favor, quédese donde está. Veré que todo se haga como usted ha ordenado. Ahora debo irme, y dentro de quince minutos le enviaré recado de cómo van las cosas. Que Dios guarde su familia y esta casa bajo su protección. —Dicho esto se marchó. Zainab mantuvo a Munni con ella, y le dijo a la otra chica que ayudara a recoger y encender las lámpara, y que luego las pasara al otro lado de la casa. Después regresó a su habitación y miró a Hassan y Abbas, que seguían durmiendo. Es vuestra historia, vuestra herencia, vuestro mundo lo que también estoy protegiendo, pensó, pasando una mano por el pelo del pequeño. Hassan, generalmente tan mohíno, estaba sonriendo, y rodeaba con sus bracitos a su hermano pequeño. Sus tías rezaban en voz alta en la habitación contigua. Zainab cerró los ojos, pronunció la fatiha y se sentó, agotada. A continuación recordó algo que su padre le dijo en una ocasión, reflexionó sobre su importancia durante unos segundos y comenzó a redactar otra carta. Le dijo a Munni que despertara a los chicos y los vistiera rápidamente con sus mejores galas –una pequeña kurta blanca para Abbas y un angarkha blanco para su hermano mayor. Además tenían que llevar las gorritas bordadas de blanco. Cuando quince minutos más tarde, seguía sin noticias de Murtaza Ali, mandó en su busca. Nada más llegar, le preguntó: —¿Está hecho? —Sí, Begum Sahiba. La casa parece como si brillara. Se ve luz desde todas las ventanas que dan a la calle. —¿Y Kapoor sahib? —Me temo que no he podido contactar con él por teléfono, aunque la señora Mahesh Kapoor ha enviado a buscarle. Puede que esté trabajando hasta tarde en el ministerio. Pero nadie coge el teléfono en su oficina. —¿Y Abida Chachi? —Parece que su teléfono no funciona, y acabo de escribirle una nota. Perdóneme. He sido un poco negligente. —Murtaza Sahib, ha hecho mucho más de lo que me parecía posible. Ahora escuche esta carta, y dígame cómo podríamos mejorarla. Rápidamente leyeron el breve borrador de la carta. Estaba en inglés, y sólo tenía siete u ocho líneas. Murtaza Ali pidió un par de aclaraciones y formuló un par de sugerencias; Zainab las incorporó e hizo una copia a limpio. —Ahora, Hassan y Abbas —les dijo a sus hijos, cuyos ojos estaban llenos de sueño y asombro ante aquel juego inesperado—, vais a iros con Murtaza Sahib y hacer todo lo que os diga. Cuando vuestro Nana-jaan regrese, estará muy orgulloso de vosotros, y yo también. Y también Imtiaz Mamu y Firoz Mamu. —Les dio un beso a cada uno y les envió al otro lado de la cortina, donde Murtaza Ali se hizo cargo de ellos. —Deben ser ellos los que le entreguen la carta —dijo Zainab—. Coge el coche, dile al inspector, quiero decir al suplente del inspector, a dónde vas, y vete de inmediato. No sé cómo agradecerle su ayuda. Si no hubiera estado aquí, ya estaríamos perdidos. —No puedo devolver la amabilidad de su padre, Begum Sahiba —dijo Murtaza Ali—. Me aseguraré que sus hijos estén de vuelta al cabo de una hora. Recorrió el pasillo con un niño en cada mano. Al principio se sentía demasiado agitado como para decir nada a ninguno de los dos, pero tras haber andado un minuto hacia el final del jardín, donde estaba la policía, les dijo a los niños: —Hassan, Abbas, decid el adaab al ISP Sahib. —Adaab arz, ISP Sahib —dijo Hassan saludando Abbas miró a su hermano y repitió las palabras, sólo que al pronunciarlas parecía decir “Ispis Sahib”. —Los nietos del Nawab Sahib —explicó el secretario personal. El Inspector Suplente de la Policía sonrió con cautela. —Lo siento —le dijo a Murtaza Ali—. Mi tiempo se acaba y por tanto también el suyo. Puede que la casa parezca habitada, pero según nuestra información es lo contrario, y tendremos que investigarlo. Debemos cumplir con nuestro deber. Hemos recibido órdenes directas del ministro del Interior en persona. —Le comprendo perfectamente, ISP sahib —dijo Murtaza Ali—. Pero ¿puedo suplicarle un poco más de tiempo? Estos dos niños llevan una carta que debe ser entregada antes de que se lleve a cabo cualquier acción. El ISP negó con la cabeza. Levantó una mano para indicar que ya era suficiente y dijo: —Agarwalji me dijo personalmente que no aceptara ningún tipo de petición a este respecto y que no toleraríamos ningún retraso. Lo siento. Mas tarde podrán recusar o impugnar esta decisión. —La carta es para el primer ministro. El policía se puso ligeramente rígido. —¿Qué significa esto? —dijo con voz irritada y perpleja a la vez—. ¿Qué dice la carta? ¿Qué esperan conseguir con esto? Murtaza Ali dijo muy serio: —No esperará que conozca el contenido de una carta privada y urgente entre la hija del Nawab Sahib de Baitar y el Primer Ministro de Purva Pradesh. Está claro que hace referencia al tema de la casa, pero sería impertinente por mi parte especular acerca de lo que dice. El coche, sin embargo, está a punto, y debo escoltar a estos pequeños mensajeros a casa de Sharmaji antes de que pierdan la suya propia. ISP Sahib, espero que aguardéis a mi regreso antes de hacer nada precipitado. El Inspector, de momento frustrado, no dijo nada. Sabia que tendría que esperar. Murtaza Ali salió, cogió a los niños y se alejó en el coche del Nawab. Cuando había recorrido cincuenta metros, sin embargo, el coche se detuvo repentinamente y no hubo manera de volverlo a poner en marcha. Murtaza Ali le dijo al chófer que esperara, regresó a la casa con Abbas, lo dejó con un criado, sacó su bicicleta y regresó. Entonces colocó a Hassan delante de él —sorprendentemente, sin protestar— y pedaleando se adentraron en la noche.

5.13 - Zainab's Resolution

Cap.5-13 – Zainab’s Resolution When the Deputy Superintendent of Police who was in charge of the contingent that had come to take over Baitar House read the note, he flushed red, shrugged his shoulders, had a few words with the Nawab Sahib’s private secretary, and—quickly glancing at his watch—said: ‘All right, then, half an hour.’ His duty was clear and there was no getting around it, but he believed in firmness rather than brutality, and half an hour’s delay was acceptable. Zainab had got the two young maidservants to open the doorway that led from the zenana to the mardana, and to stretch a sheet across it. Then, despite the unbelieving ‘toba’s’ and other pious exclamations of her aunts, she told Munni to tell a manservant to tell Murtaza Ali to stand on the other side of it. The young man, crimson-faced with embarrassment and shame, stood close by the door which he had never imagined he would ever even approach in his lifetime. ‘Murtaza Sahib, I must apologize for your embarrassment—and my own,’ said Zainab softly in elegant and unornate Urdu. ‘I know you are a modest man and I understand your qualms. Please forgive me. I too feel I have been driven to this recourse. But this is an emergency, and I know that it will not be taken amiss.’ She unconsciously used the first person plural rather than the singular that she was used to. Both were colloquially acceptable, but since the plural was invariant with respect to gender, it defused to some small extent the tension across the geographical line that lay between the mardana and zenana quarters, the breach of which had so shocked her aunts. Besides, there was implicit in the plural a mild sense of command, and this helped set a tone that enabled the exchange not merely of embarrassment—which was unavoidable—but of information as well. In equally cultured but slightly ornate Urdu young Murtaza Ali replied: ‘There is nothing to forgive, believe me, Begum Sahiba. I am only sorry that I was fated to be the messenger of such news.’ ‘Then let me ask you to tell me as briefly as you can what has happened. What are the police doing here in my father’s house? And is it true that they wish to take over this house? On what grounds?’ ‘Begum Sahiba, I don’t know where to begin. They are here, and they intend to take over this house as soon as they can. They were going to enter immediately but the DSP read your note and granted us half an hour’s grace. He has an order from the Custodian of Evacuee Property and the Home Minister to take possession of all parts of the house that are not inhabited, in view of the fact that most of the former residents have now established residence in Pakistan.’ ‘Does this include entering the zenana?’ said Zainab as calmly as she could. ‘I do not know what it includes, Begum Sahiba. He said “all unoccupied portions”.’ ‘How does he know that so much of the house is unoccupied?’ asked Zainab. ‘I am afraid, Begum Sahiba, that it is obvious. Partly, of course, it is common knowledge. I tried to persuade him that people were living here, but he pointed to the dark windows. Even the Nawab Sahib is not here at the moment. Nor the Nawabzadas.’ Zainab was silent for a moment. Then she said, ‘Murtaza Sahib, I am not going to give up in half an hour what has belonged to our family for generations. We must try to contact Abida Chachi immediately. Her property too is at stake. And Kapoor Sahib, the Revenue Minister, who is an old friend of the family. You will have to do this, as there is no telephone in the zenana.’ ‘I will do so at once. I pray that I will get through.’ ‘I am afraid that you will have to forgo your regular prayers this evening,’ said Zainab with a smile that could be heard in her voice. ‘I fear I will have to,’ replied Murtaza Ali, surprised that he too could smile at such an unhappy moment. ‘Perhaps I should go now and try to get through to the Revenue Minister.’ ‘Send the car for him—no, wait—’ said Zainab. ‘It may be needed. Make sure it is standing by.’ She thought for a minute. Murtaza Ali felt the seconds ticking away. ‘Who has the keys to the house?’ asked Zainab. ‘I mean to the empty rooms?’ ‘The zenana keys are with—’ ‘No, those rooms can’t be seen from the road—they aren’t important—I mean the mardana rooms.’ ‘I have some of them, some of them are with Ghulam Rusool, and some, I believe, have been taken by the Nawab Sahib to Baitar with him.’ ‘Now this is what you must do,’ said Zainab quietly. ‘We have very little time. Get all the menservants and the maidservants in this house to bring candles, torches, lamps, any kind of flame that we have in the house, and to light up a little of every room in this house that faces the road—you understand—even if it means entering rooms that you normally need permission to enter, and even if it means breaking a lock or a door here or there.’ It was a measure of Murtaza Ali’s mind that he did not expostulate, but simply accepted the good—if desperate—sense of this measure. ‘It must look from the road that the house is inhabited, even if the DSP has reason to believe it is not. He must be given an excuse to withdraw if he is inclined to, even if we do not actually make him believe it.’ ‘Yes, Begum Sahiba.’ Murtaza was filled with admiration for this woman with the gentle voice whom he had never seen—nor ever would. ‘I know this house like the back of my hand,’ continued Zainab. ‘I was born here, unlike my aunts. Even though now I am confined to this section, I am familiar with the other section from my childhood, and I know it has not changed much in structure. We are very short of time, and I plan to help personally in lighting the rooms. I know my father will understand, and it does not matter much to me if no one else does.’ ‘I beg you, Begum Sahiba,’ said her father’s private secretary, pain and dismay audible in his voice, ‘I beg you do not do so. Arrange things in the zenana and get as many lamps and so on ready as you can so that they can be passed on to us on this side. But please stay where you are. I will see that everything is performed as you command. Now I must go, and I will send word within fifteen minutes about how things are going. God keep your family and this house in his protection.’ With this he took his leave. Zainab kept Munni with her, and told the other girl to help fetch and light the lamps, and take them across to the other side of the house. She then went back to her room and looked at Hassan and Abbas, who were still sleeping. It is your history, your inheritance, your world too that I am protecting, she thought, passing a hand through the younger one’s hair. Hassan, usually so sullen, was smiling, and he had his arms wrapped around his younger brother. Her aunts were praying aloud in the next room. Zainab closed her eyes, said the fatiha, and sat down exhausted. Then she remembered something her father had once said to her, reflected on its importance for a few seconds, and began to draft another letter. She told Munni to wake up the boys and quickly dress them in their formal best—a small white kurta for Abbas, and a white angarkha for his elder brother. On their heads they were to wear white embroidered caps. When, fifteen minutes later, Zainab had not heard from Murtaza Ali, she sent for him. On his arrival she asked him: ‘Is it done?’ ‘Yes, Begum Sahiba, it is. The house looks as if it is lit. There is some light visible from every outside window.’ ‘And Kapoor Sahib?’ ‘I am afraid that I have not been able to get him on the phone, though Mrs Mahesh Kapoor has sent for him. He may be working late somewhere in the Secretariat. But no one is picking up the phone in his office.’ ‘Abida Chachi?’ ‘Her telephone appears to be out of order, and I have only just written her a note. Forgive me. I have been remiss.’ ‘Murtaza Sahib, you have already done far more than seemed possible to me. Now listen to this letter, and tell me how it can be improved.’ Very swiftly they went through the brief draft of the letter. It was in English, only seven or eight lines long. Murtaza Ali asked for a couple of explanations, and made a couple of suggestions; Zainab incorporated them and made a fair copy. ‘Now, Hassan and Abbas,’ she said to her sons, their eyes still full of sleep and wonderment at this unexpected game, ‘you are to go with Murtaza Sahib and do everything he tells you to do. Your Nana-jaan will be very pleased with you when he comes back, and so will I. And so will Imtiaz Mamu and Firoz Mamu.’ She gave each of them a kiss, and sent them to the other side of the screen, where Murtaza Ali took charge of them. ‘They should be the ones to give him the letter,’ said Zainab. ‘Take the car, tell the Inspector—I mean the DSP—where you are going, and go at once. I do not know how to thank you for your help. If you had not been here we would certainly have been lost already.’ ‘I cannot repay your father’s kindness, Begum Sahiba,’ said Murtaza Ali. ‘I will make sure that your sons come back within the hour.’ He walked down the corridor with a boy clutching each hand. He was too full of trepidation to say anything at first to either, but after he had walked for a minute towards the far end of the lawn where the police were standing, he said to the boys: ‘Hassan, Abbas, do adaab to the DSP Sahib.’ ‘Adaab arz, DSP Sahib,’ said Hassan in salutation. Abbas looked up at his brother and repeated his words, except that his came out as ‘Dipsy Sahib’. ‘The Nawab Sahib’s grandsons,’ explained the private secretary. The Deputy Superintendent of Police smiled warily. ‘I am sorry,’ he said to Murtaza Ali. ‘My time is up and so is yours. The house may look as if it is lived in, but our information tells us otherwise, and we will have to investigate. We must do our duty. The Home Minister himself has instructed us.’ ‘I quite understand, DSP Sahib,’ said Murtaza Ali. ‘But may I beg you for a little more time? These two boys are carrying a letter which must be delivered before any action can be taken.’ The DSP shook his head. He held up his hand to indicate that enough was enough, and said: ‘Agarwalji has told me personally that he will not entertain any petitions in this respect and that we are not to brook any delay. I am sorry. The decision can always be challenged or appealed later.’ ‘This letter is for the Chief Minister.’ The policeman stiffened slightly. ‘What does this mean?’ he said in a voice that was both irritated and bewildered. ‘What does the letter say? What do you hope to achieve by this?’ Murtaza Ali said gravely: ‘I cannot be expected to know the contents of a private and urgent letter between the daughter of the Nawab Sahib of Baitar and the Chief Minister of Purva Pradesh. Clearly it touches on this matter of the house, but about what it says it would be impertinent of me to speculate. The car, however, is ready, and I must escort these little messengers to Sharmaji’s house before they lose their own. DSP Sahib, I hope you will wait for my return before you do anything sudden.’ The DSP, foiled for the moment, said nothing. He knew he would have to wait. Murtaza Ali took his leave, gathered his charges and drove off in the Nawab Sahib’s car. Fifty yards outside the gates of Baitar House, however, the car came to a sudden halt and could not be restarted. Murtaza Ali told the driver to wait, walked back to the house with Abbas, deposited him with a servant, got out his bicycle and returned. He then propped a surprisingly unprotesting Hassan in front of him, and cycled off with him into the night.

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Cap. 5.12 - La desazón del Nawab 

Cap. 5.12 – La desazón del Nawab Al atardecer la Casa Baitar parecía abandonada. Ciertamente media casa estaba vacía, y los sirvientes ya no pasaban por las habitaciones al anochecer, llevando velas o lámparas o encendiendo la luz eléctrica. Aquella tarde en concreto, incluso las habitaciones del Nawab Sahib y sus hijos, y la que ocasionalmente ocupaba algún invitado estaban a oscuras, y desde la calle casi se habría dicho que allí ya no vivía nadie. La única actividad, conversación, ajetreo, movimiento, tenía lugar en la zona del zenana, que no miraba a la calle. Todavía no había oscurecido. Los niños ya dormían. Había resultado más fácil de lo que pensaba distraerles del hecho de que su abuelo no estuviera para contarles la prometida historia de fantasmas. Los dos estaban agotados por el viaje del día anterior a Brahmpur, aunque la pasada noche habían insistido en permanecer despiertos hasta las diez. A Zainab le hubiera gustado sentarse con un libro, pero decidió pasar la velada charlando con su tía y sus tías abuelas. Aquellas mujeres, a las que conocía desde niña, hablan pasado toda su vida, desde los quince años en estricto purdah, ya fuera en casa de sus padres o en la de sus maridos. Lo mismo que ella, aunque consideraba que su visión del mundo era más amplia debido a su educación. Las restricciones del zenana, el mundo de las mujeres que casi habla vuelto loca a Abida Khan —con su reducido círculo de conversación, su religiosidad, el freno a cualquier tipo de atrevimiento a cualquier tipo de heterodoxia— era visto por aquellas mujeres bajo una luz totalmente diferente. Su mundo no giraba en torno a las grandes preocupaciones del país, sino que era un mundo esencialmente humano. Comida, festivales, relaciones familiares, los objetos cotidianos y la belleza, todo eso —principalmente para bien, pero a veces para mal— constituía la base, aunque no la totalidad, de sus intereses. No es que ignoraran el gran mundo exterior, sino que lo percibían más a través del filtro de los intereses familiares y de los amigos que alguien con una experiencia más directa. Las claves que recibían eran mucho más indirectas, precisaban una interpretación más matizada; e igual ocurría con la que ellas transmitían. Para Zainab —quien consideraba que la elegancia, la sutileza, la etiqueta y la cultura familiar eran valiosas por derecho propio—, el mundo de la zenana era un mundo completo, aunque fuera uno restringido. No creía que porque sus tías no hubieran conocido a más hombres que los de su familia, ni hubieran estado en muy pocas habitaciones que no fueran las suyas, carecieran de perspicacia a la hora de comprender el mundo y la naturaleza humana. Las apreciaba, disfrutaba hablando con ellas, y sabía cómo disfrutaban de sus esporádicas visitas. Pero en esta ocasión se mostraba renuente a sentarse y chismorrear con ellas, porque casi con total seguridad tocarían temas que la dolerían. Cualquier mención de su marido le recordaría una vez más las infidelidades que recientemente habían llegado a sus oídos, y que le habían causado tanta angustia . Tendría que fingir ante sus tías que todo iba bien, e incluso bromear acerca de las intimidades de su vida familiar. Llevaban tan solo unos minutos sentadas charlando cuando dos doncellitas irrumpieron en la habitación y sin tan ni siquiera efectuar el saludo habitual, dijeron jadeando. —La policía..., la policía está aquí. Luego estallaron en lágrimas y hablaban con tanta incoherencia que era imposible sacar nada en claro. Zainab consiguió calmar un poco a una de ellas y le preguntó qué estaba haciendo la policía. —Ha venido a confiscar la casa —dijo la muchacha con un renovado sollozo. Todas miraron horrorizadas a la desdichada muchacha, que se secaba los ojos con la manga. —¡Ay, Ay! —gritó una de las tías profundamente afligida, y se echó a llorar—. ¿Qué vamos a hacer? No hay nadie en casa. Zainab, aunque conmocionada por el súbito giro que habían dado los acontecimientos, pensó en lo qué habría hecho su madre de no haber habido nadie —es decir, ningún hombre— en casa. Tras haberse recuperado parcialmente de la sorpresa, le hizo unas rápidas preguntas a la doncella: —¿Dónde está la policía? ¿Ha entrado en la casa? ¿Qué hacen los sirvientes? ¿Dónde está Murtaza Ali? ¿Por qué quieren confiscar la casa? Munni, siéntate y deja de sollozar. No entiendo nada de lo que dices. —Sacudía y consolaba a la chica alternativamente. Todo lo que Zainab pudo averiguar fue que el joven Murtaza Ali, el secretario personal de su padre, se hallaba al otro extremo del jardín, delante de la Casa de Baitar, intentando desesperadamente disuadir a la policía de que cumpliera sus órdenes. Lo que más aterraba a la doncella era que el grupo de agentes estuviera al mando de un oficial sij. —Escucha, Munni —dijo Zainab—. Quiero hablar con Murtaza. —Pero... —Ahora ve y dile a Ghulam Rusool o a algún otro sirviente que le diga a Murtaza Ali que quiero hablar con él inmediatamente. Sus tías la observaron, horrorizadas. —Ah, si, espera llévale esta nota a Rusool para que se la dé al inspector o a quien quiera que esté al mando de la policía. Asegúrate de que le llega. Zainab escribió una breve nota en inglés: Distinguido inspector sahib: Mi padre, el Nawab de Baitar, no está en casa, y puesto que no se puede emprender ninguna acción legal sin habérselo notificado anteriormente, debo pedirle que no siga adelante. Me gustaría hablar inmediatamente con Murtaza Ali, el secretario personal de mi padre, y le pido que lo haga posible. También le pido que observe que es la hora de la oración de la tarde, y que cualquier irrupción en la casa de nuestros antepasados, en un momento en que los ocupantes están rezando, le resultaría profundamente ofensiva a cualquier persona de buena fe. Sinceramente, Zainab Khan Munni cogió la nota y salió de la habitación, todavía lloriqueando, aunque ya no presa del pánico. Zainab evitó las miradas de sus tías y le dijo a la otra muchacha, que también se había calmado un poco, que comprobara si todo aquel alboroto había despertado a Hassan y a Abbas.

5.12 - The Nawab's unease

Cap. 5.12 – The Nawab’s unease Evening came. Baitar House wore a deserted look. Half the house was unoccupied anyway, and servants no longer moved through the rooms at dusk, lighting candles or lamps or turning on electric lights. On this particular evening even the rooms of the Nawab Sahib and his sons and the occasionally occupied guest room were unlit, and from the road it would almost have seemed that no one lived there any longer. The only activity, conversation, bustle, movement took place in the zenana quarters, which did not face the road. It was not yet dark. The children were asleep. It had been less difficult than Zainab had thought to distract them from the fact that their grandfather was not there to tell them the promised ghost story. Both of them were tired out from their previous day’s journey to Brahmpur, although they had insisted the previous night on remaining awake till ten. Zainab would have liked to settle down with a book, but decided to spend the evening talking to her aunt and great-aunts. These women, whom she had known from childhood, had spent their entire lives since the age of fifteen in purdah—either in their father’s or in their husband’s house. So had Zainab, although she considered herself, by virtue of her education, to have a wider sense of the world. The constraints of the zenana, the women’s world that had driven Abida Khan almost crazy—the narrow circle of conversation, the religiosity, the halter on boldness or unorthodoxy of any kind—were seen by these women in an entirely different light. Their world was not busy with great concerns of state, but was essentially a human one. Food, festivals, family relations, objects of use and beauty, these—mainly for good but sometimes for ill—formed the basis, though not the entirety, of their interests. It was not as if they were ignorant of the great world outside. It was rather that the world was seen more heavily filtered through the interests of family and friends than it would be for a sojourner with more direct experience. The clues they received were more indirect, needing more sensitive interpretation; and so were those they gave out. For Zainab—who saw elegance, subtlety, etiquette and family culture as qualities to be prized in their own right—the world of the zenana was a complete world, even if a constrained one. She did not believe that because her aunts had met no men other than those of the family since they were young, and had been to very few rooms other than their own, they were as a result lacking in perspicacity about the world or understanding of human nature. She liked them, she enjoyed talking to them, and she knew what enjoyment they obtained from her occasional visits. But she was reluctant to sit and gossip with them on this particular visit to her father’s house only because they would almost certainly touch upon matters that would hurt her. Any mention of her husband would remind her once again of the infidelities that she had only recently come to know of, and that caused her such startling anguish. She would have to pretend to her aunts that all was well with her, and even indulge in light banter about the intimacies of her family life. They had been sitting and talking for only a few minutes when two panic-stricken young maidservants rushed into the room and, without making even the usual salutation, gasped out: ‘The police—the police are here.’ They then burst into tears and became so incoherent that it was impossible to get any sense out of them. Zainab managed to calm one of them down a little, and asked her what the police were doing. ‘They have come to take over the house,’ said the girl with a fresh bout of sobbing. Everyone looked aghast at the wretched girl, who was wiping her eyes with her sleeve. ‘Hai, hai!’ cried an aunt in pitiable distress, and began weeping. ‘What will we do? There is no one in the house.’ Zainab, though shocked at the sudden turn of events, thought of what her mother would have done if there had been no one—that is, no men—in the house. After she had partially recovered from the shock, she shot a few quick questions at the maidservant: ‘Where are they—the police? Are they actually in the house? What are the servants doing? And where is Murtaza Ali? Why do they want to take over the house? Munni, sit up and don’t sob. I can’t make any sense out of what you are saying.’ She shook and consoled the girl alternately. All that Zainab could ascertain was that young Murtaza Ali, her father’s personal secretary, was standing at the far end of the lawn in front of Baitar House desperately trying to dissuade the police from carrying out their orders. The maidservant was particularly terrified because the group of policemen was headed by a Sikh officer. ‘Munni, listen,’ said Zainab. ‘I want to talk to Murtaza.’ ‘But—’ ‘Now go and tell Ghulam Rusool or some other manservant to tell Murtaza Ali that I want to talk to him immediately.’ Her aunts stared at her, appalled. ‘And, yes, take this note to Rusool to give to the Inspector or whoever it is who is in charge of the police. Make sure that it gets to him.’ Zainab wrote a short note in English as follows: Dear Inspector Sahib, My father, the Nawab of Baitar, is not at home, and since no legitimate action should be taken without intimating him first, I must ask you not to proceed further in this matter. I would like to speak to Mr Murtaza Ali, my father’s personal secretary, immediately, and request you to make him available. I would also ask you to note that this is the hour of evening prayer, and that any incursion into our ancestral house at a time when the occupants are at prayer will be deeply injurious to all people of good faith. Sincerely, Zainab Khan Munni took the note and left the room, still snivelling but no longer panic-stricken. Zainab avoided her aunts’ glances, and told the other girl, who had calmed down a little as well, to make sure that Hassan and Abbas had not been woken up by the commotion.

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Cap. 5.11 - Abuelo 

Cap. 5.11- Abuelo Era Abbas su nieto pequeño, quien tiraba de él con ambas manos. El Nawab Sahib no le había visto entrar, y le miró con grata sorpresa. Y detrás venía su hermano de seis años, Hassan. Y tras él, el viejo criado Ghulam Rusool. El criado anunció que la comida del Nawab Sahib y su hija les esperaba en la salita junto a la zona del zenana. También se disculpó por haber permitido que Hassan y Abbas entraran en la biblioteca cuando el Nawab Sahib estaba leyendo. —Pero Sahib, es que se empeñaron y empeñaron, y no atienden a razones. El Nawab Sahib asintió con un gesto de aprobación y, con gran contento pasó de Macaulay y Cicerón a Hassan y Abbas. —¿Hoy vamos a comer en el suelo o en la mesa, Nana-jaan? —preguntó Hassan. —Sólo estamos nosotros, así que comeremos dentro, en la alfombra —replicó su abuelo. —Oh que Bien —dijo Hassan, que se ponía nervioso cuando sus pies no tocaban el suelo. —¿Qué hay en esa habitación, Nana-jaan? —preguntó Abbas mientras recorrían el pasillo y pasaban junto a una habitación con una enorme cerradura de latón. —Mangostas, por supuesto —dijo su hermano mayor, con aires de entendido. —No, quiero decir dentro de la habitación —insistió Abbas. —Creo que guardábamos algunas alfombras —dijo el Nawab Sahib. Volviéndose hacia Ghulam Rusool le preguntó—: ¿Qué guardamos aquí? —Sahib, ya han pasado dos años desde que esta habitación quedó cerrada. Todo está en la lista que tiene Ali Murtaza. Le pediré que os informe. —Oh no, no es necesario —dijo el Nawab Sahib acariciándose la barba e intentando recordar –lo que para su sorpresa había olvidado– quién solía utilizar aquella habitación—. Mientras esté en una lista —dijo. —Cuéntanos una historia de fantasmas, Nana-jaan —dijo Hassan, tirando de la mano derecha de su abuelo. —Sí, sí —dijo Abbas, siempre dispuesto a mostrarse de acuerdo con la mayoría de las sugerencias de su hermano mayor, incluso cuando no entendía lo que estaba sugiriendo—. Cuéntanos una historia de fantasmas. —No, no —dijo el Nawab Sahib—. Todos las historias de fantasmas que yo me sé dan mucho miedo, y si os cuento una os asustareis tanto que no podréis probar bocado. —No nos dejarán asustados —dijo Hassan. —No nos asustaremos —dijo Abbas. Llegaron a la salita donde les esperaba la comida. El Nawab Sahib sonrió al ver a su hija, se lavó las manos y las de sus nietos en una pequeña jofaina, con agua fría de la jarra que había al lado. Sentó a sus nietos delante de una pequeña thali en la que la comida ya estaba servida. —¿Sabes lo que me estaban pidiendo estos hijos tuyos? —preguntó el Nawab Sahib. Zainab se volvió hacia sus hijos y les reprendió. —Os tengo dicho que no molestéis a vuestro Nana-jaan cuando está en la biblioteca, pero en cuanto me doy media vuelta hacéis lo que os da la gana. ¿Qué le habéis pedido ahora? —Nada —dijo Hassan, bastante mohíno. —Nada —repitió Abbas, dulcemente. Zainab miró con afecto a su padre y recordó los días en que se colgaba de sus brazos para importunarle con algún capricho, a menudo utilizando su benevolencia para esquivar la rigidez de su madre. Estaba sentado en la alfombra, delante de su thali de plata, con el mismo porte erecto que recordaba desde su más tierna infancia; sin embargo, la poca carne en sus mejillas y los agujerillos cuadrados de las polillas en su inmaculadamente almidonada kurta le llenaron de una repentina ternura. Habían pasado diez años desde que su madre muriera —sus hijos sólo la conocían por fotografías y relatos—, y aquellos diez años de viudedad habían envejecido a su padre como lo hubieran hecho veinte años en el transcurso normal del tiempo. —¿Qué te pedían, Abba-jaan? —dijo Zainab con una sonrisa. —Querían que les contara una historia de fantasmas —dijo el Nawab Sahib—. Igual que solías hacer tú. —Pero yo nunca te pedí una a la hora de comer —dijo Zainab. Y a sus hijos les dijo. —Nada de cuentos de fantasmas. Abbas, deja de jugar con la comida. Si te portas bien quizá te cuente un cuento por la noche antes de irte a dormir. —¡No, ahora! Ahora —dijo Hassan. —Hassan —dijo su madre en tono de advertencia. —¡Ahora! ¡Ahora! —entre gritos y lloros, siguió Hassan. El Nawab Sahib se sintió compungido ante la insubordinación de sus nietos frente a su madre, y les dijo que no la contestaran de ese manera. Los niños buenos, aclaró, no lo hacían. —Espero que al menos hagan caso a su padre —dijo con severo reproche. Pero para su consternación, vio rodar una lágrima por la mejilla de su hija. Le rodeó el hombro con el brazo y le dijo: —¿Todo va bien? ¿Todo va bien por casa? Decirlo fue algo instintivo, pero tan pronto lo hubo dicho se dio cuenta de que quizás debería haber esperado a que sus nietos acabaran de comer y se hubiera quedado a solas con su hija. De forma indirecta había oído que no todo iba bien en el matrimonio de su hija. —Sí, Abba-jaan. Solo es que me siento un poco cansada. Dejó el brazo a su alrededor hasta que cesaron sus lágrimas. Los niños parecían desconcertados. Sin embargo, les habían preparado uno de sus platos favoritos, y pronto se olvidaron de las lágrimas de su madre. De hecho, ella también se concentró en darles de comer, especialmente al pequeño, que tenían problemas en partir el naan. El Nawab Sahib, al verlos a los tres juntos, sintió una punzada de dolorosa felicidad. Zainab era menuda, como fuera su madre, y muchos de sus gestos de afecto o reprobación le recordaban los que solía hacer su esposa cuando intentaba que Firoz e Imtiaz comieran. Como en respuesta a sus pensamientos, Firoz entró en el cuarto. Zainab y los niños se pusieron muy contentos. —¡Firoz Mamu, Firoz Mamu! —dijeron los niños—. ¿Por qué no comes con nosotros? Firoz parecía impaciente y preocupado. Colocó una mano sobre la cabeza de Hassan. —Abba-jaan, tu Munshi ha vuelto de Baitar. Quiere hablar contigo —dijo. —¿Sí? —dijo el Nawab Sahib, sin ninguna gana de tener que dedicarle el tiempo que, con mucho, prefería dedicarlo a hablar con su hija. —Quiere que hoy mismo vayas a la hacienda. Se está cociendo una crisis. —¿Qué tipo de crisis? —preguntó el Nawab Sahib. No le agradaba la idea de un viaje de tres horas en jeep bajo el sol de abril. —Es mejor que hables con él —dijo Firoz—. Ya sabes lo que pienso de tu Munshi. Si crees que debo acompañarte a Baitar, o ir en tu lugar, perfecto. No tengo nada que hacer esta tarde. Bueno, tengo una cita con un cliente, pero su caso no va a presentarse hasta dentro de un tiempo, así que puedo posponerla. El Nawab Sahib se levantó con un suspiro y se lavó las manos. Cuando llegó a la antesala, donde le esperaba el Munshi, le preguntó bruscamente de qué se trataba. Al parecer habían surgido dos problemas a la vez. El principal era la eterna dificultad de conseguir que los campesinos pagaran la renta. Al Nawab Sahib no le gustaban los métodos de mano dura que el munshi quería emplear: utilizar a los matones locales para tratar con los morosos. Como resultado, los ingresos habían disminuido, y el munshi creía que la presencia del Nawab Sahib en Fuerte Baitar durante un día o dos, acompañado de una charla privada con algunos de los políticos locales, ayudaría en gran medida. De normal, el astuto munshi no tenía ningún interés en involucrar a su amo en la administración de la hacienda, pero esto era una excepción. Incluso había traído con él a un pequeño propietario de la zona para que confirmara todos aquellos problemas y requiriera la presencia del Nawab Sahib en la región, no sólo por sus intereses, sino también porque ayudaría a los otros propietarios. Tras una breve discusión (el otro problema tenía que ver con la madrasa o escuela del pueblo), el Nawab Sahib dijo: —Tengo cosas que hacer esta tarde. Pero lo hablaré con mi hijo. Por favor, espera aquí. Firoz dijo que su impresión era que debía ir, aunque sólo fuera para asegurarse de que el munshi no le estaba desplumando. Él le acompañaría, y repasarían las cuentas. Quizá tuvieran que pasar una o dos noches en Baitar, y no quería que su padre fuera solo. En cuanto a Zainab, a quien el Nawab Sahib se mostraba reacio a dejar, en sus propias palabras, “sola en casa”, comprendía la necesidad de su partida, aunque lamentaba que tuviera que marcharse. —Pero Abba-jaan, volverás mañana o pasado y yo voy a quedarme otra semana. De todas formas, ¿no es mañana cuando vuelve Imtiaz? Y, por favor, no te preocupes por mí, he vivido en esta casa casi toda mi vida. —Sonrió—. Solo porque ahora sea una mujer casada no significa que sea incapaz de cuidar de mí misma. Me pasaré el día chismorreando en el zenana, e incluso me haré cargo de tus obligaciones y les contaré a tus nietos una historia de fantasmas. Con cierta aprensión —aunque no fuera capaz de definir sobre que—, el Nawab Sahib aceptó lo que obviamente parecía un buen consejo. Se despidió afectuosamente de su hija y conteniéndose para tan solo darles un beso en la frente a sus nietos que estaban echando la siesta, al cabo de una hora dejó Brahmpur camino de Baitar.

Cap. 5.11 - Grandfather

Cap. 5.11 – Grand-Father It was his younger grandson, Abbas, who was tugging at him with both hands. The Nawab Sahib had not seen him come in, and looked at him with pleased surprise. A little behind Abbas stood his six-year-old brother Hassan. And behind Hassan stood the old servant, Ghulam Rusool. The servant announced that lunch was waiting for the Nawab Sahib and his daughter in the small room adjoining the zenana quarters. He also apologized for allowing Hassan and Abbas into the library when the Nawab Sahib was reading. ‘But Sahib, they insisted, and would not listen to reason.’ The Nawab Sahib nodded his approval and turned happily from Macaulay and Cicero to Hassan and Abbas. ‘Are we eating on the floor or at the table today, Nana-jaan?’ asked Hassan. ‘It’s just us—so we’ll eat inside—on the rug,’ replied his grandfather. ‘Oh, good,’ said Hassan, who got nervous when his feet were not on the ground. ‘What’s in that room, Nana-jaan?’ asked three-year-old Abbas as they walked down a corridor past a room with a huge brass lock. ‘Mongooses, of course,’ said his elder brother knowledgeably. ‘No, I mean inside the room,’ Abbas insisted. ‘I think we store some carpets in there,’ said the Nawab Sahib. Turning to Ghulam Rusool, he asked: ‘What do we store in there?’ ‘Sahib, they say it has been two years since that room was locked. It is all on a list with Murtaza Ali. I will ask him and inform you.’ ‘Oh no, that’s not necessary,’ said the Nawab Sahib stroking his beard and trying to recall—for, to his surprise, it had slipped his mind—who used to use that particular room. ‘As long as it’s on a list,’ he said. ‘Tell us a ghost story, Nana-jaan,’ said Hassan, tugging at his grandfather’s right hand. ‘Yes, yes,’ said Abbas, who readily agreed with most of his elder brother’s suggestions, even when he did not understand what was being suggested. ‘Tell us a ghost story.’ ‘No, no,’ said the Nawab Sahib. ‘All the ghost stories I know are very frightening and if I tell you one you’ll be so frightened you won’t be able to eat your lunch.’ ‘We won’t be frightened,’ said Hassan. ‘Not frightened,’ said Abbas. They reached the small room where lunch was awaiting them. The Nawab Sahib smiled to see his daughter, and washed his and his grandsons’ hands in a small washbasin with cool water from a nearby jug, and sat them down, each in front of a small thali into which food had already been served. ‘Do you know what your two sons are demanding of me?’ asked the Nawab Sahib. Zainab turned to her children and scolded them. ‘I told you not to disturb your Nana-jaan in the library, but the moment my back is turned you do what you like. Now what have you been asking for?’ ‘Nothing,’ said Hassan, rather sullenly. ‘Nothing,’ repeated Abbas, sweetly. Zainab looked at her father with affection and thought of the days when she used to cling on to his hands and make her own importunate demands, often using his indulgence to get around her mother’s firmness. He was sitting on the rug in front of his silver thali with the same erect bearing that she remembered from her earliest childhood, but the thinness of the flesh on his cheekbones and the small square moth-holes on his immaculately starched kurta filled her with a sudden tenderness. It had been ten years since her mother had died—her own children only knew of her through photographs and stories—and those ten years of widowerhood had aged her father as twenty years would have done in the ordinary course of time. ‘What are they asking for, Abba-jaan?’ said Zainab with a smile. ‘They want a ghost story,’ said the Nawab Sahib. ‘Just like you used to.’ ‘But I never asked for a ghost story at lunch,’ said Zainab. To her children she said, ‘No ghost stories. Abbas, stop playing with your food. If you’re very good maybe you’ll get a story at night before you go to sleep.’ ‘No, now! Now—’ said Hassan. ‘Hassan,’ said his mother warningly. ‘Now! Now!’ Hassan began crying and shouting. The Nawab Sahib was quite distressed at his grandchildren’s insubordination towards their mother, and told them not to speak in this way. Good children, he made it clear, didn’t. ‘I hope they listen to their father at least,’ he said in mild rebuke. To his horror he saw a tear roll down his daughter’s cheek. He put his arm around her shoulder, and said, ‘Is everything all right? Is everything all right there?’ It was the instinctive thing to say, but he realized as soon as he had said it that he should perhaps have waited until his grandchildren had finished their lunch and he was left alone with his daughter. He had heard indirectly that all was not well with his daughter’s marriage. ‘Yes, Abba-jaan. It’s just that I think I’m a little tired.’ He kept his arm around her till her tears had ceased. The children looked bewildered. However, some of their favourite food had been prepared and they soon forgot about their mother’s tears. Indeed, she too became involved in feeding them, especially the younger one, who was having trouble tearing the naan. Even the Nawab Sahib, looking at the picture the three of them made together, felt a little rush of painful happiness. Zainab was small, like her mother had been, and many of the gestures of affection or reproof that she made reminded him of those that his wife used to make when trying to get Firoz and Imtiaz to eat their food. As if in response to his thoughts, Firoz now entered the room. Zainab and the children were delighted to see him. ‘Firoz Mamu, Firoz Mamu!’ said the children. ‘Why didn’t you have lunch with us?’ Firoz looked impatient and troubled. He placed his hand on Hassan’s head. ‘Abba-jaan, your munshi has arrived from Baitar. He wants to talk to you,’ he said. ‘Oh,’ said the Nawab Sahib, not happy about this demand on his time when he would rather have been talking to his daughter. ‘He wants you to come to the estate today. There is some crisis or other brewing.’ ‘What manner of crisis?’ asked the Nawab Sahib. He did not relish the thought of a three-hour drive in a jeep in the April sun. ‘You’d better speak to him,’ said Firoz. ‘You know how I feel about your munshi. If you think that I should come with you to Baitar, or go instead of you, that’s all right. I don’t have anything on this afternoon. Oh yes, I do have a meeting with a client, but his case isn’t due to come up for a while, so I can postpone it.’ The Nawab Sahib got up with a sigh and washed his hands. When he got to the anteroom where the munshi was waiting, he asked him brusquely what the matter was. Apparently, there were two problems, both brewing simultaneously. The main one was the perennial difficulty of realizing land-rent from the peasants. The Nawab Sahib did not like the strong-arm methods that the munshi was inclined to employ: the use of local toughs to deal with defaulters. As a result, collections had diminished, and the munshi now felt that the Nawab Sahib’s personal presence at Baitar Fort for a day or two and a private talk with a couple of local politicians would help matters considerably. Normally, the sly munshi would have been unwilling to involve his master in the stewardship of his own estate, but this was an exception. He had even brought along a small local landlord to confirm that matters were troubled and required the Nawab Sahib’s presence in the area immediately, not only on his own behalf but also because it would help the other landlords. After a brief discussion (the other problem involved trouble at the local madrasa or school), the Nawab Sahib said: ‘I have some things to do this afternoon. But I’ll talk matters over with my son. Please wait here.’ Firoz said that on the whole he felt his father should go, if only to make sure that the munshi was not robbing him blind. He would come along as well and look at the accounts. They might well have to spend a night or two in Baitar, and he did not want his father to be by himself. As for Zainab, whom the Nawab Sahib was reluctant to leave ‘alone in the house’ as he put it, she was matter-of-fact about his departure, though sorry to see him go. ‘But Abba-jaan, you’ll be back tomorrow or the day after and I’m here for another week. Anyway, isn’t Imtiaz due to return tomorrow? And please don’t worry about me, I’ve lived in this house most of my life.’ She smiled. ‘Just because I’m now a married woman doesn’t mean that I am less capable of taking care of myself. I’ll spend my time gossiping in the zenana, and I’ll even take over your duty of telling the children a ghost story.’ Though somewhat apprehensive—about what exactly he would not have been able to say—the Nawab Sahib acquiesced in what was obviously sound advice and, taking affectionate leave of his daughter and only forbearing from kissing his grandchildren because they were having an afternoon nap, left Brahmpur for Baitar within the hour.

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Cap. 5.10 - El Nawab Sahib 

Cap. 5.10 – El Nawab Sahib La ancestral Casa Baitar, donde vivía el Nawab Sahib con sus hijos, era uno de los edificios más hermosos de Brahmpur. Una larga fachada amarillo pálido, contraventanas verde oscuro, arcadas, techos altos, grandes espejos, mobiliario pesado y oscuro, candelabros, retratos al óleo de los anteriores moradores de la casa y fotografías enmarcadas a lo largo de los pasillos, que conmemoraban las visitas de diversos oficiales británicos de alto rango: la mayoría de los visitantes de la enorme casa, al observar los alrededores, sucumbían a una especie de melancólico sobrecogimiento, reforzado en los últimos tiempos por el aspecto descuidado y polvoriento de amplias zonas de la mansión, cuyos anteriores ocupantes se habían marchado a Pakistán. La Begum Abida Khan también solía vivir allí con su marido, el hermano menor del Nawab Sahib. Pasó irritantes años en la zona de las mujeres, antes de convencerle para que le permitiera un acceso más razonable y directo al mundo exterior. Dónde demostró ser mucho más eficaz que su marido en las causas sociales y políticas. Con la llegada de la Partición, su marido —firme partidario de ésta— se dio cuenta de lo vulnerable que era su posición en Brahmpur y decidió marcharse. Primero fue a Karachi. Más tarde —en parte porque no sabia con certeza cómo afectaría a sus propiedades en la India y a la fortuna de su mujer; en parte porque no era una persona sedentaria y en parte porque era religioso— marchó a Iraq a visitar varios santuarios chiítas, y decidió quedarse allí durante unos años. Habían pasado tres años desde la última vez que estuvo en la India, y nadie sabía qué planeaba hacer. Él y Abida no tenían hijos, por lo que quizá tampoco tenía mucha importancia. Toda la cuestión de los derechos de la propiedad estaba sin resolver. Baitar no era —como Marh— un principado sujeto a primogenitura, sino una gran hacienda zamindari cuyo extensión se hallaba por completo dentro de la India británica, sujeto a las leyes de herencia musulmanas. Existía la posibilidad de dividir la propiedad en caso de muerte o disolución de la familia, pero hacía generaciones que no había habido una división efectiva y casi todo el mundo había seguido viviendo en la misma laberíntica casa de Brahmpur o en el Fuerte Baitar en el campo, si no de manera amigable, al menos sin litigios. Y debido al constante ajetreo, las visitas, los festivales, las celebraciones, tanto en las zona de los hombres como en la de las mujeres reinaba un vívido ambiente lleno de energía. Con la Partición las cosas habían cambiado. La casa ya no era la gran comunidad que había sido. En muchos aspectos se había quedado sola. Tíos y primos se habían dispersado a Karachi o Lahore. De los tres hermanos, uno había muerto, otro se había marchado y sólo el apacible viudo, el Nawab Sahib, seguía viviendo allí. Cada vez pasaba más tiempo en la biblioteca, leyendo poesía persa, la historia de Roma o cualquier cosa que le apeteciera en ese día en concreto. Dejaba casi todos los asuntos del manejo de la hacienda de Baitar —la fuente de la mayoría de sus ingresos— a su munshi. El astuto a medias mayordomo a medias secretario no le animaba a que gastara tiempo en los asuntos del zamindari. Para las cuestiones no relacionadas con la hacienda, el Nawab Sahib tenía su secretario particular. Con la muerte de su esposa, y cada vez con más años a sus espaldas, el Nawab Sahib se había vuelto menos sociable, más consciente de la proximidad de su muerte. Deseaba pasar más tiempo con sus hijos, pero éstos tenían veinte años, y solían tratar a su padre con afectuosa distancia. La abogacía de Firoz, la medicina de Imtiaz, sus círculos de amigos, sus asuntos amorosos (de los cuales sabía poco), les alejaban de la órbita de la Casa Baitar. Y su querida hija Zainab rara vez le visitaba —una vez cada tantos meses—sólo cuando su marido le permitía a ella y a los dos nietos del Nawab Sahib ir a Brahmpur. A veces incluso echaba de menos la fulgurante presencia de Abida, una mujer cuya inmodestia y atrevimiento el Nawab Sahib desaprobaba instintivamente. La Begum Abida Khan, diputada del Congreso, se había negado a someterse a las restricciones del zenana y a las obligaciones de una mansión, y ahora vivía en una casita cerca de la Asamblea Legislativa. Creía que debía ser agresiva, y, si era necesario, descarada, a la hora de luchar por las causas que ella consideraba justas o útiles, y consideraba al Nawab Sahib como un completo inútil. De hecho, tampoco tenía una gran opinión de su marido, que, en su opinión, había “volado” de Brahmpur en la Partición presa de pánico y ahora se arrastraba por Oriente Medio en un estado de chochez religiosa. Debido a que su sobrina Zainab —a la que apreciaba— estaba en la mansión, fue de visita a la Casa Baitar, pero el purdah que se esperaba que mantuviera la irritaba, como las inevitables críticas por su modo de vida que tenía que aguantar de las mujeres mayores del zenana. Después de todo, ¿quiénes eran aquellas mujeres que se arrogaban el papel de depositarias de la tradición y la historia familiar? Sólo dos viejas tías del Nawab Sahib y la viuda del otro hermano. No quedaba nadie más en aquel zenana antaño tan concurrida. Los únicos niños en la Casa Baitar eran los dos que estaban de visita: los nietos del Nawab Sahib, de tres y seis años de edad. Les encantaba venir de visita a la Casa Baitar y Brahmpur, porque aquella enorme mansión era emocionante, porque podían ver a las mangostas deslizándose bajo las puertas de las habitaciones cerradas y abandonadas, y porque todo el mundo, desde Firoz Mamu e Imtiaz Mamu hasta los “viejos sirvientes” y los cocineros, les hacían muchas fiestas. Y porque su madre parecía mucho más feliz allí que en casa. Al Nawab Sahib no le gustaba en lo más mínimo que le molestaran mientras estaba leyendo, pero había hecho más que una excepción con sus dos nietos. Hassan y Abbas que corrían con entera libertad por toda la casa. Fuera cual fuera el estado de ánimo del Nawab, ellos siempre le animaban; incluso cuando estaba sumido en el impersonal consuelo de la historia, se sentía feliz de que le devolvieran al mundo real, siempre y cuando fueran sus nietos quienes lo hicieran en persona. Al igual que el resto de la casa, la biblioteca también se iba echando a perder. Aquella espléndida colección, reunida por su padre más las incorporaciones de los tres hermanos —cada uno con un gusto diferente—, se hallaba en una habitación igualmente espléndida con sus apartados de altas ventanales. Aquella mañana, el Nawab Sahib, que llevaba una kurta recién almidonada —con unos cuantos agujeritos cuadrados que parecían causados por las polillas (aunque qué polilla se comería un cuadradito tan perfecto) estaba sentado en una mesa redonda en uno de los rincones leyendo Las notas marginales de Lord Macaulay, seleccionadas por su sobrino G. O. Trevelyan. Los comentarios de Macaulay acerca de Shakespeare, Platón y Cicerón eran tan incisivos como perspicaces, y el editor claramente estaba convencido de que valía la pena editar las notas al margen de su distinguido tío. Sus propios comentarios eran de declarada admiración: “Incluso para la poesía de Cicerón, Macaulay muestra suficiente respeto como para distinguir cuidadosamente entre la mala y la menos mala” era una frase capaz de provocar una leve sonrisa en el Nawab Sahib. Aunque, después de todo, pensaba el Nawab Sahib, ¿cómo distinguir entre lo que vale la pena hacer y lo que no? Al menos para gente como yo las cosas estaban en decadencia, y no creo que valga la pena consumir el resto de mi vida combatiendo a los políticos, a los arrendatarios, a los pececillos de plata, a mi yerno o a Abida para conservar y mantener un mundo que encuentro agotador preservar o mantener. Cada uno de nosotros vive en un pequeño dominio y regresa a la nada. Supongo que si yo tuviera un tío tan distinguido podría pasarme un año o dos cotejando y editando sus notas al margen. Y cayó en reflexionar cómo la Casa Baitar finalmente acabaría en la ruina con la abolición del zamindari y el agotamiento de los fondos procedentes de la hacienda. Ya resultaba difícil, según su munshi, sacarles a los arrendatarios la renta. Se quejaban de que los tiempos eran difíciles, pero bajo esa excusa se percibía la sensación de que la ecuación política entre propiedad y dependencia estaba cambiando inexorablemente. Entre los que más ruido hacían contra el Nawab Sahib había algunos a quienes en el pasado había tratado con excepcional indulgencia, incluso con generosidad, y que encontraban difícil perdonarle. ¿Qué le sobreviviría? Se le ocurrió que aunque durante toda su vida había estado interesado en la poesía urdu, jamás había escrito ni un solo poema, ni un solo pareado, por el que pudiera ser recordado. Pensó que aquellos que no vivían en Brahmpur menospreciaban la poesía de Mast, aunque incluso dormidos pudieran completar muchos de los gazales que había escrito. El que nunca se hubiera hecho una edición realmente erudita sobre sus poemas, le produjo sorpresa y hasta cierto sobresalto, y comenzó a observar las motas en el rayo de sol que caía sobre la mesa. Quizá, se dijo a sí mismo, esa sea la labor más adecuada para mí tal como estás las cosas. En cualquier caso, es muy probable que la mayor parte del tiempo lo disfrutaría. Siguió leyendo, deleitándose con la perspicacia con la que Macaulay analizaba sin piedad el carácter de Cicerón: un hombre asimilado por la aristocracia que lo había adoptado, hipócrita, consumido por la vanidad y el odio, pero sin duda 'grandioso'. El Nawab Sahib, que últimamente reflexionaba mucho sobre la muerte, se sorprendió ante la observación de Macaulay: 'Realmente creo que recibió lo que se merecía porparte de los Triunviros' A pesar de que el libro había sido espolvoreado con polvos preservativos, un pececillo de plata surgió reptando del lomo y correteó por la franja de sol que había en la mesa redonda. El Nawab Sahib se lo quedó mirando un instante, y se preguntó qué le habría ocurrido a aquel joven que parecía tan entusiasmado con la idea de hacerse cargo de su biblioteca. Había dicho que se pasaría por la Casa Baitar, pero eso había sido lo último que el Nawab Sahib había sabido de él, y de eso debía hacer un mes. Cerró el libro y lo sacudió, abrió una página al azar y siguió leyendo como si el nuevo párrafo enlazara directamente con el anterior: El documento que más admiraba de toda la correspondencia era la respuesta de César al mensaje de gratitud de Cicerón por la humanidad con la que el conquistador había mostrado ante sus adversarios políticos que habían caído en su poder durante la rendición de Corfinio. Contenía (eso solía decir Macaulay) la frase más elegante jamás escrita: "Triunfo y me regocijo de que mis actos hayan obtenido tu aprobación; ni me perturba escuchar que aquellos a quienes he dejado ir libres y vivos volverán a tomar las armas contra mí. Pues no hay nada que ansíe tanto como ser siempre fiel a mi carácter, y que ellos lo sean al suyo." El Nawab Sahib leyó la frase varias veces. En una ocasión contrató a un profesor particular de latín, pero no llegó muy lejos. Ahora intentaba encajar las sonoras frases del inglés con las frases aún más sonoras del original. Permaneció unos diez minutos como en un ensueño, meditando acerca del significado y la expresión de la frase, y así habría continuado si alguien no le hubiera tirado de la pernera del pantalón.

Cap. 5.10 - The Nawab Sahib

Cap. 5.10 – El Nawab Sahib The ancestral Baitar House, where the Nawab Sahib and his sons lived, was one of the most handsome buildings in Brahmpur. A long, pale yellow facade, dark-green shutters, colonnades, high ceilings, tall mirrors, immensely heavy dark furniture, chandeliers, oil portraits of previous aristocratic denizens and framed photographs along the corridors commemorating the visits of various high British officials: most visitors to the huge house, surveying their surroundings, succumbed to a kind of gloomy awe—reinforced in recent days by the dusty and uncared-for appearance of those large sections of the mansion the former occupants of which had left for Pakistan. Begum Abida Khan too used to live here once with her husband, the Nawab Sahib’s younger brother. She spent years chafing in the women’s quarters before she persuaded him to allow her more reasonable and direct access to the outside world. There she had proved to be more effective than him in social and political causes. With the coming of Partition, her husband—a firm supporter of that Partition—had realized how vulnerable his position was in Brahmpur and decided to leave. He went to Karachi at first. Then—partly because he was uncertain of the effect his settling in Pakistan might have on his Indian property and the fortunes of his wife, and partly because he was restless, and partly because he was religious—he went on to Iraq on a visit to the various holy shrines of the Shias, and decided to live there for a few years. Three years had passed since he had last returned to India, and no one knew what he planned to do. He and Abida were childless, so perhaps it did not greatly matter. The entire question of property rights was unsettled. Baitar was not—like Marh—a princely state subject to primogeniture but a large zamindari estate whose territory lay squarely within British India and was subject to the Muslim personal law of inheritance. Division of the property upon death or dissolution of the family was possible, but for generations now there had been no effective division, and almost everyone had continued to live in the same rambling house in Brahmpur or at Baitar Fort in the countryside, if not amicably, at least not litigiously. And owing to the constant bustle, the visiting, the festivals, the celebrations, in both the men’s and the women’s quarters it had had a grand atmosphere of energy and life. With Partition things had changed. The house was no longer the great community it had been. It had become, in many ways, lonely. Uncles and cousins had dispersed to Karachi or Lahore. Of the three brothers, one had died, one had gone away, and only that gentle widower, the Nawab Sahib, remained. He spent more and more of his time in his library reading Persian poetry or Roman history or whatever he felt inclined to on any particular day. He left most of the management of his country estate in Baitar—the source of most of his income—to his munshi. That crafty half-steward, half-clerk did not encourage him to spend much time going over his own zamindari affairs. For matters not related to his estate, the Nawab Sahib kept a private secretary. With the death of his wife and his own increasing years the Nawab Sahib had become less sociable, more aware of the approach of death. He wanted to spend more time with his sons, but they were now in their twenties, and inclined to treat their father with affectionate distance. Firoz’s law, Imtiaz’s medicine, their own circle of young friends, their love affairs (of which he heard little) all drew them outside the orbit of Baitar House. And his dear daughter Zainab visited only rarely—once every few months—whenever her husband allowed her and the Nawab Sahib’s two grandsons to come to Brahmpur. Sometimes he even missed the lightning-like presence of Abida, a woman of whose immodesty and forwardness the Nawab Sahib instinctively disapproved. Begum Abida Khan, MLA, had refused to abide by the strictures of the zenana quarters and the constraints of a mansion, and was now living in a small house closer to the Legislative Assembly. She believed in being aggressive and if necessary immodest in fighting for causes she considered just or useful, and she looked upon the Nawab Sahib as utterly ineffectual. Indeed, she did not have a very high opinion of her own husband who had, as she thought, ‘fled’ Brahmpur at Partition in a state of panic and was now crawling around the Middle East in a state of religious dotage. Because her niece Zainab—of whom she was fond—was visiting, she did pay a visit to Baitar House, but the purdah she was expected to maintain irked her, and so did the inevitable criticism of her style of life that she faced from the old women of the zenana. But who were these old women after all?—the repository of tradition and old affection and family history. Only two old aunts of the Nawab Sahib, and the widow of his other brother—no one else remained of that whole busy zenana. The only children in Baitar House were the two who were visiting, the six- and three-year-old grandchildren of the Nawab Sahib. They loved visiting Baitar House and Brahmpur because they found the huge old house exciting, because they could see mongooses sliding under the doors of locked and deserted rooms, because much was made of them by everyone from Firoz Mamu and Imtiaz Mamu to the ‘old servitors’ and the cooks. And because their mother seemed much happier here than at home. The Nawab Sahib did not at all like to be disturbed when he was reading, but he made more than an exception for his grandsons. Hassan and Abbas were given a free run of the house. No matter what mood he was in, they lifted it; and even when he was sunk in the impersonal comfort of history, he was happy to be brought back to the present world, as long as it was personally through them. Like the rest of the house, the library too was running to seed. The magnificent collection, built up by his father and incorporating additions by the three brothers—each with his different tastes—was housed in an equally magnificent alcoved and high-windowed room. The Nawab Sahib, wearing a freshly starched kurta-pyjama—with a few small squarish holes in the kurta which looked a bit like moth-holes (but what moth would bite quite so squarely?)—was seated this morning at a round table in one of the alcoves, reading The Marginal Notes of Lord Macaulay selected by his nephew G.O. Trevelyan. Macaulay’s comments on Shakespeare, Plato and Cicero were as trenchant as they were discriminating, and the editor clearly believed that the marginalia of his distinguished uncle were well worth publishing. His own remarks were openly admiring: ‘Even for Cicero’s poetry Macaulay had enough respect to distinguish carefully between the bad and the less bad,’ was one sentence that drew a mild smile from the Nawab Sahib. But what, after all, thought the Nawab Sahib, is worth doing, and what is not? For people like me at least things are in decline, and I do not feel it worth my while consuming the rest of my life fighting politicians or tenants or silverfish or my son-in-law or Abida to preserve and maintain worlds that I find exhausting to preserve or maintain. Each of us lives in a small domain and returns to nothing. I suppose if I had a distinguished uncle I might spend a year or two collating and printing his marginal notes. And he fell to musing about how Baitar House would eventually fall into ruin with the abolition of zamindari and the exhaustion of funds from the estate. Already it was becoming difficult, according to his munshi, to extract the standard rent from the tenants. They pleaded hard times, but underneath the pleas was the sense that the political equations of ownership and dependence were inexorably shifting. Among those who were most vocal against the Nawab Sahib were some whom he had treated with exceptional leniency, even generosity, in the past, and who found this difficult to forgive. What would survive him? It occurred to him that although he had dabbled in Urdu poetry much of his life, he had never written a single poem, a single couplet, that would be remembered. Those who do not live in Brahmpur decry the poetry of Mast, he thought, but they can complete in their sleep many of the ghazals he has written. It struck him, with a start, that there had never been a truly scholarly edition of the poems of Mast, and he began to stare at the motes in the beam of sunlight that fell on his table. Perhaps, he said to himself, this is the labour that I am best fitted for at this stage of things. At any rate, it is probably what I would most enjoy. He read on, savouring the insight with which Macaulay unsparingly analysed the character of Cicero, a man taken over by the aristocracy into which he had been adopted, two-faced, eaten up by vanity and hatred, yet undoubtedly ‘great’. The Nawab Sahib, who thought much of death these days, was startled by Macaulay’s remark: ‘I really think that he met with little more than his deserts from the Triumvirs.’ Despite the fact that the book had been dusted with a white preservative powder, a silverfish crawled out of the spine and scuttled across the band of sunlight on the round table. The Nawab Sahib looked at it for an instant, and wondered what had happened to the young man who had sounded so enthusiastic about taking charge of his library. He had said he would come over to Baitar House but that had been the last that the Nawab Sahib had heard of him—and it must have been at least a month ago. He shut the book and shook it, opened it again on a random page, and continued reading as if the new paragraph had led directly on from the previous one: The document which he most admired in the whole collection of the correspondence was Caesar’s answer to Cicero’s message of gratitude for the humanity which the conqueror had displayed towards those political adversaries who had fallen into his power at the surrender of Corfinium. It contained (so Macaulay used to say) the finest sentence ever written: ‘I triumph and rejoice that my action should have obtained your approval; nor am I disturbed when I hear it said that those whom I have sent off alive and free will again bear arms against me; for there is nothing which I so much covet as that I should be like myself, and they like themselves.’ The Nawab Sahib read the sentence several times. He had once hired a Latin tutor but had not got very far. Now he attempted to fit the resonant phrases of the English to what must have been the still more resonant phrases of the original. He sat in a reverie for a good ten minutes meditating on the content and manner of the sentence, and would have continued to do so had he not felt a tug at the leg of his pyjamas.

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Cap. 5.09 - El otro Ministro

Cap- 5.9 – El otro Ministro Aunque habían pasado menos de cinco minutos desde que mandara al criado en busca de su secretario parlamentario, Mahesh Kapoor esperaba impaciente en el despacho de la Asesoría Jurídica. Se encontraba solo, ya que había enviado a los ocupantes habituales del despacho a que se apresuraran en traer diversos documentos y libros de leyes. —¡Oh, Su Excelencia, por fin se digna a regalarnos con su presencia! —dijo cuando vio a Abdus Salaam. Abdus Salaam hizo un respetuoso —¿o era irónico?— adaab, y le preguntó qué podía hacer por él. —Llegaremos a eso enseguida. La pregunta es qué es lo que ya ha hecho. —¿Ya? —Abdus Salaam estaba perplejo. —Esta mañana, en la Asamblea Legislativa. Convirtiendo a nuestro honorable ministro del Interior en un kebab. —Yo sólo pregunté... —Sé que sólo preguntó, Salaam —dijo el ministro con una sonrisa—. Lo que me pregunto es por qué lo preguntó. —Me estaba preguntando por qué la policía... —Mi pobre e ingenuo amigo —dilo Mahesh Kapoor cariñosamente—, ¿no se da cuenta de que Lakshmi Narayan Agarwal cree que yo le ordené que lo hiciera? —¿Usted? —¡Si, yo! —Mahesh Kapoor estaba de buen humor, recordando la sesión de la mañana y el mal trago que pasó su rival—. Es exactamente lo que él haría, así que piensa que yo haría lo mismo. Dígame —prosiguió—, ¿Comió en la cafetería? —Sí, sí. —¿Y estaba allí el Primer Ministro? ¿Qué le dijo? —No, Sharma Sahib no estaba allí. La imagen de S. S. Sharma comiendo sentado en el suelo de su casa, como era la tradición, con el torso desnudo a excepción de su cordón sagrado, pasó ante los ojos de Mahesh Kapoor. —No, supongo que no —dijo con cierto pesar—. ¿Qué aspecto tenía? —¿Se refiere a Agarwal sahib? Bastante bueno, creo. Muy sereno. —¡Uff! Como informante es usted una nulidad —dijo Mahesh Kapoor, impaciente—. De todos modos, he estado pensando en ello. Más vale que piense mejor en lo que dice o nos pondrá las cosas más difíciles tanto a Agarwal como a mí. Al menos reprímase hasta que se haya aprobado la Ley del Zamindari. Para que esa ley prospere, todos necesitamos la cooperación de todos. —Muy bien, ministro sahib. —Y hablando del tema, ¿por qué no ha vuelto ya todo el mundo? —preguntó Mahesh Kapoor, recorriendo con la mirada el despacho de la Asesoría Jurídica—. Les envié hace una hora. —Eso no era del todo cierto—. En este país todo el mundo llega siempre tarde, y nadie valora el tiempo. Ése es nuestro gran problema. Si, ¿quién es? Pase, pase —dijo tras oír un ligero golpe en la puerta. Era un criado que le traía el almuerzo, que solía tomar bastante tarde. Al abrir su fiambrera, Mahesh Kapoor gastó medio minuto en pensar en su esposa, la cual a pesar de sus dolencias, se tomaba tantas molestias por él. Para ella el mes de abril en Brahmpur era casi insoportable, debido a su alergia a las flores de neem, y el problema se había ido agravando con los años. A veces, cuando los neem florecían, respiraba con tanta dificultad que se parecía al asma de Pran. Estaba también muy preocupada por la relación de su hijo menor con Saeda Bai. Hasta el momento, Mahesh Kapoor no se había tomado el asunto tan en serio como hubiera hecho si hubiera comprendido el grado de enamoramiento de Maan. Estaba demasiado ocupado con asuntos que afectaban a la vida de millones de personas, y no le quedaba mucho tiempo para adentrarse en las irritantes regiones de su vida familiar. Tarde o temprano habría que meter en vereda a Maan, pensó, pero por el momento tenía que atender a otros asuntos. —Coma un poco: supongo que le he dejado sin comer —le dijo Mahesh Kapoor a su secretario parlamentario. —No, muchas gracias, ministro sahib, ya había acabado cuando me mandó llamar. ¿De modo que cree que todo irá bien con la ley? —Básicamente sí, al menos en la Cámara, ¿no le parece? Ahora que el Consejo Legislativo nos la devuelve con solo unos mínimos cambios, debería aprobarse sin dificultad una vez se le hayan añadido los cambios de la Asamblea Legislativa. Claro que no hay nada seguro. —Mahesh Kapoor miró el interior de su fiambrera. Tras unos momentos prosiguió—: Ah, bien, coliflor en vinagre. Lo que realmente me preocupa es lo que vaya a ocurrir con la ley posteriormente, suponiendo que se apruebe. —Bueno, los aspectos legales no deberían ser un problema —dijo Abdus Salaam—. El borrador es bueno, y creo que debería pasar la asamblea. —¿Eso cree, Salaam? ¿Y qué me dice del hecho de que el Tribunal Superior de Patna haya derogado la Ley del Zamindari de Bihar? —preguntó Mahesh Kapoor. —Creo que la gente está mas preocupada de lo que debiera, ministro sahib. Como sabe, el Tribunal Superior de Brahmpur no tiene que seguir al de Patna. Sólo está sujeto a las decisiones del Tribunal Supremo de Delhi. —Puede que eso sea cierto en teoría —dijo Mahesh Kapoor, ceñudo—. En la práctica, las sentencias previas establecen precedentes psicológicos. Tenemos que encontrar una manera, incluso en esta última fase de aprobación de la ley, de modificarla a fin de que sea menos vulnerable a las dificultades legales, especialmente en la cuestión de la igualdad ante la ley. Hubo una pausa. El ministro tenía en alta estima la erudición de su joven colega, pero no albergaba muchas esperanzas de que se le ocurriera algo brillante en tan corto plazo. Respetaba su experiencia en aquel terreno en particular y sabía que su inteligencia era lo mejor que podía tener. —Se me ocurrió algo hace un par de días —dijo Abdus Salaam tras un minuto—. Deje que piense en ello un poco más, ministro sahib. Y puede que tenga un par de ideas útiles. El ministro de Finanzas miró a su secretario parlamentario con lo que podía ser casi una expresión divertida, y dijo: —Prepáreme un borrador con sus ideas para esta noche. —¿Para esta noche? —Abdus Salaam parecía perplejo. —Sí —dijo Mahesh Kapoor—. Vamos a someter la ley a una segunda lectura. Si hay que hacer algo, debe hacerse ahora. —Bien —dijo Abdul Salaam con una cierta expresión de aturdimiento—. Entonces será mejor que me vaya a la biblioteca enseguida. —Cuando estaba en la puerta se volvió y dijo—: Quizá pueda pedirle a la Asesoría que mas tarde, me envíe a un par de ayudantes de los que trabajan en el borrador. Pero ¿no me necesitará en la Cámara esta tarde mientras se discute la ley? —No, esto es mucho más importante —replicó el ministro, poniéndose en pie para lavarse las manos—. Además, creo ya ha causado suficiente descalabros por un día. Mientras se lavaba las manos, Mahesh Kapoor pensó en su viejo amigo, el nawab de Baitar. Sería una de las personas más afectadas por la aprobación de la Ley de Abolición del Zamindari. Sus tierras de Baitar, en el distrito de Rudhia, de las que probablemente obtenía los dos tercios de sus ingresos, si la ley entraba en vigor, pasarían a manos del estado de Purva Pradesh. No recibiría una gran compensación. Los arrendatarios tendrían derecho a comprar la tierra que trabajaban, y hasta que lo hicieran sus rentas ya no irían a parar a las arcas del nawab sahib, sino directamente a las del Departamento de Finanzas del Gobierno del Estado. Mahesh Kapoor sin embargo creía que estaba haciendo lo correcto. Aunque su distrito electoral fuera urbano, había vivido lo suficiente en su propia granja, en el distrito de Rudhia, para ver la pauperización que el sistema zamindari había generado en la zona rural a su alrededor. Con sus propios ojos había visto la falta de productividad y las consiguientes hambrunas, la ausencia de inversión en la mejora de la tierra y las peores formas de arrogancia y servilismo feudal, la arbitraria opresión de los débiles y de los pobres por parte de los sicarios y matones de los terratenientes. Si el estilo de vida de unos pocos hombres, como el nawab sahib, tenía que ser sacrificado por el bien de millones de agricultores, era un coste que había que soportar. Tras lavarse las manos, Mahesh Kapoor se las secó meticulosamente, dejó una nota para el Jefe de la Asesoría Jurídica y se dirigió al Edificio Legislativo.

Cap. 5.09 - The Other Minister

Cap. 5.9 – The Other Minister Though it had been less than five minutes since he had sent off the peon to fetch his Parliamentary Secretary, Mahesh Kapoor was waiting in the Legal Remembrancer’s Office with great impatience. He was alone, as he had sent the regular occupants of the office scurrying about to get various papers and law-books. ‘Ah, Huzoor has brought his presence to the Secretariat at last!’ he said when he saw Abdus Salaam. Abdus Salaam did a respectful—or was it ironical?—adaab, and asked what he could do. ‘I’ll come to that in a moment. The question is what you’ve done already.’ ‘Already?’ Abdus Salaam was nonplussed. ‘This morning. On the floor of the House. Making a kabab out of our honourable Home Minister.’ ‘I only asked—’ ‘I know what you only asked, Salaam,’ said his Minister with a smile. ‘I’m asking you why you asked it.’ ‘I was wondering why the police—’ ‘My good fool,’ said Mahesh Kapoor fondly, ‘don’t you realize that Lakshmi Narayan Agarwal thinks I put you up to it?’ ‘You?’ ‘Yes, me!’ Mahesh Kapoor was in good humour, thinking of this morning’s proceedings and his rival’s extreme discomfiture. ‘It’s exactly the kind of thing he would do—so he imagines the same of me. Tell me’—he went on—‘did he go to the canteen for lunch?’ ‘Oh, yes.’ ‘And was the Chief Minister there? What did he have to say?’ ‘No, Sharma Sahib was not there.’ The image of S.S. Sharma eating lunch seated traditionally on the floor at home, his upper body bare except for his sacred thread, passed before Mahesh Kapoor’s eyes. ‘No, I suppose not,’ he said with some regret. ‘So, how did he appear?’ ‘You mean Agarwal Sahib? Quite well, I think. Quite composed.’ ‘Uff! You are a useless informant,’ said Mahesh Kapoor impatiently. ‘Anyway, I’ve been thinking a little about this. You had better mind what you say or you’ll make things difficult for both Agarwal and myself. At least restrain yourself until the Zamindari Bill has passed. Everyone needs everyone’s cooperation on that.’ ‘All right, Minister Sahib.’ ‘Speaking of which, why have these people not returned yet?’ asked Mahesh Kapoor, looking around the Legal Remembrancer’s Office. ‘I sent them out an hour ago.’ This was not quite true. ‘Everyone is always late and no one values time in this country. That’s our main problem. . . . Yes, what is it? Come in, come in,’ he continued, hearing a light knock at the door. It was a peon with his lunch, which he usually ate quite late. Opening his tiffin-carrier, Mahesh Kapoor spared half a moment’s thought for his wife, who, despite her own ailments, took such pains on his behalf. April in Brahmpur was almost unbearable for her because of her allergy to neem blossoms, and the problem had become increasingly acute over the years. Sometimes, when the neem trees were in flower, she was reduced to a breathlessness that superficially resembled Pran’s asthma. She was also very upset these days by her younger son’s affair with Saeeda Bai. So far, Mahesh Kapoor himself had not taken the matter as seriously as he would have had he realized the extent of Maan’s infatuation. He was far too busy with matters that affected the lives of millions to have much time to go into the more irksome regions of his own family life. Maan would have to be brought to heel sooner or later, he thought, but for the moment he had other work to attend to. ‘Have some of this: I suppose I’ve dragged you away from your lunch,’ said Mahesh Kapoor to his Parliamentary Secretary. ‘No, thank you, Minister Sahib, I’d finished when you sent for me. So do you think that everything is going well with the bill?’ ‘Yes, basically—at least on the floor, wouldn’t you say? Now that it has come back from the Legislative Council with only a few minor changes, it shouldn’t be difficult to get it repassed in its amended form by the Legislative Assembly. Of course, nothing is certain.’ Mahesh Kapoor looked into his tiffin-carrier. After a while he went on: ‘Ah, good, cauliflower pickle. . . . What really concerns me is what is going to happen to the bill later, assuming that it passes.’ ‘Well, legal challenges should not be much of a problem,’ said Abdus Salaam. ‘It’s been well drafted, and I think it should pass muster.’ ‘You think so, do you, Salaam? What did you think about the Bihar Zamindari Act being struck down by the Patna High Court?’ demanded Mahesh Kapoor. ‘I think people are more worried than they need to be, Minister Sahib. As you know, the Brahmpur High Court does not have to follow the Patna High Court. It is only bound by the judgements of the Supreme Court in Delhi.’ ‘That may be true in theory,’ said Mahesh Kapoor, frowning. ‘In practice, previous judgements set psychological precedents. We have got to find a way, even at this late stage in the passage of the bill, of amending it so that it will be less vulnerable to legal challenge—especially on this question of equal protection.’ There was a pause for a while. The Minister had high regard for his scholarly young colleague, but did not hold out much hope that he would come up with something brilliant at short notice. But he respected his experience in this particular area and knew that his brains were the best that he could pick. ‘Something occurred to me a few days ago,’ said Abdus Salaam after a minute. ‘Let me think about it further, Minister Sahib. I might have a helpful idea or two.’ The Revenue Minister looked at his Parliamentary Secretary with what might almost have been an amused expression, and said: ‘Give me a draft of your ideas by tonight.’ ‘By tonight?’ Abdus Salaam looked astonished. ‘Yes,’ said Mahesh Kapoor. ‘The bill is going through its second reading. If anything is to be done, it must be done now.’ ‘Well,’ said Abdus Salaam with a dazed look on his face, ‘I had better go off to the library at once.’ At the door he turned around and said, ‘Perhaps you could ask the Legal Remembrancer to send me a couple of people from his drafting cell later this afternoon. But won’t you need me on the floor this afternoon while the bill is being discussed?’ ‘No, this is far more important,’ replied the Minister, getting up to wash his hands. ‘Besides, I think you’ve caused enough mischief for one day on the floor of the House.’ As he washed his hands, Mahesh Kapoor thought about his old friend, the Nawab of Baitar. He would be one of those most deeply affected by the passage of the Zamindari Abolition Bill. His lands around Baitar in Rudhia District, from which he probably derived two-thirds of his income, would, if the act went into effect, be vested in the state of Purva Pradesh. He would not receive much compensation. The tenants would have the right to purchase the land they tilled, and until they did so their rents would go not into the coffers of the Nawab Sahib but directly into those of the Revenue Department of the State Government. Mahesh Kapoor believed, however, that he was doing the right thing. Although his was an urban constituency, he had lived on his own farm in Rudhia District long enough to see the immiserating effects of the zamindari system on the countryside all around him. With his own eyes he had seen the lack of productivity and the consequent hunger, the absence of investment in land improvement, the worst forms of feudal arrogance and subservience, the arbitrary oppression of the weak and the miserable by the agents and musclemen of the typical landlord. If the lifestyle of a few good men like the Nawab Sahib had to be sacrificed for the greater good of millions of tenant farmers, it was a cost that had to be borne. Having washed his hands, Mahesh Kapoor dried them carefully, left a note for the Legal Remembrancer, and walked over to the Legislative Building.

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